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Las putas de Yeray (Cap. 9)

Cristina abrió la puerta desnuda, con el semen seco en el rostro, y no le dio opción a Pedro más que seguirla. Ahora, a kilómetros de la costa, él no es el dueño de su cuerpo ni de su deseo; es solo el testigo obligado de cómo su esposa es poseída por tres hombres.

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NOTA DEL AUTOR:

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CAPÍTULO 9

DÍA 7

Pedro se despertó con el cuerpo descompuesto y las imágenes de su esposa siendo follada con aquella violencia e ímpetu lo tenían intimidado.

Habría preferido quedarse dormido toda la mañana pero puntualmente llamaron a la puerta. Era el guía Mateo que impaciente llamó insistentemente hasta que Cristina abrió la puerta.

Abrió desnuda aún con el semen seco cubriendo buena parte de su rostro.

—Dúchate, tienes cinco minutos para asearte; en diez minutos partimos. No hace falta que te vistas, total, te quedaras desnuda igualmente apenas pongas un pie en el velero.

Cristina miró a su marido que tenía un aspecto deplorable, aun así lo apremió para partir.

—Venga Pedro, tenemos que irnos.

Aunque después de reflexionar un poco pareció cambiar de opinión.

—¿O prefieres quedarte? No es necesario que te tortures más. En un par de días todo habrá terminado.

Pedro dudó seriamente en quedarse pero tras sopesar las alternativas se incorporó y se apresuró a vestirse.

La opción uno era ir al velero y ver como el capitán se follaba a su mujer, y la opción dos era quedarse e imaginarlo todo. Prefirió la primera opción ya que imaginárselo todo y quedarse con la duda sobre lo que realmente sucedía sería mucho peor. Total, ya había visto a su mujer siendo follada y podría aguantarlo de nuevo.

Poco después, Cristina y él embarcaban en el velero pero sorprendentemente no eran los únicos. Mateo y el chófer estaban a bordo tomando unas cervezas junto al Capitán Yeray.

—¡Ahoy! —gritaron los tres al unísono cuando vieron a Cristina, totalmente desnuda, subiendo a bordo.

También Cristina se quedó sorprendida al ver a tanta gente pero sin protestar se situó en la cubierta de proa y se tumbó sobre una toalla dispuesta a relajarse. Pedro la siguió como un corderito y se sentó junto a ella sujetándose en la barandilla.

Después de desamarrar el cabo de popa, el capitán inició la marcha dirigiéndose océano a dentro. Pedro pensó que volverían a costear sin perder de vista la isla pero después de media hora navegando ya solo se veía mar.

Perder de vista la costa lo puso muy nervioso pero intentó mantener una aparente calma para no contagiar sus nervios a Cristina.

A pesar de encontrarse en alta mar, el océano se mantenía tranquilo sin apenas olas, de modo que el velero surcaba el océano a toda velocidad. Hasta que el capitán aminoró la marcha y se detuvieron.

—¿Por qué nos detenemos aquí? — preguntó Cristina inquieta.

—Porque ya hemos llegado a nuestro destino— respondió el capitán lanzando la boya de fondeo.

—¿Aquí? Si estamos en medio de la nada.

—Exactamente, aquí nadie nos molestará — respondió consiguiendo que Pedro se pusiera muy nervioso.

Mientras tanto, los otros dos hombres bajaron a cubierta y se desnudaron completamente.

—¡Aparta! — le espetó el guía Mateo a Pedro que no tuvo más remedio que apartarse apresuradamente.

Pronto los tres hombres se quedaron desnudos; el guía Mateo era un hombre alto, con el pelo rizado, el pecho depilado y una polla de unos 18 centímetros; el otro hombre, el chófer, del que no conocían el nombre era un hombre robusto, de mediana edad, calvo pero con mucho pelo en el pecho y una polla corta pero muy gorda.

—Esta mujer se va a quemar con tanto sol— dijo el capitán y vaciando un bote entero de crema solar se lanzaron los tres hombres a masajearla por todo el cuerpo.

Cristina al sentir seis manos recorriendo todos los rincones de su cuerpo no pudo resistirlo, se excitó tanto que de su coño empezó a manar líquido vaginal pero también sintió tantas cosquillas que literalmente se retorcía sin control.

—Estaremos más cómodos en el camarote— dijo el capitán a los pocos minutos y los otros dos hombres levantaron a Cristina en volandas y se la llevaron al interior del velero.

Pedro se quedó fuera sin poder acceder al interior porque habían cerrado con el pasador.

Pronto los jadeos y gemidos resonaron por todas las estancias del velero y llegaron a los oídos de Pedro que se desesperaba por no poder proteger a su esposa; aunque por la naturaleza de los gemidos no parecía necesitar ayuda, más bien todo lo contrario.

—¡Ummmm!!!

—¡Ahhhhhh!!!

Dio la vuelta a la nave, de popa a proa y de proa a popa hasta que al mirar por uno de los ojos de buey vio el interior del camarote. La escena era dantesca; el guía Mateo tumbado boca arriba follándose a Cristina que estaba tumbada sobre él, detrás de Cristina, el Capitán Yeray enculándola con su imponente polla y, por delante, el chófer con su polla metida en la boca de Cristina.

Pedro no sabía cómo clasificar lo que estaba viendo, ni en las películas porno había visto algo igual. Una doble, ¡no!, una triple penetración. Tres pollas llenando simultáneamente los tres agujeros de Cristina.

—¡Ahhhhhh!!! — casi sollozaba Cristina de gusto.

El Capitán penetraba con una fuerza y violencia inusitada el culo de Cristina que a cada acometida salía empujada hacia delante donde la esperaba la polla del chófer. Y debajo de ella, el guía simplemente se dejaba hacer disfrutando de una experiencia inolvidable.

Pedro no podía hacer nada más que mirar, olvidarse de que la persona que estaba siendo follada era su mujer y tomárselo como si fuera una actriz porno y él un pajillero viendo una peli.

Así que se dejó llevar por sus más bajos instintos, se bajó el bañador y empezó a masturbarse.

Pero aquello era mejor que una peli porno porque, en esta ocasión, la actriz realmente disfrutaba del sexo y encadenaba un orgasmo tras otro.

—¡Ahhhhhh!!!! ¡Me corroooo! ¡Me corroooo! ¡Me corroooo! — chillaba Cristina desacomplejadamente.

Y se corrió expulsando un chorro de squirt que se desparramó sobre el guía Yeray dejándole su polla y las piernas completamente empapadas.

El primero en correrse fue el gordo y peludo chófer que tuvo un sonoro orgasmo y obligó a Cristina a tragarse toda su lefa porque no le permitió sacarse la polla de la boca hasta que vació completamente sus huevos.

¡chup! ¡chup! ¡chup! ¡ugggghhhh!

Cuando finalmente se retiró, Cristina se relamió y abrió la boca para demostrarle que se lo había tragado todo.

—Voy a llenarte el culo de leche— dijo el capitán acelerando el ritmo aunque aquel hombre parecía incansable.

—¡Ahh!!!! ¡Ahh!!!! ¡Ahh!!!! ¡Ahh!!!! — gruñía a cada embestida.

Sacaba su polla casi completamente dejándole ver al pobre Pedro una polla inmensa para volver a clavársela de un golpe arrancándole gritos de placer a Cristina.

—¡Ahhhhhh!!!!

Cristina, simplemente estaba sintiendo un pacer sin límites. Ya no recordaba el número de orgasmos que había tenido y cada vez que alcanzaba el clímax, una oleada de placer recorría su cuerpo de un extremo al otro.

Sin duda aquella polla conseguía activar terminaciones nerviosas que una polla normal jamás podría alcanzar.

—¡Ahhhhhh!!!! —gritaba sin control de su cuerpo que estaba a límite del colapso.

Y entonces, el Capitán Yeray y el guía Mateo se corrieron simultáneamente vaciando su leche dentro de los dos agujeros de Cristina que tuvo un último orgasmo tanto o más intenso que todos los demás.

—¡Ahhhhhh!!!! ¡SIIIIIII!!!! ¡Ahhhhhh!!!! ¡DIOSSSSS!!!

—Qué bueno— consiguió susurrar antes de caer desfallecida.

Pedro, mirando la escena desde el exterior y con la polla aún dura pero sin correrse se detuvo al ver a su esposa en aquel estado. “Dios mío” pensó, “¿Qué ha pasado?”.

Pero lo que había pasado es que su esposa había disfrutado de la sesión de sexo más extrema pero también más placentera de toda su vida.

—Míralo con la pollita fuera— dijo el Capitán cuando lo vio asomado al ojo de buey.

—Ja, ja, ja— rio el chófer —¿Que haremos con él?

—Podríamos tirarlo por la borda— sugirió el Capitán, —aunque sería difícil de explicárselo a la puta.

—Mejor que baje al camarote a hacerle compañía, lo necesita. — sugirió finalmente el capitán.

—¡Baja al camarote! — ordenó con voz atronadora el capitán.

Cuando Pedro entró en el camarote le azotó el cargado ambiente de sexo y sudor. Cristina estaba tumbada boca arriba, con sus tetas desparramadas, el coño hinchado y los ojos cerrados. Las sábanas estaban empapadas y del coño y del culo de Cristina rezumaba semen fresco.

Pedro se tumbó a su lado y pasó el brazo por debajo de su cuello.

—¿Estas bien amor? — preguntó.

—Sí, amor. Ha sido muy intenso pero también muy placentero — respondió Cristina.

Y se recostó sobre su pecho con los ojos cerrados notando la irregular respiración de Pedro.

Poco después percibió como los motores se ponían en marcha y la nave viraba 180 grados. “Regresamos” pensó aligerado.

—La puta ya ha descansado suficiente, sube a cubierta y tú, cornudo, sube a la bañera que te encargarás del timón.

Con paso inseguro y apoyándose en los muebles, Cristina subió a cubierta y se tumbó en la toalla que continuaba en su sitio.

Pedro, acompañado por el capitán subió a la bañera.

—Esto es el timón, —le indicó el capitán innecesariamente, —y esto es la brújula. Debes mantener la aguja en dirección sur, si te desvías un poco corrígelo con el timón, derecha e izquierda, este u oeste.

—¿Está claro? — le inquirió con severidad.

—Sí— respondió un apabullado Pedro.

Cuando el capitán llegó junta a Cristina ya estaba jadeando con la polla del guía metida en el culo.

—¡Joder que guarra es esta puta! — gritó el guía acelerando el ritmo de las enculadas.

¡plop! ¡plop! ¡plop!

Pedro, al verse al mando del timón recordó cómo Carlos, el cabrón hijo de puta que lo había engañado para liberar a su esposa, vacilaba de que le habían dejado tomar el control del timón como si fuera una experiencia inolvidable. Y seguro que lo fue porque Pedro estaba convencido de que Carlos se había encontrado en esa misma tesitura unos años antes.

—¿Dónde quieres que me corra puta? — preguntó el guía, —¿En la cara? ¿o en el culo?

—¡En el culo no! — vociferó el chófer —no me gusta follarme un culo lefado.

—Pues en la cara— dijo Mateo que, sacando la polla del culo de Cristina, se la meneó hasta eyacular en su cara. Esta vez, la cantidad de semen fue menor y Cristina se libró de quedar embadurnada de semen.

Casi aún no había acabado de sacudirse la polla que el chófer ya le había metido la suya dentro del culo de Cristina.

—¡Ayyy!!! — gritó cuando notó que la polla superaba el anillo anal.

—¿Te gustan gordas, puta? —dijo el chófer cuando la tuvo toda dentro.

—¡Ummmm!!!! ¡SIIIII!!! Me encantan gordas, siiiiiii — suplicó Cristina.

Pedro casi no miraba la brújula y se acabó sacando la polla para sacudírsela con la intención de correrse lo más rápido posible.

—¡Ahhhhhh!!!! ¡SIIIIIII!!!! Joder como se siente!!! — gemía Cristina cada vez que la polla del chófer la penetraba hasta los huevos.

¡plop! ¡plop! ¡plop!

Como era su segundo orgasmo, al chófer le costó mucho llegar al clímax y durante diez minutos le estuvo percutiendo el culo sin descanso.

—¡Ahhhhhh!!!! ¡Ahhhhhh!!!!

Cristina no podía hacer nada más que abandonarse al placer y disfrutar de lo que se le ofrecía. Pero su cuerpo ya no podía regalarle más orgasmos, estaba exhausta.

Con el culo servido en bandeja, el chófer le propinó una nalgada que sonó en todas las islas.

¡PLASSSS!

Y luego otra y otra. Se cebó con su culo propinándole azotes con la mano abierta hasta que Cristina empezó a chillar de dolor. Su culo tenía un marcado color rojo.

¡PLASSSS! ¡PLASSSS! ¡PLASSSS! ¡PLASSSS! ¡PLASSSS! ¡PLASSSS!

—¡Ayyy! Para, para, ¡Ayyy! Para, para— suplicaba Cristina con el culo en carne viva.

El chófer antes de correrse se encaramó frente a Cristina y se la meneó hasta que empezó a correrse sobre su pelo dejándoselo hecho una ruina.

—¡Ahhhhhh!!!! — gruñó sonoramente mientras se corría.

Sin apenas dejarla descansar, el capitán Yeray se apoderó de la boca de Cristina y le metió la polla hasta el fondo. La mezcla de semen y babas dejó la cara de Cristina hecha un asco pero, indiferente a ello, el capitán se folló su boca sin descanso.

Luego, obligó a Cristina a tumbarse boca arriba, metió su polla en la entrada de su coño y se la folló sin contemplaciones.

Parecía imposible que un hombre de su edad fuera capaz de aquella gesta física. Desde el principio marco un ritmo tan intenso que en pocos segundos, Cristina, volvía a correrse.

—¡Ahhhhhh!!!! ¡Me corroooo!

—Por favor para… no puedo más...

—¡Ahhhhhh!!!! — chillaba Cristina.

Pedro no daba crédito a lo que veían sus ojos. “¿Cuantas veces se había corrido su esposa?”. Se restregó las manos sobre los ojos como si fuera a despertarse de una pesadilla. Pero no, aquello era real y Cristina había perdido completamente el control de su cuerpo y parecía que empezaría a convulsionar en cualquier momento.

Pero por suerte el Capitán Yeray se corrió lanzando su simiente sobre la barriga, el coño y las tetas de Cristina. “¿Cómo podía eyacular tanta leche?” se preguntó Pedro incrédulo.

Ahora sí, Cristina quedó definitivamente inconsciente sobre su toalla, boca arriba, con los brazos desplegados, el pelo desaliñado y cubierta de semen por todo el cuerpo.

Pedro continuaba masturbándose pero cuando se dio cuenta que se había desviado de rumbo más de diez grados dejó de hacerlo y con un golpe de timón corrigió el rumbo.

Este pequeño bandazo no pasó desapercibido del capitán que subió a la bañera y tomo los mandos del velero.

—Baja con tu esposa, necesita tu compañía.

Pedro volvió a obedecer, sumiso y temeroso. Se acomodó junto a Cristina que lo abrazó apoyando su cabeza sobre su pecho. Frente a ellos, de pie, el guía y el chófer contemplaban la escena.

—Que tierno— dijo el chófer acomodándose en una de las banquetas cercanas.

Poco después empezaron a divisar la costa y encararon la proa en dirección a la Cala Poniente.

El guía Mateo tuvo que ayudar a Pedro a cargar a su esposa que apenas se mantenía en pie. La dejaron desnuda tumbada sobre la cama de la cabaña y con el cuerpo aún lleno de leche.

Antes de irse, Mateo situó su polla en el coño de Cristina y empezó a penetrarla pero no consiguió una erección duradera y acabó retirándose sin eyacular.

Entonces fue el turno de Pedro que después de todo el día viendo cómo se follaban a su esposa decidió que había llegado el momento de tomar posesión de lo que era suyo por derecho de matrimonio.

—No, tú no puedes — susurró Cristina pero no pudo impedir que Pedro la penetrara.

Aunque después de todo el día con la polla dura y sin correrse, apenas la penetró empezó a eyacular como un chimpancé mezclando su semen con el de los otros tres hombres.

Por fin liberado de la tensión sexual acumulada, se tumbó en la cama boca arriba y admiró la espectacular bóveda celeste a través de la gran claraboya del tejado.

Podía ver perfectamente la lechada luz de la Vía Láctea y miles de estrellas; se entretuvo a localizar las más reconocibles. Sabía que desde las Islas Canarias eran visibles todas las constelaciones del hemisferio norte y bastantes del hemisferio sur pero la claraboya le limitaba la amplitud de visión y no pudo reconocer ninguna.

Le habría gustado ser capaz de encontrar la constelación de la Cruz del Sur pero sabía que para ello debería subir a lo alto de alguna montaña y acertar con una noche cristalina.

Aun así se entretuvo a contarlas hasta que el sueño lo venció y cayó rendido junto a su esposa.