MENSAJE POR ERROR. Del revés
Cristian creía que su fantasía en la sauna era un secreto a voces, pero la realidad en la sala de estar lo supera con creces. Lo que comenzó como un espionaje voyeurístico termina en una confesión que lo deja helado: su suegro no quiere vengarse, quiere que cumpla.
Del revés
Al llegar, guardó las cosas en la taquilla y se dirigió a la zona de máquinas. Se subió a la estática y comenzó una lenta cadencia hasta calentar los músculos. Un buen rato después pedaleaba a pleno pulmón, limpiándose el sudor con la pequeña toalla y bebiendo repetidamente para recuperar líquidos.
Miró el reloj y decidió que ya había tenido suficiente. Se bajó de la bici dispuesto a darse una ducha y hacer un par de largos en la piscina. De camino hacia la zona de los baños se cruzó con una madura en bañador que iba hacia la sauna. La siguió con la mirada igual que un búho sigue a su presa.
Las redondeces de la mujer resaltaban con aquella prenda que tapaba lo más interesante. Con cada paso, se movían sus caderas de carne trémula. Sus tetas, embutidas, botaban ligeramente al mismo compás. El bañador empapado se pegaba a la piel como consecuencia de la ducha que se acababa de dar bajo uno de los chorros dispuestos en la pared contigua. Le sorprendió el parecido que mostraba con Teresa.
«¿Cómo estaría ella con ese bañador? —pensó— o, mejor, sin él».
La vio desaparecer tras la puerta de la sauna, quedándose de pie en medio del corredor con la mirada clavada. Chasqueó la lengua y, tras unos instantes de duda, avanzó hacia las duchas y se colocó bajo el chorro de agua fresca. No podía dejar de mirar hacia la sauna.
La puerta de madera se abrió y, tras ella, apareció el chico alto y bien formado. La mujer, que ya había empezado a sudar por efecto del asfixiante calor, lo miró apenas un instante.
—¿Se puede? —preguntó a la madura como si necesitara su permiso. En realidad solo era una manera de iniciar un contacto con ella.
La mujer, sorprendida por una pregunta tan obvia, se encogió de hombros y señaló con la vista la estancia vacía. Cristian asintió, como si hubiera estado esperando su aprobación, y se colocó en el mismo escalón que ella, pero en el extremo opuesto.
Ambos miraban en silencio, a través del enorme cristal frontal que daba a la piscina y a la zona de jacuzzis. Al ser un cristal tintado podían ver, sin ser vistos, a los usuarios que utilizaban las instalaciones en ese momento. Una espectacular rubia de tetas imponentes cruzó de lado a lado, caminando con un bikini minúsculo que le ajustaba como un guante.
La rusa.
Así era como la llamaban todos los que frecuentaban el gimnasio. Cristian nunca había hablado con ella, pero no por eso sentía menos deseos que los demás de lamer esas tetas y de follársela.
Cuando salió de su campo de visión, la mujer giró levemente la cara hacia él, auscultándolo con disimulo. Cristian ya había esperado ese gesto así que lo que la mujer vio fue el semblante impertérrito del apuesto muchacho mirando, con un calculado interés, por donde había desaparecido la despampanante rubia tetona.
Y entonces ocurrió lo que tantas veces había visto y que había necesitado comprobar: la razón por la que había entrado allí tras aquella madura.
La mujer, con recatados movimientos, se recompuso sus generosas tetas dentro de su bañador lo más disimuladamente que pudo, alzándolas levemente. Acto seguido y de forma sutil, se quitó la goma del pelo y se atusó la melena.
Cristian, sonriendo por dentro, hizo como que no se enteraba.
«Sí, joder. Os morís por que os vean guapas y deseables por muy casadas que estéis. Aunque solo sea por la envidia que os tenéis entre vosotras».
—La mujer lanzó una fugaz miradita de comprobación.
«Si es que… todas las mujeres sois unas putas. Hasta mi madre —se quedó un momento pensativo— Y, si no, que se lo pregunten a mi padre».
Abandonó la sauna y se dirigió a los vestuarios. Menos de media hora después salía del gimnasio en dirección a casa de Cristina, duchado, relajado y con una misión en mente.
— · —
Después de subir los cinco pisos, tocó la puerta con cierto nerviosismo. Cristina no llegaría hasta dentro de una hora así que tenía tiempo más que de sobra para aclarar ciertas cosas.
—¡Cristian! —se sorprendió Teresa—, Cris no está. ¿Habíais quedado?
Pero él no había ido allí a dar explicaciones.
—¿Por qué se lo contaste a Tomás? Lo de nuestra conversación.
La madura, que no se esperaba esa reacción, quedó momentáneamente descolocada y, tras unos instantes de duda, cruzó los brazos y apoyó el hombro en el marco.
—Es lo que hacen las buenas personas con sus parejas —rebatió—. Se llama fidelidad y confianza.
—Y una mierda, lo hiciste para joderme.
—Lo hice porque es lo que debo hacer. Soy la madre de tu novia —le recordó.
—Y yo el novio de tu hija.
—Que no te mereces —siseó—. Pensaba que eras un buen chico. Formal, estudioso y, si me apuras, hasta algo tímido. —Le miró fijamente—. Pero me confundí, solo eres otro de esos que solamente ven un trozo de carne en una chica. Un mero instrumento para su goce egoísta.
—Te equivocas, Teresa. Te aseguro que quiero a Cris —dijo enarcando las cejas.
—A tu forma, sí, retorcida y egoísta. No dudo que serías capaz de hacer grandes cosas por no perderla, por no quedarte sin tu trofeo. Pero en el fondo… lo que hay dentro de ti… —hizo una pausa intentando encontrar las palabras exactas—. Eres un monstruo. Tienes un veneno que te hace peligroso.
—¿Y tú? —atacó—. Bien que te quedaste allí, mirando.
—Yo no…
—Tú sí —cortó—. Me comportaba como un pervertido con tu hija y, mientras tanto, ¿qué hiciste? Podrías habernos interrumpido, haberme echado la bronca o podrías haberte ido. Sin embargo te quedaste espiando. Disfrutando de mi polla y mis pelotas mientras me la follaba.
—No te estaba espiando —dijo haciendo esfuerzos para no poner los ojos en blanco—. Y estás volviendo a ponerte impertinente.
El volumen era bajo, y en un tono acorde con el semblante sereno que no quería perder.
—Y tú una hipócrita. Le cuentas lo mío pero te callas lo que hiciste tú.
—Te he dicho que yo no… —Se llevó dos dedos al puente de la nariz, intentando contenerse. Hizo dos hondas respiraciones antes de atacarle de nuevo—. Me quedé paralizada cuando os vi. Gritabas cosas horribles que me impedían reaccionar.
—Venga ya, solo eran las típicas chorradas que se sueltan sin filtro cuando estás en lo más alto del orgasmo. No me dirás que tú no has hablado así más de una vez cuando Tomás y tú…
Hizo el gesto de meter un dedo en un círculo formado con los deseos de la otra mano.
—No ese tipo de cosas —zanjó ella. La voz ya era un susurro, intentando evitar que algún vecino los oyera—. Parecías un depravado.
—Porque estaba fuera de mí. Ya te lo dije.
—No lo estabas la tarde que estuvimos hablando y las reprodujiste de igual manera. —Endureció la voz—. Me dijiste que era a mí a quien querías preñar.
—¡Te lo confesé! —rebatió en el mismo tono susurrante—. Me suplicaste sinceridad, ¿recuerdas? Y eso hice, ser sincero contigo y decirte la verdad, tal y como me pediste. En confianza.
Teresa se quedó momentáneamente descolocada, eso no se lo esperaba. El semblante enfadado de Cristian fue mutando a otro de lástima.
—Quiero a Cris y quiero estar con ella —protestó—. Lo que te dije… en confesión, solo fueron las mismas tonterías que cuando estaba con ella. Me abrí en canal y las repetí, me expuse a ti, revelándote lo que de otro modo nunca hubieras sabido. Era una fantasía, joder, solo eso, FANTASÍA, y te lo dije en confesión.
Teresa seguía dudando. A duras penas podía sujetar su mirada. Quizás se había excedido en el juicio de su yerno.
—Venga, Tere, no me jodas, todos tenemos mierdas en la cabeza que no contaríamos ni borrachos. Fantasías vergonzantes que no queremos que nadie sepa. ¿Cuántos viejos habrá haciéndose pajas por sus vecinitas adolescentes? Señores respetables meneándosela a espaldas de sus padres a los que saludan cada mañana con una sonrisa falsa. Yo te confesé los míos, pero sabes que nunca trataría de hacer nada que te perjudicara, y menos a Cris.
Se acercó un paso y bajó más la voz.
—¿Sabes cómo me hace sentir ahora que Tomas cree que soy un pervertido que quiere violar a su mujer?
Teresa cerró los ojos apesadumbrada. A estas alturas no sabía cómo sentirse.
—Me has jodido la vida —se quejó—. Y me la vas a joder con Cris.
Teresa abrió la boca para decir algo cuando, de repente, una mano apareció por el borde de la puerta y ésta comenzó a abrirse. La imagen tras ella fue apareciendo paulatinamente.
—Cristian —dijo Tomás con su vozarrón una vez que la puerta estuvo completamente abierta.
El muchacho se quedó helado, con la boca a medio abrir, mirando a Teresa y a él alternativamente, preguntando con la mirada por la presencia de su marido.
«¿¡Estaba en casa!? Jod-derrr».
—Tomás, cariño —lo recibió Teresa, nerviosa—. El chico ha venido a buscar a Cris. Le estaba diciendo que no está. Ya se iba.
Su marido no apartó la vista del chaval, como si sopesara alguna maldad contra él. Cristian se preguntó cuánto habría oído de su conversación, si es que había oído algo.
—Puede esperarla dentro. No creo que tarde en llegar.
Se apartó, dejando espacio para que entrara en la casa.
—No, si yo ya me estaba yendo —consiguió decir él.
Tomás no reaccionó, manteniendo la puerta abierta y dejando espacio para que pasara. Su gesto de invitación se mantenía intacto.
Teresa, que había bajado la vista, se metió en el salón huyendo de la escena. Cristian terminó siguiéndola para no parecer descortés.
Ocupó un sillón junto al sofá donde se había sentado ella. Tomás, tras sus pasos, tomó posición al lado de su mujer.
Lo primero que se notó fue la incomodidad del silencio. A ésta llegaría la de no saber qué decir. Nunca deseó con más entusiasmo que le ofrecieran un té. Al menos, de ese modo, podría entretenerse removiendo la cucharilla.
—¿Y… —tomo la palabra por fin Tomás— de qué hablabais? llevabais mucho rato en la puerta.
Cristian puso los ojos como platos, pero no se atrevió a contestar. Dejó que fuera Teresa quien tomara la iniciativa.
—Me pedía perdón por la conversación del otro día —dijo ella.
Al adolescente casi se le cae la mandíbula. «¿Pero qué coño le pasa a esta mujer?». Su suegra tenía una insana costumbre de hablar sin filtro con su marido.
—Ah, eso. —dijo Tomás rascándose la barbilla.
Nuevo silencio incómodo con un Cristian que empezaba a sudar.
—Lo de que la querías preñar —se cercioró el hombretón asintiendo gravemente con la cabeza—. A mi mujer.
Su esposa puso una mano en su antebrazo, nerviosa. A Cristian casi se le paró el corazón.
—E…era… en broma. Ya le dije que no lo pensaba en serio.
Tomás congestionó el gesto con el ceño fruncido.
—Pero dijiste que te gustaba. Me lo confesaste el día que hablamos en la cocina.
—No, a ver, lo que dije… lo que quise decir… —Había envejecido varios años de golpe. El corpulento hombre de tez agria y voz grave lo miraba con ojos que penetraban su carne como si lo quisiera quemar. Intentó tragar saliva, pero no pudo.
—Cariño… —comenzó a decir Teresa. Su marido no le hizo caso.
—Lo dijiste, ¿no? que te gustaba. Que Teresa era una mujer atractiva.
El labio de Cristian temblaba. Tomás debía haber oído la conversación tras la puerta y no estaría dispuesto a que un mequetrefe intimidara a su esposa.
—Tomás. —Esta vez, la llamada de Teresa, era de atención. Había colocado una mano en la rodilla de él.
Él posó una mano en la suya para tranquilizarla.
—Está bien, no pasa nada. —Y volvió a mirar a Cristian, instándole a responder.
Cristian miraba a uno y otro sin saber cuál debía ser la respuesta correcta. Si aquel toro perdiese los nervios y se liaba a hostias, le iba a poner las dos cejas una sobre otra.
—Bueno… sí, claro que lo dije, pero… es que… a ver… me refería a que ella todavía guarda mucho de su belleza… a su edad. —Tragó saliva—. ¿No?
—Y por eso la llamaste zorra y puta. Porque, a su edad, piensas que es una perra a la que puedes hacer correrse tres veces.
—¿Cómo? ¿Yo? ¿Yo le llamé eso?
Cristian inquiría a Teresa con la mirada, pero ésta había bajado la vista al suelo. «¿Pero cuánto se ha ido de la lengua la hija de puta?».
—¿Es cierto o no? —insistía.
—Tomás, a ver, ya te expliqué… que todo aquello no lo pensaba de verdad. Que en aquel momento…
—En aquel momento no eras dueño de ti —cortó—, cierto. Pero luego, en el día a día, tienes fantasías con ella, ¿no?
—¿Eh? Yo… a ver…
—Tomás, cariño… —intervino su mujer de nuevo intentando cesar una conversación totalmente bochornosa para todos. Él la cortó con una caída de ojos.
—Déjale que se explique. Solo quiero saber si es verdad.
Se giró hacia Cristian y fijó los ojos en él.
—Dime, ¿Es una zorra y una puta a la que harías correrse tres veces, gritando hasta que perdiera el sentido?
—Yo… yo no…
—Y después correrte en sus tetas —añadió con voz monótona—. Y en su cara.
«Joder, joderrrr. ¡Pero en qué marrón me ha metido esta zorra!». Miró la puerta del salón. No estaba muy lejos y, quitando la mesita central, no había más obstáculos. Si echaba a correr hacia la salida, le daría tiempo a abrir la puerta principal antes de que ese buey lo atrapara.
Tomás seguía atento a su respuesta, mirándolo fijamente.
—¡Basta! —gritó Teresa—. Basta ya. Déjalo. Te he dicho mil veces que no quiero. No necesito esto. Y menos con él.
—¿Por qué no? —dijo su marido dolido—. Es joven y te parece muy guapo. —Entornó las cejas—. Y no va a decir nada.
—¡Porque no! —chilló—. Porque es un crío, porque está mal y porque es el novio de mi hija —sollozó—. ¿Es que no lo entiendes? Estamos juntos, los dos. Para lo bueno y para lo malo.
Cristian abrió la boca de par en par. ¿De qué coño estaban hablando?
Su suegro posó la frente contra la de ella y acarició su cara con extrema dulzura.
—Por favor —insistió. Su tono seguía siendo amable, casi de súplica.
—Mi amor —moqueó Teresa entre lágrimas—, sabes que te quiero con locura, todo tú al completo.
—Y por eso te estás apagando cada día. ¿Sabes lo que me duele verte así? ¿Lo que sufro por verte sufrir?
—No digas eso. Te tengo a ti. Sabes que te quiero por encima de todo.
—Y yo también, y no puedo dejar de culparme por no ser capaz de darte lo que mereces.
—Cállate, bobo —dijo entre lágrimas—. Tú me lo das todo.
—Todo no, Tere.
Volvió a girarse hacia Cristian.
—Contesta, ¿eres capaz?
Ella le tomó de la cara y la giró de nuevo hacia sí.
—Tomás, por favor. Ya he tomado una decisión.
—Solo quiero verte sonreír por una vez, aunque no sea conmigo.
Ella puso la mano en su boca para que no siguiera hablando y lo besó acto seguido.
A estas alturas Cristian no decía ni mu. Inmóvil como si con ello pudiera permanecer invisible. Aquello era raro de cojones. ¿Tomás consentidor? Debía ser impotente o tener micropene o alguna otra disfunción que impidiera satisfacer a su mujer. Por eso esa cara de vinagre y por eso la cara de pena de ella. Los vio abrazarse entre lágrimas, también las de él. Aquel hombretón de casi dos metros y espaldas como camiones ya no parecía un toro a punto de arrollarlo a cornadas.
Teresa se limpió las lágrimas y se dirigió a él.
—Vete —dijo—. Vete ya.
Sin pensarlo dos veces, caminó hasta la entrada. Teresa lo llamó antes de salir.
—Y de esto ni una palabra a Cris, ¿me oyes?
El tono de sus palabras era gélido y cortante como un reguero de hiel en una cárcel de Siberia. Supo con certeza que debía obedecer con mayor fervor que si lo hubiera pedido el propio Tomás. Asintió con la cabeza y desapareció escaleras abajo no sin echar una última mirada.
«Pero qué puta gente más rara. ¿En serio me hubiera dejado follar a su mujer para que la hiciera gritar como una perra?».
Se mordió el labio inferior imaginando la de pajas que se iba a hacer a partir de ahora. Ya nunca podría dejar de pensar en este momento cada vez que cruzaran la mirada cuando visitara su casa. Y todo a espaldas de Cristina.
El secreto del cornudo.
.
.
Fin capítulo XVI
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