Sueño azul
El sol quema la cubierta del yate, pero el fuego real arde en la mirada de Ricardo. Él no solo lo permite; lo exige. Mientras el mar los aísla del mundo, Elena debe decidir si se entrega por completo a la experiencia que su marido ha soñado: ser poseída por otro, bajo sus propios ojos.
El yate “Sueño Azul” flotaba inmóvil en una cala casi secreta al norte de Formentera. El agua era de un turquesa tan transparente que se veían los bancos de peces nadando bajo el casco. Era el tercer día completo de travesía. El sol de media tarde quemaba la cubierta de teca, pero la brisa marina lo hacía soportable. Elena llevaba un bikini negro de triángulos mínimos, los lazos laterales flojos, a punto de deshacerse con cada movimiento. Sus pechos medianos pero firmes se movían al respirar, la piel ya bronceada un tono más oscuro que al embarcar. El pelo rubio ceniza, salpicado de sal y revuelto por el viento, le caía sobre los hombros y la espalda. Se había tumbado boca abajo en una colchoneta de proa, desatando la espalda del top para evitar marcas blancas.
Ricardo, sentado bajo la toldilla con una cerveza que apenas había probado, no podía quitarle los ojos de encima. Llevaba meses fantaseando con esto: él mirando, inmóvil, mientras otro hombre la tocaba, la besaba, la penetraba hasta hacerla gritar de formas que él nunca había conseguido. Al principio Elena rechazaba la idea con firmeza, lo llamaba “perverso incurable”. Luego empezó a quedarse callada, a respirar más fuerte. Las últimas semanas, cada vez que Ricardo le susurraba al oído “imagínate una polla más gruesa que la mía abriéndote”, ella se mojaba al instante y se corría antes que nunca.
Marcos salió de la timonera. Treinta y cuatro años, piel morena curtida por el sol y el salitre, pelo negro corto algo revuelto, ojos verdes claros que contrastaban con el tono oscuro del resto. Metro ochenta y cinco, hombros anchos de marinero, brazos fuertes, abdominales definidos, la V profunda que bajaba desde los oblicuos hasta el bulto evidente en el bañador azul marino ajustado. Un pequeño tatuaje de ancla en el pectoral izquierdo asomaba por el cuello de la camiseta blanca que llevaba antes y que ahora se había quitado.
Cogió dos cervezas de la nevera portátil y le tendió una a Ricardo.
—¿Todo bien por aquí, jefe? —preguntó con esa voz grave y pausada, acento andaluz que suavizaba las palabras—. El parte dice calma toda la tarde. Podemos quedarnos aquí hasta que anochezca si queréis.
Ricardo asintió, pero su mirada se desvió hacia Elena. Ella acababa de girarse de lado, apoyada en un codo. El movimiento había deslizado uno de los triángulos del bikini lo justo para dejar ver el borde rosado de la areola y la curva inferior del pecho. No hizo nada por corregirlo; al contrario, estiró los brazos por encima de la cabeza, arqueando la espalda, y soltó un suspiro largo y satisfecho.
Marcos también lo vio. Sus ojos se detuvieron un segundo, luego volvieron a Ricardo con una media sonrisa que no prometía nada pero tampoco negaba.
Elena se incorporó por fin. Se ató el top con movimientos lentos, deliberados, y caminó descalza hacia ellos. Las caderas se balanceaban con esa naturalidad que volvía loco a Ricardo. Se sentó al lado de su marido, apoyó una mano en su muslo, muy cerca de la entrepierna, y miró a Marcos directamente.
—¿De qué habláis, chicos? —preguntó con voz suave, casi inocente.
—De nada importante —respondió Marcos, encogiéndose de hombros—. Del mar, del tiempo… de lo bien que se está aquí sin nadie más alrededor.
Elena sonrió, pero había algo nuevo en esa sonrisa: un filo travieso, nervioso. Miró a Ricardo de reojo.
—Amor… —dijo bajito, solo para él aunque Marcos estaba a un metro—. ¿Seguimos hablando de lo de anoche?
Ricardo sintió el pulso acelerarse en las sienes. Anoche, después de hacer el amor en la suite, él había vuelto a sacar el tema. Le había descrito con detalle cómo sería verla con Marcos: la polla gruesa de él entrando despacio, los gemidos de ella, los celos que lo harían correrse sin tocarse. Elena no había dicho que no. Solo había gemido más fuerte, le había clavado las uñas y se había corrido apretándolo dentro.
—¿Ahora? —preguntó él, la voz algo ronca.
Ella asintió despacio. Miró a Marcos, que fingía mirar el horizonte pero claramente escuchaba cada palabra.
—Quiero hablarlo con los dos —dijo al fin, sorprendiéndolos—. Sin rodeos.
Marcos giró la cabeza lentamente, arqueando una ceja.
—¿Conmigo también? —preguntó, tono calmado pero con un matiz de curiosidad genuina.
Elena respiró hondo. Sus pezones ya se marcaban bajo la tela fina del bikini.
—Sí. Ricardo lleva meses fantaseando con verme con otro hombre. Contigo, concretamente. Desde que subiste al yate el primer día con esa camiseta pegada y esos brazos… no ha parado de imaginarlo. Me lo cuenta en la cama, me describe cómo sería verte follarme, cómo me abrirías con esa polla que se te marca todo el rato. Y yo… al principio me daba cosa. Celos, miedo, vergüenza. Pero estos días aquí, con el sol, el mar, sintiéndome tan deseada… me excita. Mucho. Me mojo solo de pensarlo.
Ricardo se removió en el asiento. La erección era ya dolorosa.
Marcos dejó la cerveza en la mesa con calma. Se cruzó de brazos, lo que hizo que los bíceps se marcaran más.
—Joder… sois directos —dijo con una risa baja—. ¿Y qué queréis exactamente? ¿Que yo entre en vuestro juego?
Elena miró a su marido, pidiendo permiso con los ojos. Ricardo tragó saliva. Los celos le quemaban el estómago, pero la excitación era más fuerte.
—Elena… —empezó, voz temblorosa pero decidida—. Tienes mi permiso. Delante de él. Quiero verte. Quiero verte besar a Marcos, chupársela, gemir mientras te la mete hasta el fondo. Quiero que te corras más fuerte que conmigo. Quiero verte suplicar, verte cubierta de su semen… y luego follarte yo, sabiendo que sigues siendo mía aunque él te haya hecho gritar su nombre.
Silencio pesado. Solo el chapoteo suave del agua y el latido acelerado de los tres.
Elena soltó un gemido bajito, casi inaudible. Se mordió el labio inferior.
—Gracias, amor —susurró. Luego miró a Marcos—. ¿Y tú? ¿Te apetece follarme delante de mi marido? ¿Hacerme cosas que él no me ha hecho nunca?
Marcos se pasó la mano por la nuca, sonriendo de medio lado.
—Joder, preciosa… cómo me lo pones. Claro que sí. Pero vamos despacio. Quiero que lo disfrutéis los dos. Nada de prisas.
Elena se levantó. Se acercó a Marcos hasta que sus pechos rozaron el torso de él a través de la camiseta que se había quitado antes. Subió las manos por sus pectorales, sintiendo los músculos duros y calientes bajo la piel.
—Bésame —le pidió en voz baja, casi ordenando.
Marcos la cogió por la nuca con una mano grande y la besó. Primero suave, explorando, luego con lengua profunda, posesivo. Elena gimió contra su boca, las manos bajando por su abdomen hasta meterse dentro del bañador. Sacó la polla ya medio dura: gruesa, venosa, más larga que la de Ricardo, la cabeza ya brillante.
—Dios… es enorme —susurró ella, mirándola primero a ella misma, luego a su marido—. Mira, Ricardo… mira lo que me voy a meter hoy.
Se arrodilló despacio delante de Marcos, sin quitarle los ojos de encima a su marido. Lamió desde los testículos hacia arriba, lenta, dejando un rastro húmedo. Luego se la metió en la boca, primero la cabeza, luego más profundo, hasta que la nariz rozó el pubis. Garganta profunda sin arcadas. Marcos gruñó, mano en su pelo rubio.
—Joder, qué boca tienes… —murmuró.
Elena la sacó un segundo, jadeando, saliva resbalando por la barbilla.
—¿Ves, amor? Mira cómo se me llena la boca… cómo me la trago entera. Nunca te la había chupado así de profundo, ¿verdad? Porque nunca me había excitado tanto.
Ricardo negó con la cabeza, la mano ya dentro del bañador, masturbándose despacio.
—No… nunca —admitió, voz rota por la excitación y los celos.
Marcos la levantó con facilidad, como si no pesara. La sentó en el borde de la mesa de popa. Le desató los lazos del bikini de abajo con un tirón suave; cayó al suelo. El coño de Elena estaba completamente depilado, labios mayores hinchados, brillantes de humedad, el clítoris ya asomando.
—Estás chorreando desde hace rato, ¿verdad? —dijo Marcos, metiendo dos dedos despacio.
Elena arqueó la espalda y soltó un gemido largo.
—¡Sí! ¡Joder, sí! —miró a Ricardo—. ¿Ves cómo me mete los dedos? Me está abriendo… me está preparando para su polla gorda. Mira cómo brillan de lo mojada que estoy.
Marcos frotó la cabeza gruesa contra la entrada, arriba y abajo, sin entrar aún. Elena se retorcía.
—¿Quieres que te la meta ya? —preguntó él, voz grave.
Ella asintió frenéticamente, mirando a su marido.
—Quiero que me abras entera… delante de Ricardo. Quiero que me hagas gritar tu nombre. Quiero que él vea cómo me follas como nunca me han follado.
Ricardo soltó un gemido torturado.
Marcos empujó despacio. Centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro. Elena gritó, uñas clavadas en los hombros de él.
—¡Me llena! ¡Me está partiendo en dos! —jadeaba, mirando a su marido—. ¿Te gusta verme así, amor? ¿Verme empalada en otra polla más grande? ¿Verme temblar?
Ricardo asentía, masturbándose más rápido, los ojos vidriosos.
Marcos empezó a moverse. Primero lento, profundo, dejando que ella se acostumbrara. Luego más rápido, más fuerte. El sonido de piel contra piel resonaba en la cubierta. Elena no paraba de hablar, sucia, excitante.
—¡Más fuerte! ¡Fóllame como puta! ¡Mira, Ricardo, mira cómo me hace saltar las tetas! Nunca me habías follado así de fuerte… nunca me habías hecho gritar así…
Se corrió la primera vez gritando el nombre de Marcos, el cuerpo convulsionando, apretándolo dentro. Ricardo se corrió casi al mismo tiempo, chorros calientes dentro del bañador, sin poder contenerse, mientras veía a su mujer deshacerse bajo otro hombre.
Marcos no paró. La giró, la puso a cuatro patas sobre la mesa. Volvió a entrar por detrás, agarrándole las caderas con fuerza, embistiendo profundo.
Elena, aún temblando, estiró una mano hacia Ricardo.
—Ven… bésame mientras me folla por detrás. Quiero que sientas cómo me sacude.
Ricardo se acercó. Besó a su mujer con desesperación, lengua profunda, mientras sentía el cuerpo de ella moverse con cada embestida. Oyó los gemidos ahogados contra su boca, olió el sexo, el sudor, el deseo.
Marcos gruñó que se corría. Sacó la polla y eyaculó sobre el culo redondo y la espalda de Elena, chorros espesos y calientes que resbalaban por su piel bronceada.
Elena se dejó caer sobre la mesa, jadeando, sonriendo exhausta. Miró a Ricardo con ojos brillantes.
—Gracias por el permiso, amor… —susurró—. Me has dejado ser una puta por un rato. Y me ha encantado.
Pero luego levantó la cabeza, pelo pegado a la frente, mejillas encendidas.
—No… no hemos terminado —dijo con voz ronca—. Quiero más. Quiero sentirlos a los dos dentro de mí… al mismo tiempo. Uno en mi coño, el otro en mi boca. Quiero que me folléis así, que me usen los dos agujeros a la vez.
Ricardo sintió un nuevo latigazo de celos y deseo brutal.
—¿Doble… vaginal y bucal? —preguntó, voz temblorosa—. ¿Quieres que te follemos los dos así?
Elena asintió, deslizándose de la mesa y arrodillándose en la colchoneta grande de proa. Abrió las piernas en postura de perrito invertido, culo en alto, coño expuesto y reluciente.
—Sí. Quiero que Marcos me folle el coño con esa polla gorda mientras yo te chupo a ti, Ricardo. Quiero sentir cómo me embiste profundo y al mismo tiempo tener tu polla en la garganta. Quiero ahogarme en semen y placer.
Marcos rio bajo, acercándose de nuevo, polla ya endureciéndose otra vez.
—Joder, qué guarra estás saliendo. Claro que sí. Tú mandas el ritmo al principio.
Elena miró hacia atrás a Marcos.
—Primero tú… métemela ya. Quiero sentirte abrirme otra vez.
Marcos se colocó detrás. Frotó la cabeza contra los labios hinchados, luego empujó firme hasta el fondo. Elena soltó un gemido largo.
—¡Sí! ¡Me llena entera otra vez! —jadeó—. Mira, Ricardo… mira cómo me la clava hasta los huevos.
Ricardo se puso delante, de rodillas. Elena tomó su polla con una mano, lamió la cabeza, saboreando el precum y restos de su corrida anterior.
—Ven… métemela en la boca —susurró—. Quiero chupártela mientras él me folla.
Ricardo empujó despacio. La cabeza entró entre los labios carnosos. Elena abrió más la boca, relajando la garganta. Ricardo avanzó hasta que sintió la garganta apretada. Elena gimió alrededor de su polla, vibraciones intensas.
Marcos empezó a moverse detrás: embestidas lentas al principio, profundas. Cada empujón hacía que el cuerpo de Elena se moviera hacia adelante, hundiendo más la polla de Ricardo en su boca.
Elena gemía ahogada, saliva resbalando por la barbilla y goteando sobre sus pechos. Sus manos se apoyaban en los muslos de Ricardo para mantener el equilibrio.
Ricardo miró hacia abajo.
—Joder, amor… estás preciosa así. Chupando mi polla mientras te follan como una puta. ¿Te gusta?
Elena asintió frenéticamente, ojos vidriosos, lágrimas de esfuerzo en las comisuras. Sacó la polla un segundo para jadear:
—¡Más fuerte, Marcos! ¡Fóllame el coño más duro! ¡Y tú, Ricardo… métemela hasta la garganta! ¡Quiero ahogarme en vuestras pollas!
Marcos aceleró: embestidas rápidas, profundas, azotándole el culo con la palma abierta.
Elena volvió a meterse la polla de Ricardo hasta el fondo, empujando hacia adelante con cada embestida de Marcos. Garganta profunda repetida, saliva cayendo en hilos.
Se corrió brutalmente: cuerpo temblando, coño apretando alrededor de Marcos, boca convulsionando alrededor de Ricardo. Chorros de humedad salpicaron los muslos de Marcos.
Marcos gruñó:
—Voy a correrme… ¿dónde?
Elena sacó la polla un instante:
—Dentro… lléname el coño.
Marcos empujó profundo y eyaculó, chorros calientes inundando su interior. Elena se corrió otra vez, más fuerte.
Ricardo, al límite, agarró el pelo de su mujer y empujó hasta el fondo de la garganta.
—Ahora yo… trágatelo todo.
Eyaculó chorros espesos directamente en la garganta. Elena tragó lo que pudo, el resto resbalando por las comisuras cuando Ricardo se retiró.
Marcos salió del coño, semen blanco goteando de los labios hinchados.
Elena se dejó caer de lado sobre la colchoneta, exhausta, sonriendo con labios hinchados y brillantes.
—Joder… eso ha sido… increíble —susurró—. Gracias por dejarme ser así, amor. Gracias por follarme la boca mientras él me llenaba el coño.
Ricardo se tumbó a su lado, besándola suavemente, saboreando su propio semen en los labios de ella.
—Gracias a ti por pedírmelo. Eres… perfecta.
Marcos se sentó cerca, riendo bajo.
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