El retiro familiar del trabajo
Micaela sabía que su esposo no notaría nada mientras ella se dejaba devorar por los tres hombres más peligrosos de la empresa. Pero cuando el dolor se mezcla con el placer en la oscuridad de las sierras, la línea entre víctima y cómplice se desvanece por completo.
El Encuentro en las Sierras
Las sierras de Córdoba se veían imponentes bajo el sol del mediodía, con el aire fresco cargado de ese olor a eucalipto y tierra húmeda. La empresa de Alfredo había organizado un encuentro familiar en un chalé enorme, rodeado de pinos y vistas al valle. Él, con sus 33 años, era un tipo común: oficinista eficiente, esposo devoto de Micaela, su mujer de 30. Ella era un fuego andante: trigueña, de piel morena suave como el mate cebado, con carnes rotundas que volvían loco a cualquiera. Sus tetas eran un espectáculo, enormes y pesadas, difíciles de contener incluso en el corpiño más firme, rebotando con cada paso. Y ese culo... gordo, parado, como dos melones maduros apretados en un jean ceñido que marcaba cada curva. Micaela sabía el poder que tenía, y lo usaba. Estaba caliente todo el tiempo, con la concha siempre húmeda, lista para cualquier cosa.
Alfredo estaba orgulloso de llevarla. "Mirá qué mina tengo", pensaba mientras la presentaba a los colegas. Pero no contaba con los tres bravucones de la empresa: Marcos, el jefe de ventas de 38 años, alto y musculoso, con una verga que se notaba gruesa bajo los pantalones; Javier, de 35, tatuado y con cara de malo, el tipo que siempre andaba en quilombos; y Rodrigo, el más joven a los 29, flaco pero con pija larga y venosa, el que ligaba con todas en las fiestas. Los tres eran conocidos por ser mujeriegos, por cogerse a las esposas de los demás sin remordimientos. Y Micaela, al verlos, sintió un cosquilleo en la concha que no pudo ignorar.
El día empezó normal: asado, birra, pileta. Micaela se puso un bikini rojo diminuto que apenas tapaba sus tetas desbordantes. Los pezones se marcaban duros contra la tela, y el culazo se salía por los costados. Alfredo charlaba con los gerentes, ajeno a todo. Los bravucones la miraban de reojo, sonriendo con picardía. "Qué pedazo de hembra", murmuró Marcos, ajustándose la pija que ya se ponía dura. Javier agregó: "Esas tetas hay que mamarlas hasta que chorree leche". Rodrigo solo rio, imaginando cómo le iba a romper esa concha.
Al atardecer, mientras todos bailaban cumbia en el quincho, Micaela se alejó hacia los baños del fondo, cerca de los árboles. Estaba ardiendo: la concha le palpitaba, empapada de jugos. No aguantaba más. Los tres la siguieron como lobos, oliendo su calor. La acorralaron en un pasillo semioculto.
—Ey, Mica, ¿te perdiste? —dijo Marcos, acercándose tanto que ella sintió su aliento en el cuello.
Ella lo miró, mordiéndose el labio. Sus ojos decían todo: estaba lista para claudicar total.
—No me perdí... solo necesitaba aire —mintió, pero su voz temblaba de deseo.
Javier se pegó por atrás, manos en su culazo, apretándolo fuerte.
—Mentira, puta. Se te ve la concha mojada desde acá. ¿Querés que te cojamos, eh?
Micaela jadeó, no se resistió. Al contrario, arqueó la espalda, empujando el culo contra la verga dura de Javier.
—Sí... no aguanto más. Cógeme, la concha me pica horrible.
Rodrigo no esperó: le bajó el bikini de un tirón, dejando esas tetas monstruosas al aire. Eran perfectas, redondas, con pezones chocolate oscuros y duros como piedras. Las mamó con furia, chupando y mordiendo mientras Marcos le metía la lengua en la boca, besándola como animal.
Alfredo ni se enteraba, borracho en la pileta.
La Primera Cogida Salvaje
La llevaron a una habitación del chalé, al fondo, con vista a las sierras oscuras. La tiraron en la cama king size, desnuda ya, piernas abiertas. Su concha trigueña brillaba de miel, los labios hinchados y rojos, el clítoris erecto pidiendo lengua.
Marcos fue el primero. Se sacó los pantalones y sacó una verga impresionante: gruesa como lata de gaseosa, venosa, con el prepucio atrás mostrando un glande morado enorme.
—Mirá esta pija, Mica. Te la voy a meter hasta el fondo.
Ella se lamió los labios, tocándose la concha.
—Dale, metémela toda. Quiero sentirla romperme.
Él se arrodilló entre sus piernas, frotó la punta en la entrada empapada y empujó de una. Micaela gritó de placer, la concha se abrió como boca hambrienta, tragando cada centímetro. Estaba tan mojada que entró fácil, pero gruesa, la llenaba hasta el útero.
—Ahhh, carajo, qué concha rica... apretás como virgen —gruñó Marcos, cogiéndola fuerte, embistiéndola como pistón.
Sus tetas rebotaban locas, Javier y Rodrigo las mamaban, pellizcaban pezones, tiraban de ellos. Ella gemía como perra en celo:
—Cógeme más fuerte, hijo de puta... rompeme la concha!
Javier no se quedó atrás: le metió dos dedos en el culo, abriéndolo mientras Marcos la taladraba. El ano era apretado, virgen quizás, pero se lubricaba con los jugos que chorreaban.
Rodrigo se paró en la cama, pija en la mano: larga, curva, con venas saltadas. Se la acercó a la boca.
—Chupala, puta. Mamá esta verga mientras te cogen.
Micaela abrió grande, la engulló hasta la garganta, ahogándose en saliva. Chupaba como experta, lengua en el glande, bolas en la mano masajeando. Los tres la usaban: Marcos en la concha, Javier dedo en el culo, Rodrigo en la boca.
La cogieron así media hora, cambiando posiciones. Marcos se corrió primero: sacó la pija chorreante y le llenó las tetas de leche espesa, blanca, caliente. Ella se la untó como crema, lamiendo un poco.
El Turno del Culo y Doble Penetración
Ahora Javier. Su verga era más corta pero gorda como puño, perfecta para el culo. La puso a cuatro patas, culazo en alto, abierto como ofrenda.
—Este orto es mío ahora. Preparate, porque te lo voy a reventar.
Escupió en el ano, frotó la punta y empujó. Micaela aulló, dolor y placer mezclados. El culo se resistía al principio, pero ella empujó atrás, queriendo todo.
—Siii, metela toda... soy tu puta, cógeme el culo!
Entró centímetro a centímetro, estirándola al límite. Javier la cogía salvaje, cacheteando el culazo que ondulaba rojo. Rodrigo se metió abajo, en la concha, y la doble penetraron: verga en concha, pija en culo, solo una membrana delgada separándolas.
—Carajo, qué apretado... sentís mi pija rozando? —dijo Rodrigo, embistiendo arriba.
Ella explotaba:
—Siii, me llenan... van a hacerme correrme como nunca!
Marcos, recuperado, le metió la verga en la boca otra vez. Triple penetración: concha, culo, garganta. Gemidos ahogados, sudor, olor a sexo puro. La cama crujía, las sierras testigos mudas.
Micaela se corrió tres veces: chorros de concha salpicando, cuerpo temblando, gritando "Me vengo, la concha explota!". Los tipos la insultaban soez:
—Puta caliente, concha de empresa... te cogemos cuando queramos.
Javier se corrió en el culo, llenándolo de semen que chorreaba blanco por los muslos. Rodrigo sacó y le pintó la cara: leche en ojos, boca, tetas. Ella lamía todo, puta total.
La Orgía Nocturna sin Límites
La noche cayó, y no pararon. La llevaron a la pileta, desnudos. Agua tibia, luces tenues. Micaela flotaba en el medio, tetas a flote, concha y culo abiertos de tanto uso.
Ahora los tres juntos en la concha: Marcos y Javier flanqueando, Rodrigo desde atrás en el culo. Triple en agujeros principales. Ella gritaba:
—Más, cójanme como yegua... la concha no aguanta tanta pija!
Alfredo dormía la mona en el dormitorio, roncando. Ellos se turnaban: unos cogían la concha mientras otros mamaban tetas, lamían clítoris, metían dedos en cada agujero..
La hicieron correrse squirtando en la pileta, agua revuelta con jugos y semen. Luego, en el pasto, a la intemperie: la pusieron de rodillas, tres vergas en la cara. Pijas duras, bolas peludas. Ella mamaba una por una, alternando, garganta profunda hasta vomitar saliva.
—Tragá todo, puta tragona —ordenó Marcos, corriéndose en la boca. Ella bebió, semen bajando por la barbilla a las tetas.
Javier y Rodrigo la terminaron: doble facial, leche caliente cubriéndola entera. Culazo rojo de palmadas, concha hinchada, culo dilatado goteando.
El Final de la Claudicación
Al amanecer, exhaustos, la dejaron en la cama, cuerpo marcado: chupones en tetas, semen seco en piel, concha palpitando. Micaela sonrió, satisfecha, adicta ya. "Vuelven cuando quieran", pensó.
Alfredo la encontró "durmiendo". Ella lo besó, sabor a pija en la lengua.
—Buen encuentro, amor —dijo él.
Ella rio por dentro. Los bravucones ya planeaban la próxima.
El Día Siguiente: El Culo Destruido
El sol de las sierras entraba por la ventana del chalé, iluminando el cuerpo desnudo de Micaela. Estaba hecha mierda: tetas marcadas con chupones violetas, concha hinchada y roja de tanto uso, culazo amoratado de palmadas. Pero sonreía dormida, soñando con las vergas de la noche anterior. Alfredo ya estaba en el desayuno con la gente de la empresa, contando anécdotas falsas. Los bravucones —Marcos, Javier y Rodrigo— la miraban desde la mesa, pijas endureciéndose bajo los short.
Rodrigo era el rey ese día. Su pija era la más dotada: larga como antebrazo, 25 centímetros fáciles, gruesa en la base, venosa como sarmiento, con un glande bulboso que dilataba todo. La noche anterior la había usado poco en el culo; ahora quería romperla él solo. Se escabulló del desayuno y entró a la habitación donde Micaela se despertaba, frotándose la concha adolorida pero húmeda.
—Buenos días, puta. ¿Dormiste bien con el culo lleno de semen? —dijo, sacándose el short. La verga saltó libre, dura y palpitante, apuntando al techo.
Micaela abrió los ojos, lamiéndose los labios resecos.
—Rodrigo... carajo, qué pija monstruosa. Vení, dame.
Pero él no jugó. La volteó boca abajo en la cama, almohada bajo la pelvis para alzar el culazo gordo y parado. Le escupió en el ano, aún dilatado de la noche, y frotó la punta gigante.
—Hoy te cojo solo el culo, hasta que llores. Preparate, porque esta verga te va a dejar el orto como túnel.
Ella tembló de anticipación, caliente otra vez. Empujó el culo atrás.
—Dale, metémela... quiero sentirla destruirme.
La Penetración Brutal
Rodrigo no lubricó más. Empujó la punta, y el glande enorme forzó el esfínter. Micaela gritó, el ano se estiró al límite, quemando como fuego.
—Ahhh, duele... es demasiado grande! —lloriqueó, lágrimas brotando ya.
—Callate y abrí, puta. Es lo que querés —gruñó él, cacheteándola el culazo.
Centímetro a centímetro, la pija larga entraba, abriéndola como nunca. El culo tragaba, pero resistía; jugos de la concha chorreaban abajo, lubricando un poco. Llegó a la mitad, y ella sollozaba, lágrimas mojando la almohada.
— Me partís el culo, hijo de puta... pero no pares!
Él rio, embistió fuerte el resto. Todo adentro: 25 cm de verga venosa reventándole las tripas. Sentía el glande besando el estómago por atrás. Empezó a cogerla salvaje, sacando casi toda y metiendo de golpe, bolas peludas golpeando la concha.
El culazo ondulaba, rojo intenso. Micaela aullaba entre llantos y gemidos:
—Siii, rompémelo... qué pija, me llena toda! Cógeme más profundo!
Rodrigo la taladraba como máquina, manos en sus caderas morenas, tirando pelo. Sudor chorreaba, olor a culo y sexo. Le metió dedos en la concha, frotando clítoris para que el dolor virara a éxtasis.
Lágrimas y Placer Extremo
Media hora así, sin piedad. Micaela lloraba descontrolada, mocos y lágrimas, pero el culo se acostumbraba, dilatado al máximo. Gemía como loca:
—Me vengo... el culo me hace correrme! Ahhh!
Squirtó fuerte, chorro de concha salpicando sábanas. Rodrigo no paraba, acelerando. El ano estaba destruido: rojo, hinchado, suelto como concha usada.
—Ahora vas a pedorrearte, puta. Sentí cómo te aflojo.
Sacó la pija de golpe: un "plop" húmedo, el culo abierto como cráter, no cerraba. Micaela sintió vacío, y salió un pedo largo, húmedo, incontrolable. Luego otro, "prrrrt-prrrt", con aire y jugos. Se sonrojó, pero excitada.
—Carajo, me dejaste pedorreándome... qué vergüenza, pero qué rico!
Él rio, la volteó y se la metió en la boca para limpiarla: pija con gusto a culo, ella mamó ansiosa, garganta profunda hasta las bolas.
La Corrienda Final
Vuelta a cuatro, la recogió más fuerte. El culo pedorreaba con cada embestida: flatulencias sucias, "fart-fart", mezcladas con semen viejo que chorreaba. Lágrimas frescas corrían por sus mejillas trigueñas, tetas rebotando pesadas.
—Llorá más, puta anal... este culo es mío ahora!
Ella sollozaba:
—Siii, soy tu perra del culo... llenámelo de leche!
Rodrigo rugió, embistió 50 veces más, y explotó: chorros calientes inundando el recto, semen rebalsando, mezclándose con pedos húmedos. Sacó, y el culo expulsó todo: leche blanca, flatulencias ruidosas, "prrrrrt-plop", ella temblando en orgasmo final.
La dejó ahí, pedorreándose sola, culo abierto goteando, llorando de puro goce. "Vuelvo esta noche", dijo, yéndose.
Micaela se tocó, sonriendo entre lágrimas. Adicta total.
El Regreso a Buenos Aires
El auto familiar devoraba kilómetros por la ruta hacia Buenos Aires, sierras quedando atrás como un sueño sucio. Alfredo manejaba, contento por el “éxito” del encuentro. Micaela iba al lado, culo adolorido en el asiento, aún dilatado del abuso de Rodrigo. Cada bache hacía que pedorreara bajito —“prrt-prrt”— con restos de semen chorreando en el hilo dental. Tetas sensibles rozando la remera, pezones duros recordándole las mamadas. Estaba saciada, pero la concha picaba queriendo más.
Llegaron al depto. en Palermo, bajaron valijas. Alfredo, olor a birra rancia, la abrazó por atrás en la cocina mientras cebaba mate.
—Che, Mica, qué fin de semana de puta madre, ¿no? La pasaste joya con las minas de los otros. Te vi re contenta, bailando.
Ella se rio por dentro, sintiendo un pedo escaparse —“fart”— húmedo, oliendo a sexo viejo. Se mordió el labio, disimulando.
—Siii, amor, joya total. Pero… mirá, el culo me duele un poco. De tanto… sentarme mal en la pileta, ja.
Alfredo la miró, cebando mate, ajeno a todo.
—¿Dolor de culo? ¿Qué hiciste, te caíste? Dejá ver.
La bajó los pantalones de yoga, vio el culazo rojo, hinchado, con marcas de manos y un ano flojo que no cerraba bien. Otro pedo salió, “prrrt”, con un hilo blanco asomando.
—Carajo, Mica, ¿qué te pasó ahí? Parece que te metieron un fierro. ¿Fue un accidente con la silla de ruedas del abuelo de Javier o qué?
Micaela explotó en carcajadas, lágrimas de risa (y recuerdo), tocándose el culo.
—Ja ja ja, sí amor, “un fierro”. El más dotado de la empresa me lo aflojó todo. Me dejó pedorreándome como loca, llorando de lo gorda que la tenía. Pero shhh, fue un secreto del encuentro familiar.
Alfredo parpadeó, confundido, mate en mano.
—¿Dotado? ¿Qué decís, boluda? ¿Te cogieron los bravucones? Esperá… ¿y yo qué?
Ella lo abrazó, frotando tetas contra él, concha húmeda otra vez.
—Tranquilo, vos sos mi amor. Ellos solo me alquilaron el culo un rato. Ahora andá a laburar, que yo me lavo esta concha llena de sorpresas.
Alfredo se rascó la cabeza, riendo nervioso.
—Sos una loca… pero qué mina. La próxima voy con vos a “bailar”.
Micaela guiñó, sabiendo que ya planeaba el próximo viaje. Fin de un fin de semana inolvidable. O el comienzo.
FIN
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
No puedo dejar de ponerle cachos
Ella sabía que su matrimonio estaba roto, pero no por falta de amor, sino por falta de tamaño.
Comparte:Infidelidad consentidaBdsm suaveOrgia grande
- Hetero: Infidelidad
Dos tíos la puta de mi mujer y la furgoneta
El juego era simple: fingir que no se conocían en el bar. Pero cuando los dos desconocidos la invitaron a subir a la furgoneta, la línea entre la…
Comparte:Infidelidad consentidaVoyeurismo consentidoOrgia grande
- Hetero: Infidelidad
De mis viajes
Él sabe que ella no ha estado sola mientras él viajaba. Al volver, no busca castigo, sino saborear las pruebas de sus aventuras.
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldOrgia grande
- Hetero: Infidelidad
De esposa modelica fiel a puta sin remedio (4)
Eva sabe exactamente cómo tenerlo al límite: manos en su entrepierna, miradas ardientes y promesas de placer que ella no le dará.
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldVoyeurismo consentido
- Hetero: Infidelidad
Cómo mi mujer acabó con otro tío entre las piernas
Él siempre imaginó sus fantasías, pero nunca creyó que ella las haría realidad tan rápido. Esta noche, en lugar de protegerla, decide esconderse y…
Comparte:Infidelidad consentidaVoyeurismo consentidoCuckold
- Hetero: Infidelidad
Esther y la invasión de albañiles
El calor del verano y la presencia de tres hombres sudorosos en su casa despiertan en Esther una excitación prohibida.
Comparte:Infidelidad consentidaVoyeurismo consentidoOrgia grande