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La Esposa que Aprendió a Mirarse - 2 - El inicio

Gema siempre se sintió segura, pero nunca como cuando la cámara la capturó. Ahora, con la pantalla del móvil brillando frente a sus ojos, sabe que está a punto de descubrir una versión de sí misma que solo Javi podrá ver. ¿Están preparados para lo que viene después de la sesión?

Melisa4.2K vistas9.4· 10 votos

EL INICIO

Un día cualquiera, mientras yo estaba en el salón intentando arreglar esa lámpara que lleva semanas parpadeando, Gema se quedó enganchada al móvil en el sofá. No era raro verla así, pero esa tarde su expresión cambió: los ojos se le iluminaron de una forma distinta, como si hubiera descubierto algo que le removía por dentro.

—Javi, mira esto —me dijo de repente, girando la pantalla hacia mí.

Era el feed de Instagram de una fotógrafa de nuestra ciudad. No recuerdo el nombre exacto ahora (creo que era algo como Ana Galán o una de esas especialistas en boudoir que hay por Sevilla o Málaga), pero las fotos eran impresionantes: mujeres reales, de todas las edades y cuerpos, posando en lencería fina, con luces suaves que jugaban con las curvas, sombras que realzaban la sensualidad sin caer en lo vulgar.

Había algo elegante, casi artístico, en esas imágenes. Unas miradas directas a cámara, labios entreabiertos, telas que se deslizaban apenas, cuerpos que se arqueaban con confianza. Nada forzado, todo natural y poderoso.

Gema se quedó callada un rato, deslizando el dedo por la pantalla, ampliando fotos, deteniéndose en detalles. Yo la observaba de reojo mientras fingía concentrarme en el cable de la lámpara. Sabía que cuando se pone así, pensativa y con esa media sonrisa, algo grande se está cocinando en su cabeza.

—¿Te imaginas? —murmuró al fin, sin apartar la vista del móvil—. Hacer algo así… Un book solo para mí. O para nosotros. Sentirme así de… libre. De sensual. Como ellas.

La miré. Estaba sentada con las piernas cruzadas, todavía con esa camiseta mía que le queda como un vestido corto, los muslos generosos y fuertes asomando, el culo respingón marcándose contra el cojín del sofá. Solo con esa ropa de casa ya era imposible no mirarla y pensar en lo que podría salir en unas fotos profesionales.

Pero esto era diferente.

No era solo deseo; era algo más profundo. Quería verse a sí misma de una forma nueva, capturar esa versión suya que a veces se esconde detrás de la rutina, del día a día, de ser “solo” Gema en pijama.

—¿Y por qué no? —le dije, dejando la lámpara a un lado y sentándome a su lado—. Si te apetece, hazlo. Te verías increíble. Más de lo que ya eres.

Ella se rio, nerviosa, pero no apartó la mirada de las fotos.

—No sé… ¿Y si me da corte? ¿Y si salgo fatal? Pero… joder, Javi, mira cómo se ven. No son modelos de revista. Son mujeres como yo. Con curvas, con todo. Y se ven tan… poderosas.

Le pasé el brazo por los hombros y le besé el pelo. Olía a su champú de siempre, ese que me vuelve loco.

—Pues entonces contacta con ella. Pide info. Si no te convence, no lo haces. Pero yo ya me estoy imaginando cómo saldrías tú en esas fotos, con esos ojos verdes clavando la cámara, esa boca que me mata, esos muslos fuertes que me vuelven loco cada vez que caminas… y ese culo que parece desafiar al mundo entero. Sería un regalo para ti. Y para mí también, qué coño.

Gema se mordió el labio inferior —ese gesto que siempre me desarma— y volvió a mirar el móvil.

—Vale… Voy a escribirle. Solo para preguntar. Nada más.

Pero los dos sabíamos que no era “solo para preguntar”.

Era el principio de algo.

Algo que iba a hacer que nuestra casa, nuestra rutina, se llenara de una electricidad nueva. Y yo, que soy un tipo de sofá y destornillador, ya estaba deseando ver las fotos. Deseando verla a ella, aún más segura, aún más suya.

Y, sobre todo, deseando que después de la sesión volviera a casa y me enseñara, en privado, todo lo que había aprendido a posar.

Esa noche, después de la cena, nos quedamos tirados en el sofá como siempre. Yo con una cerveza en la mano, ella con el móvil, scrollando sin prisa. De repente, se giró hacia mí con esa mirada que pone cuando algo le ronda la cabeza desde hace rato.

—Javi… ¿has visto mis fotos de cuando era joven? —me dijo, bajando la voz como si fuera un secreto que solo nosotros dos conocemos.

La miré. Claro que si. Aunque no estuviéramos juntos entonces, me ha contado alguna anécdota suelta, pero nunca se había extendido tanto.

—Pues sí… Participé en un par de desfiles pequeñitos aquí en la ciudad. Eran de trajes de baño de verano, de esos negocios locales que montaban pasarelas improvisadas en la playa o en alguna tienda grande para la temporada. Nada profesional, ¿eh? Modelos amateurs, chicas normales como yo, con bikinis y pareos que vendían ellos mismos.

Se rió un poco, nerviosa, pero con los ojos brillantes.

—Me sentía… increíble.

Cuando salía a la pasarela con la música de fondo, las luces, la gente mirando… No era por ser la más guapa ni nada, era por cómo me sentía yo. Poderosa. Guapa de verdad. Con el viento en el pelo, el sol en la piel, moviéndome sin complejos.

Hizo una pausa.

—Recuerdo que una vez llevaba un bikini rojo que me quedaba como un guante y, al girarme, noté cómo todos los ojos se quedaban en mis caderas, en mis muslos… y en vez de darme corte, me encantó. Me hacía sentir viva.

Se quedó callada un segundo, mordiéndose el labio inferior, y siguió:

—Qué pena no haber seguido en ese mundo, ¿sabes? A lo mejor podría haber hecho más cosas, cursos, algún casting… No sé, algo más. Pero la vida, el trabajo… y al final se quedó en un recuerdo bonito.

Suspiró.

—Pero ahora, con lo de la fotógrafa esa del Instagram, me ha vuelto todo. Imagínate: posar así, sensual, con confianza, capturando esa versión mía que sentía en aquellos desfiles. Sentirme guapa otra vez, pero ahora para mí, para nosotros. Sin prisa, sin público gritando, solo yo y la cámara.

La miré fijamente.

—Pues hazlo, Gema —le dije—. Ahora eres más tú que nunca.

Ella sonrió despacio, se acercó y me dio un beso suave, con esa chispa que promete más.

—Voy a escribirle mañana mismo. Y si sale bien… te dejo ver las fotos primero. O mejor: te las enseño en persona, posando como en aquellos desfiles. ¿Qué te parece?

Yo solo asentí.

La estantería seguía a medio montar en el dormitorio, pero ¿quién coño piensa en tornillos ahora?

Al día siguiente, mientras preparábamos el café en la cocina, Gema seguía con el móvil en la mano, revisando el Instagram de la fotógrafa. Yo me acerqué por detrás, le besé el cuello y le pregunté directamente, con esa curiosidad que me picaba desde la noche anterior:

—Oye, Gema… esas chicas que salen en las fotos del perfil, ¿las conoces? ¿Son de aquí, de nuestra zona? Porque parecen tan… reales, tan de andar por la calle como tú y como yo.

Ella se giró con esa sonrisa entre pícara y pensativa que pone cuando algo le ronda la cabeza. Dejó el móvil en la encimera y se apoyó en ella, cruzando los brazos bajo el pecho —gesto que, joder, siempre me distrae un poco—.

—Pues mira, no las conozco a todas personalmente, pero sí, muchas son de por aquí, de nuestra ciudad o de los alrededores —me contestó, bajando un poco la voz, como si estuviéramos conspirando—. La fotógrafa tiene su estudio en la zona y, en sus stories y en los comentarios de las fotos, la gente pone cosas como “¡qué guapa saliste, amiga!” o “¡vecina mía!”.

Hizo una pequeña pausa antes de seguir.

—Hay tags de localizaciones que reconozco perfectamente: el río, algún parque cercano, hasta el casco antiguo. No son modelos traídas de lejos; son mujeres normales, profesoras, mamás, oficinistas… como yo.

Sonrió, y sus ojos brillaron con algo nuevo.

—Y espera, que lo más loco: alguna de ellas es clienta habitual de la cafetería. La vi el otro día pidiendo su café con leche de siempre y, en su perfil de Insta, sale posando en lencería con una confianza brutal. Me quedé flipando cuando lo conecté. Podría cruzarme con ella por el mercado o detrás del mostrador y ni me daría cuenta de que esa misma mujer que me dice “ponme lo de siempre” acaba de hacer una sesión así.

Se quedó callada un segundo, mordiéndose el labio inferior —ese gesto que me desarma siempre—, y añadió:

—Imagínate, Javi… Yo podría ser una más de esas. Hacer la sesión en un estudio cercano, volver a casa en el mismo día y que nadie sepa —o que solo algunas sepan— que esa mujer que sirve cafés o que saluda en el ascensor acaba de sentirse como una diosa delante de una cámara.

Suspiró, entre nerviosa y excitada por la idea.

—Es como si el mundo de esos desfiles de bikinis que hice de joven volviera, pero ahora más íntimo, más mío… y más nuestro. Sobre todo sabiendo que hay clientas mías que ya lo han hecho y siguen viniendo a por su café como si nada.

La miré fijamente. Estaba preciosa allí, con el pelo revuelto de la mañana, la camiseta mía que le quedaba como un vestido corto, dejando ver esos muslos generosos y fuertes, el culo respingón apoyado en la encimera.

Solo imaginarla en una sesión así, posando con esa seguridad que tenía en los desfiles —y ahora con la idea de que podría cruzarse con sus propias clientas en la cafetería—, me aceleraba el pulso.

—Pues entonces adelante —le dije, acercándome más y poniéndole las manos en la cintura—. Si son de aquí, y algunas hasta clientas tuyas, mejor todavía. Significa que entiende cómo somos nosotros, la luz, el rollo de siempre. Y que no es algo raro o lejano; es parte de la vida normal.

Tragué saliva antes de añadir:

—Yo… yo estaré esperando las fotos como un crío. O mejor: esperándote a ti cuando vuelvas, para que me enseñes en vivo lo que has aprendido a posar.

Gema se rió suave, me dio un beso lento y profundo, y luego cogió el móvil otra vez.

—Vale. Le escribo ahora. “Hola, soy de aquí y me flipa tu trabajo. ¿Las chicas de tus fotos son locales? Me gustaría saber más sobre una sesión boudoir…”. Algo así.

Y mientras tecleaba, yo solo pensaba en lo que vendría después: ella volviendo a casa con esa chispa nueva en los ojos, más segura, más sensual.