Xtories

Chica cascabel 1

webelotro2.5K vistas9.0· 6 votos
<p>Ya era bien entrada la tarde cuando el coche del ministerio llegó a la Institución. Un conjunto de edificios rodeados de un amplio terreno ajardinado y cercado por un muro alto. Blanca, en el asiento de atrás, miró las puertas de hierro con aprensión mientras el vehículo las atravesaba. Su vida había sufrido muchos cambios en unos pocos días. De ser la hija de uno de los ministros del Partido más poderosos, mimada y cuidada, a verse de repente separada de su familia cuando la policía política llegó para llevarse a su padre. Nadie le contó lo que estaba ocurriendo. Había pasado un día encerrada en su casa con su madre y sus dos hermanos menores, y luego la habían separado para llevarla allí.</p> <p>Obedeció cuando le dijeron que bajase del coche y también cuando la condujeron por los pasillos del edificio, hasta una sala donde se reunían varios desconocidos. Antes de llegar ya podía escuchar sus conversaciones.</p> <p>- El tipo tuvo mala suerte. No supo ver que los vientos soplaban en otra dirección en la cúpula y cayó en desgracia. Jugó fuerte y perdió. Y ahora le volarán la cabeza en un sótano. Riesgos de estar en el poder.</p> <p>- No es mala suerte, es un enemigo del Pueblo. Le está bien empleado.</p> <p>- Eso dicen el gobierno y sus propagandistas, pero sabes que…</p> <p>- Calla, Diomedes.</p> <p>- Sólo digo que…</p> <p>Todos callaron cuando los dos hombres entraron en la sala escoltando a Blanca. </p> <p>- ¿El director?</p> <p>- Sí,- contestó un hombre alto y canoso, una evidente figura de autoridad. </p> <p>- Le entregamos a esta ciudadana que tenemos en custodia. Por favor, firme el documento de traspaso,- añadió tendiendo un papel.</p> <p>El director hizo una señal con la cabeza y otro de los presentes recogió el documento, lo firmó y se lo entregó al hombre que sin siquiera revisarlo, lo guardó en su chaqueta y se marchó con su compañero, tras una escueta despedida. Todos se relajaron cuando los dos miembros de la policía política desaparecieron tras la puerta, dejando a Blanca allí en pie, confusa y asustada. Durante unos segundos contemplaron a aquella joven rubia, de cabello largo y rostro hermoso. A pesar de ser delgada, sus pantalones marcaban un trasero redondeado y la blusa permitía ver que el tamaño de sus senos no era pequeño.</p> <p>- Bienvenida a la Institución,- dijo sin un atisbo de sonrisa una mujer madura, esbelta y atractiva.- Yo soy la señorita Helena, la supervisora de los alumnos de esparcimiento y recreo. Te llamas Blanca, ¿verdad?</p> <p>La aludida sólo pudo asentir con la cabeza.</p> <p>- Bien, Blanca. Como sabes, tu padre ha sido enviado a un… centro de reeducación. Habitualmente, la familia también es procesada y reeducada, pero en este caso, dadas tus calificaciones académicas y tu ficha ciudadana, el Partido cree que tienes un gran potencial para el Pueblo y el Estado. De modo que en una de esas raras excepciones, te han permitido ingresar en esta institución académica de élite.</p> <p>Blanca miraba educadamente a quien le hablaba, pero de un vistazo, recorrió los rostros de los presentes. La mayoría reflejaba lástima, aunque había una mujer que la miraba como si quisiera castigarla.</p> <p>- En este centro se forman los futuros dirigentes del país,- siguió hablando la profesora.- Sólo los mejores y más cualificados pueden acceder. Hijos de miembros del Partido y quien la Administración cree que puede ser de gran provecho. Sin embargo, hay dos modalidades de ingreso: la habitual y la de esparcimiento y recreo, que es tu caso. Creemos firmemente en una formación basada en estudio duro y estricto. Sin embargo, también opinamos que los alumnos merecen disfrutar de sus momentos de ocio. Todo influye en la educación. El palo y la zanahoria, ya sabes.</p> <p>» Tenemos biblioteca, cine, una sala de juegos que incluye videojuegos, un gran jardín, instalaciones deportivas y en general, todo lo que se necesita para soportar la dureza y la alta exigencia que se os impone, y también el hecho de vivir aquí, alejados de vuestras familias. Pensamos además que el sexo es una parte natural de la vida y hay que aprender a disfrutarlo con normalidad. Por eso, para evitar tensiones y conflictos, existen los alumnos de esparcimiento y recreo. </p> <p>» Como alumnos, tenéis pleno acceso a las clases y a todo lo que la Institución puede ofreceros. Tras finalizar los estudios, si pasáis las pruebas, obtendréis la titulación que hayáis elegido. Sin embargo, tenéis una obligación extra: satisfacer los requerimientos sexuales del resto de miembros de la Institución. Tenéis la obligación de obedecer todas las peticiones y exigencias que os hagan los alumnos…</p> <p>- Y las alumnas,- interrumpió la voz chillona que antes había hablado contra su padre. Era la profesora que la miraba con hostilidad, con cara de amargada, la región temporal rapada y un flequillo que le tapaba las cejas.</p> <p>- …Y las alumnas…- continuó la supervisora.- Tenéis la obligación de obedecer todas las peticiones y exigencias sexuales que se os hagan. Jovencita, ésta es una oportunidad que se da a muy pocos. Lo normal es que tanto tú como tu familia estuvierais en una checha o un campo de concentración…</p> <p>- En una institución de reeducación,- volvió a interrumpir la misma mujer.</p> <p>- Lo normal,- continuó la primera,- sería que tu familia y tú acompañáseis a tu padre. Pero tienes la oportunidad de salvarte, salvar a tu familia y obtener una formación. Sólo necesitamos saber si voluntariamente estás dispuesta a convertirte en una alumna de esparcimiento y recreo. Dinos, sí o no.</p> <p>Blanca estaba petrificada. La sangre golpeaba en su cabeza y su corazón estaba desbocado. La sala le daba vueltas alrededor. Sólo quería cerrar los ojos, con la esperanza de que al abrirlos, la pesadilla hubiera terminado y su vida volviese a la normalidad. Pero sabía que eso no iba a pasar.</p> <p>- Sí,- contestó con un hilo de voz.</p> <p>- Nos contestarás llamándonos por nuestros cargos. En mi caso, supervisora o profesora. ¿Has entendido?</p> <p>- Sí, profesora.</p> <p>- Bien. Has tomado la decisión correcta. Antes de llevarte a tu cuarto, te daré las instrucciones  necesarias.</p> <p>La supervisora tomó una bolsa de deporte de una mesa y se la entregó a Blanca.</p> <p>- Dentro tienes el uniforme. El resto de lo que necesitarás, incluyendo el material de estudio, se llevará a tu habitación. También hay un cuadernillo con las normas de la Institución, pero te resumo lo más importante: Para saber lo que eres, llevarás en todo momento en tu garganta el choker negro con el cascabel. Sólo los alumnos de esparcimiento y recreo lo llevan. Por eso os llaman las chicas cascabel. </p> <p>» Acatarás el mismo régimen disciplinario y formativo que el resto de alumnos,- continuó la supervisora-. No usarás ropa interior. Irás depilada, al menos axilas, piernas y sexo. No puedes negarte a ninguna de las solicitudes de naturaleza sexual, erótica o de placer que se te hagan, sea lo que sea, excepto el sexo vaginal cuando tengas el periodo. Sin embargo, no está permitido provocarte daños físicos permanentes. No puede haber prácticas sexuales en las aulas mientras se imparte clase. Tomarás puntualmente los anticonceptivos que se te proporcionarán. No podemos permitir embarazos. Las infracciones serán severamente castigadas, incluyendo castigos físicos. ¿Has entendido todo lo que te he dicho?</p> <p>- S… Sí, profesora.- susurró Blanca, sin que la voz le saliera con más fuerza de su cuerpo paralizado.</p> <p>- Bien,- dijo la supervisora.- Bien… Y ahora la última formalidad. ¿Eres virgen?</p> <p>- Q… ¿Qué?</p> <p>- Ya me has oído, jovencita. Responde. ¿Eres virgen? </p> <p>- Yo… eh…- Titubeó Blanca. Tenía miedo, añoraba a su familia, no estaba acostumbrada a ser tratada con rudeza y desde luego, no lo estaba a hablar de su intimidad ni de esos temas. Respiró y con la cabeza aun gacha, alzó sus ojos para mirar a la supervisora. Sería mejor decir la verdad. Llegados a ese punto, no había vuelta atrás.- Sí, profesora. Yo nunca… Yo… eh… quiero decir…</p> <p>La supervisora alzó una ceja y blanca no estuvo segura de si expresaba contrariedad o escepticismo. </p> <p>- Eso hay que solucionarlo,- dijo la mujer volviéndose hacia el director.- Las normas dictan que es responsabilidad del director.</p> <p>- Está bien,- respondió el aludido tras carraspear y pensárselo un momento.- Podéis marcharos. Yo me encargo de llevarla luego a su habitación.- Y dirigiéndose a Blanca añadió:- Ven a mi despacho, jovencita. No olvides tus cosas.</p> <p>El despacho no estaba lejos. Entró delante del hombre, que cerró la puerta tras ellos. Era un sitio clásico y más austero de lo esperado. Una mesa de escritorio de madera oscura, un sillón tras ella, dos sillas delante, muebles clásicos llenos de libros y papeles y muy poca decoración, consistente en títulos enmarcados, algún trofeo y poco más. La lámpara de mesa, la única que estaba encendida, dejaba el espacio en penumbra y no permitía escudriñar más. Blanca, en el centro de la estancia, miraba al sillón vacío, tras la mesa de escritorio, como si el director estuviera allí. Él, en cambio, junto a la puerta cerrada, permaneció en pie mirándola.</p> <p>- Desnúdate.- Le dijo al cabo de un instante.</p> <p>Blanca dudó un momento, pero comenzó a desabrocharse la blusa. Se la quitó y la dobló lo mejor que pudo, con manos temblorosas y titubeantes. Dudó dónde dejarla y decidió hacerlo en una de las sillas que estaban a su lado, frente a la mesa. Tras quitarse los zapatos con los propios pies, bajó sus pantalones e hizo lo mismo que con la blusa. Ahí se detuvo y dudó de nuevo. </p> <p>Se quitó los calcetines y quedó en pie, sólo con sus braguitas blancas y el sujetador, esperando nuevas órdenes. Pero el director no dijo nada. Sabía que estaba allí, tras ella, mirándola. Había escuchado las instrucciones. Era consciente de que la vida de su madre y sus hermanos pequeños dependía de que ella no provocara problemas. Respiró profundamente y se desprendió del sujetador. Luego hizo lo mismo con sus bragas y permaneció todo lo firme que pudo, desnuda en medio del despacho.</p> <p>El hombre la observó. Tenía ante sí a una criatura muy bella. El cuerpo, sin ser alto, era delgado y esbelto, pero con unas formas femeninas bien marcadas. Los pechos sólo podían calificarse de perfectos. El rostro angelical enmarcado por los rubios cabellos, con su mirada baja por la vergüenza, que le proporcionaba un encanto extra. Las nalgas eran una provocación difícil de resistir y sus piernas torneadas sostenían a aquella diosa fugada de una escultura.</p> <p>Ella sintió la presencia del director acercarse a su espalda. Unas manos fuertes y cálidas, en contraste con el frío del lugar, se posaron sobre sus hombros. </p> <p>- Esto ha de hacerse,- escuchó su voz tras ella. La alta presencia del director estaba pegada a su espalda.- Lo único que puedo hacer por ti es que sea lo más fácil posible y que duela menos.</p> <p>Con firmeza pero con suavidad, deslizó las manos por la fina piel, acariciando desde los hombros hasta el pecho. Eran redondeados y bien desarrollados, con los pezones ya duros por el frío. Los acarició con calma sintiendo como la chica temblaba, sintiendo su miedo. Bajó lentamente hacia su abdomen, recorrió las caderas y finalmente, se dirigieron hacia la suave mata de pelo entre sus piernas.</p> <p>Una de las manos volvió a subir. Apartó la melena hacia un lado, luego hizo lo mismo con la cabeza, con suavidad, venciendo una débil resistencia, y dejó al descubierto el largo y blanco cuello. El director hundió allí sus labios, al tiempo que con la otra mano, sus dedos llegaban a los labios vaginales.</p> <p>Los acarició con suavidad y sin prisas, mientras besaba y mordisqueaba el cuello y el hombro. Con la habilidad que da la experiencia, lo que era una tranquila caricia fue tornándose en una masturbación, que al rato comenzó a dar sus frutos. </p> <p>Con la mano izquierda, el director recorría el cuerpo de la joven, dedicando especial atención a los pechos. Los dedos de la mano izquierda sentían ya la cálida humedad que le facilitaba el movimiento. Fue en ese momento cuando en medio de la agitada respiración de la azorada Blanca, escapó un gemido. </p> <p>El director sonrió un instante. Era consciente de que con independencia de lo que dijeran las normas y las leyes, aquello no estaba bien, y por eso se obligó a desechar su sonrisa. Continuó trabajando en el clítoris de Blanca, cuyo cuerpo ya respondía como esperaba. Las piernas de la chica temblaron cuando él introdujo la punta de un dedo en la vagina y la encontró bien lubricada. </p> <p>Con firmeza pero sin violencia, la empujó sobre la mesa y colocó su precioso rostro contra la oscura madera. Su culo se ofrecía ante él, provocador. Aferró sus glúteos y pasó a sujetar sus caderas. Escuchó un gemido suplicante y no estuvo seguro de si pedía ser tomada o ser perdonada.</p> <p>- Ahora estás lista,- le dijo.- Así será menos doloroso que si lo hubiera hecho directamente.</p> <p>- Espere…- Susurró ella, pero el director no le hizo caso.</p> <p>Sin dejar de someterla sobre la mesa, con una mano se desabrochó el pantalón y sacó su miembro, erecto desde hacía rato. Dirigió su extremo hacia la entrada de la vagina de Blanca, que dio un respingo al notar que el glande comenzaba a abrirse paso. Trató de apretar para impedirlo, pero la lubricación de sus propios fluidos facilitó la primera penetración de su vida.</p> <p>El director introdujo su duro falo hasta el final y Blanca lanzó un grito cuando su himen fue desgarrado. Acababa de ser desvirgada. Ya no había vuelta atrás. Ya no volvería a ser virgen. Nunca daría aquel regalo a quien ella amase. Las lágrimas corrieron por sus ruborizadas mejillas.</p> <p>Sin embargo, a pesar del dolor, cuando el director comenzó a mover su pene en su interior, se sorprendió de que en realidad y a pesar de todo, no le resultase tan malo. El falo entraba y salía, con un ritmo pausado, de su húmedo y lubricado coño y el dolor daba paso a oleadas de una sensación que no sabía describir.</p> <p>El hombre, sujetando las caderas de la muchacha, la follaba con calma desde atrás, viendo como el precioso cuerpo que estaba sometiendo se retorcía sobre la mesa. La vagina era tan estrecha que temió correrse enseguida. Pero mantuvo la compostura. Después de lo que acababa de hacerle, lo mínimo era regalarle a ella algo de placer como compensación.</p> <p>El cuerpo de la joven reaccionaba a cada uno de los movimientos del pene en su interior. Ante cada embestida dejaba escapar un gemido que se iba haciendo más potente a cada empujón. Los brazos y las manos de la muchacha se movieron sin control, tirando por el suelo algunas plumas y documentos que había encima de la mesa. Al cabo de un rato, Blanca arqueó la espalda y elevó sus pies del suelo, como si su cuerpo pidiera ser penetrado con mayor profundidad. </p> <p>Emitió un largo y audible suspiro seguido de un gemido prolongado mientras su cuerpo convulsionaba, abandonado totalmente al orgasmo. Las contracciones de su vagina apretaron el pene del hombre que se esforzó por aguantar unos segundos más. Lo sacó del interior de ella justo a tiempo para desparramar su semen sobre los glúteos y la espalda de la nueva alumna.</p> <p>Blanca permaneció un rato tumbada boca abajo en la mesa, sufriendo pequeños espasmos y escalofríos, mientras las oleadas de placer poco a poco iban a amainando. </p> <p>Mientras tanto, el director sacó una cajita de pañuelos de papel de un cajón de la mesa, limpio su órgano y volvió a colocarse pulcramente la ropa. Cuando comprobó que la jovencita comenzaba a recuperarse y alzaba su cabeza poco a poco, le señaló los pañuelos y le ordenó que se aseara un poco y se pusiera el uniforme. </p> <p>Blanca tardó un instante en poder obedecer, no por rebeldía, sino porque temió que su cuerpo no respondiese a sus propias órdenes. El cóctel de emociones que bullía en su interior la dejaba tremendamente confusa. Al cabo de un rato, obedeció al hombre. Sacó el uniforme de la bolsa de deporte y se vistió con él, deseando que el director no la hubiera estado mirando sin perder detalle de cada uno de sus movimientos. </p> <p>Como le habían dicho, no tenía ropa interior que ponerse, tan solo medias que llegaban a medio muslo, una blusa con un pequeño escudo bordado y una falda plisada por encima de las rodillas. También había unos zapatos negros de tacón bajo. </p> <p>- No te olvides del cascabel,- le recordó el director. </p> <p>Ella sacó el fino y negro choker y se lo sujeto en la mitad del cuello. Justo delante, en su garganta, tenía sujeto un pequeño cascabel plateado, que emitía un suave y alegre sonido cuando se agitaba. Ahora era una chica cascabel. </p> <p>Obedeciendo las instrucciones, recogió sus cosas y siguió al director por los pasillos hasta llegar a una zona que evidentemente era residencial. Se cruzaron con varios alumnos uniformados que la miraron con curiosidad. Ninguno llevaba cascabeles. El hombre le señaló una habitación justo en el momento en que otra chica llegaba a la misma puerta.</p> <p>- Ah… Celeste, ¿verdad?- Dijo el director a la muchacha con que se acaban de encontrar. Tenía un largo pelo moreno recogido en dos coletas y un cuerpo delgado. Y ella sí llevaba el cascabel en su garganta. </p> <p>- Sí, director,- respondió la aludida bajando los ojos, con una voz encantadora. </p> <p>- Ésta es Blanca,- dijo el hombre.- Es una nueva alumna y compartiréis habitación. Confío en que te encargarás de ponerla al día y enseñarle todo esto.</p> <p>- Sí, director.</p> <p>Satisfecho y algo incómodo, el director se despidió dejando a las dos jóvenes junto a la puerta. Blanca no se atrevía a levantar la mirada ni a decir nada. La morena abrió la puerta y tocó su brazo. </p> <p>- Será mejor que pases y te instales cuanto antes. Pronto será la hora de la cena. La cama junto a la ventana es la mía, pero hay sitio en el armario para tus cosas, así que puedes ponerte cómoda. </p> <p>La habitación no era demasiado grande, pero parecía agradable y suficiente para ambas. Blanca dejó en el suelo la bolsa que llevaba y se sentó en la cama con la mirada baja retorciéndose las manos. Su compañera de habitación la miró un instante y se sentó a su lado. </p> <p>- Te acaban de desflorar, ¿no es así?</p> <p>Blanca asintió con la cabeza y la chica morena pasó un brazo por sus hombros a modo de consuelo físico. </p> <p>- Todas hemos pasado por eso. Dentro de unos días ni te acordarás. Hazme caso, no se está tan mal aquí. Y tampoco hay nada que podamos hacer al respecto. Cuanto antes aceptes tu nueva vida, menos sufrirás.</p> <p>Blanca se rindió, apoyó la cabeza en el hombro de la chica y se puso a llorar. Celeste dejó que se desahogará, hasta que el llanto amainó un poco. </p> <p>- Además,- añadió con una sonrisa pícara,- imagino que tampoco habrá estado tan mal la experiencia con el director. ¿Llegaste a correrte? </p> <p>Blanca, asombrada, miró confusa a su nueva compañera y al cabo de un instante asintió con la cabeza. La sonrisa de Celeste era contagiosa y no pudo evitar imitarla aunque fuera con un matiz triste.</p> <p>- El director es muy hábil para según qué cosas, y de entre todos los profesores quizá sea de los más decentes. ¡Eh! Pero no te hagas ilusiones.- Continuó la morena sin perder su expresión pícara.- No todos son el director y mucho menos los pipiolos más jóvenes. Algunos idiotas no sabrían cómo darle placer a una mujer ni leyendo unas instrucciones con dibujitos. Afortunadamente siempre hay alguno que lo compensa.</p> <p>Apretó un instante el abrazo a su nueva compañera y se puso en pie de un salto de forma resolutiva. </p> <p>- Y ahora,- dijo,- sécate esas lágrimas, arréglate un poco y vamos al comedor. Tengo muchas cosas que enseñarte.</p> <p>Continuará.</p>