La presa y el cascarudo
En el penal de Ezeiza, la libertad no existe, pero el placer sí. Dolores aprende rápido que en este mundo de cemento y rejas, el cuerpo es la única moneda que vale, y que a veces, el dolor y la humillación son el único consuelo que queda.
Aquí estaba yo en el puto penal de mujeres de Ezeiza. Guardada cinco largos años, el abogado me había dicho que me portara bien, que me inscribiera en algún programa de capacitación. Si lo hacía bien, se podría hacer algo en dos o tres años. Había caído por el hijo de puta de mi jefe y amante, el miserable. Me mandó a Paraguay con una flor de valija con llave. En la frontera, la catástrofe: me retuvieron y a las horas llegó la orden del juez autorizando la apertura de la valija por la fuerza. Un técnico contó los 1.300.000 dólares que había dentro. Me habían usado de mula para fugar guita de la corrupción. Se investigó todo, el tipo canto todo, pero por consejo del su abogado no me limpio a fondo.
Y aquí estoy, en este pabellón para delitos económicos. La verdad, no se pasa tan mal. Solo hay que saber hacer amigas y chupar alguna que otra concha, pero aquí además de concha, si nos eligen, tenemos pija. A mí en algunos de los ratos de patio me vio Ariel, uno de los cascarudos del grupo de choque antimotines. Esos vagos hijos de puta están más al pedo que nosotras, pero si alguno te echa el ojo, la vas a pasar bien en el cuarto de guardia, canjeando vergas descargadas por algún porrito o golosina.
Así ese hijo de puta me reventaba cuando tenía ganas.
Era una tarde de noviembre, el sol pegaba como un fierro caliente en el patio de cemento rajado. Yo estaba ahí, apoyada contra la pared. fumando un pucho robado de la celda de la gorda Marta, que siempre tenía de más porque en su familia eran todos chorros y mientras andaban sueltos plata no les faltaba, yo llevaba el uniforme gris ese que te hace sentir como una rata enjaulada, pero yo me lo arremangaba un poco para que se viera el tatuaje en el muslo, una serpiente que se enroscaba hasta casi llegar a la concha. Sabía que atraía miradas, sobre todo de los guardias que rondaban como perros en celo.
Ariel apareció de la nada, con su uniforme negro ajustado, el chaleco antibalas que le marcaba los pectorales y esa cara de macho alfa que me ponía los pezones duros solo de verlo. Era alto, morocho, con una barba de tres días que raspaba como lija cuando te besaba. “Vení, puta”, me dijo en voz baja, agarrándome del brazo sin que nadie viera. “Hoy te toca limpiarme el amansalocos” (así le llamaban a ese palo que suelen llevar). No era una pregunta, ni una intención, era una orden, y yo ya sabía lo que venía. Mi concha se humedecía solo de pensarlo, porque en este agujero de mierda, un poco de pija era como un oasis en el desierto.
Me llevó a un cuarto de guardia, de antes de la reforma, un cuartucho escondido abandonado detrás del pabellón, convertido desde hace tiempo en un cogedero, con una mesa rota, un catre mugriento y un ventilador que no enfriaba una mierda. Cerró la puerta con llave y se dio vuelta, mirándome como si fuera un pedazo de carne fresca. “Quítate la ropa, zorra”, gruñó, mientras se bajaba el cierre del pantalón. Yo obedecí, porque sabía que, si no, adiós porritos y golosinas y más importante aún, chau semejante machote revolviéndome la pasta inmunda del almuerzo a pajazos en los intestinos. Me saqué la remera, dejando los tetas al aire, los pezones rosados y erguidos por el deseo. Luego el pantalón, quedándome en bombacha, una roja que me dejo la Irma cuando la largaron.
Él ya tenía la verga afuera, dura como una barra de hierro, gruesa y venosa, con la cabeza roja hinchada. “Mirá lo que me ponés, puta barata”, dijo, agarrándosela y meneándola despacio. Yo me acerqué, arrodillándome en el piso sucio, porque sabía el ritual. Abrí la boca y me la metí hasta el fondo, chupando esa pija salada, sintiendo cómo crecía en mi garganta. “Así, mamona, chupala bien”, gemía él, agarrándome del pelo y empujando las caderas. Yo lo hacía con ganas, lamiendo las bolas peludas, succionando la punta hasta que salía presemen, ese gusto amargo que me excitaba más.
Después de un rato, me levantó de un tirón y me tiró sobre el catre. “Abrí las patas, quiero ver esa concha tuya”, ordenó. Yo las separé, quitándome la tanga, mostrando la concha depilada, los labios hinchados y mojados. Él se agachó y me metió la lengua, lamiendo el clítoris como un perro sediento, chupando los jugos que me salían. “Qué rica concha tenés, puta”, murmuraba entre lamidas, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Yo gemía fuerte, agarrándome las tetas, pellizcando los pezones mientras él me comía la concha entera.
No aguanté mucho y me vine, un orgasmo que me sacudió el cuerpo, chorros de jugo saliendo de mi concha, mojándole la cara. Él se rio, limpiándose con la manga. “Ahora te voy a coger como se debe”, dijo, poniéndose encima. Me clavó la verga de una, hasta el fondo, estirándome la concha con esa pija enorme. “Tomá, zorra, sentila bien”, gruñó, embistiendo fuerte, el catre chirriando con cada empujón. Yo envolvía las piernas alrededor de su cintura, clavándole las uñas en la espalda, pidiendo más. “Cogeme más fuerte, hijo de puta, rompeme la concha”, le decía, porque en ese momento no pensaba en nada más que en esa verga llenándome.
Cambiamos de posición, me puso de cuatro, agarrándome las caderas y metiéndomela por atrás. “Qué culo tenés, puta”, dijo, dándome una nalgada que me dejó la piel roja. Escupió en el ano y metió un dedo, preparándolo, mientras seguía cogiéndome la concha. Luego sacó la verga y la empujó en el culo, despacio al principio, pero después a fondo. “Te gusta por el orto, eh, perra”, gemía, bombeando rápido, las bolas chocando contra mi concha. Yo gritaba de placer y dolor, un mix que me volvía loca, tocándome el clítoris para venirme de nuevo.
En el pabellón, las otras minas sabían lo que pasaba. La Negra, mi compañera de celda, una morocha tetona que había caído por estafa, me esperaba cuando volvía. “Te reventaron bien, eh”, me decía, oliendo el olor a sexo que traía. Esa noche, después de la cena de mierda, nos metimos en la cucheta. “Vení, dejame probar esa concha usada”, me susurró, bajándome el pantalón. Yo me abrí de piernas en la cama de abajo, y ella se tiró encima, chupándome la concha con esa lengua experta, lamiendo los restos de leche que Ariel me había dejado adentro. “Qué rica, puta, sabe a verga”, decía, metiendo la lengua profundo.
Yo le devolví el favor, poniéndola boca arriba y comiéndole la concha peluda, chupando el clítoris hinchado hasta que se vino en mi boca, un chorro caliente que tragué entero. Después nos frotamos las conchas, tijereteando en la cucheta, gimiendo bajito para no alertar a las guardias. “Cogete mi concha, Negra”, le decía, sintiendo cómo se rozaban los labios mojados, los clítoris chocando en cada movimiento.
Pero Ariel no era el único. Había otro guardia, el Rubio, un flaco con una verga curva que te tocaba el punto G perfecto. Una vez me llevaron los dos al cuarto, en un “turno doble”. “Hoy te vamos a llenar, zorra”, dijo Ariel, mientras el Rubio me chupaba las tetas. Me pusieron en medio, Ariel cogiéndome la concha por delante, el Rubio metiéndomela en el culo por atrás. “Tomá doble pija, puta”, gemían, embistiendo al ritmo, estirándome los agujeros hasta el límite. Yo gritaba, viniéndome una y otra vez, la concha chorreando, el culo ardiendo.
Después me arrodillaron y me llenaron la boca, turnándose para que les chupara las vergas, hasta que se vinieron, leche caliente salpicándome la cara y las tetas. “Tragá todo, perra”, ordenó Ariel, y yo lo hice, lamiendo cada gota.
Así eran los días en Ezeiza. Entre programas de capacitación y visitas del abogado, lo que me mantenía viva era esa pija ocasional y las conchas de las amigas. El miserable de mi ex me había metido acá, pero al menos aprendí a sobrevivir cogiendo. Y la verdad que eso hacemos las mujeres Me reconfortaba imaginar que ahí cerquita en el penal de hombres al que me metió, aquí un violeta de 2 metros barbudo le estaría haciendo lo mismo.
Quién sabe, me ilusionaba quizás en dos años salga, con la concha bien usada pero lista para más.
Una noche, después de un motín chiquito en el pabellón vecino, Ariel me sacó de la celda a medianoche. “Vení, que te necesito”, dijo, llevándome al baño de guardias, un lugar con azulejos fríos y un olor a desinfectante. Me apoyó contra el lavabo, bajándome el pantalón de un tirón. “Abrí el culo, puta”, gruñó, escupiendo en la verga y metiéndomela directo en el orto. Dolía al principio, pero pronto era puro placer, él bombeando fuerte, agarrándome las tetas por atrás. “Te voy a llenar el culo de leche”, prometió, y lo hizo, viniéndose adentro con un rugido.
Yo me toqué la concha mientras, viniéndome con él, los jugos corriendo por las piernas. Después me dio un porrito, como siempre, y volví a la celda con el culo escociendo pero satisfecha.
Con la Negra, las noches se ponían calientes. Una vez trajimos a la Nueva, una pendeja que había caído por droga, con tetas firmes y concha rosada. “Vení, probemos esta”, dije, y nos tiramos las tres en la cucheta. Yo le chupé la concha mientras la Negra le comía las tetas, y después nos turnamos para frotarnos contra ella. “Cogete mi verga imaginaria”, le decía la Negra, pero usábamos dedos y lenguas, haciendo que la pendeja gritara de placer.
Así seguí, día tras día, cogiendo para sobrevivir. El abogado decía que pronto saldría, pero mientras, disfrutaba las pijas y conchas del penal. Ezeiza no era tan malo, al final.
Siguiendo con la rutina, un día en el taller de costura, donde nos obligaban a coser uniformes para pasar el tiempo, me crucé con la Jefa, una guardia lesbiana que todos sabían que le gustaba las minas. Era una mina fornida, con pelo corto y ojos penetrantes. Me miró fijo mientras yo cosía, y al final del turno me dijo: “Quedate, tengo que revisarte”. Las otras se fueron, y ella cerró la puerta.
“Quitate todo, puta”, ordenó, y yo lo hice, quedándome desnuda en el taller. Ella se acercó, tocándome las tetas, pellizcando los pezones hasta que dolían rico. “Qué lindas tetitas”, dijo, bajando la mano a mi concha. Metió dedos, tres de una, estirándome. “Mojada ya estás, zorra”. Me hizo arrodillarme y le chupé la concha, que tenía depilada como la mía, chupando el clítoris grande que tenía. Ella gemía, agarrándome la cabeza, empujándome contra su entrepierna.
Después me puso sobre la mesa de costura, abriéndome las piernas y comiéndome la concha con furia, metiendo la lengua y dedos al mismo tiempo. Me vine rápido, chorros saliendo, mojando la mesa. “Ahora te voy a coger con esto”, dijo, sacando un consolador que tenía escondido, grueso como una verga real. Me lo metió en la concha, bombeando fuerte, mientras me chupaba las tetas. “Tomá pija falsa, perra”, gruñía, y yo pedía más, viniéndome de nuevo.
Eso se volvió rutina con ella, cogidas en el taller por cigarrillos extras.
Ariel, una vez me llevó a la azotea, de noche, donde nadie iba. “Acá te voy a reventar al aire libre”, dijo, tirándome al piso de cemento. Me cogió de misionero, la verga entrando y saliendo de mi concha, el viento frío en la piel. Luego por el culo, de lado, metiéndomela profunda. Se vino en mi boca, leche caliente que tragué bajo las estrellas.
El abogado vino un día: “Portate bien, en un año salís”. Pero yo pensaba en las cogidas que me quedaban.
Una tarde volví a la celda arrastrando los pies, con el culo ardiendo como si me hubieran metido un fierro caliente. La Negra estaba tirada en la cucheta de abajo, fumando un pucho a medio armar, mirándome de reojo mientras yo me dejaba caer en la mía, boca abajo, sin poder sentarme ni en pedo. Empecé a lloriquear bajito, como una pendeja, las lágrimas calientes rodándome por las mejillas.
— Negra… me mató el hijo de puta ese… —le dije entre hipos, la voz rota.
Ella apagó el pucho contra la pared y se sentó, apoyando los codos en las rodillas. Me miró con esa cara de “contame todo, zorra” que ponía cuando olía chisme o sexo fresco.
— ¿Qué te hizo el cascarudo ahora? Dale, largá, que te veo la cara de culo roto desde acá.
Me costó hablar al principio, pero una vez que arranqué no paré. Le conté todo, con pelos y señales, mientras me dolía hasta respirar.
— Me llevó al cuartito de guardia después del patio… me dijo “arrodillate, puta” y ni bien cerré la puerta ya tenía la verga afuera, dura como palo. Me agarró del pelo y me la metió hasta la garganta, sin aviso, hasta que me ahogué y empecé a babear como perra en celo. “Chupala bien o te quedás sin porro”, me decía, empujándome la cabeza. Yo le chupaba las bolas, le lamía la cabeza hinchada, tragaba el presemen salado… y él se reía, me llamaba “mamona barata”, “puta de pabellón”.
La Negra se acercó un poco más, los ojos brillándole de curiosidad morbosa.
— Seguí, seguí…
— Después me levantó como si fuera un trapo y me tiró sobre el catre. Me bajó el pantalón de un tirón, me abrió el culo con las manos y escupió directo en el agujero. “Hoy te rompo el orto, llorona”, me dijo. Me metió dos dedos primero, girándolos, abriéndome, y yo ya estaba gimiendo de dolor y ganas. Después sacó la verga, la apoyó en la entrada y empujó de una, hasta el fondo. Dolía una mierda, Negra, sentí que me partía en dos. Pero él no paraba, bombeaba fuerte, las bolas chocándome contra la concha, agarrándome las caderas como si fuera su muñeca inflable. “Tomá pija en el culo, sumisa de mierda”, me repetía, dándome cachetadas en las nalgas. Me humillaba a cada embestida: “Mirá cómo llorás, puta, te encanta que te revienten el ojete”. Y yo… yo lloraba pero me tocaba la concha al mismo tiempo, me venía una y otra vez mientras él me reventaba.
La Negra se mordió el labio, excitada. Se levantó y se acercó a mi cucheta.
— Date vuelta, dejame ver.
Yo me puse boca abajo del todo, bajándome el pantalón gris hasta las rodillas. El culo me ardía al aire. Ella se agachó, me abrió las nalgas con las dos manos y soltó un silbido largo.
— La concha de tu madre… mirá cómo te dejó, Dolores. El agujero está rojo, hinchado, parece que te metieron un bate. Se ve el bordecito irritado, y todavía brilla de la saliva y la leche que te dejó adentro. Este cascarudo te rompió bien, eh. Se nota que le encanta una putona sumisa como vos, bien llorona, que se pone a gimotear mientras le clavan la verga hasta las bolas.
Yo seguía lloriqueando, pero ahora mezclaba vergüenza y calentura. La Negra me pasó un dedo suave por el borde del ano, apenas rozando, y yo pegué un respingo.
— Ay, duele…
— Claro que duele, boluda. Te dejó el culo como un tomate maduro. Pero mirá qué lindo se ve, todo abierto, esperando más. —Me dio una palmada suave en una nalga y yo gemí—. ¿Se vino adentro?
— Sí… se vino profundo, sentí los chorros calientes llenándome. Después me hizo arrodillarme de nuevo y me limpió la verga con la boca, me obligó a chupar los restos de mi propio culo y su leche. “Tragá todo, perra”, me dijo, y yo tragué, con lágrimas en los ojos.
La Negra se rio bajito, esa risa ronca que ponía cuando se ponía caliente.
— Sos una zorra de campeonato, che. Llorás pero te encanta. Vení, date vuelta que te limpio un poco.
Me ayudó a ponerme de costado. Sacó un trapito húmedo que tenía guardado (contrabando de la enfermería) y me lo pasó con cuidado por el culo, limpiando la zona irritada. Cada roce me hacía gemir, mitad dolor, mitad placer.
— Mirá cómo tiembla el agujerito todavía… —dijo, metiendo apenas la punta del dedo—. Está flojito, abierto. Este Ariel te amoldo bien, eh. La próxima vez que te coja por el orto vas a pedirle que te meta dos dedos más mientras te revienta.
Yo me tapé la cara con la almohada, muerta de vergüenza, pero la concha ya me chorreaba otra vez.
— No sé si aguanto otra como hoy… me dejó destruida.
— Mentira. Mañana vas a estar pidiendo que te vuelva a romper. —Se acercó más, me besó el cuello y bajó la mano hasta mi concha—. Mirá, estás empapada, puta. Te calienta que te humillen, que te dejen el culo roto y te llamen llorona sumisa.
Me metió dos dedos despacito en la concha, curvándolos, mientras con la otra mano me acariciaba el clítoris hinchado. Yo gemía contra la almohada, moviendo las caderas.
— Decime que te gusta ser su putita de guardia —me susurró al oído.
— Me… me gusta… —admití entre jadeos—. Me gusta que me humille, que me rompa el culo, que me llene de leche y me haga llorar…
— Eso, buena zorra. Ahora dejame comerte esa concha mojada mientras pensás en la pija del cascarudo.
Se bajó y se metió entre mis piernas, lamiéndome despacio, chupando los jugos que me salían. Yo me agarraba las tetas, pellizcándome los pezones, imaginándome todavía con Ariel encima, reventándome el orto mientras me llamaba puta sumisa. Me vine rápido, chorros calientes en la boca de la Negra, que tragó todo y siguió lamiendo hasta dejarme temblando.
Después se acostó a mi lado, abrazándome por atrás, su mano en mi culo dolorido.
— Descansá, llorona. Mañana te va a doler más, pero ya sabés… si el cascarudo te busca de nuevo, vas a abrir las piernas y el culo sin chistar. Porque sos eso: una putona sumisa que llora pero se calienta con la humillación.
Yo asentí, todavía con lágrimas en los ojos, pero con una sonrisa chiquita. En Ezeiza, el dolor y el placer venían juntos. Y yo ya me había acostumbrado a los dos.
Hay algo inexorable en el misterio del tiempo y es que pasa. Siempre e inevitablemente pasa, para bien o para mal.
Y los meses los meses, y el tiempo en Ezeiza se volvió una rutina borrosa de talleres, visitas controladas y cogidas rápidas en los rincones que ya conocía de memoria. El abogado me dijo que ya estaba cerca: “En tres meses, antes de navidad, Dolores, salís en libertad condicional si seguís portándote como hasta ahora”. Yo asentí, sin mucha emoción. Cinco años adentro te curten la piel y el alma; la libertad ya no parecía un sueño, solo otro cambio de celda más grande, otros carceleros pero a cielo abierto.
Una de esas tardes de visita, mi hermana vino como siempre, con esa cara de cansancio que traía desde que yo caí. Se sentó del otro lado del vidrio, el teléfono en la mano, y después de las pavadas de siempre —cómo estaba mamá, que el sobrino ya caminaba— bajó la voz y soltó lo que tenía guardado.
— Che, Dolores… tu exjefe, el hijo de puta ese… se convirtió en la putita de los duros en Devoto. Lo tienen de perrita, lo pasan de celda en celda. Dicen que le rompen el culo todos los días, que llora como vos lloras con el cascarudo, pero sin porritos ni golosinas de premio. Y lo peor… contrajo sida. Está flaco como un palo, con manchas en la cara, esperando que lo trasladen al hospital penitenciario para que se muera ahí.
Me quedé callada un rato largo, mirando el vidrio rayado que nos separaba. No sentí ganas de festejar, ni de reírme en la cara del destino. Tampoco lástima, ni bronca renovada. Solo una nada fría, como cuando se apaga un pucho contra la pared y ya no queda ni humo.
— La basura va en los tachos —dije al final, sin alzar la voz—. Que se pudra ahí.
Mi hermana me miró fijo, como esperando que explotara o llorara o algo. Pero no había nada más que decir. Colgué el tubo, me levanté y volví al pabellón con el mismo paso lento de siempre.
Esa noche, en la cucheta, la Negra me preguntó qué había pasado. Le conté lo justo.
— El miserable se está muriendo adentro, con el culo roto y el virus comiéndoselo.
Ella soltó una risita seca.
— Karma de mierda, che. ¿Y vos?
— Yo salgo pronto. Y cuando salga, voy a vivir. Sin mirar para atrás.
Me dio un beso en la nuca, me metió la mano por debajo del pantalón y me acarició la concha despacito, como para recordarme que todavía estaba viva, que todavía sentía.
— Entonces disfrutá lo que queda, putita. Que afuera te esperan vergas nuevas y conchas frescas. Y este agujero de mierda se va a quedar con sus fantasmas.
Yo cerré los ojos, dejándome llevar por sus dedos, pensando que al final, la vida da vueltas raras. El que me mandó a la mierda terminó peor que yo. Y yo… yo iba a salir, con el culo todavía sensible y mas elastico de tantas cogidas, pero entera.
La basura, como debe ser, va en los tachos. Y punto final.
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