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La Esposa Correcta — Capítulo 4

Julián no la detiene. La observa. Y cuando el móvil vibra en la oscuridad, Clara entiende que su libertad de elección es la ilusión más grande de todas.

Bruno del Valle6.9K vistas8.6· 16 votos

Capítulo 4 — Lo que no se dice

Clara no recordaba haber mirado tantas veces el móvil sin motivo.

No esperaba un mensaje. O eso se repetía. Pero cada vez que la pantalla se encendía —por la hora, por un reflejo, por cualquier notificación ajena— sentía un pequeño sobresalto, como si el cuerpo supiera algo que la cabeza aún se negaba a aceptar.

La casa estaba en silencio. Julián había salido temprano y Clara se movía por las habitaciones con una sensación extraña, como si todo estuviera exactamente igual… y, al mismo tiempo, nada lo estuviera.

Regó las plantas con más cuidado del habitual. Se detenía en cada hoja, en cada gesto, buscando una calma que no llegaba. Pensó en la tierra removida. En las manos de Luis corrigiendo las suyas. En lo fácil que había sido quedarse.

El móvil vibró.

Clara se quedó quieta. No lo cogió enseguida. Se secó las manos despacio y entonces miró la pantalla.

Luis: Si hoy puedes, vente un rato. Antes de que anochezca.

No había saludo. No había explicación. No hablaba de trabajo ni de herramientas.

Clara sintió un nudo en el estómago.

Miró la hora. Miró la puerta. Julián no volvería hasta la noche.

Durante unos segundos largos no hizo nada. Luego escribió.

Clara: Puedo pasar un poco.

El mensaje se marcó como leído casi al instante.

Luis: Vale.

Solo eso.

Clara dejó el móvil sobre la mesa y apoyó las manos en ella, inclinándose hacia delante. Notó cómo algo se activaba en su cuerpo sin pedir permiso.

No era una cita. No era una lección. Pero tampoco era solo curiosidad.

El camino estaba más oscuro que otros días. El cielo empezaba a cerrarse y el aire olía a humedad y a tierra viva.

Luis estaba allí, de pie, sin trabajar. Como si la estuviera esperando.

—Has venido —dijo.

—Me dijiste antes de que anocheciera.

Luis asintió.

—Hoy no vamos a trabajar mucho.

La frase le cayó encima con un peso distinto.

—¿Entonces…? —empezó Clara.

—Solo quiero que entiendas algo —respondió él—. Ven.

La condujo a una zona más apartada. La tierra estaba más blanda, más oscura.

—Aquí —dijo—. Mete la mano.

Clara dudó.

—¿La mano?

—Sin guantes.

Se agachó y hundió los dedos en la tierra. Estaba fría, húmeda. Sintió el contraste subirle por el brazo.

—¿Lo notas? —preguntó Luis.

—Sí.

Luis se colocó frente a ella, muy cerca.

—Esto no se aprende mirando —dijo—. Se aprende así.

Clara retiró la mano instintivamente, pero Luis la sujetó por la muñeca. No fue brusco. No fue fuerte. Fue exacto.

—Tranquila —dijo—. No te estoy reteniendo.

Sus miradas se cruzaron. El silencio se volvió espeso.

Luis soltó la muñeca despacio.

—Puedes irte cuando quieras —añadió—. Nadie te obliga a estar aquí.

Eso fue lo que la hizo quedarse.

Volvió a meter la mano en la tierra. Luis no la tocó esta vez, pero Clara sentía su presencia igual, como una presión constante.

—Bien —dijo él—. Así.

Trabajaron unos minutos en silencio. El cielo se oscurecía rápido.

—Será mejor que vuelvas —dijo Luis al final.

Clara se levantó despacio, limpiándose las manos en el pantalón. Sentía que algo había quedado suspendido entre los dos.

—Mañana no podré —dijo ella, sin saber por qué lo aclaraba.

—No pasa nada —respondió él—. Ya vendrás.

Antes de irse, Clara se detuvo.

—Luis…

—Dime.

—¿Por qué… me escribiste tú?

Luis tardó en responder.

—Porque sabía que vendrías.

—¿Cómo?

Luis sostuvo su mirada.

—Porque no estás aquí solo por aprender.

No dijo nada más.

Clara se dio la vuelta y se marchó antes de que él pudiera ver lo que esa frase le había hecho.

En casa, Julián ya estaba. Sentado en el sofá, con una cerveza en la mano. Levantó la vista cuando ella entró.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí —respondió Clara, demasiado rápido.

Julián la observó un segundo más de lo habitual.

—Hueles a tierra.

Clara sintió que la sangre le subía a la cara.

—He estado un rato fuera.

Julián sonrió. No era una sonrisa casual. Era tranquila. Satisfecha.

—Te sienta bien —dijo.

Durante la cena hablaron de cosas sin importancia. Clara respondía, asentía, pero notaba la mirada de Julián de vez en cuando, como si estuviera comprobando algo.

Esa noche, en la cama, Clara tardó en dormirse. Pensó en la mano de Luis en su muñeca. En el mensaje. En la forma en que Julián la había mirado.

Por primera vez, una idea tomó forma clara y molesta:

Julián sabe más de lo que dice.

Se giró de espaldas y cerró los ojos. El móvil vibró bajo la almohada.

Lo sacó despacio.

Luis: Mañana no vengas.

Clara frunció el ceño.

Antes de que pudiera pensar qué responder, llegó otro mensaje.

Luis: Deja que sea él quien te diga cuándo.

Clara se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole en el pecho.

Apagó la pantalla sin contestar.

Al otro lado de la cama, Julián respiraba tranquilo.

Y Clara entendió que ya no estaba simplemente entre dos hombres… sino dentro de algo que se estaba decidiendo sin pedirle permiso.