De aventuras y piratas en el Faro d fin del mundo
El viento patagónico no es lo único que la hace temblar. Mientras su familia cree que descansa en la cubierta, Marisa descubre que el verdadero viaje comienza cuando los marineros la llevan a la cabina.
Marisa tenía 38 años, una mina con curvas que volvían locos a los tipos en la calle. Algo gordita, sí, pero una gordura que te hace babear: tetas enormes, de esas que rebalsan en cualquier escote, y un culo bonito, redondo y firme, que se movía con un ritmo hipnótico cuando caminaba. Su marido, un mediocre del monton, poca pija, pocas ganas, poca hombria, que solo la valoraba como “la ama de casaSu marido Salvador, le debía este viaje desde hacía años. Se lo habia prometido!
Marisa era fanática de las novelas de Julio Verne, y soñaba con ver el Faro del Fin del Mundo en Tierra del Fuego, ese lugar mítico que la transportaba a aventuras de piratas y mares salvajes. Finalmente, después de tanto rogárselo, el tipo accedió. Llevaron al pendejo de su hijo de 6 años, y ahí estaban, en Ushuaia, embarcando en un catamarán para la excursión.
El viento patagónico les pegaba en la cara mientras el barco zarpaba hacia el Canal Beagle. Marisa se sentía viva, excitada por la idea de pisar esa isla remota. Pero el oleaje empezó a joderla. Las olas eran unas hijas de puta, subiendo y bajando como si el mar quisiera vomitarla. Se mareó rápido, la concha se le revolvió y sintió náuseas. "No puedo más, che", le dijo a su marido, apoyándose en la baranda. Él, como siempre, minimizó: "Dale, Marisa, es un rato nomás. Vamos a ver los pingüinos, al pibe le va a encantar". El nene ya estaba saltando de emoción, gritando "¡Pingüinos! ¡Pingüinos!". Marisa negó con la cabeza, pálida como un fantasma. "Andá vos con el chico, yo me quedo acá. No quiero arruinarles el día".
El barco atracó en una isla cercana al faro, y el grupo bajó en zodiacs, esos botes inflables que se usan para avistaje y expediciones, visitarían el pinguinal y otros luares durante el resto del dia. Marisa se quedó en la cubierta cerrada, sola con el guía, un morocho fornido de unos 40, con barba espesa y ojos pícaros, y el timonel, un tipo más joven, musculoso por el laburo en el mar, con tatuajes que asomaban por la camisa abierta. Se llamaban Raúl el guía y Pablo el timonel. "Quedate tranquila, señora", le dijo Raúl con esa voz grave, acento sureño que la hizo temblar un poco. "Te traemos un mate para que te repongas". Pablo sonrió, mostrando dientes blancos, y fue a la cabina a preparar algo.
Marisa se sentó en un banco de la cubierta, el viento le alborotaba el pelo castaño y le pegaba la remera ajustada contra las tetas, marcando los pezones endurecidos por el frío. El mareo seguía, pero ahora mezclado con una cosquilla rara en la panza. Raúl se acercó con el mate, cebando uno amargo. "Tomá, esto te va a asentar el estómago, che". Sus manos rozaron las de ella, y Marisa sintió un calambre en la concha. Hacía meses que su marido no la tocaba como Dios manda; el tipo era un flojo en la cama, siempre apurado y egoísta.
Pablo volvió con una manta, la cubrió y se sentó al lado. "Estás pálida, Marisa. ¿Querés que te demos un masaje para relajar?". Veni vamos al camarote abajo que estas agradable y ofes recostarte.
Ella sonrió nerviosa, pero el roce de las manos de Pablo en sus hombros la hizo suspirar. "Dale, no seas tímida", murmuró Raúl, y ella se dejo llevar sostenida de la cadera por el guia. Abajo la cucheta era pequeña y humilde, un catre de caños solo con un colchon y una mesa pequeña.
Pablo la hizo sentar en ese catre y se arrodillo frente a ella, empezando a masajearle las piernas. Marisa cerró los ojos, el oleaje ahora parecía lejano. Las manos de Raúl subieron por los muslos, rozando el borde de los shorts. "Qué culazo tenés, nena", susurró él, con voz ronca. Marisa abrió los ojos, pero no protestó; al contrario, se mordió el labio, sintiendo cómo la concha se le humedecía. Raul, tambien bajo y sento junto a ella, Pablo, desde atrás, le bajó los tirantes del top, liberando esas tetas monumentales. "Mirá estas ubres, Raúl. Son para ordeñarlas todo el día".
Marisa jadeó cuando Pablo pellizcó un pezón, tirando fuerte. "¡Ay, hijos de puta!", gimió, pero no se movió. Raúl le abrió las piernas de un tirón, metiendo la mano en los shorts. "Estás empapada, reputa. ¿Tu marido no te coge bien?". Sus dedos gruesos encontraron la concha peluda –Marisa no se depilaba mucho, le gustaba natural– y empezaron a frotar el clítoris hinchado. Ella arqueó la espalda, las tetas rebotando. Pablo se sacó la pija del pantalón, una verga gruesa y venosa, y se la puso en la cara. "Chupala, zorra. Mostrá qué bien la mamás".
Marisa, perdida en la lujuria, abrió la boca y engulló esa pija como una desesperada. La chupaba con avidez, lamiendo las bolas saladas por el sudor marino, mientras Raúl le bajaba los shorts y las bragas, exponiendo ese culo bonito y la concha chorreante. "Qué orto tenés, Marisa. Voy a reventártelo". Él se desabotonó, sacando una pija aún más grande, curva y dura como una barra de hierro. Escupió en la mano y lubricó el ano de ella, metiendo un dedo, luego dos. Marisa gemía alrededor de la verga de Pablo, saliva cayéndole por la barbilla.
Pablo la agarró del pelo, follándole la boca con embestidas brutales. "Tragátela toda, puta barata. Sos nuestra reputa ahora". Raúl, impaciente, la levantó como si fuera una pluma –a pesar de su gordura– y la puso a cuatro patas en el camastro. Le clavó la pija en la concha de un solo empujón, sintiendo cómo las paredes vaginales lo apretaban. "¡Qué concha apretada, che! Tu marido debe tenerla chiquita". Empezó a bombearla fuerte, las nalgas de Marisa chocando contra sus caderas, haciendo un sonido obsceno de carne contra carne.
Marisa gritaba de placer, las tetas colgando y balanceándose con cada embestida. Pablo se arrodilló frente a ella, metiéndole la pija de nuevo en la garganta. La usaban como un juguete, uno por delante y otro por atrás. Raúl salió de la concha y apuntó al orto, empujando despacio al principio, pero luego con saña. "¡Tomá por el culo, gordita tetona! Sentí cómo te abro". Marisa aulló, el dolor mezclándose con un placer salvaje, el ano estirándose alrededor de esa verga monstruosa. Pablo le pellizcaba las tetas, mordisqueando los pezones hasta dejarlos rojos.
Cambió la posición: Raúl se acostó en el colchon, y Marisa se montó encima, ensartándose en su pija por la concha. Pablo, desde atrás, le metió la suya en el orto, haciendo un sándwich perfecto. "¡Doble penetración para esta reputa!", gritó Raúl, agarrándole el culo y abriéndolo más. Marisa rebotaba como loca, las tetas saltando, sudando y gimiendo. "¡Cójanme más, hijos de puta! ¡Rómpanme los agujeros!". Sentía las pijas frotándose a través de la delgada pared, el clítoris rozando el pubis de Raúl.
Pablo le dio nalgadas fuertes, dejando marcas rojas en ese culo bonito. "Mové el orto, zorra. Aprietame la pija". Raúl le chupaba las tetas, mordiendo los pezones hasta que ella chillaba. El barco se mecía, pero ahora el movimiento sumaba al ritmo de la cogida. Marisa tuvo su primer orgasmo, la concha contrayéndose, chorros de jugo salpicando las piernas de Raúl. "¡Me vengo, la concha de su madre!", aulló.
No pararon. La pusieron de rodillas, y alternaron: uno en la boca, el otro en la concha o el orto. Raúl le metió los dedos en la concha mientras Pablo la sodomizaba, y viceversa. Marisa chorreaba, el colchon mojado con sus fluidos. "Sos una fuente, perfa. Qué puta caliente". Pablo sacó la pija del orto y se la metió en la boca, obligándola a probar su propio sabor. "Limpiala, reputa. Saboreá tu culo".
El clímax llegó cuando Raúl la levantó, clavándola por la concha mientras Pablo la penetraba por atrás de nuevo. El viento arriba bramaba azotaba, el mar rugiendo a coro con los bramidos de esos dos hombres que ponian en su lugar a la turista casada insatisfecha. Marisa sentía las pijas pulsando, listas para explotar. "¡Llenenme, cabrones! ¡Leche en todos mis agujeros!". Raúl eyaculó primero, chorros calientes inundando su concha, goteando por las piernas. Pablo siguió, descargando en el orto, el semen saliendo cuando sacó la pija.
La dejaron ahí, jadeante, con la concha y el orto rezumando leche, las tetas marcadas de mordidas. "Volvé cuando quieras, Marisa. Sos la mejor reputa que cogimos en este barco", dijo Raúl, guiñando. Pablo le dio un beso sucio en la boca. Ella se arregló como pudo, el mareo olvidado, solo pensando en repetir. Cuando su marido y su hijo volvieron, ella sonreía, secreta, con el cuerpo aún temblando de la cogida monstruosa. El Faro del Fin del Mundo había sido solo el comienzo de su aventura real.
Marisa se miró en el espejo de la cabina después, las tetas hinchadas, el culo rojo. Se tocó la concha, aún sensible, y sonrió. Ese viaje era lo que necesitaba. En la vuelta, Raúl le pasó un número: “Llamame cuando estés en Ushuaia sola”. Ella guardó el papel, sabiendo que volvería por otra cogida brutal.
Al día siguiente, en el hotel, mientras su familia miraba las fotos, ella recordaba las pijas estirándola, los gemidos ahogados por el viento. Quería más.
Por la noche, su marido quiso cogérsela, pero fue flojo como ssiempre ni siquiera se dio cuenta que estaba agrandada y marcada. Marisa fingió, pensando en Raúl y Pablo reventándola. Al otro día, mintió que iba de compras el niño insistio para ir con ella. No podia negarse mucho porque levantaria sospechas y se encontró con ellos en un muelle escondido. "Volviste, reputa hambrienta", dijo Pablo, bajándole metiendole la mano en el culo ahí mismo. Esperen dijo ella esta mi hijo. Pablo se rio y se acercoa un pequeño stand en ese puerto que parecia se una oficinita para contratar excursiones y le dijo a una vieja que atendia “cuida y mostrale fotos de pinguinos a pibe que nosotros le vamos los huevos de morsa a la madre” Inmediatamente Raúl la besó, metiendo lengua profunda. La llevaron a una casita cerca, y la cogida fue peor: la ataron con cuerdas de barco, le metieron pijas en todos los agujeros alternando, la hicieron chupar bolas mientras la dedeaban hasta squirtear.
"¡Abrime más el orto, Raúl! ¡Metela toda!", gritaba Marisa, las tetas atadas con cuerda, rebotando. Pablo le escupía en la concha, frotando fuerte. La pusieron en posiciones locas: Marisa colgada de una viga, piernas abiertas, uno cogiéndola por abajo, el otro por arriba. Eyacularon en su boca, obligándola a tragar. "Bebé toda la leche, zorra putona". Una hora larga despues Marisa se reencontraba con su hijo, llevandolo a una jugueteria para que elija un juguete a cambio de no decir donde habian ido.
Días después, de vuelta en Buenos Aires, Marisa soñaba con eso. Su fanatismo por Verne ahora incluía aventuras propias: ser usada como reputa en el fin del mundo. Planeaba otro viaje, sola esta vez, para que Raúl y Pablo la destrozaran de nuevo, llenándola de pija y semen hasta no poder caminar.
Marisa recordaba cada detalle. La primera embestida de Raúl en la concha, cómo la llenaba, estirando las paredes. El sabor salado de la pija de Pablo, venas pulsando en su lengua. El orto ardiente después de la sodomía, pero un ardor placentero. Se masturbaba en casa, metiendo dedos en concha y orto, imaginando sus manos callosas. "Quiero que me cojan como a una perra en celo", murmuraba.
Mantuvieron el contacto: en Telegram, les mandaba fotos de sus tetas, culo. Ellos respondían con videos de pijas duras. "Vení, tetona, te vamos a reventar". Marisa ahorraba para volver, sabiendo que su vida había cambiado. De ama de casa aburrida a puta sureña.
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