El refugio de montaña Parte 1 (relato)
En la soledad de un refugio de montaña, la distancia entre los esposos se rompe cuando dos extraños revelan un deseo prohibido. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar el silencio de un marido para recuperar lo que ha perdido?
Este es un relato de tres capítulos. Gracias al lector R quien me dio unos valiosos aportes para la construcción de este relato
EL REFUGIO DE MONTAÑA Parte 1
Almudena no había sido siempre así, si mal no recuerdo, porque la memoria nos hace malas pasadas, aun cuando no había pasado mucho tiempo de ese cambio.
Yo creo que fue un poco antes de cumplir los 30, a los 29 años de ella.
Comenzó en ella una verdadera obsesión por cuidarse físicamente, el gimnasio se convirtió en su segundo hogar y luego el cross fit y luego el senderismo y el montañismo.
Es que siempre había tenido un cuerpazo y la verdad es que no necesitaba de todo eso, pero claro, ese cuerpazo flexible y esbelto se había vuelto en algo así como terminator, era brutal el cuerpo que había echado, musculado y duro, estaba demasiado buena, a veces dudaba de que fuera mi mujer y no la mujer de alguien con más suerte que yo.
Esbelta y flexible como siempre, pero su culo era una masa dual de dos globos hemisféricos por nalgas, unos glúteos que estaba volviendo locos a todos en el gimnasio y en el grupo de senderistas los fines de semana.
Usaba unas mallas y unos leggins que se adherían a su cuerpo como una segunda piel y que marcaban de un modo estremecedor sus fibrosas y musculadas piernas y ese culo de araña que ya no era normal.
Me daba corte y veía que los tíos me miraban con una envidia puta y malsana, me odiaban, yo creo.
Eso me hacía replegarme más en mí mismo.
Yo había heredado la empresa constructora de mi padre y le había agregado mi título de arquitecto casi como un ornamento de lujo y cuando Almudena comenzó a trabajar como secretaria de mi padre quedé pillado por ella y al cabo de dos años estábamos casados.
Era un bellezón, la cara un poco angulosa, los ojos levemente rasgados, un ovalo perfecto y delicado era su rostro, la boca sensual, le pequeña nariz, las cejas delineadas, el pelo fino y castaño, largo y liso como una lluvia de verano.
Y unos tetones maravillosos, parados, inhiestos que desconocían la ley de gravedad, unos pezones rosados que se empeñaban en apuntar hacia el universo, siempre hacia lo alto.
Unas tetazas grandes que parecían aplastarse contra el torso esbelto por efecto de su propio y esponjoso peso y luego un hilo invisible tiraba de esos pezones en punta hacía arriba.
Medía 1,75, 33 años, dos años menos que yo, no teníamos hijos por el momento.
Mi padre había muerto hacía poco, más allá del pesar por su muerte, todo marchaba.
En esa pequeña ciudad en la que vivíamos todo era prosperidad para mí y paradójicamente el único lunar en todo aquello era mi inquietante esposa y su entusiasmo por el ejercicio, las dietas y el senderismo.
Seguía enamorado de ella como siempre, pero algo en ella me tenía siempre como en ascuas, la notaba tensa, siempre a punto de estallar, siempre exigiéndome nuevas muestras de entusiasmo por las cosas que a ella le entusiasmaban.
Lo último en que nos embarcaríamos era a una excursión de alta montaña por el pirineo Aragonés con otros senderistas, maldita la gracia que me hacía pasar noche en esos refugios y albergues, algunos estaban bastante bien, con camas y todo, pero eso de dormir con siete u ocho personas en la misma habitación no era lo mío y luego otros refugios como el que visitaríamos en esta expedición, eran muy desolados y precarios, uno de ellos no tenía nada de comodidades, solo una estufa a leña tallada en la piedra y nada más.
_Venga, Esteban, debes estar listo para mañana y no tienes todo preparado_ decía ella mientras metía cosas en una pequeña mochila.
_Es que ya sabes lo apañado que soy_ dije
_No soy tu madre, chico, espabila_ decía ella, un poco autoritaria
La verdad preferiría quedarme en casa, con mis libros y mi ordenador y mi mundo seguro y confortable, pero con Almudena no había manera.
Una vez más me preguntaba si era realmente así cuando la conocí.
Ahora ella tenía una tienda de ropa con una amiga y le iba bien, bastante bien a decir verdad.
_Mira que Edu es de meterle caña, nos va a llevar volando_ dijo ella
Edu era el guía de nuestro grupo, éramos seis hombres y dos chicas.
Yo iba por que ella me insistía y la verdad no quería dejarla sola en medio de tanto buitre, la otra chica era una amiga de ella que trataba de seguirle los pasos en todo.
En ese grupo había también algunos viejos que solo iba para mirarle el culo a mi esposa yo creo, pobrecillos, es que tenían que quedar muy mal luego de cada domingo de excursión, la de pajas que se harían pensando en ella.
A veces pillaba a alguno de ellos tirándole alguna fotito a mi esposa, desde atrás claro, sin que ella les vea.
Me daban pena más que otra cosa,
Y luego estaba la alimentación, que era algo que me provocaba nausea de solo pensarlo, esas barritas de cereal, eso frutos secos, esos bocadillos de pollo o pavo, secos, sin mahonesa ni nada sabroso.
A Almudena no le interesaba comer, no estaba dentro de su radio de placer, así que para ella estaba bien así y todo para llegar a la cima de una montaña y abrir los brazos y enseñar ese culo a unos pobres viejos que le tiraban fotos.
Unos días antes había conseguido que le acompañara al gimnasio, ella iba muy temprano, a las siete de la mañana, antes de abrir la tienda.
Me costaba tragar a los maromos de gimnasio llenos de músculos que se pavoneaban ante ella y que la miraban descaradamente.
Yo hacía algún tiempo que no iba y vi a dos tíos que me llamaron la atención, uno era un hombre de unos cuarenta años, con una barba entre cana y castaña una calva no completa sino con algo de pelo a los costados, tenían una expresión reconcentrada y torva y los ojos entrecerrados todo el tiempo y me llamó la atención de que era muy musculado en brazos y piernas pero tenía panza, una barriga compacta también, como si se hubieran compactado músculos y grasas y no hubiera manera de diferenciarlos, mediría 1,80 por lo menos y luego otro tío más alto de barba y bigote más cuidados, de rostro anguloso y seco, árido, también de unos cuarenta años, pero más alto que el anterior, más cerca del 1,90 y este tío era un verdadero hércules, tenía cada musculo del cuerpo bien definido, como cincelado en piedra.
Y me llamaron la atención porque miraban a Almudena y cuchicheaban entre ellos, sin sonreír pero la miraban torvamente.
_Esos dos me tienen cansadita, son dos gilipollas_ me dijo ella mientras hacíamos ejercicios de estiramiento.
_ ¿Te han dicho algo?_ dije
_No, que va, pero son dos subnormales, me miran todo el tiempo y hablan entre ellos_
_ ¿Crees que hablan de ti?_
_Por mí que hablen de lo que quieran, pero no les aguanto_ dijo ella sin dar más explicaciones
Ella siguió con sus rutinas de ejercicios, bastante exigentes, estos dos hacían pesas más que nada, levantaban muchos kilos, eran dos animalillos de gimnasio claramente, se habían criado allí.
En un momento dado, logré ponerme a sus espaldas, me habían intrigado, no solo su actitud torva que no era habitual ni siquiera en ese ambiente, sino también lo que me habían comentado ella, que me sonó un poco misterioso.
Y entonces les escuché.
_Joder, que buena esta, no me canso de decirlo_ decía el de la calva y la panza, tenía una voz grave y silbante a la vez, como si dejara escapar las palabras entre los dientes con un pequeño silbido.
_A mí me tiene harto lo presumida que es_ dijo el gigantón de barba de la cara angulosa y árida, su voz tenía un registro más grave que la de su amigo
_Es que la tía se lo curra, las sentadillas que hace, ese culo no se logra en un día, macho_
_Yo es que se lo rompería todo, que no pueda sentarse en un mes_
_Eres un bestia, tú, así la estás dejando a la abogada_ dijo el otro y por primera vez le escuché como una risilla, como un graznido de pájaro.
_Y con el cornudo mirando, ya me tienen un poco harto los dos_ dijo el gigantón
_Ella está muy buena también_ dijo el barba
_Pero al lado de la presumida esta no hay color_ dijo el gigante
_Es que esta es demasiado_
_Demasiado guarra debe ser_
_De las que van de señora por la vida y luego es una zorra perdida_
Me alejé y me quedé pensando en lo que había escuchado, se follaba a una abogada y delante de su esposo al parecer.
Y de pronto se me cruzó por la mente de si yo sería capaz de algo así, ver a Almudena follar con otro.
El sexo era algo que había ido a menos en nuestra relación, de ser una cosa normal y muy buena en los primeros tiempos, a la casi extinción completa hoy por hoy.
Era como una obligación marital que ella se tomaba cada quince días o una vez por semana, algo rápido, un gimoteo ocasional, un orgasmo logrado a base de esfuerzo, ella masturbándose con su mano delicada de uñas cuidadas y perfectas, mientras yo la penetraba y luego me pedía que me corriera sobre su vientre, mientras acababa de correrse ella.
Casi no había sexo oral entre nosotros.
Habían hablado de ella como “la presumida”, si, era verdad, ella era vanidosa y gélida y cada vez más se había convertido en una mujer que todos admiran y a la vez desprecian, era muy evidente. Los aires que se daba, se creía superior, su fina naricita levantada hacía arriba, como sus pezones, hacia la cima de la montaña que aspiraba a escalar.
Y por otro lado yo creía que ella no era así realmente, que algo la había llevado a cambiar, pero en el fondo estaba esa mujer que había conocido hacía siete años y que era una chica dulce y cálida.
Sus ojos rasgados y sensuales tenían algo de calidez que yacía en ellos como escondida, como un lago profundo escondido en la montaña, inaccesible, pero estaba allí y mi esperanza era que saliera a la luz algún día.
Por ahora era solo la ropa de senderismo de la marca Columbia, su preferida, dispuesta sobre la cama para la excursión de mañana, sus leggins y mallas que se adherían a su piel, su chaqueta shell impermeable, sus zapatillas de senderismo peakfreak de 130 euros.
Estábamos a las puertas del verano, haría calor, aunque luego la temperatura descendía bruscamente durante la noche.
Y cuando hacía calor, ella usaba unas camisetas con tirantes, muy cortas que dejaba su vientre plano y ejercitado al desnudo y sus enormes tetones prietos y pugnando por escaparse por el escote.
Esa noche me costó dormir, el episodio del día anterior en el gimnasio todavía subsistía en mí, con su carga de violencia verbal y erotismo guarro, expuesto, marginal.
El culo parecía ascender por el sendero con vida propia, como si esas nalgas ejercitadas transportaran al resto del cuerpo de mi mujer y luego esos hombres de cincuenta años, de cuarenta y de treinta que le estaban mirando el culo todo el tiempo con un deseo procaz e indecoroso.
Eran seis hombres siguiendo el culo de mi mujer ascendiendo por senderos y paisajes que no tenían la menor importancia y su amiga, Cristina, que era una pantalla, algo decorativo y necesario para salvar las apariencias.
Y mi propia presencia allí ¿Qué pintaba yo? ¿Qué pensarían de mí? El marido de la presumida.
Ese primer día transcurrió con normalidad, ella charlaba con su amiga más que nada y a mí se me había pegado uno de los cincuentones que me daba una charla insustancial y vacía cuando podíamos hablar, tanto así que yo bendecía los momentos de marchar para estar a solas con mis pensamientos.
Llegamos a uno de los refugios, era libre, es decir que no le cuidaba nadie y que estábamos allí por nuestra cuenta, tenía una chimenea y dormiríamos en sacos de dormir.
Comimos unos bocadillos de pavo con pan integral y unos frutos secos, muy secos y áridos como el pavo.
_ ¿Te está gustando?_ dijo Almudena, sentada a mi lado, mientras el guía y otro hombre encendían el fuego de la chimenea
_Claro, cariño, es una bonita experiencia_ dije
_Gracias por venir…..sé que no es el mejor plan para ti, ya te lo compensaré_ dijo ella y me sonrió.
Me quedé sorprendido por esa muestra de calidez y empatía, que hacía mucho tiempo no percibía en ella.
Una sensación de esperanza en el futuro me invadió por completo y me dejé arrastrar por dulces pensamientos esa noche, los que me ayudaron a soportar ese agobio de dormir con ocho personas en un espacio muy pequeño.
Luego me resigné a dormir en esa proximidad de toses, respiraciones y ronquidos
Al día siguiente nos pusimos en marcha muy temprano.
Edu, nuestro guía, nos daba bastante caña, a pesar de los dos cincuentones que integraban el grupo y yo creo que lo hacía para impresionar a Almudena.
Y luego de unas cuatro horas de ascenso por senderos realmente escarpados, en que los encinos nos pinchaban un poco y se comenzaban a ver los abismos de las montañas recortadas como inmensas pirámides contra el cielo azul, fue que sucedió el accidente.
Veía la figura flexible y poderosa de Almudena encabezando la marcha y escuché un grito de dolor y luego ella que trastabillaba y Edu que la sujetaba de la cintura e impedía que cayera sobre los que veníamos abajo, contemplando extasiados, esas nalgas pulposas de su increíble culo.
_ ¿Qué pasa?_ dije
_Joder, me he torcido un tobillo_ dijo ella
Se sentó sobre una piedra y el resto del grupo se desperdigó alrededor de ella, se cogió una de esas largas piernas enfundadas en una malla oscura, de la marca Columbia lógicamente, y se tocó el tobillo.
Su hermosa carita tenía dibujada una mueca de dolor.
__Flexiona el tobillo, Almu_ dijo Edu, feliz de coger el tobillo de ella entre sus manos.
A ella no le gustaba nada que le dijeran Almu, lo odiaba.
_ ¿Te duele?_ dijo Edu con voz melosa.
_Si…._ dijo ella, el largo pelo llovido al viento, no se lo ataba, le gustaba llevarlo así, flameando como una bandera de guerra.
_Te has hecho un esguince, creo que……_
_No voy a poder seguir…..-
_Si, luego el sendero se pone más duro, tendrás que regresar ¿Quieres que pidamos una camilla?_
_No…._ dijo ella, desechando la idea con fastidio.
_Me bajo contigo_ dijo Cristina, su amiga. _No…no……..vosotros seguid……Esteban me acompaña_ dijo ella
¿Puedo confesar que me alegré de que la excursión se terminara para nosotros tres días antes?
Calculé que tal vez al anochecer podríamos llegar a la base, pero me equivoqué, descendíamos muy lento, a Almudena le dolía el tobillo y por primera vez en mucho tiempo la sentí más cerca de mí, aceptando aun a regañadientes que me necesitaba.
Se apoyaba en mí y en el bastón, me gustaba sentir el contacto de su cuerpo escultural y que de algún modo hubiese parado esa actividad física incesante desde hacía casi cuatro años.
Ella también estaba en el equipo de cross fit y competía de vez en cuando.
Comprendí que pronto iba a anochecer y que para mí mala suerte tendríamos que pasar otra vez la noche en el refugio de la noche anterior.
Ese triste refugio de paredes de piedra y nada en el interior salvo la chimenea y unos bancos de cemento.
Llegamos al sitio, la temperatura comenzaba a bajar rápidamente.
Me alegré de que no hubiera nadie más. Era deprimente dormir con esa proximidad de varios cuerpos, con sus olores y sus ruidos. Me imaginé que el hombre primitivo debería vivir así, en esa promiscuidad oscura de las cavernas
_Vas a tener que encender el fuego, cariño……_ dijo ella y se sentó en el banco y se quitó la zapatilla del tobillo lesionado.
No solía llamarme cariño muy seguido últimamente, lo que había logrado un simple esguince de tobillo.
Había leña preparada allí, la verdad es que no se me daba nada bien ese tipo de tareas y me vi en la perspectiva de un duro combate para encender ese fuego y entonces la puerta del refugio se abrió y una correntada de viento me golpeó en el rostro.
Y les vi.
Eran los dos del gimnasio, parados allí en el marco de la puerta, el de rostro anguloso y la barba negra y corta y llevaba un gorro de lana de color negro y ropa de color verde, casi militar.
El otro, el calvo, iba con la cabeza descubierta y el pelo alrededor de las sienes un tanto desordenado.
Nos quedamos mirando los cuatro, ellos a nosotros y nosotros a ellos.
_Buenas, chicos……. ¿Acabáis de llegar?_ dijo el calvo, con sus músculos y su panza extraña
_Si…….me he torcido un tobillo_ dijo ella
_ ¿Si? Y con lo que entrenas tú, con la caña que te das en el gimnasio_ dijo el calvo y se quitó la mochila del hombro, llevaba una camiseta de color gris y unos pantalones camuflados, los dos tenían un aspecto militar.
_Nos conocemos de allí ¿verdad?_ dijo ella
_Si, Román_ dijo él y extendió la mano, presentándose, ella seguía sentada en el banco y con la pierna extendida, llevaba una chaqueta impermeable desabrochada, se veía su camiseta corta que le dejaba el vientre desnudo al descubierto.
_Almudena y Esteban mi esposo_ dijo ella, me acerqué a estrechar su mano.
_Encantado_ dije
_Carlos_ dijo el de rostro anguloso, estaría muy cerca del 1,90 seguramente, se había quitado el gorro de lana y tenía el pelo oscuro con algunas canas.
También tenía un rostro muy varonil, hecho de líneas duras y tajos, esos rostros que carecen de redondeces.
_ ¿Por qué no le miras el tobillo? Carlos es médico, yo te ayudo a ti con el fuego_ dijo el calvo panzón, Román, mirándome a mí con su mirada penetrante.
_Quítate el calcetín_ dijo Carlos, tenía una mirada penetrante y no parecía conocer el acto de sonreír.
Me impresionó escuchar su voz grave y autoritaria darle una orden a mi esposa, eso nunca sucedía.
_Ya me ha vendado nuestro guía_ dijo ella
Carlos se sentó en el banco de piedra y cogió el tobillo de ella con las dos manos.
_Vaya chapuza de vendaje_ dijo él
Almudena mide 1,75 y estaba potentísima pero al lado de ese hombre que era una masa de músculos y tendones realmente parecía pequeña.
_ ¿Te duele si lo muevo así?_ dijo él moviendo el tobillo
_Si…._dijo ella que parecía incómoda.
El calvo ya estaba apilando leña para encender el fuego, yo había quedado a mitad de aguas.
_Se te va a inflamar, tendrás que hacer reposo, te voy a hacer un vendaje de verdad_ dijo y comenzó a sacar un botiquín de su mochila.
_Está bien así….déjalo_
_ ¿Que? ¿No crees que soy médico?_ dijo él
_No digo eso…._ dijo ella
Él había cogido el tobillo delicado de ella entre sus grandes manos y le estaba quitando el vendaje.
La larga pierna de ella se extendía hacía él, se notaban los músculos y el torneado perfecto embutido en esas mallas pegadas al cuerpo que usaba.
_Tienes un bonito tobillo_ dijo Carlos y acabó por quitar el vendaje y lo arrojó al suelo, luego cogió un vendaje nuevo y una especie de aceite en una botella plástica.
_ ¿Está bien que un médico diga eso?_
_Claro….._ dijo él sin sonreír, yo me había quedado como hipnotizado, mirando las manos de ese hombre sobre el tobillo de ella, manipulándolo.
_Vosotros no sois de aquí ¿verdad?_ dije
_Estamos en la base militar_ dijo el calvo
Cerca de nuestra ciudad había una base militar, creo que era de fuerza área y artillería.
_Sois del ejército_ dijo ella
_Algo así_ dijo Carlos envolviendo el tobillo de Almudena que estaba hinchado, con el nuevo vendaje_
El fuego ya estaba encendido y comenzó a oscurecer, en la penumbra, el rostro anguloso de Carlos parecía más taciturno y hosco.
_Te durará hasta el lunes, que vayas a tu medico_ dijo el cachas.
_Con este fueguito me cocinaría un lechal_ dijo el calvo.
Esa panza era fruto de que le gustaba comer al cabrón.
El resplandor de la fogata nos envolvió a las cuatro con su luz espectral.
_Tu mujer es muy guapa_ dijo Carlos, mirándome fijamente e ignorándola a ella, como si no estuviera presente.
_Si, lo se….._ dije
_ ¿Te gustaría verla follar con otro?_ me dijo a boca de jarro
_Ey!! ¿Qué dices?_ dijo ella
_Tío, no te pases, colega…_ dijo el Calvo
_No he dicho nada extraño, yo en este momento me estoy follando a una mujer casada, con el consentimiento de su esposo, igual la conocéis, es una ciudad pequeña_ dijo él y se recostó en el banco de piedra, una pierna musculosa y grande apoyada sobre la rodilla.
_No iras a decir su nombre, animal_ dijo el calvo
_No nos interesa saber su nombre_ dije
_Mónica Guzmán, es abogada, su marido también_ dijo Carlos
_No eres muy discreto que digamos ¿verdad?_ dijo Almudena, noté en la penumbra que había enrojecido.
Claro que conocíamos a ese matrimonio, incluso habíamos estado en cenas benéficas con ellos.
Ella era un rubia de unos cuarenta años que estaba muy buena y él era un poco mayor.
_Bueno, igual sois del mismo club que ellos_ dijo Carlos
_Tu es que eres un poco subnormal ¿verdad?_ dijo mi esposa
_Tío, para ya…..perdonadle, viene de estar movilizado en zona de guerra, no está bien este chico_ dijo el calvo, disculpándolo y luego cogió unas sogas de escalamiento y se puso a enrollarlas.
_Bueno, es que estamos aquí, igual os va ese rollo y mira….. ¿A qué perder tiempo….?_
_No, no somos una pareja liberal y tampoco hay clubes de swingers ni nada parecido por aquí_ dije
_ ¿Y lo de la abogada esta lo sabíais?_ dijo Carlos y nos miró a los dos de hito en hito.
_No_ dije
_Si_ dijo Almudena
_ ¿Si? no te coge por sorpresa entonces…_ dijo Carlos
_Algo había escuchado, pero bueno…..no está bien lo que tú haces, la discreción es supuestamente una de las condiciones de la gente como tu_
_ ¿La gente como yo?_ dijo él y por primera vez algo parecido a una sonrisa se formó en su cara, tenía una boca grande que le partía la cara en dos mitades cuando sonreía, la mandíbula poderosa y huesuda.
_Los que follan a mujeres insatisfechas…._
_No es que sea una mujer insatisfecha, es solo que su marido la quiere tanto que desea darle el gusto de follar como ella se merece_ dijo Carlos
_ ¿Lo haces por dinero?_ dijo ella
_Claro que no_
_Igual eres un gigolo, un prostituto_ dijo ella
El calvo se rio con risa estridente.
_ ¿Cuánto pagarías tu por follar conmigo?_ dijo Carlos
_Ni un céntimo, a ver si yo voy a pagar por follar_ dijo ella, seguía con la pierna extendida sobre el banco de piedra, apuntando en dirección al gigantón, estábamos en penumbra iluminados por el resplandor del fuego.
_Perdona tío….es que esté tío está pirado….la guerra hace esas cosas…_ me dijo el calvo, tenía ojos claros.
_ Está bien, creo que ya está bien del tema_ dije, me sentía completamente disminuido y fuera de la realidad y con un poco de miedo, temí que todo derivara en una situación violenta.
_Tranquilo que somos gente legal, no te preocupes yo respondo por este, soy el capitán Román Martínez Barrera, puedes comprobarlo en la base cuando volváis_ dijo el calvo, con su barba poblada y sus ojos claros, muy serio, como si hubiera adivinado mi pensamiento, seguía con esas sogas que parecían una amenaza en sus manos.
_No tenemos miedo_ dijo Almudena, estaba circunspecta y con un dejo de fastidio, su rostro había quedado más en penumbras.
_No tenéis por qué tener miedo, somos adultos y estamos hablando cosas de adultos, entre adultos_ dijo Carlos.
_Pero sabéis que lo que estáis haciendo no está bien_ dije
_ ¿Por qué?_
_Estáis acosando a mi esposa y a mí, en un lugar alejado_ dije y creo que me temblaba la voz, no pude evitarlo.
_Tranquilo, hombre, no pasa nada y tu chico, discúlpate con los señores_ dijo el calvo, el capitán o supuesto capitán.
_Si, mi capitán_ dijo Carlos, irónicamente.
_Haber estado en la guerra no te da derecho a ser un borde_ dijo Almudena
_He estado en el Líbano y ya te digo, estamos todos aquí, esta situación tan peculiar no se va a dar otra vez, bueno, nada, ya he planteado la cuestión_ dijo él
_Os veis casi todos los días en el gimnasio_ dije
_Pero a tu mujer no te le puedes acercar en el gimnasio, ella es muy….especial…._ dijo Carlos
_ ¿Qué quieres decir con eso?_ dijo ella, pinchada.
_Nada, venga, comamos algo y a dormir_ dijo el calvo.
_No, espera quiero saber por qué has dicho eso…._ dijo Almudena, se abrió un poco más la chaqueta y sus tetones suspiraron arriba y abajo.
_Es que eres ¿Cómo decirlo? Muy orgullosa……. Muy tu misma_ dijo Carlos
Presumida, dije para mis adentros.
_ ¿Y está mal eso?_ dijo ella
_No, está muy bien, es una ciudad pequeña y todo el mundo te está viendo todo el tiempo, tú lo sabes, si me acercara a hablar contigo, me despacharías sin miramientos, vamos_ dijo Carlos
_Pues aquí no nos ve nadie_ dijo Román el calvo y se rio, tenía una risa estridente, como de vieja sin dientes.
Y entonces un rapto de locura me atravesó de rabo a rabo, creo que estaba harto de la tensión que se había creado, de la actitud de Almudena de los últimos años.
_Yo, si ella está dispuesta, me lo plantearía_ dije
_ ¿Qué te plantearías qué, Esteban?_ dijo Almudena, el calvo encendió una linterna en ese momento, la nueva luz, blanca y lunar nos bañó por completo.
_Pues eso……si te apetece follarte a este maromo, gigolo o lo que sea, adelante, yo doy mi permiso_
_Oye tío, que no soy ningún maromo, que yo no te he faltado el respeto, digo_ dijo Carlos, amenazadoramente.
_Te has vuelto loco_ dijo Almudena
_Mira voy a enseñaros la mercadería, ya que creéis que soy un maromo_ dijo el tío y se puso en pie y se quitó la camisa color verde militar, llevaba una camiseta blanca bajo la camisa, con tirantes y también se la quitó.
Tenía un cuerpo perfecto el puto cabrón, la cintura pequeña y de allí salían una serie de músculos definidos al extremo y los hombros y los brazos era descomunales.
_Tenías tiempo de ir al gimnasio en el Líbano_ dijo ella
El hombre no respondió, se quitó los borceguíes, se sentó para ello y luego, se puso en pie y se bajó los pantalones y quedó en calzoncillos.
_Para ya, esta cosa cutre de los stripper no me va_ dijo ella, mirando para otro lado.
Entonces el tío de cara angulosa, se bajó los calzoncillos de un solo tirón.
Tenía una enorme polla, como me había imaginado, ningún tío que no tenga una gran polla se desnuda de esa manera frente a una mujer como Almudena.
Era una polla, gorda, grande y venosa y en descanso, entre las piernas que también eran puro músculos y tendones como cuerdas marineras, impresionaba como si estuviera en erección.
No supe que decir.
_Tú eres capitán o algo, dile que se vista haz el favor, porque os juro que mañana voy a la base esa y si es verdad que sois militares allí, os pongo a parir_ dijo Almudena a Román, el calvo de la panza y los músculos al mismo tiempo.
_Claro, tienes razón, pero tu maridito ha dicho bastante y tú nada, él ha dado su consentimiento y tu debieras decir que piensas del asunto este_ dijo el calvo, quien seguía con las sogas entre sus manos.
_Venga, presumida que eres, si te mueres por mirarme la polla_ dijo Carlos y se plantó frente a ella, las nalgas magras y musculadas del hombre me taparon la cara de mi esposa.
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