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Dominaciónene 2026

Mi castigo por andar cogiendo sin permiso

Enrique huele la desobediencia en su piel y decide que la lección debe ser memorable. No será un castigo privado, sino un espectáculo donde su dignidad se negocia en cada esquina. Sofi debe aprender, ante los ojos de extraños y bajo la mirada fría de su amo, que su cuerpo ya no le pertenece.

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El trayecto de regreso a casa transcurrió mayormente en silencio. Mi madre, por momentos, hablaba sin parar sobre los pormenores de la vida de una amiga, mientras yo permanecía sumergida en el eco de lo que acababa de suceder. De pronto, el teléfono rompió mi ensimismamiento: era Enrique. Mi pulso se aceleró; no podía contestar, no con él proyectando esa aura de control absoluto mientras mi madre, sentada al lado, representaba la última frontera de mi vida "normal".

—¿No vas a contestar, hija? —preguntó ella, con voz cargada de una inocencia que me dolió, observando la pantalla iluminada. —No puedo, mami, vengo manejando. —Haces bien. Eres muy responsable, eso me gusta de ti.

El teléfono insistió. Enrique no era de los que se rendían fácilmente. —Hija, oríllate y contesta —insistió mi madre—, puede ser importante. —No, ya casi llegamos. Le devolveré la llamada en cuanto bajemos.

Una vez en el garaje, antes de ocuparme de las compras, busqué un rincón y marqué su número con manos temblorosas. —¡Vaya, hasta que te dignas! —su voz sonó cargada de una autoridad cortante. —Perdón, mi amo. Venía con mi madre a un lado, era imposible. —Como sea. Necesito verte ahora mismo. Estoy a una cuadra de tu casa. Te robaré cinco minutos y podrás volver.

Salí de casa casi por instinto y me dirigí al lugar indicado. Al subirme a su auto, la atmósfera cambió de inmediato. —Hola, mi amo —susurré. —Hola, Sofi. Me has tenido preocupado; dos semanas sin noticias… eso está muy mal. Tendré que castigarte —dijo, pero de pronto se interrumpió, olfateando el aire—. Espera. Hueles raro. —¿Yo? No… —Sí. Ese olor es inconfundible. ¿Acaso tuviste sexo?

El miedo se apoderó de mí. Ante lo evidente que era de que él mismo lo comprobara, decidí que la verdad era mi única salida. —Debo decirte la verdad… Sí, hace unos minutos. —¡Lo sabía! —Sus ojos se clavaron en los míos—. Fue con tu novio, ¿cierto? —No. Pasó algo, contesté, sintiendo que mi dignidad se venía abajo— ¿Qué pasó?… me sometieron. Sin tu permiso.

Después de unos minutos, terminé de contarle todo lo sucedido en ambos estacionamientos. La confesión desató en él una mezcla volátil de enojo, indignación y, extrañamente, lujuria.

- Ok, entonces te dejaste someter en dos ocasiones, en dos estacionamientos y por dos tipos diferentes ¿Eso es lo que me estás diciendo? - Sí mi amo, así fue.

La confesión desató en él una mezcla volátil de enojo, indignación y, extrañamente, lujuria. El castigo fue inmediato y público: - Me vas a mamar la verga en este momento aquí mismo en el auto y en tu vecindario y te vas a tragar todo, absolutamente todo lo que de ella salga. Me obligó a complacerlo ahí mismo, bajo el riesgo de ser vistos por mis vecinos. Comencé a chupar a buen ritmo y poco a poco aceleré un poco más y más. Yo quería que terminara pronto para poder regresar a mi casa. Sentí en un momento que su mano atrapó mi cabeza y justamente en ese instante comenzó a venirse en mi boca y garganta, yo me apresuré a tragar todo sin dejar una gota. La humillación escaló cuando, tras terminar de eyacular, me obligó a beber su orina como una lección de obediencia absoluta.

- Ni se te ocurra quitarte, porque si una sola gota se derrama sobre mi pantalón o el asiento del auto, tu castigo será mucho peor -.Quería llorar o gritar, pero no pude… empecé a sentir los chorros calientes de su orina golpear en mi garganta y por puro instinto comencé a tragar y tragar… ¡Lo bebí todo!

- Esa es la primera lección —sentenció, mientras se subía la bragueta—. Te quiero lista hoy en la noche a las once. Bañada, depilada y con vestido. Hoy vas a entender quién es el dueño de tu cuerpo.

Cerca de las once de la noche, después de una cena tensa con mis amigas, Enrique pasó por mí.

- Hola mi niña, te ves increíblemente hermosa.

- Muchas gracias - contesté –

- Bueno pues, ahora vamos a que cumplas la segunda parte de tu castigo.

- ¿Cómo? ¿En verdad me vas a castigar nuevamente?

- Así es, te lo ganaste. Te gusta ser una puta, pues eso serás.

- No entiendo…

- Tu tranquila, ya verás. Mientras cuéntame cómo han estado tus días en el trabajo.

Así transcurrieron algunos minutos, mientras yo le contaba mi día a día, veía las calles por donde iba circulando. El destino no fue un hotel, sino una zona marginal de la ciudad, un rincón donde la dignidad se negocia en cada esquina. —Te gusta ser una puta, ¿no? Pues eso serás esta noche —dijo mientras se detenía frente a una mujer llamada Karen, quien al ver a Enrique, se acercó al auto.

- Hola cariño, ¿qué milagro que vienes a visitarme? – le dijo la mujer –

- Hola preciosa, ya ves, aún existen los milagros.

- ¿A qué debo tu grandiosa visita y la de esta joven tan guapa? ¿Acaso quieres hacer un trío? Yo encantada de ayudarte, si así lo quieres. Ya sabes, tú pide y yo te concedo lo que quieras.

- Lo sé Karen, lo sé. Pues precisamente se trata de esta niña tan guapa. Resulta que se ha portado mal y necesita recibir una lección para que entienda que no es libre de hacer lo que ella quiera.

- ¡uy mujer! Realmente te equivocaste… para que este hombre te traiga para acá es porque en verdad cometiste un gran error.

Yo estaba asustada, no sabía de qué se trataba esto, no sabía qué esperar. ¿Qué hacía yo ahí?

- Ella, dijo Enrique, volteando a verme, va a trabajar aquí algunos minutos. Le encanta ser una puta, así que estará en su ambiente. Nada más que solo hará orales y se dejará tocar. No habrá penetración por ningún motivo, ¿estamos?

- Entendido, estaré al pendiente de ella.

- Bien Sofi, durante los siguientes minutos te llamarás Perla y te pararás en la esquina al lado de mi amiga. Pero, lo harás de una manera muy especial.

- ¿Cómo?… ¿Qué? No espera, esto ya es dem…

- ¿Demasiado? Mira Sofi, has avanzado bastante, no lo heches a perder ahora.

- Pero es que… no ¿cómo crees?

- ¡No te estoy preguntando si quieres o no quieres!

- Es que…

- ¡Obedece! quítate el vestido y solo déjate la ropa interior.

Respiré profundo, cerré los ojos y traté de agarrar valor para lo que estaba a punto de hacer.

Me quité el vestido y quedé solamente con mi ropa interior y zapatillas.

- Buena niña, bájate y acompaña a Karen, ella te guiará. Yo aquí estaré para estar al pendiente de ti y cuidarte.

Muy obediente, nerviosa y con miedo, me bajé del auto y caminé hacia Karen, sin entender todavía lo que realmente iba yo a hacer ¿o sí?

El plan era delirante: yo trabajaría la calle por unos minutos bajo el nombre de "Perla". Enrique vigilaba desde el auto mientras Karen me daba las instrucciones: recuerda lo que dijo Enrique, solo sexo oral, nada de besos y cobrarás $800 pesos el servicio. El frío de la noche erizó mi piel, pero el miedo y una inesperada excitación me mantenían en pie.

- Bien, dijo Karen, ahora párate derechita, levanta las nalgas y pon uno de tus brazos en la cintura.

- Ok… ¿Sabes?, tengo miedo. ¿Y si se quieren propasar o me quieren hacer algo malo?

- No te preocupes, que por eso está Enrique al pendiente, él nos cuidará a las dos, ¿ok?

- Ok, está bien, trataré de estar tranquila.

No pasaron cinco minutos cuando se detuvo el primer cliente. Tal como me lo había dicho Karen, ambas nos acercamos e hicimos el trato. El tipo estacionó su auto donde Karen le indicó y yo caminé hacia allá, toda nerviosa, aunque descubrí que también algo excitada.

- Hola muñeca, ¿cómo te llamas?

- Hola eh… me llamo so… perdón, Perla, ¡mi nombre es Perla!

- Jajajaja Así que estás comenzando, muñeca, se nota. Solo espero que sean tan buena mamando así como estás de sabrosa. ¡Que rica te ves!

Sin decir más se acercó a mí y comenzó a besar mi cuello y a apretar mis tetas, hizo a un lado mi brassier y bajó a besarlas y chuparlas, mientras sus manos comenzaron a recorrer el resto de mi cuerpo. Llegó a mi intimidad y comenzó a acariciarla. Hizo a un lado mi tanga y comenzó a meter uno de sus dedos. No pude evitarlo, mi cuerpo reaccionó ante todo eso y comencé a mojarme y sin pensarlo comencé a gemir.

- Mmmm estás deliciosa muñeca. ¡Anda! Anímate a coger conmigo, no le diremos nada a tu amiga.

- No, no puedo.

- Anda, te pago $1000

- ¡No!

- Ok… $1500

- No, de verdad no puedo

- Ni modo, esta vez me quedaré con las ganas, pero voy a volver después y te buscaré nuevamente. Ahora haz lo que sí puedes hacer.

Desabroché su cinturón y pantalón y él se sacó su verga. Estaba muy dura y brillosa de la punta. Sin pensarlo más y antes de arrepentirme, me agaché y comencé mi “trabajo”. No olía ni sabía mal, pero por mi mente pasó la idea de abandonar. No terminaba de asimilar que en ese instante ¡me estaba prostituyendo! Sí, yo, una “niña de casa” que había sido educada de manera conservadora, donde el sexo era únicamente hasta el matrimonio y solamente con mi esposo; Ahí estaba yo, disfrutando de una verga dura que estaba deseando poder meter en mi intimidad pero que no podía hacerlo.

Comencé a sentir su agitación y lo escuché decirme “Te pago $1000 pero déjame terminar en tu boca”. Con la mano le hice la seña de ok y continué mamando hasta que explotó en el fondo de mi garganta. Hice mi tarea de limpiarlo con mi lengua y después me acomodé mi ropa y le pedí mi pago. Bajé del auto y no vi a Karen por ninguna parte, seguro que había agarrado cliente.

- —¡Vaya que es negocio esto! —le dije a Enrique al acercarme a su ventanilla, tratando de ocultar mi vulnerabilidad. - ¿Cómo te sentiste?

- Muy extraña, todo el proceso ha sido complicado, en especial al principio. De hecho, aún me siento fuera de lugar aquí.

- Te ganaste el castigo, por andarle dando las nalgas a otros cabrones sin mi permiso y sobre todo, dejando que te sometieran. Bueno, vuelve a la esquina y espera otro cliente.

- ¿Es en serio? Pensé que ya había cumplido mi castigo. Ya por favor, vámonos.

No mi putita, ve a ganarte otro dinero. —Vuelve a la esquina —ordenó él, todavía no has terminado.

El segundo hombre fue una pesadilla de alcohol y sudor agrio. Sin mediar palabra, me arrancó la tanga, el sonido de la tela desgarrándose resonó en el silencio de la calle. Sus dedos entraron en mí con una violencia que me hizo jadear de dolor. —Cállate y chupa, perrita —gruñó, forzando mi cabeza hacia su entrepierna que olía a orina rancia y descuido.

Tragué su semen con arcadas contenidas, sintiendo el sabor del desprecio en la garganta. Al final, con una audacia nacida de la desesperación, le exigí quinientos pesos extra por la ropa rota. —¡Págame o le hablo a mi cabrón! —le grité, sorprendida por el veneno en mi propia voz.

- Ya, ya, está bien. Ten $500 más y deja de chingar. Ya bájate y déjame en paz.

Regresé a la esquina con la lencería colgando en jirones, el cuerpo dolorido y la mente nublada. En poco menos de una hora, había ganado $2300. Karen ya estaba de regreso, al verme se acercó, inspeccionando mi estado desastroso. —¿Estás bien? —preguntó, mirando mi tanga destrozada—. Ese tipo se pasó de la raya. ¿Quieres que Enrique se encargue? —No —respondí, mirando hacia el auto donde la silueta de mi amo permanecía inmóvil, como un buitre esperando su turno—. Todo está bien. Solo fue un poco más salvaje de lo esperado, pero estoy bien. Sonó el claxon del auto de mi amo, me hizo una seña y me acerqué.

—Súbete —ordenó con una voz que no admitía réplica.

Al entrar, el calor de la calefacción me golpeó, pero no logró quitarme el frío que se me había instalado en los huesos. Karen se despidió con una mano, desapareciendo en la oscuridad de la esquina como un fantasma que vuelve a su tumba. Enrique no arrancó de inmediato; se quedó mirándome, recorriendo con la vista el desastre en el que me había convertido: el maquillaje corrido, el cabello enmarañado y la marca de unos dedos extraños en mi brazo.

—Dame el dinero —dijo, extendiendo la palma de la mano.

Saqué los billetes arrugados, húmedos por el sudor y el ambiente rancio del auto anterior. Se los entregué en silencio. Él los contó con una lentitud tortuosa, saboreando cada billete como si estuviera contando los pedazos de mi voluntad.

—Dos mil trescientos pesos —murmuró, guardándolos en su cartera—. No está mal para ser tu debut. Pero esto no es tuyo, Sofi. Este dinero es el precio de tu desobediencia. Considéralo el pago por el desorden que causaste al dejar que otros te tocaran sin mi permiso.

Arrancó el motor y condujo en silencio hacia las afueras, lejos de las luces de la zona roja. El silencio en el auto era opresivo, cargado de un magnetismo peligroso. Se detuvo en un paraje oscuro, bajo la sombra de unos árboles secos.

—¿Creíste que el castigo terminaba en la esquina? —preguntó, girándose hacia mí—. El dinero fue para mí, el espectáculo fue para los extraños, pero el final... el final es solo para nosotros.

Me obligó a quitarme lo que quedaba de ropa interior y mis zapatillas, bajar del auto y a ponerme de rodillas sobre la tierra fría, totalmente desnuda. En ese momento, la humillación alcanzó su punto máximo. Me hizo repetir, una y otra vez, que mi cuerpo no me pertenecía, que cada centímetro de mi piel era propiedad de su voluntad, mientras me sometía a una última y posesiva demostración de poder que dejó mis rodillas raspadas y mi espíritu quebrado.

Cuando finalmente me permitió subir y ponerme el vestido, me sentí aliviada y convencida de que mi voluntad ya no era mía nunca más.

Arrancó el auto y se dirigió a mi casa. Mientras él conducía yo me iba arreglando el cabello y maquillaje, debía regresar a casa fingiendo que había sido una noche normal con mis amigas.