Xtories

Cuatro cuernos en Toscana (1). El Consentidor

Marco no solo acepta que su esposa sea usada por otros; la exige. Con reglas estrictas y ojos que no pueden apartarse, el cornudo observa cómo su mujer se entrega a cuatro extraños, sabiendo que el secreto podría derrumbarse con cada paso de sus hijas hacia la puerta del bar.

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En el pintoresco pueblo de Montepulciano, en el corazón de la Toscana italiana, donde las colinas ondulantes se cubrían de viñedos y olivos centenarios, vivía una pareja que había transformado su matrimonio en un juego de deseo y sumisión. Marco, un hombre de cuarenta y cinco años, con el pelo canoso y una barriga que delataba años de vino y pasta casera, era un cornudo asumido. Hacía tiempo que había aceptado que su mujer, Isabella, una morena curvilínea de treinta y ocho, con tetas grandes y jugosas que desafiaban la gravedad y un culo redondo que hacía babear a los hombres del pueblo, necesitaba más polla de la que él podía ofrecer. Su picha era pequeña, floja, y apenas duraba unos minutos antes de correrse como un adolescente. Pero Marco no solo lo aceptaba; lo disfrutaba. Se pajeaba pensando en cómo otros tíos se follaban a su mujer, pero siempre con reglas estrictas que repetía como un mantra: “Solo con condón, amore. Evita las pollas grandes que te destrocen el coño, y por Dios, que las niñas no vean nada de lo que te hacen esos cabrones”.

Isabella, con su piel olivácea besada por el sol toscano y unos labios carnosos perfectos para chupar vergas, se reía de las advertencias de su marido mientras que, preparandose para sus aventuras, se ponía esa breve tanguita que le había hecho comprar a su marido: “para que mis machos se calienten más”, le había dicho.

Aquella tarde de verano, el aire olía a uvas maduras y tierra húmeda. Las hijas, mellizas, Giulia y Sofia, de doce, jugaban en el jardín trasero de la villa familiar, una casa de piedra antigua con vistas al valle. Eran inocentes, con sus uniformes escolares aún puestos, riendo mientras recogían flores. Isabella las miró desde la ventana de la cocina, sintiendo un cosquilleo en su coño depilado al pensar en lo que vendría. Luego tomo el vaporizador con el “Carolina Herrera“, ese perfume que hacía unos meses desde Roma, le había traído un vendedor de licuadoras, y aplicó varias emisiones en la zanja del culo.

Marco, amore mio, no te preocupes. Seré discreta”, le dijo, guiñándole un ojo mientras se ajustaba el vestido rojo ceñido que marcaba sus pezones duros como piedras.

Pero Marco era insistente, como siempre. “Isabella, joder, prométemelo. Solo con goma, que no quiero que te preñen esos hijos de puta. Y nada de vergas enormes, que te dejan el chocho abierto como una puerta. Recuerda lo de la última vez, con ese fontanero de Siena; te dolió una semana. Y las niñas… Dios, que no entren y te vean con la boca llena de leche o el culo en pompa”. Su voz era un gemido entrecortado, excitado por su propia humillación. Isabella se acercó, le besó castamente la frente. “Sí, cornudo mío. Solo con condón, pollas normales, y las niñas fuera de vista. Pero ahora cállate y déjame ir a por mi dosis de polla de verdad”.

Salió de la casa contoneando las caderas, sabiendo que Marco la seguiría a distancia, escondido como un voyeur patético. El pueblo era pequeño, todos se conocían, pero los secretos corrían como el vino en las fiestas. Isabella se dirigía al bar de Luigi, un antro rústico donde los hombres del campo se reunían a beber grappa y hablar de cosechas. Luigi, el dueño, era un tipo fornido de cincuenta años, con brazos tatuados y una polla que Isabella sabía que era mediana, perfecta para las reglas de Marco. Pero hoy no iba solo por él. Había oído rumores de un grupo de jornaleros inmigrantes, rumanos y albaneses, que trabajaban en los viñedos cercanos. Pollas frescas, duras, ansiosas por follar a una italiana caliente como ella.

Entró al bar, el olor a tabaco y alcohol la envolvió. Los hombres la miraron, sus ojos devorando su escote. “Buonasera, bella”, dijo Luigi desde detrás de la barra, su mirada fija en sus tetas. Isabella se sentó en un taburete, cruzando las piernas para mostrar un poco de muslo. “Un vino tinto, por favor. Y dime, ¿dónde están esos trabajadores nuevos? He oído que son… vigorosos”. Luigi sonrió, sabiendo exactamente lo que quería. “Están en la trastienda, jugando a cartas. Pero cuidado, Isabella, algunos tienen pollas como burros”. Ella se lamió los labios. “No te preocupes, solo busco diversión segura”. Mientras venía charlo con Luigi de cosas mundanas, del, pueblo, del tiempo, de que había dicho su marido el miércoles al verla llegar en tal estado a las 3 de la mañana. “que dijo el cornudo cuando te vio llegar re-empotrada, las nalgas rojas y un condón colgando del culo

Me reí y le conté la paja que se había hecho y como repetía.. “joder.. este Luiggi que te ha puesto bien putilla está vez”

Marco, oculto tras un muro afuera, miraba morbosamente a su mujer rodeada de tíos cachondos. “Joder, Isabella, recuerda: condón, pollas pequeñas, y que las niñas no se enteren”, murmuraba para sí mismo, ya oscureciendo de fluidos el exterior de su bragueta.

En la trastienda, el aire era espeso, cargado de sudor masculino. Cuatro hombres: dos rumanos, Petre y Andrei, altos y musculosos con pollas que Isabella adivinaba medianas; un albanés, Viktor, con una verga gruesa que ya se intuía en sus pantalones; y un italiano local, Carlo, un amigo de Luigi con una polla normalita pero incansable. La miraron como lobos a una oveja. “Ciao, signora. ¿Qué hace una mujer como tú aquí?”, dijo Petre, su acento ronco haciendo que el coño de Isabella se mojara.

“Quiero que me folléis”, dijo ella sin rodeos, usando lenguaje soez para excitarlos. “Pero con condón, cabrones. Nada de correros dentro sin goma. Y nada de pollas monstruosas; si veo una verga que me va a romper el coño, me voy”. Los hombres rieron, excitados. Viktor se bajó los pantalones primero, revelando una polla de unos 18 cm, gruesa como una salchicha toscana. “Esta te gusta, puta?”, gruñó. Isabella se arrodilló, oliendo el almizcle de su entrepierna. “Sí, pero ponte el puto condón para empalarme”. Le pasó uno de su bolso, mientras empezó a chupar las bolas de Andrei, que gemía como un animal.

Marco, espiando por una ventana entreabierta, se corrió en sus pantalones al ver a su mujer de rodillas. “Sí, amore, con condón… evita las grandes…”, jadeaba, pero su excitación crecía al ver cómo la escena se calentaba.

Isabella se quitó el vestido, quedando en la tanga roja y sujetador. Sus tetas saltaron libres cuando se lo desabrochó, pezones duros como balas. “Venid, folladme como la zorra que soy”. Petre la levantó, la puso contra la mesa de billar, y le arrancó el tanga. Su coño estaba chorreando, labios hinchados y rosados. “Joder, qué chocho más rico”, dijo Carlo, metiendo dos dedos dentro mientras Viktor le follaba la boca con su polla enfundada. Isabella gemía, saliva cayendo por su barbilla. “Más, cabrones, folladme el gargantero”.

Andrei se colocó detrás, poniéndose un condón, y embistió su coño de un golpe. “Toma, puta italiana, siente mi verga”. Isabella gritó de placer, sus tetas botando con cada embestida. “Sí, joder, dame polla… pero no tan fuerte, que Marco dice que evite que los machotes como tu me revienten… ah, mierda, me encanta”. Los hombres se turnaban, follándola por turnos: coño, boca, incluso le metieron una polla en el culo mientras otra le taladraba el chocho. “Doble penetración, zorra? Te gusta?”, gruñía Viktor, su polla estirando su ano apretado.

Fuera, Marco se había acercado más, pajeándose de nuevo. Pero entonces oyó voces: las niñas, Giulia y Sofia, que habían salido a pasear y se acercaban al bar curiosas. “Mamma? ¿Estás ahí?”, llamó Giulia. Marco entró en pánico. “¡No, joder, que no vean cómo follan a su madre como una puta barata!”. Corrió adentro, irrumpiendo en la trastienda. “¡Parad, cabrones! ¡Las niñas vienen! Isabella, amore, recuerda las reglas: condón, pollas normales, y que las hijas no vean cómo te meten polla por todos los agujeros”.

Los hombres se rieron, pero Isabella, con la polla de Petre aún en la boca, lo miró con ojos lujuriosos. “Marco, cornudo de mierda, únete o vete. Pero sí, con condón… ah, joder, me corro”. Empezó a temblar, su coño squirteando jugos sobre la polla de Andrei. Marco, humillado pero excitado, se arrodilló y empezó a lamer el condón usado que Viktor tiró al suelo, saboreando el semen filtrado.

Las niñas no entraron, intercedidas, por Luiggi que les negó la entrada diciéndole que su mamá ahora estaba ocupada con un asunto, las chicas no insistieron pero se miraron entre ellas, mientras iban a unos metros del bar a molestar al gato amarillo de Doña Galliutta, Sofía le dijo en voz baja A Giulia. “seguro se la están metiendo” si admitió Giulia bien adentro como nos hacen los pescadores a la siesta en la vaguada del río”

En el bar la escena continuuaba. Isabella fue follada durante horas: pollas en su coño, en su culo, entre sus tetas. “Correros, hijos de puta, pero en la goma”, ordenaba. Uno tras otro, llenaban los condones de leche caliente, que ella luego vertía en su boca para tragar, mirando a Marco. “Mira, cornudo, esto es lo que tu polla floja no me da”.

Al final, exhausta y cubierta de sudor, Isabella se vistió. “Buena follada, chicos. Recordad: siempre con condón, nada de vergas gigantes, y discreción por las niñas”. Marco la ayudó a caminar a casa, su polla dura de nuevo. “Amore, ¿lo has disfrutado? ¿Sigues mis reglas?”. Ella sonrió, besándolo. “Sí, cornudo. Pero la próxima vez, quizás rompa una… solo para verte sufrir”.

La noche cayó sobre la Toscana, y en la villa, mientras las hijas dormían inocentes, Marco se pajeaba recordando, asumiendo su rol de cornudo eterno. Isabella, satisfecha, planeaba la siguiente aventura, con pollas, condones y secretos bien guardados.