Xtories

Noche de Cine

En la oscuridad de la sala, el frío del aire acondicionado choca con el calor de una mano que no debería estar ahí. Ella intenta mantener el control, pero el silencio de la película solo amplifica el sonido de su propia traición corporal.

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El sábado, el chico de la oficina que viene cada semana a dejar el dinero y a pagar, se había atrasado. Lo usual era verlo a las once, cuando la obra está en su punto más activo.

Mi relación con Leo era normal. Lo saludaba cuando llegaba, hablábamos de algunas cosas de la obra, lo básico. Pero como todo hombre, siempre me miraba.

No era una mirada descarada, ni nada que pudiera reclamar. Era esa mirada rápida, de esas que sientes en la nuca cuando te das la vuelta. O cuando te agachas a recoger algo del suelo y al levantar la vista lo encuentras viéndote, y aparta los ojos como si nada.

Siempre pensé que era cosa mía, o que todos los hombres en la obra hacían lo mismo.

Ese sábado hizo más calor que de costumbre. El sol de las doce caía a plomo sobre la obra y el aire pesaba, cargado de polvo y hormigón. Yo estaba en el segundo nivel, revisando unos detalles en los encofrados, cuando lo vi llegar tarde.

Dentro de la caseta, el aire era sofocante.

—Perdón por la hora —dijo apenas entré, sin levantar la vista de la planilla—. Tráfico, luego una llamada de la oficina, ya sabes cómo son estas cosas.

Sus excusas sonaron vagas, como si las estuviera inventando sobre la marcha. Mientras hablaba, sacaba los sobres del maletín con una prisa inusual, casi torpe.

—Es que vine con todo el dinero sin contar —agregó, pasándose una mano por el pelo. Se veía genuinamente agitado—. Y entre el desorden, creo que... me faltó tu sobre.

Me quedé mirándolo. El silencio se hizo pesado. Sentí el fastidio subiéndome por el pecho.

—No hay problema —dije, intentando que mi voz no sonara tan cortante—. Me lo das el lunes sin falta.

Él asintió, pero en lugar de disculparse de nuevo o cerrar el maletín, se quedó quieto, mirándome fijo. El aire en la caseta parecía haberse espesado más.

—O… —comenzó a decir, lento—. Se me ocurre algo. Te invito a salir esta noche. A cenar, o al cine. Lo que gustes. Y ahí mismo te doy tu dinero, con un extra por la molestia. ¿Qué te parece?

La propuesta me tomó por sorpresa. Mi primera reacción fue sospechar. Un plan con maña, pensé. ¿Por qué no darme el lunes, simple y sencillo?

Pero luego pensé en mi cartera, casi vacía. En que ese fin de semana en verdad no tenía ni un peso más allá de lo justo. Y la idea de una cena pagada, o de salir aunque fuera al cine, le quitó lo torcido a la propuesta. Le quitó el nombre de Leo y lo volvió sólo una salida.

—¿Por qué no? —dije al final, encogiéndome de hombros, como si no me importara—. Pero que sea el cine. Y el pago completo, eh.

Él sonrió, por primera vez en toda la conversación. Una sonrisa ancha, que le alivió toda la tensión falsa de la cara.

—Claro. Completo. Te paso la dirección. A las ocho.

Y así fue como un error con mi pago se convirtió en una cita.

Leo es alto. Tiene esa estatura que se nota incluso entre los andamios y los montones de material. No es fornido como los albañiles que cargan bultos todo el día, sino delgado.

Su rostro lleva siempre la sombra de una barba de dos o tres días, una barba que no parece descuido, sino una decisión constante. Le define la mandíbula y le oscurece un poco el gesto.

Y sí, lo considero guapo. No de una manera convencional o de anuncio, sino de esa forma que atrapa en los entornos reales: una combinación de esa altura que impone, la intensidad de una mirada que nunca parece del todo relajada, y una boca firme que rara vez se abre para sonreír, pero cuando lo hace, transforma completamente su rostro.

Me puse un vestido negro sencillo. Llegaba a medio muslo y tenía un escote, pero no muy pronunciado. Era la clase de vestido que podía pasar por cualquier cosa: una cita, una salida con amigas, un simple sábado por la noche. Me recogí el cabello y salí.

Cuando llegué al cine, él ya estaba ahí. Parado frente a la taquilla, y por un segundo no lo reconocí. Siempre lo había visto con ropa de trabajo: una camisa arrugada, pantalones de vestir con polvo, las botas.

Pero esa noche era distinto. Traía unos jeans oscuros, una camiseta negra que le quedaba bien y una chaqueta de cuero abierta. Estaba bien afeitado, aunque aún se le veía la sombra oscura en la mandíbula. Su cabello, que normalmente estaba alborotado por el viento de la obra, ahora estaba ligeramente ordenado.

La película era mala. De esas que ni siquiera da gusto criticar. La sala, en cambio, estaba muy fría. El aire acondicionado soplaba directamente hacia nosotros y a los diez minutos ya sentía el frío en los brazos.

—¿Tienes frío? —me preguntó él en un susurro, sin apartar los ojos de la pantalla.

—Sí —dije—. Está helado aquí.

—Yo tengo las manos calientes —respondió.

Y luego, sin más, puso su mano sobre mi muslo, donde el vestido terminaba. Su piel estaba caliente, como había dicho. No fue un roce ligero, sino su mano completa apoyándose ahí, quieta. No me miró. Yo tampoco me moví. Seguimos viendo la mala película, pero ya sólo podía sentir el peso y el calor de su mano en mi pierna.

Pasaron unos minutos y el calor de su mano en mi muslo ya no solo contrarrestaba el frío, sino que empezaba a ser demasiado. Noté que yo tampoco lo apartaba.

—Sí está caliente —dije, casi en un susurro, como comentario del tiempo.

Él no dijo nada, pero su pulgar, que hasta entonces había estado quieto, se movió. Comenzó a hacer círculos pequeños y lentos sobre mi piel.

Poco a poco, casi sin que me diera cuenta, su mano comenzó a subir. No de un jalón, sino siguiendo el mismo ritmo lento y tortuoso de los círculos de su pulgar. Ya no sentía el aire acondicionado. Sólo su mano, su calor, y el camino lento pero seguro que estaba trazando hacia la entrepierna de mi vestido.

Leo no era alguien que me prendiera, ni siquiera lo había pensado así antes de esa noche. Pero ahí, en la oscuridad, con la película como ruido de fondo, me dejé llevar. Fue como observar el avance de algo a lo que no piensas ponerle resistencia, aunque no sepas muy bien por qué.

Su mano avanzó con esa lentitud que volvía loca, hasta que sus dedos encontraron el borde elástico de mis bragas. El roce fue leve, apenas un roce. Pero en ese momento me di cuenta de algo: yo ya estaba completamente húmeda.

No había sido un proceso consciente. No me había dado cuenta hasta que su tacto, a través de la delgada tela, me lo confirmó. Fue una revelación incómoda y excitante a la vez. Mi cuerpo había reaccionado solo, traicionándome, mucho antes de que mi mente decidiera qué estaba pasando. Y él, al tocar ahí, debió sentirlo.

Su mano se detuvo un instante al notar la humedad a través de la tela. Un segundo de pausa cargado, donde el aire se cortó. Luego, sin preguntar, sin buscar permiso con la mirada, presionó su palma contra mí. Un gemido ahogado se me escapó y lo ahogué contra el respaldo de la butaca.

Con los mismos dedos largos y decididos que firmaban recibos, comenzó a frotar. Primero fue un movimiento circular, lento, a través de la tela, midiendo la presión, buscando la respuesta de mi cuerpo. Y mi cuerpo se la dio, arqueándose apenas hacia su mano, una reacción automática e imposible de controlar.

La tela de mis bragas era una barrera demasiado delgada, y él lo sabía. Con el mismo movimiento continuo, deslizó su mano por debajo de la cintura elástica. El contacto directo, piel con piel, fue un shock eléctrico. Sus dedos encontraron el centro del calor y la humedad.

Fue directo, decidido. Un dedo, luego dos, comenzaron a moverse con un ritmo firme y conocimiento, como si llevara años sabiendo exactamente cómo tocarme. Yo apreté los puños, clavé los talones en el suelo, y enterré la cara contra su hombro.

Su dedo medio se deslizó dentro de mí con una facilidad humillante, demostrando lo mojada que ya estaba. Mi cabeza cayó hacia atrás contra el respaldo, la boca abierta en un silencio forzado. Él no se detuvo ahí. Mientras ese dedo empezaba a moverse, a un ritmo lento y profundo que me hacía ver estrellas, su pulgar encontró mi clítoris y comenzó a frotarlo en círculos pequeños, precisos y brutales.

Era demasiado. Demasiados puntos de contacto, demasiada sensación. Un gemido quiso salir, grueso y alto, pero lo tragué, convirtiéndolo en un quejido ahogado que se estrelló contra mis propios dientes. Quería gritar. Quería que toda la sala escuchara lo que ese hombre me estaba haciendo con la mano. Pero no podía. Sólo podía aguantar, mordiéndome el labio hasta casi hacerme sangre, mientras mi cuerpo se tensaba como un arco, traicionándome, entregándose a cada movimiento de sus dedos.

El sonido era lo que más me avergonzaba. Ese ruido bajo, mojado, de sus dedos moviéndose dentro de mí. Era imposible que no lo escuchara él, o incluso alguien en el asiento de al lado si hubiera estado vacío. Pero no me importaba lo suficiente para apartarme.

Yo tenía los ojos cerrados, la frente apoyada en su hombro. Mi respiración salía en golpes cortos contra su chaqueta. Mis piernas estaban abiertas lo que el vestido permitía, y mis caderas se movían solas, siguiendo el ritmo de su mano. No era algo que yo controlara.

Él no hablaba. Solo movía la mano. A veces más rápido, a veces más lento, cambiando la presión, como si estuviera aprendiendo cómo funcionaba mi cuerpo sobre la marcha. Y yo le daba todas las respuestas. Cada gemido ahogado, cada vez que me tensaba o me relajaba, le decía qué hacer después.

Era sencillo. Era eso. Un hombre con la mano entre mis piernas en un cine, y yo, dejándolo hacer, mientras en la pantalla pasaban colores y sonidos que ya no registraba.

La mano de Leo no se detuvo. El sonido húmedo se mezclaba ahora con mi respiración entrecortada, un ritmo que ya no seguía la película, sino el latido acelerado bajo mis costillas. Sus dedos sabían exactamente a dónde ir, cómo moverse, cuándo presionar un poco más. Yo había dejado de fingir que veía la pantalla; mis ojos estaban clavados en la nada, viendo destellos de algo que solo sentía.

De pronto, cambió el ángulo. Su dedo índice se hundió más profundo, curvándose de un modo que me hizo arquear la espalda de golpe. Un gemido se me escapó, seco y ronco, y esta vez no pude ahogarlo del todo. Él respondió con un movimiento más rápido, más insistente, como si ese sonido le hubiera dado permiso para ir más lejos.

Mis manos se aferraron a su muslo, buscando algo a qué agarrarme. El aire acondicionado seguía soplando, pero yo estaba ardiendo. Sudaba bajo el vestido, la piel de mis brazos erizada. Todo se reducía a ese punto de contacto, a la fricción áspera de sus yemas contra mi piel sensible, al calor que crecía y crecía, volviéndose tan denso que casi dolía.

Quería que parara. Quería que no parara nunca. Mi boca se abrió en un jadeo mudo, los párpados pesados. Estaba al borde, balanceándome en ese límite, sintiendo cómo cada célula de mi cuerpo se tensaba, esperando la orden de rendirse.

El temblor me agarró entera. Apreté los dientes y hundí la cara en su hombro, ahogando ahí todo el sonido del orgasmo que me sacudía. Él no paró, siguió con los dedos hasta que dejé de temblar, hasta que me quedé sin aire, floja contra el asiento.

Entonces sacó su mano. En la oscuridad, se llevó los dedos a la boca y los lamió, limpiándoselos, mirándome fijo mientras lo hacía. Me dio vergüenza, pero también otra cosa.

En la pantalla, la película seguía, igual de aburrida.

Él se levantó. Me agarró de la mano.—¿Nos vamos? —preguntó. No era una pregunta.—Sí —dije.

Salimos del cine. Afuera, la noche estaba fresca. Ni siquiera miramos la cartelera.

—Vamos a mi casa —dijo él, sencillo, como si fuera lo más lógico del mundo.

Y esa noche, así terminó. Conmigo siguiéndolo hacia su auto, con el vestido arrugado y el cuerpo todavía vibrando.