Xtories

La Paja En El Tren 1

El último tren de la noche la dejó sola con él. No era un caballero, ni un amante, sino un desconocido con olor a sudor y peligro que no pidió permiso para tomar lo que quería. Y lo peor: ella no quiso detenerlo.

Merovingiox25K vistas9.2· 31 votos
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Marta tenía treinta y cuatro años recién cumplidos, un matrimonio de nueve que ya no sabía a pasión sino a horarios y a silencios largos en la cena, una hija de siete que esa noche dormía en casa de los abuelos porque «papá y mamá necesitan descansar un poco», y un cuerpo que todavía hacía girar cabezas en la calle aunque ella ya apenas se atrevía a mirarse al espejo con deseo. Medía un metro sesenta y ocho descalza, pero con los tacones de ocho centímetros parecía más alta, más segura, más mujer de las que mandan. Llevaba el pelo castaño en una coleta baja que le rozaba la nuca cada vez que giraba la cabeza, y esa noche vestía el uniforme invisible de mujer respetable: falda lápiz gris oscuro hasta justo la rodilla, medias negras de 20 deniers con costura trasera perfectamente recta, blusa de seda blanca que se le pegaba un poco al pecho cuando sudaba, abrigo tres cuartos negro de lana fina y los tacones negros de charol que compró en las rebajas de enero y que aún le hacían ampollas en el dedo pequeño.

Eran las 22:07 cuando el Seat León tosió por última vez en el parking subterráneo de la consultoría financiera donde trabajaba. El cuadro de luces se encendió como un árbol de Navidad defectuoso, parpadeando en rojo y ámbar, avisando de algo que ya sabía: batería muerta, alternador muerto, vida muerta. Giró la llave una, dos, tres, cuatro veces. Nada. Solo el clic seco y hueco del motor que se niega a despertar. Llamó al taller de confianza. El mecánico, un hombre con voz de fumador empedernido y nombre de santo, le confirmó lo que temía: «Alternador muerto, señora. Hasta el lunes por la mañana no puedo mirarlo. Lo siento». Colgó con un suspiro tan hondo que hasta le dolió el pecho, como si hubiera expulsado algo más que aire.

Miró el reloj del móvil: 22:12. El último tren de cercanías salía a las 22:37. No había Uber disponible, el taxi más cercano estaba a veinticinco minutos y su marido ya le había dicho que no la esperaba despierta. No había opción.

Recogió el bolso de piel negra, el portátil en su funda gris, el táper vacío que olía todavía a ensaladilla rusa, y salió caminando los ochocientos metros que separaban la oficina de la estación. El frío de diciembre era cruel, cortante, se le metía entre las piernas como dedos helados, subiendo por las medias, colándose bajo la falda, rozándole el coño a través de las bragas de encaje negro que había elegido esa mañana porque eran las únicas limpias. Abrió el abrigo porque el esfuerzo la hacía sudar; el aliento salía en nubes blancas que se disipaban rápido bajo las farolas anaranjadas. Los tacones resonaban en la calle vacía como disparos lejanos: tac-tac-tac, tac-tac-tac, un eco que rebotaba entre los edificios cerrados, las persianas bajadas, los carteles de «Se alquila». No había un alma. Solo algún coche lejano, el viento que le levantaba el bajo de la falda cada dos por tres y la sensación de ser observada aunque sabía que no había nadie.

Llegó a la estación con las mejillas heladas y los labios casi morados. Solo había un mendigo acurrucado bajo cartones sucios junto a la entrada, envuelto en una manta que alguna vez fue verde, y dos chavales de unos veinte años fumando porros junto a la máquina de billetes. El humo dulce, pegajoso, le llegó a la nariz cuando pasó a su lado; uno de ellos la miró de arriba abajo y soltó un silbido bajo que ella fingió no oír. Compró el billete con dedos entumecidos, pasó el torno y bajó al andén 3 por las escaleras mecánicas que chirriaban. La luz amarillenta de los fluorescentes le daba a la piel un tono cadavérico, como si estuviera muerta y aún no se hubiera enterado. Se quedó de pie, abrazándose el abrigo, mirando las vías vacías, contando los segundos.

El tren llegó puntual, viejo, con grafitis medio borrados y olor a desinfectante barato mezclado con orina seca y sudor viejo. Subió al tercer vagón contando desde la locomotora; sabía por experiencia que a esas horas iba casi vacío. Dentro había cinco personas: una señora mayor leyendo con gafas de pasta gruesa, un chico con capucha gris dormido apoyado contra la ventana con la boca abierta, dos hombres al fondo con auriculares grandes y una mujer de mediana edad que bajó en la siguiente parada con un carrito de la compra. Marta eligió un asiento doble junto a la ventana, al fondo del vagón, cruzó las piernas con cuidado para que la falda no se le subiera demasiado y abrió WhatsApp.

Su marido había escrito a las 21:58

«No te espero despierto, amor. Estoy reventado. Besos ❤️».

Ni una pregunta por ella, ni por el coche, ni por si llegaría tarde, ni por nada. Cerró la app con un suspiro que nadie oyó y se quedó mirando su propio reflejo en la pantalla negra: ojos cansados, ojeras disimuladas con corrector, labios pintados de rojo discreto, la arruguita de expresión entre las cejas que ya no desaparecía ni con el mejor sérum. Parecía la misma de siempre. Nadie adivinaría lo que iba a ocurrir veinte minutos después.

El tren arrancó con un chirrido metálico que le vibró en los dientes. El traqueteo era constante, hipnótico. Marta apoyó la frente contra el cristal frío y cerró los ojos un segundo. Estaba agotada. Llevaba todo el día en reuniones interminables, comiendo un sándwich frío de atún en el escritorio mientras fingía interés por gráficos de ventas que no entendía del todo. Quería llegar a casa, quitarse los tacones, abrir una botella de vino blanco del frigorífico y dormirse en el sofá viendo cualquier mierda en Netflix.

En la parada del polígono industrial subió él.

Era imposible no verlo: casi dos metros de altura, ancho como una puerta doble, sudadera gris con manchas de grasa y aceite de motor, pantalón de chándal gris que colgaba bajo dejando ver el elástico sucio de unos calzoncillos boxer baratos, zapatillas blancas destrozadas con las suelas medio despegadas y los cordones rotos. Barba de cuatro o cinco días, pelo corto y sucio pegado al cráneo, ojos pequeños y brillantes como los de un cerdo hambriento, aliento que llegó hasta Marta antes que su cuerpo: cerveza rancia, tabaco frío, sudor de todo el día trabajado en un taller o en una obra, y algo más fuerte, más animal, más macho. Llevaba una bolsa de plástico en la mano izquierda que olía a fritanga barata: pollo asado recalentado, patatas grasientas, salsa brava.

Miró el vagón con calma, como quien busca sitio en su propia casa. Sus ojos recorrieron a la señora mayor, al chico dormido, a los dos hombres del fondo… y se detuvieron en Marta. La miró de arriba abajo, despacio, sin disimulo. Vio a Marta sola en su zona y sonrió con una boca llena de dientes torcidos y amarillos, uno de los incisivos partido por la mitad, como si se hubiera roto en una pelea años atrás. Se acercó despacio, balanceándose ligeramente, con olor a cerveza y a macho sin duchar, y se dejó caer justo enfrente de ella, al otro lado del pasillo estrecho. Sus rodillas casi se tocaban. El olor lo llenó todo.

Marta apretó el bolso contra el pecho y fingió mirar el móvil, pero sentía la mirada del hombre encima como si fuera una mano física, pesada, caliente, recorriéndole el cuello, los pechos, las piernas cruzadas, el hueco entre los muslos donde la falda se arrugaba un poco.

El tren arrancó. Silencio. Solo el traqueteo y el zumbido de las luces fluorescentes que parpadeaban de vez en cuando, como si también tuvieran frío.

Durante los primeros cinco minutos no pasó nada. Marta intentó leer noticias, pero las letras bailaban. El olor del otro lado del pasillo era denso, casi sólido. Sudor, cerveza, grasa de taller, sexo rancio. El tipo masticaba algo, chasqueando la lengua de vez en cuando, un sonido húmedo y molesto. Ella notaba el calor subiéndole por el cuello, una mezcla de miedo, asco y algo más que no quería nombrar. Se removió en el asiento, cruzó y descruzó las piernas. Sentía la costura de las bragas apretando contra el clítoris, un roce leve que la molestaba y excitaba a la vez. Intentó ignorarlo. Intentó pensar en su hija, en la lista de la compra, en cualquier cosa.

Entonces oyó la cremallera.

El sonido fue lento, deliberado, imposible de confundir. Bajó la vista de golpe. El desconocido había bajado la cremallera del pantalón y había sacado la polla. Así, sin más. La tenía apoyada sobre el muslo derecho, gruesa, venosa, medio dura ya. Medía fácil veinte centímetros flácida; ahora, al empezar a endurecerse, parecía crecer más, como si tuviera vida propia. El capullo era gordo, morado oscuro, brillante de un preseminal que ya asomaba en la punta como una perla transparente y viscosa. Empezó a pajearse despacio, con movimientos largos y seguros, mirando a Marta sin parpadear ni un segundo, como si la estuviera retando.

Marta sintió que el estómago se le subía a la garganta. El corazón le latía tan fuerte que creía que él lo oía. El vagón se hizo pequeño, asfixiante.

—¿Qué coño haces, enfermo? —susurró con voz temblorosa, apenas audible, mirando alrededor por si alguien más veía.

Él sonrió más, mostrando el colmillo roto, y aceleró un poco el ritmo. La polla se le puso completamente dura, apuntando al techo del vagón, palpitando como si tuviera corazón propio. Un hilo largo de preseminal salió del agujero y cayó sobre sus dedos sucios; los usó para lubricar todo el tronco con un sonido húmedo y obsceno que resonó en el silencio del vagón como un insulto.

Marta se levantó a medias, el bolso apretado contra el pecho como un escudo, dispuesta a cambiar de vagón, a gritar, a bajar en la siguiente parada aunque estuviera en medio de la nada. Pero las piernas le fallaron. Se quedó ahí, medio de pie, mirando esa polla monstruosa que se movía arriba y abajo con una lentitud casi hipnótica. El olor llegó entonces con toda su fuerza: sexo crudo, sudor, macho sin duchar, semen viejo. Le golpeó la nariz como un puñetazo y, contra toda lógica, algo se removió muy abajo en su vientre, un calor líquido, traicionero, que se extendía entre sus piernas y le empapaba las bragas.

Se sentó de nuevo, despacio, como en trance.

Él soltó una risita baja, gutural, que le vibró en el pecho como un motor diésel.

—Tranquila, guapa. Solo estoy calentito… y tú también lo estás, ¿a que sí? Te tiemblan las piernas, casadita. Se te ve en los ojos. Estás empapada, ¿verdad?

Marta quería gritar, quería llorar de asco, quería que la tierra se la tragara. Pero no hizo nada. Se quedó ahí, con las manos apretadas sobre el regazo, mirando cómo ese espectáculo prohibido se desarrollaba delante de ella. Y lo peor: empezó a mojarse de verdad.

Notó cómo las bragas de encaje negro se le pegaban al coño, cómo los labios mayores se le hinchaban, cómo el clítoris latía contra la costura de la falda como un segundo corazón. Los pezones se le pusieron duros como piedrecitas bajo la blusa de seda, rozando el sujetador con cada respiración entrecortada. Se mordió el labio inferior hasta saborear sangre.

Él lo notó. Claro que lo notó. Los ojos se le achinaron más, llenos de malicia y victoria.

—Joder, mira cómo te pones. Estás calada perdida. Se te nota en la cara. Esa carita de niña buena que se está muriendo por una polla de verdad. ¿Cuánto hace que no te follan como Dios manda, eh? ¿Un año? ¿Dos?

Marta negó con la cabeza, pero sus ojos no se apartaban. Veía cada vena abultada, cada palpitación, cada gota nueva que salía y resbalaba por el tronco hasta los huevos pesados y peludos que se balanceaban al ritmo de la mano. El sonido era húmedo, obsceno, imposible de ignorar: flap-flap-flap, piel contra piel lubricada, como un latigazo en el silencio.

Pasaron dos paradas. Nadie subió. Nadie bajó. Los dos hombres del fondo seguían con los auriculares puestos, ajenos al mundo. La señora mayor había bajado tres paradas atrás. Estaban solos.

Él se inclinó hacia delante sin dejar de masturbarse, la voz baja y ronca, casi un gruñido.

—Tócame. Solo un poquito. Nadie se va a enterar nunca, te lo juro por mi madre. Mira lo que tienes delante… una polla como Dios manda. Tu maridito debe tener un pitilinflas, ¿a que sí? Por eso estás así, con las piernas apretadas y la cara roja. Porque sabes que esto es lo que necesitas.

Marta abrió la boca para decir que no, para insultarlo, para cualquier cosa. Pero no salió nada. Su mano derecha, como si tuviera vida propia, como si ya no le perteneciera, se deslizó desde su regazo hasta el pasillo. Los dedos rozaron la piel caliente, casi ardiente, de esa polla desconocida.

Estaba hirviendo.

Dura como una barra de hierro forjado, pero suave, aterciopelada al tacto. La piel se deslizaba sobre el núcleo rígido con cada movimiento. El calor le subió por los dedos, por la palma, por el brazo, hasta el pecho. Él soltó un gruñido bajo de aprobación y dejó de masturbarse para que ella tomara el relevo.

Y Marta lo hizo.

Agarró esa polla descomunal con las dos manos —aún así no llegaba a rodearla del todo— y empezó a moverlas arriba y abajo, despacio al principio, como probando el terreno, como si temiera quemarse. El capullo se hinchaba más con cada caricia. Sentía las venas latiendo contra sus palmas, el calor subiéndole por los brazos hasta el pecho, el cuello, la cara. Su coño chorreaba literalmente. Notaba el líquido caliente resbalando por la cara interna de los muslos, empapando las medias, manchando el asiento de polipiel debajo de su culo. El olor a sexo era ya insoportable, denso, animal.

—Joder, qué manos más finas tienes, casada… —susurró él, mirando el anillo de oro blanco que brillaba en su dedo anular como una acusación—. Tu maridito no tiene ni puta idea de lo zorra que eres, ¿verdad? Si te viera ahora… su mujer perfecta, con traje de oficina, pajeando a un desconocido en un tren de mierda como la puta que siempre has sido por dentro.

Marta se estremeció entera, pero no paró. Al contrario: apretó más, aceleró el ritmo. El sonido húmedo de piel contra piel llenaba el vagón como una sinfonía sucia. Él respiraba como un toro, echando la cabeza hacia atrás de vez en cuando, los abdominales marcados bajo la sudadera contraídos, el cuello lleno de venas.

—Mírame a los ojos mientras me pajeas —ordenó con voz ronca, agarrándole la barbilla con dos dedos sucios y oliendo a tabaco.

Ella levantó la vista. Los ojos del desconocido eran dos rendijas brillantes de puro placer animal. La miraba como si quisiera comérsela viva, como si ya la estuviera follando con la mirada, como si ya la tuviera abierta debajo de él.

—Eres una puta de manual —dijo, escupiendo las palabras—. Mujer de oficina, traje elegante, anillo de casada… y aquí estás, en un tren de mierda, pajeándome la polla como la guarra que siempre has sido por dentro. Apuesto a que en casa eres la esposa perfecta, la madre ideal… y ahora tienes mi polla en la mano y el coño chorreando. ¿Te da vergüenza? ¿O te pone más cachonda aún?

Marta gimió bajito. No pudo evitarlo. El insulto le llegó directo al clítoris como una descarga eléctrica. Siguió pajeándolo, ahora rápido, fuerte, retorciendo la muñeca en la cima como sabía que volvía locos a los hombres. Los huevos peludos se contraían, pesados, llenos, listos para explotar. El olor a sexo era tan denso que casi se podía cortar con cuchillo.

De pronto él alargó la mano grande y sucia por encima del pasillo y le tocó la rodilla. Marta se tensó, pero no apartó la pierna. Él subió lentamente por el muslo, bajo la falda, palpando la carne suave por encima de las medias, hasta rozar el encaje empapado de las bragas. Ella soltó un jadeo ahogado que sonó demasiado fuerte en el vagón vacío.

—Joder, estás calada perdida… —murmuró él, introduciendo dos dedos bajo la tela sin pedir permiso, apartando las bragas a un lado como si fueran suyas.

Los dedos encontraron su coño hinchado y resbaladizo. Uno se deslizó dentro sin esfuerzo; el segundo lo siguió, abriéndola, estirándola. Marta casi se corre ahí mismo. Apretó la polla con las dos manos con más fuerza, desesperada, mientras él la follaba con los dedos al mismo ritmo que ella lo pajeaba a él: dentro, fuera, dentro, fuera, curvándolos contra su punto G con una precisión brutal que la hizo arquear la espalda sin querer.

—No pares… —suplicó él, jadeando, la voz rota.

Marta volvió a concentrarse en la polla. Bombeaba rápido, fuerte, usando el liquidillo como lubricante. El capullo estaba hinchado al máximo, morado oscuro, a punto de reventar. Sentía cada contracción, cada latido, cada gota que salía.

—Dime que te gusta mi polla, zorra.

Marta tragó saliva, voz rota, apenas un hilo.

—Me… me encanta tu polla…

—Más alto. Quiero oírlo bien. Quiero que lo digas como la puta que eres.

—¡Me vuelve loca tu puta polla de veinte centímetros! —gritó en un susurro roto, las mejillas ardiendo de vergüenza y deseo, sintiendo que se rompía algo dentro de ella para siempre.

Él soltó una carcajada triunfal y empujó los dedos más adentro, tres ahora, estirándola, follándola con fuerza mientras el tren traqueteaba. Marta se mordió el antebrazo para no chillar. El orgasmo la pilló por sorpresa: un latigazo que le recorrió la columna, le apretó el coño alrededor de los dedos invasores, le hizo temblar las piernas, le nubló la vista. Se corrió en silencio, mordiendo tela, los ojos en blanco, el cuerpo convulsionando bajo la falda.

—Voy a correrme… en tu mano de esposa fiel… —anunció él entre jadeos, la voz temblorosa.

Marta asintió frenética, los ojos llenos de lágrimas de placer y vergüenza.

—Córrete… por favor, córrete en mi mano… quiero tu leche… quiero sentirla…

El primer chorro fue brutal. Salió disparado con tanta presión que le salpicó la muñeca, el antebrazo y hasta la manga de la blusa blanca. Luego otro, y otro, y otro, y otro, y otro. Leche espesa, caliente, abundante, cayendo en gruesos hilos blancos sobre sus dedos, su palma, goteando hasta manchar el suelo del vagón y los zapatos de tacón de Marta. Olía fuerte, salado, animal, como nunca había olido nada. Ella siguió ordeñándolo, apretando desde la base hasta el capullo, sacando hasta la última gota mientras él temblaba y gruñía como un animal herido, los abdominales contraídos, la cara roja, los ojos en blanco.

Cuando terminó, la polla quedó palpitando en sus manos, todavía dura, manchada de semen. Él respiró hondo varias veces, satisfecho, y se la guardó despacio dentro del pantalón. Se subió la cremallera con calma, como quien cierra una tienda después de un buen día de ventas.

En la siguiente parada —un apeadero perdido entre naves industriales y descampados iluminados por farolas rotas— se levantó, le guiñó un ojo y dijo con voz ronca:

—Gracias por la paja, preciosa. Me has dejado como nuevo. La próxima vez una buena mamada, ¿eh? Lleva las bragas más fáciles de quitar o no lleves ninguna.

Bajó sin mirar atrás.

Las puertas se cerraron. El tren arrancó.

Marta se quedó allí, sentada, con la mano derecha llena de semen ajeno, oliendo a sexo sucio, temblando de pies a cabeza. Miró su palma bajo la luz cruda: hilos blancos, espesos, brillando como perlas líquidas. Sin pensarlo dos veces, se llevó los dedos a la nariz y respiró hondo. El olor era fuerte, animal, repulsivo y adictivo a partes iguales.

Luego, con el corazón latiéndole en la garganta, se lamió. Primero la yema del índice, despacio, saboreando la sal y el amargor. Luego el resto. Se metió tres dedos en la boca y chupó hasta dejarlos limpios, lamiendo entre ellos, recogiendo cada gota como si fuera lo más delicioso que había probado nunca. El sabor le llenó la boca, le bajó por la garganta, se le quedó pegado al paladar. Se corrió otra vez solo con eso, un orgasmo pequeño y sucio, apretando los muslos, gimiendo contra su propia mano.

El resto del trayecto lo pasó en silencio, con las piernas apretadas, el coño palpitando, reviviendo cada segundo, cada insulto, cada chorro. Cuando llegó a su estación bajó casi corriendo. Caminó los quince minutos hasta casa con el abrigo abierto aunque hacía un frío que pelaba; necesitaba aire en la cara, sentir algo que no fuera ese olor a semen que llevaba impregnado en la piel, en el pelo, en el alma.

Entró a las 23:47. Su marido roncaba en el sofá con la tele encendida, un partido de fútbol en diferido. Lo despertó suavemente, le contó lo del coche, que había cogido el tren. Él murmuró algo, la besó en la frente con labios que olían a cerveza y se fue a la cama arrastrando los pies.

Marta se duchó con agua casi hirviendo, frotándose las manos hasta dejárselas rojas, el coño, los muslos, el cuello, entre los dedos de los pies. Pero el olor seguía ahí, imaginario o real, metido en la nariz, en la memoria, en cada poro. Se metió en la cama en camiseta vieja y bragas limpias. Su marido ya dormía profundamente a su lado, de espaldas, como siempre.

A las dos de la mañana seguía despierta, con la mano metida entre las piernas, tocándose despacio al principio, luego con furia, recordando esa polla monstruosa, la cara del desconocido, el semen caliente en su piel, los insultos, los dedos dentro de ella. Se corrió mordiendo la almohada para no gritar, el cuerpo convulsionando, las sábanas empapadas de su propio flujo.Lloró, de placer, de culpa, de puro agotamiento, de saber que ya nunca volvería a ser la misma.

Al día siguiente fue al trabajo como siempre: impecable, maquillaje perfecto, sonriendo a los compañeros, tomando café en la máquina. Pero cada vez que cerraba los ojos veía esa polla. Cada vez que iba al baño se tocaba rápido, apoyada contra la puerta del cubículo, corriéndose en menos de un minuto pensando en lo puta que había sido, en lo puta que volvería a ser.

Y supo, con una certeza que le helaba la sangre y le incendiaba el coño al mismo tiempo, que volvería a coger ese tren tarde o temprano.

Que dejaría el coche «averiado» algún viernes más.

Que se sentaría en el mismo sitio.

Que llevaría la falda más corta, sin bragas quizás, con las piernas abiertas desde el principio.

Y que rezaría en silencio, con el coño ya mojado antes de subir, para que él volviera a aparecer.