Xtories

Las putas de Yeray (Cap. 4)

La tormenta los atrapó en la cabaña, pero el verdadero peligro no era el clima. Cuando el capitán la miró empapada y temblando, supo que esa noche no volvería a casa con la misma moral intacta.

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NOTA DEL AUTOR:

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CAPÍTULO 4

DÍA 3 (continuación)

Cuando bajo una intensa tormenta el Capitán Yeray fondeó en Cala Pedregosa, salieron corriendo con lo puesto a refugiarse en la cabaña.

—Bueno, no se preocupe, aquí estamos a salvo. Hay comida, bebida, ropa seca, mantas y leña para el fuego. Va a ser más confortable de lo que cree— le dijo el Capitán Yeray a una empapada Cristina.

—Pero, ¿y Pedro? Va a preocuparse.

—No se preocupe, ahora mismo aviso por radio que estamos aquí y que, en cuanto amaine, reemprenderemos el viaje de regreso.

El Capitán Yeray, tras realizar unos pocos ajustes al equipo de radio cogió el micrófono y habló.

—Aquí el Capitán Yeray llamando al campamento de Cala Poniente, cambio.

—Aquí el Capitán Yeray llamando al campamento de Cala Poniente, cambio.

Y poco después se escuchó la metálica respuesta, —Aquí el campamento de Cala Poniente, cambio.

—Debido a las malas condiciones marítimas hemos tenido que refugiarnos en la cabaña de Cala Pedregosa, cambio.

—Recibido, ¿están todos bien? Cambio.

—Sí, la señora Cristina está conmigo. Informen a su marido de que estamos a salvo, cambio.

—Recibido. Ahora mismo le comunicamos las novedades, cambio y corto.

—¿Más tranquila? — preguntó el capitán Yeray cuando cortó la comunicación.

—Sí, gracias— respondió Cristina sentándose en un rincón.

—Está empezando a refrescar, voy a preparar un poco de fuego para calentarnos.

Con una facilidad pasmosa, agarró los leños con una sola mano y los colocó ordenadamente en la chimenea y, mediante un poco de yesca, los encendió. Pronto, el fuego empezó a arder con fuerza y la cabaña se calentó ligeramente.

Cristina aún solo llevaba puesto el bikini y una camiseta que había podido encontrar en la bolsa, pero estaba empapada y empezó a tiritar.

—¡Pero si está empapada! — exclamó el capitán y, acercándose a Cristina, la cubrió con una toalla seca.

—Debe quitarse esa ropa mojada— dijo quitándole la camiseta sin pedir permiso.

Cristina se quedó petrificada, ¿cómo podía ser que aquel hombre, al que apenas conocía, se atreviera a un acto tan descarado?

Situado detrás de ella, el capitán secó la espalda de Cristina y rodeándola con los brazos, secó su barriga para, poco a poco, ir subiendo hasta alcanzar las grandes tetas de Cristina.

Cristina estaba confundida, el capitán la estaba tratando de un modo que jamás se hubiera imaginado, pero lo hacía con una delicadeza y convicción que, después de todo el día excitada mostrando libremente sus pechos, la estaba derrumbando.

—Mientras tenga ropa mojada no va a poder entrar en calor— dijo. Y sin más preámbulos se colgó la toalla sobre el cuello y con un ágil movimiento le quitó la parte superior del bikini, para acto seguido, arrodillarse detrás de Cristina y colocando la manos en el lateral de la braguita la bajó hasta los pies dejando a Cristina completamente desnuda.

—Así está mucho mejor— y agarrando la toalla tapó a Cristina y empezó a secarla masajeando todo su cuerpo.

Cristina se dejó hacer, por un lado estaba tan sorprendida que era incapaz de reaccionar pero por el otro lado, quedarse completamente desnuda delante de un desconocido que la estaba manoseando la puso tan perra que empezó a humedecerse involuntariamente. Incluso llegó a notar como por sus piernas desnudas descendía la humedad de su coño.

El Capitán ayudándose de la toalla secó todo el cuerpo de Cristina desde los pies hasta la cabeza aunque se detuvo más tiempo del necesario cuando le secó el culo, momento en el que aprovechó para darle un delicioso repaso.

Luego, manteniendo agarrada la toalla con las dos manos secó los costados de Cristina hasta agarrar por debajo sus hermosas tetas. Las levantó ligeramente y las acarició con la supuesta excusa de secarlas aunque en realidad se explayó manoseándolas.

Cuando estuvo satisfecho agarró la toalla y secó el pelo de Cristina que vio como su cuerpo quedaba expuesto y completamente desnudo frente al fuego.

Finalmente, el capitán lanzó la toalla sobre una silla dejando a la indefensa mujer totalmente expuesta. La hizo girar sobre si misma un par de veces quedándo, finalmente, frente a él, cara a cara.

—¿Sabes que tenía un amor platónico que se llamaba Cristina?

—¿A sí? — respondió Cristina con un hilo de voz.

—Sí, le puse el nombre de “Dulce Cristina” al velero en honor suyo— mintió el capitán.

—¿De verdad? ¿Y qué fue de tu Cristina? — preguntó.

—Tuvo que irse a la península y no regresó nunca. Se parecía a tí— volvió a mentir el capitán.

—¿En serio? — preguntó inocentemente Cristina.

—Sí— respondió el capitán y acercando sus labios a los de ella la besó.

Cristina dio un paso atrás y dijo:

—Esto no está bien, ¡ummmmm! — suspiró cuando la callosa mano del capitán agarró su culo y la atrajo hacia él de nuevo.

Volvieron a besarse y esta vez Cristina se dejó besar. Unieron sus labios con deseo y excitación mientras las ávidas manos del capitán recorrían todo su cuerpo.

—¡Ummmmm! — suspiraba Cristina con las caricias cada vez más osadas.

Entonces, el capitán, con sus dos grandes y fuertes manos intentó abarcar las grandes tetas de Cristina pero sin lograrlo. Mientras el beso aumentaba en intensidad las manos del capitán masajeaban aquellas inmensas tetas y pellizcaba sus pezones.

Pronto el beso se convirtió en un morreo obsceno y, finalmente, cuando la mano del capitán se aventuró a acariciar el clítoris se encontró con unos labios vaginales empapados que rezumaban fluidos piernas abajo.

—¡Estas empapada! — se sorprendió el capitán que no se esperaba llegar hasta aquel punto en tan poco tiempo.

—¡Ummmmm! — jadeaba Cristina con las caricias en su coño. Estaba deseando sentirse llena pero no se atrevió a verbalizarlo.

De hecho no hacía falta que dijera nada porque los curtidos y fuertes dedos del capitán se adentraron en su coño buscando estimular su clítoris. Y lo consiguió porque poco después, los jadeos de Cristina aumentaron de intensidad.

—¡Ahhhhhh! — gimió Cristina con dos dedos metidos en su coño hasta el fondo.

Y más gritó cuando, un tercer dedo se introdujo en su interior y el capitán empezó a masturbarla metiendo y sacando los dedos.

—¡Ahhhhhh! SIIIII!! — jadeó Cristina.

Cristina se sentía vulnerable, sola, desnuda en una cabaña con un aguerrido marinero, fuerte, seguro de sí mismo que la estaba manoseando como nunca antes ningún hombre había hecho.

Oleadas de placer recorrían su cuerpo y sucumbió ante sus aletargados sentidos. Prácticamente se olvidó de su marido y el Universo se redujo a aquella cálida cabaña alimentada por el fuego y a aquel hombre que hábilmente alimentaba su fuego interior.

—¡Ummmmm! — jadeó dejándose ir.

Entonces el capitán se separó ligeramente de Cristina y se arrodilló frente a ella quedando su boca a unos pocos centímetros del húmedo coño.

Expectante, Cristina se mantuvo quieta, sin atreverse a hacer ningún movimiento aunque cuando sintió la húmeda lengua del capitán lamiendo su clítoris lo sujetó por la cabeza y tiró de él.

—¡Ummmmm!

El capitán, sujetó a Cristina por las nalgas y recorrió el coño de Cristina saboreando su sabor a hembra. Inhaló profundamente dejando que el olor a coño húmedo inundara sus fosas nasales.

—Hueles a hembra en celo — dijo antes de volver a lamer el coño y meterle dos dedos.

—¡Ummmmm! — volvió a jadear Cristina rendida al placer que estaba recibiendo.

Después, el capitán, mirándola directamente a los ojos, se levantó y se quitó la guerrera para, poco a poco, desprenderse del resto de la ropa hasta quedar completamente desnudo y mostrarle a Cristina una polla de dimensiones descomunales.

Cristina se quedó mirando aquella polla inhiesta, gruesa, venosa con el prepucio retirado y un glande rosado. Sus testículos estaban acordes con la polla y colgaban enormes.

“¿Cómo podía existir una polla como aquella?” Cristina nunca había visto nada parecido y se quedó perpleja ante aquella monstruosidad. Y un irrefrenable deseo de tocarla la invadió. Deseaba tocarla y sentir su tacto, sujetarla con las manos, sopesarla y lamerla.

—¡Acaríciala! — ordenó el capitán, —lo estas deseando.

Y no le faltaba razón. Como una autómata, Cristina se arrodilló frente a la polla admirando su dureza y el brillo de unas incipientes gotas de precum en la punta del glande.

Instintivamente alargó la mano y, como si recibiera una descarga eléctrica, la retiró apenas hizo contacto con la yema de sus dedos. Pero aquella polla la estaba hipnotizando.

“Era un hombre a una polla pegado” pensó parafraseando Francisco de Quevedo. “¿Era posible que el autor hubiera cambiado el apéndice para no ser tachado de obsceno?”.

Volvió a alargar la mano y sujetando la polla por la base la sopesó. Mediría más de veinticinco centímetros, prácticamente era tan larga como su antebrazo. Cerró los dedos intentando abarcarla pero no pudo, era demasiado gorda.

Sintió el calor de aquella polla que ardía al contacto y empezó una lenta masturbación subiendo y bajando la piel del prepucio. Sintió la necesidad de ayudarse de la otra mano y aun así no conseguía abarcarla entera.

Sin darse cuenta, cada vez la tenía más cerca de su cara hasta que al final, el glande tocó muy ligeramente sus labios. Un calambre recorrió su cuerpo y sacando la lengua lamió la punta saboreando el dulce precum.

Cristina no se reconocía a sí misma. “¿Cómo podía estar engañando de aquella manera a su marido?” No se lo merecía, Pedro era un buen hombre, un marido atento y cariñoso. Pero aquella polla la llamaba como el fruto prohibido en el Eden llamaba a Eva. Y el capitán era la serpiente, provocándola, engañándola y animándola a traicionar a su marido.

Pero la suerte ya estaba echada y abriendo la boca se tragó la polla. ¡Dios! Era enorme, apenas podía tragarse el glande.

—Así putita— dijo maliciosamente el capitán, —déjate ir y disfruta.

Cristina, ya lanzada, agarró con las dos manos la polla del capitán y empezó a masturbarlo con rapidez mientras intentaba tragársela. Ella se consideraba una buena mamadora, habitualmente se tragaba entera la polla de su marido pero en comparación, era minúscula.

“Eres como Linda Lovelace”, la actriz de “Garganta profunda” le decía su marido cuando conseguía tragarse su polla entera. Pero aquella hazaña no tenía mérito ya que, en comparación, su polla era como la pollita de un niño. ¡Dios mío, era imposible tragarse aquella monstruosidad!

El capitán permitió que Cristina le chupara la polla, pero al ver que no conseguía pasar más allá del glande la sujetó por detrás de la cabeza y de un empujón se la clavó.

—¡ugggghhhh! — protestó Cristina.

Sorprendida se retiró como pudo, aunque sentir como aquella polla se enterraba en su garganta le produjo una excitación desmedida. Con la lección aprendida, volvió a la carga y esta vez consiguió tragarse un poco más pero, para el capitán, aún no era suficiente así que repitió el movimiento y, sin permitir que Cristina escapara, le metió la mitad de su polla.

¡chup! ¡chup! ¡chup! ¡ugggghhhh!

A punto de ahogarse, Cristina forcejeaba para salir y cuando lo hizo, un chorro de saliva escapó de su boca y quedó unida a la punta de la polla del capitán haciendo de endeble puente.

—Así puta, vas aprendiendo, pronto serás una auténtica chupa pollas.

—¡Mmmmmm!!! — jadeó el capitán cuando la boca de Cristina volvió a tragarse su polla. Cada vez, Cristina, era capaz de profundizar un poco más aunque no conseguía superar la mitad.

Escupía chorros de saliva cada vez que la polla superaba la faringe pero la sensación era muy morbosa y el coño de Cristina goteaba líquido vaginal que resbalaba por sus piernas.

¡chup! ¡chup! ¡chup!

Sentir en su boca aquella polla dura, caliente y húmeda era una experiencia extrema que la estaba haciendo perder el control, quería más y más, quería ser capaz de metérsela toda, quería sentirse dominada y forzada.

Y exactamente eso mismo es lo que hizo el capitán. Tras darle un sonoro bofetón vociferó:

—Trágatela entera, ¡PUTA!

Cristina se metió la polla más allá de la campanilla, refrenó un primer instinto de náuseas pero continuó profundizando hasta que no pudo más. Se había metido más de tres cuartas partes de aquella polla pero aún le quedaban unos pocos centímetros.

Y el capitán, sujetándola de nuevo por la cabeza, dio un golpe de cadera con tanta fuerza que la pola se alojó en el fondo de su garganta y su pubis chocó con los labios de Cristina que, al límite de la resistencia, empezó a ponerse roja.

Cuando finalmente el capitán la liberó del agarre, escupió ingentes cantidades de saliva y estornudó pero, con los ojos enrojecidos miró con auténtica devoción la cara del capitán, orgullosa de haber logrado aquella proeza.

—¡Así se chupa una polla! — la felicitó el capitán, — ahora ya puedes hacerlo tu sola.

Cristina volvió a meterse aquella enorme polla en la boca, parecía que se le fuera a desencajar la mandíbula de lo abierta que debía mantenerla. Y aun así no lograba tragársela entera, faltaba muy poco pero se sentía incapaz de llegar más allá. De modo que agarrando al Capitán por el culo con las dos manos empezó a realizar una felación profunda.

Se metía y sacaba la polla del Capitán devorándola con auténtica avidez.

—¡Mmmmmm!!! — gemía el capitán al notar como la boca de Cristina recorría todo el tronco de su polla, desde el glande hasta casi su pubis.

Y después de un buen rato aguantando el desenfrenado ritmo, cuando presintió que se acercaba el clímax, sujetó a Cristina por la cabeza y empezó a follarle la boca clavándosela, ahora sí, hasta el fondo.

¡plop! ¡plop! ¡plop!

Cada vez más rápido y cada vez más intenso. El sonido del chocar de su pubis con la boca de Cristina se mezclaba con sus jadeos y gruñidos.

¡chup! ¡chup! ¡chup!

Hasta que al final no aguantó más y sin dejar que Cristina se sacara la polla de la boca empezó a correrse.

—¡ugggghhhh! — gruñó, —¡Me corroooo!!! ¡Me corroooo!!! ¡Me corroooo!!!

Innumerables chorros de semen salieron disparados de sus testículos para ir directamente a la garganta de Cristina que tuvo que tragárselos para no ahogarse.

El capitán no le permitió retirarse hasta que su polla empezó a perder fuerza y fue entonces cuando, ya con la polla morcillona, Cristina pudo saborear los últimos restos del salado semen.

Cuando todo terminó, Cristina quedó rendida y se dejó caer hecha un ovillo sobre la alfombra.

“Que experiencia más intensa”, pensó mientras se calentaba cerca del fuego; “¿Cómo voy a explicarle eso a Pedro?” se preguntó; “No, no debe saberlo”, concluyó al medir las consecuencias de sus actos. Y aun así no se arrepentía.

“Toda mujer en algún momento de su vida debería disfrutar de una experiencia como esa”, le pareció recordar que había oído en la radio y lo utilizó como excusa para no sentirse culpable.

Poco después, el capitán se tumbó junto a ella situando su enorme apéndice entre las nalgas de Cristina. A pesar de estar morcillona y haber perdido la dureza anterior, continuaba siendo de unas dimensiones fuera de lo normal.

Alargó la mano y la acarició con la punta de los dedos. Aún estaba húmeda de su saliva pero, sobre todo, estaba ardiendo.