Elisa IX
Elisa sale del hotel con el sabor amargo de la culpa y el asco. Pero cuando su amante aparece en su lugar de trabajo, la mentira deja de ser una opción y se convierte en una trampa. ¿Podrá su esposo distinguir entre el deseo y la traición?
Elisa IX
Al salir del hotel la tarde se teñía de gris, avisando el duro invierno que estaba por llegar. Duro y difícil como el sexo que había tenido minutos antes. Su cliente barrigón y poco agraciado, había sido grosero, sin un gesto de cariño, solo se la había metido insultándola mientras le azotaba el culo. Aquel hombre le producía asco pero que podía hacer. Elisa caminó hasta el hospital con el paso mecánico de quien intenta distraer al pensamiento, el peso de la culpa la acompañaba como una sombra adherida a la piel. Cada sonido —el rumor del tráfico, el eco metálico de las puertas automáticas, el chirrido de los zapatos sobre el suelo encerado— parecía recordarle algo que prefería olvidar.
Tras 20 minutos llegó al vestíbulo y justo al cruzar la zona de enfermería, se topó con Fiona, la jefa de la guardia nocturna. La mujer salía envuelta en su bata blanca, con una sonrisa amable y el gesto de quien no tiene prisa.
—¡Elisa! —la saludó con voz afable—. Espera un momento, quería comentarte algo.
Elisa se detuvo.
—Claro, dígame, Fiona.
—El sábado, como a las 12:30 am, pasó un hombre preguntando por ti. Alto, rubio, muy guapo, ojazos verdes de esos que no se olvidan.
Elisa sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones. La descripción era exacta, imposible de confundir: Iván.
—¿Y qué te dijo? —preguntó, procurando mantener el tono casual.
—Nada raro. Solo me preguntó si estabas de guardia. Le dije que no, que estabas librando. —Fiona la observó con curiosidad—. ¿Todo bien?
Elisa asintió con una sonrisa temblorosa.
—Sí, sí, todo bien. Gracias por avisarme.
—¿No será algún tipo de acosador? —bromeó la jefa, levantando una ceja.
—No… creo que es un amigo que está de paso por la ciudad.
—Pues ese amigo está guapísimo, te lo digo. Cuidado, Elisa.
Ella forzó una risa débil.
—No se preocupe, Fiona, estoy felizmente casada.
—Eso es porque no lo has visto —replicó la otra, riendo—. En fin, me voy, que se me hace tarde.
Elisa la despidió con un gesto y continuó caminando por el pasillo. Sus pasos resonaban huecos, como si pertenecieran a otra persona. Por dentro, el temblor había vuelto. Sabía lo que eso significaba: Iván había estado allí, buscándola. Lo sabía, lo había comprobado con sus propios ojos.
Durante todo el día, la idea la persiguió como un insecto invisible zumbando junto a su oído. No podía concentrarse. Los relojes parecían girar más despacio. Entre un paciente y otro, su mente tejía hipótesis: ¿le preguntaría aquella noche? ¿La esperaría con el mismo silencio denso de los últimos días? ¿O la enfrentaría con furia, con ese orgullo herido que tanto temía?
A la hora del almuerzo, no pudo más y marcó el número de Isabel.
—Isa, necesito que me escuches —dijo sin respirar.
Su amiga la conocía bien; la voz bastó para entender que algo grave ocurría.
—¿Qué pasa, Eli?
Elisa miró alrededor, bajó el tono.
—Iván fue al hospital el sábado. Preguntó por mí.
—¿Qué? —la voz de Isabel se tensó al instante—. ¿Te descubrió?
—No lo sé… pero Fiona lo describió y era él. Si me pregunta, necesito una historia creíble.
Hubo un breve silencio. Luego, Isabel respondió con calma.
—Podemos decir que estuviste conmigo. Que viniste a verme porque me sentía sola, ya sabes, Antonio fuera, el embarazo, la cena, las películas…perfecto.
Elisa suspiró, aliviada y temblorosa.
—Gracias, Isa. No sé qué haría sin ti.
Su amiga pensando que se ve con alguien comentó: Solo prométeme que dejarás de verte con ese tío, Elisa. Estás jugando con fuego.
Ella no respondió. Porque no podía prometerlo
- Elisa te cubro esta vez, pero ninguna más. Iván te ama y no se merece esto.
- Lo sé. Te prometo que pronto lo resolveré.
Esa tarde, cuando volvió a casa, el aire se sentía denso, cargado. El pasillo olía a comida recién hecha; su madre estaba en la cocina, la niña jugaba en el suelo. Todo parecía normal, y sin embargo nada lo era. Iván estaba sentado en el sofá, con la televisión encendida y los ojos clavados en la pantalla, aunque era evidente que no veía nada.
Elisa se detuvo en la puerta. Lo observó un instante. Había en su postura una calma antinatural, la serenidad de quien reprime algo demasiado grande. Su mirada, cuando se cruzó con la de ella, fue un golpe seco.
—Hola, amor —murmuró Elisa.
—Hola —respondió sin emoción.
Su madre, perceptiva, notó el aire tenso. Se limpió las manos en el delantal.
—Hija, la vecina me pidió que pasara un rato a charlar —dijo, mirándola con intención—. Me llevo a la niña, ¿sí?
Elisa asintió.
—Sí, mamá. Gracias.
Cuando la puerta se cerró detrás de ellas, el silencio llenó la casa como una presencia viva. Elisa respiró hondo y dio un paso hacia él.
—Iván… tengo que contarte algo.
Él no respondió. Se limitó a mirarla, con el rostro impenetrable.
—El sábado —continuó ella, la voz trémula—. Fiona me dijo que estuviste en el hospital buscándome.
Iván asintió con un leve movimiento de cabeza.
—Sí. Y no estabas.
—Lo sé. —Elisa se apresuró—. Pero déjame explicarte. Al terminar la guardia fui a casa de Isabel. Está de seis meses, Antonio está fuera por trabajo y… se sentía sola. Me rogó que fuera a cenar con ella, a hacerle compañía. Solo eso. Si no me crees, podemos llamarla.
Iván la observó en silencio, su mirada un abismo entre ambos. Elisa sintió que cada segundo pesaba como una condena. Con manos temblorosas, tomó el teléfono y marcó.
—Hola, Isa —dijo apenas esta contestó.
—Elisa, ¿qué pasa? ¿Por qué suenas así?
—Iván fue al hospital el sábado, preguntó por mí.
—¿El sábado? —repitió Isabel con naturalidad impecable—. Cariño, lo siento. Por favor, pásame con él, quiero disculparme.
Iván tomó el teléfono con lentitud.
—No hace falta —dijo, seco—. El error fue de Elisa por no decírmelo.
Colgó sin más. El silencio volvió, pesado como plomo.
—No quiero más mentiras ni guardias nocturnas los fines de semana —dijo finalmente.
—Perdóname, Iván. No lo hice con mala intención. Es que últimamente estás… raro.
Él se rió con amargura.
—¿Raro yo? Mírate tú. Ahora me espías las palabras, me ocultas tus salidas.
Elisa lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Y qué quieres que haga? Siento que ya no confías en mí.
—¿Y cómo voy a hacerlo? —respondió él, alzando la voz—. ¡Casi 7 semanas, Elisa! semanas sin tocarte, sin buscarme!
Ella bajó la mirada. Sus labios temblaban.
—Tienes razón —susurró—. Elisa si quieres que esto funcione… te prometo que todo cambiará -interrumpió ella-. Hablaré con mi jefe, no más noches fuera. Te amo, Iván. Te extraño. Si quieres, mañana podríamos… estar juntos.
Él guardó silencio. Su rostro seguía duro, pero algo en sus ojos empezó a ceder. Lentamente se acercó. La abrazó.
—Yo también te amo —dijo en voz baja—. Pero si me mientes otra vez, me plantearé alternativas.
Elisa se estremeció.
—No, cielo. Eso jamás.
Entonces se besaron. Al principio fue un roce contenido, casi temeroso. Pero el beso se alargó, se profundizó, y con él se abrió una grieta por donde volvió a entrar la vida. Iván la levantó en brazos, sin romper el contacto, y la llevó al dormitorio.
La habitación olía a sábanas limpias y al perfume leve de ella, ese aroma que aún lo perseguía en los sueños. La depositó sobre la cama con una mezcla de ternura y deseo contenido. Sus manos, al recorrerla, parecían pedir perdón y castigar al mismo tiempo. Elisa cerró los ojos, dejó que el cuerpo hablara donde las palabras ya no alcanzaban.
La blusa cayó al suelo como un suspiro. La piel de Elisa, pálida bajo la luz tenue del atardecer, tenía el brillo húmedo de algo que vuelve a despertar después del frío. Iván la miró un instante —solo un segundo— y recordó la imagen que lo atormentaba: ella riendo con otro, sus manos entrelazadas. Un destello de rabia lo cruzó, pero se desvaneció pronto, ahogado por el deseo.
Se inclinó sobre ella y la besó con una intensidad que parecía querer borrar el tiempo, borrar las sospechas. Cada caricia era una pregunta, cada gemido una respuesta ambigua. Elisa lo sintió, lo reconoció: el mismo cuerpo, la misma voz, pero algo en su gesto había cambiado. No era solo amor; había un fuego más oscuro, una necesidad de afirmarse, de poseer para creer.
Sus manos se buscaron con torpeza y luego con certeza. Iván recorrió su cuello, su clavícula, la curva suave de sus senos. Elisa arqueó el cuerpo con un suspiro que fue mitad placer, mitad arrepentimiento. Las sombras de la habitación parecían moverse con ellos, respirando su mismo ritmo.
Cuando él la penetró, lo hizo despacio, casi con devoción. No hubo violencia, sino una ternura dolorosa, una urgencia contenida en la suavidad. Elisa lo miró a los ojos y por un instante creyó que todo podía recomenzar, que aquel roce de piel contra piel podía purificarla.
Pero mientras los cuerpos se movían, una imagen fugaz la atravesó: el espejo del hotel, Carl abrazándola desde atrás, la sonrisa que había intentado olvidar. La culpa le recorrió la espalda como un hilo de hielo, y sin embargo, más abajo, el placer la arrastraba, inevitable.
Iván la besó en los párpados, en los labios, en la garganta. Su respiración se mezclaba con la de ella, un murmullo que llenaba el cuarto. Elisa lo abrazó con fuerza, como si temiera perderlo, como si en ese acto pudiera redimirse.
El clímax llegó sin aviso, breve, intenso en el, agridulce en ella, con un destello que los dejó exhaustos y en silencio. Después, él apoyó la cabeza en su pecho, respirando hondo, mientras ella le acariciaba el cabello con los dedos temblorosos. Ninguno habló. Solo el tic-tac del reloj parecía recordarles que la realidad seguía allí, esperando.
Elisa lo miró dormirse poco a poco. Su rostro, en la penumbra, tenía la serenidad de un niño. Una lágrima le rodó por la mejilla, silenciosa.
“¿Qué he hecho?”, pensó. No por el acto en sí, sino por la mentira que lo sostenía. Se preguntó si era posible amar a alguien y, al mismo tiempo, vivir con miedo de su mirada. Si la ternura que acababa de sentir era redención o solo una tregua antes del derrumbe.
Afuera, la noche avanzaba lenta. El rumor lejano de los coches se mezclaba con el latido irregular de su corazón.
Elisa giró sobre el costado, observó el perfil de Iván y se preguntó cuánto tiempo podría sostener esa apariencia de armonía. La duda era una sombra que ya no se iría.
Lo besó suavemente en la frente, como si ese gesto pudiera conjurar el desastre.
“Te amo”, susurró, “pero no sé si basta”.
Cerró los ojos y, en la oscuridad, comprendió que el amor, cuando se mezcla con el miedo, se vuelve un laberinto sin salida.
Y mientras el sueño la arrastraba, una idea persistente se instaló en su mente: que las verdades ocultas no desaparecen, solo esperan su hora.
Elisa se durmió abrazada a él, con el alma dividida entre el alivio y la culpa, sabiendo —sin querer admitirlo— que aquel momento de paz no era el final, sino apenas un respiro en medio del naufragio.
Iván
El despertó al amanecer, con la sensación de que no había dormido en absoluto. El cuarto permanecía en penumbra; la luz gris que se filtraba entre las cortinas apenas dibujaba el contorno del cuerpo de Elisa a su lado. Dormía profundamente, con un brazo extendido sobre la sábana, el cabello desordenado cayéndole sobre la mejilla. Por un instante, sintió el impulso de acercarse, de besarle la frente, de aferrarse a ese silencio como si fuera real. Pero no lo hizo.
La noche anterior volvía una y otra vez a su mente, como una cinta que no podía detener. El modo en que lo había mirado cuando le habló del sábado, la voz temblorosa, la excusa bien construida. Y luego —casi sin transición— aquella entrega, el abrazo, el beso que se convirtió en algo más, en un incendio lento.
No recordaba haberla deseado tanto. No así. Había algo distinto en ella: un temblor nuevo, su mirada, la respiración, un modo de moverse que no supo si era culpa o deseo. Su piel le pareció más tibia, más viva; su olor, más intenso. Cuando la tuvo entre sus brazos, el tiempo se disolvió. Era como si todo lo que habían callado se condensara en cada roce, cada suspiro.
Y, sin embargo, algo en ese mismo fuego lo inquietó.
La suavidad con que ella lo acariciaba, la forma en que sus dedos le recorrían la espalda tenía algo aprendido, algo que no pertenecía del todo a su historia. Iván la sintió distinta, más insegura, más ajena. Era ella, sí, pero atravesada por una sombra que no lograba nombrar. Como si en medio de esa entrega hubiera otra presencia, un eco invisible de alguien más.
Durante el encuentro, hubo momentos en que su mente se dividió: una parte la amaba, la reconocía con la ternura de los años compartidos; la otra observaba con recelo, comparando, sospechando. Cuando ella cerró los ojos y pronunció su nombre, no supo si era alivio o un intento de convencerse. Y cuando su cuerpo tembló entre sus brazos, una duda punzante le cruzó el pecho: ¿era por él, o por un recuerdo que lo excluía?
Ahora, mirándola dormir, sentía una mezcla insoportable de ternura y desconfianza. La amaba, pero esa certeza ya no bastaba. Porque el amor, cuando se quiebra, no se rompe de golpe: se va resquebrajando en los detalles, en los silencios, en las respuestas que llegan demasiado rápido.
Elisa se movió apenas, girando hacia él. Su respiración seguía tranquila, confiada. Iván la observó en silencio, deteniéndose en el arco de su cuello, en la curva de su hombro desnudo bajo la sábana. Esa visión, tan íntima, debería haberle traído paz. En cambio, lo asaltó una punzada de desasosiego.
Recordó la voz de Fiona cuando lo vio en el hospital: “No está de guardia esta noche”. Y recordó su propia ira, la sensación de estar a punto de perder algo que no sabía si ya había perdido. Tal vez había querido comprobarlo con el cuerpo, buscar en ella la verdad que no encontraba en las palabras. Pero el placer —ese instante en que todo se confunde— no le había dado respuestas. Solo más preguntas.
Se sentó al borde de la cama, con las manos en el rostro. A través de la ventana, el cielo comenzaba a clarear. El primer sonido de un coche rompió la quietud del amanecer. Se sintió viejo, cansado, como si aquella noche lo hubiera dejado más vacío que antes.
La miró una vez más. Parecía tan frágil, tan sincera en su sueño, que por un momento confió. Quiso convencerse de Isabel, del embarazo, de la cena, del vestido, que todo estaba en su mente y ella le había dicho la verdad. Pero dentro de él algo resistía. Un instinto, quizás. La sensación de que lo que había sentido en su piel —ese temblor nuevo, esa forma de mirarlo en mitad del deseo— no pertenecía del todo a su historia compartida.
Se inclinó y rozó con los labios el hombro de ella. La piel aún guardaba el calor de la noche. Elisa suspiró dormida y murmuró algo ininteligible. Iván cerró los ojos, intentando inmortalizar el instante antes de que se deshiciera.
“¿Y si me mintió?”, pensó. La idea le llegó sin violencia, como una certeza que siempre estuvo allí.
Se levantó despacio, fue hasta la ventana y abrió las cortinas. La luz del amanecer inundó la habitación, revelando los pliegues del desorden, las huellas de lo que habían sido unas horas atrás. Elisa se movió en la cama, sin despertar.
Iván la observó largo rato, con el pecho apretado.
Sabía que volvería a tocarla, a buscarla, a amarla, porque no sabía hacer otra cosa.
Pero también sabía —y esa era la herida más honda— que ya no podía confiar.
Y en la duda, más que el deseo, se mantenía esperanzado, como el enfermo se aferra a la fe del milagro.
Continuara...
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