Xtories

El ingeniero 2

La máquina era perfecta, pero la mujer que la probaba resultaba mucho más excitante. Rubén sabía que estaba cruzando una línea que no debería haber cruzado, pero la respuesta de Violeta ante sus dispositivos lo tentaba demasiado para resistirse.

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Recomiendo leer la primera parte.

Acababa de recibir mi máquina terminada y estaba deseando verla, así que llevé las tres cajas que la componían al laboratorio y la desembalé ansioso por contemplarla.

Era exactamente lo que había diseñado. Preciosa. El taller había estado a su nivel habitual de calidad a pesar de lo insólito de mi proyecto. La silla era mullida y sin aristas, la probé. Los cables y tubos relucientes y con aspecto profesional. La pantalla de control, intuitiva, grande y respondía perfectamente a cualquier solicitud. La pantalla de información la mostraba de forma clara y exhaustiva para que incluso un profano pudiera entenderla y actuar en consecuencia.

Era perfecta.

Cuando la terminé pensé en enviársela directamente a mi antiguo jefe, pero mientras redactaba la “Guía del usuario”, comprendí que necesitaría formación de primera mano. A pesar de la sencillez que intenté imbuir en los controles, la máquina era tan completa y tenía tantas posibilidades que se hacía imperativo una formación previa.

Teniendo esto en mente llamé a mi exjefe.

—Hola, Gómez — contestó —. ¿Tiene novedades?

—Sí, señor, tengo el dispositivo terminado en mi laboratorio.

—Genial, he de reconocer que ha cumplido con el plazo perfectamente.

—Gracias, señor Vázquez. El caso es que le llamo porque creo que sería conveniente que les diera a usted y a su mujer una explicación detallada del funcionamiento.

—¿Pero no iba a escribir las instrucciones?

—Sí, y lo he hecho, pero me quedaría más satisfecho si se las diera en persona, sobre todo en cuanto a la aplicación de los dispositivos al cuerpo, algunos de ellos han de ser situados en puntos exactos y en momentos determinados.

—Bien, bien, si usted lo dice le haré caso, aunque lo mejor es que se ponga en contacto con mi mujer. Estoy supervisando un proyecto de ingeniería en Dubai y no regresaré a España al menos en tres semanas. Hable con Violeta y que lo decida ella. Ahora le paso sus datos de contacto.

Nos despedimos y en unos instantes recibí el teléfono y el correo de Violeta Anderrubia, la esposa de mi jefe.

—¿Señora Anderrubia?

—Sí, soy yo.

—Soy Rubén Gómez, el ingeniero. Me ha pasado su teléfono su marido.

La expliqué todo el asunto y le transmití mis inquietudes.

—¿Lo ve imprescindible? — me preguntó.

—Totalmente. La máquina ha resultado tan completa y versátil que me parece que no hay alternativa.

—De acuerdo — contestó pasados unos instantes —. Pero no quiero esperar a Serafín, si le viene a usted bien esta misma tarde me paso por su casa y me explica todo lo necesario.

Concretamos una hora y terminamos la conversación. Me daba apuro probar con ella la máquina, al fin y al cabo era la mujer de mi exjefe, pero estaba tan orgulloso del diseño que no podía esperar. Además, según habíamos convenido, si terminaban satisfechos estudiaríamos la comercialización y sería una fuente de ingresos para mí.

A la hora convenida se presentó en mi casa. Como la otra vez que la vi me impresionó su belleza. Sin embargo, su aspecto encantador no era correspondido por su carácter.

—Buenas tardes, Sr. Gómez.

—Buenas tardes, ¿le apetece un café antes de ver la máquina?

—No, gracias — llevaba un maletín y un traje chaqueta. Seguramente vino directamente del trabajo —. Comprenderá que esto no es agradable para mí, así que cuanto antes empecemos antes terminaremos.

—Claro — asentí —, sígame.

La acompañé a mi laboratorio e hice un gesto con los brazos para mostrarle la máquina como un padre presumiendo de su hijo. La señora Anderrubia abrió los ojos como platos al ver el sillón y los demás accesorios.

—¿Quiere que le explique para qué es cada cosa? — la pregunté cogiendo su maletín y dejándolo a un lado.

—Por supuesto.

La mostré el sillón y las pantallas, la de control y la de información.

—¿Para qué son esos cables?

Le expliqué primero los sensores, de temperatura, de sudoración, de actividad cerebral, etc.

—Vaya, sinceramente no esperaba algo tan completo — se notaba su asombro.

—El dispositivo tiene veinte programas — expliqué —, en algunos de ellos, los más agresivos, el… sujeto es llevado al límite y es necesario chequear continuamente sus constantes.

—Ya veo, ¿y lo demás?

La detallé los estimuladores y succionadores que se adherían a los pezones, a los labios vaginales y al clítoris, y los que darían pequeñas descargas a los dedos de los pies. Luego le enseñé los consoladores que, a elegir entre varios tamaños, se acoplarían al dispositivo de bombeo. Ella seguía atentamente mis explicaciones, pero notaba que su respiración parecía más agitada y su rostro estaba sonrojado. Como no decía nada cuando terminé de hablar me explayé un poco más.

—Ambos consoladores, el vaginal y el anal, se dilatan, vibran, se calientan y expulsan agua caliente, por supuesto también producen unas pequeñas descargas eléctricas. A última hora añadí también un botón de emergencia por si el… sujeto quisiera detener todos los procesos.

La Sra. Anderrubia seguía en silencio, quizá le había dado demasiada información de golpe a una persona sin conocimientos científicos. Su mirada recorría todos los dispositivos erráticamente hasta que se quedó fija en mí.

—Eh… ya, bien, vale — dijo con voz vacilante —. ¿Y ahora qué hacemos?

—Pues si desea probar la máquina le voy explicando sobre la marcha cómo se aplican los dispositivos a su cuerpo y en qué momento.

Volvió a mirar los cables, las pantallas y el sillón durante un largo momento. La veía debatirse, intentando atreverse a probar la máquina, con los labios entreabiertos y la respiración rápida.

—Creo que… — hizo una pausa —, creo que sí. Vamos a probarlo — terminó decidida.

—Excelente. Desnúdese y siéntese en el sillón. Puede dejar la ropa ahí sobre la mesa. Voy a por lubricante.

Jadeó anonadada y la dejé sola para que se desvistiera. Tuve la precaución de coger una botellita de agua además del lubricante y volví al laboratorio. La Sra. Anderrubia estaba sentada en el sillón, totalmente desnuda y totalmente ruborizada. A pesar de su evidente vergüenza me dirigió una mirada desafiante.

—Bien, comencemos — dije.

Le di a elegir entre los varios consoladores y seleccionó uno mediano para la vagina y otro pequeño para el ano. Los acoplé y orienté explicándola cómo se hacía y me dispuse a sujetar sus brazos y cuello con las correas.

—¿Qué está haciendo? — preguntó alarmada.

—Es por su seguridad. Si se estremece mucho podría herirse.

Suspiró, pero me permitió terminar de sujetarla. La coloqué después los sensores explicándola como lo hacía.

—Ahora voy a ponerle los estimuladores. Permítame, señora.

—Creo que llegados a este punto puede llamarme Violeta — me dijo con una risita nerviosa.

—Claro, llámame Rubén.

Le adherí a los pezones los estimuladores y las campanas succionadoras. No pude dejar de admirar las magníficas tetas que tenía. Llenas y suaves con unos pezones rosas preciosos.

—Ahora las pinzas de los labios vaginales — detallé.

Violeta miró hacia otro lado sin decir nada.

—Es mejor que vea cómo las coloco.

—Vale.

Se las puse y seguí con el resto. El estimulador/succionador de clítoris lo dejaría para cuando estuviera excitada. Terminé extendiendo el lubricante en los consoladores.

—Listo. Si te parece bien empezaremos con el programa número 3. Activa todos los dispositivos a intensidad baja salvo el consolador anal. Tiene una duración de quince minutos.

—De acuerdo.

—Si va bien después podemos probar un programa más exhaustivo.

Dejando que Violeta viera cómo lo hacía seleccioné el programa número 3 y lo activé. Emitió un pequeño grito seguido de una risita al recibir las primeras descargas leves. Al ser uno de los programas pregrabados yo no tendría que intervenir para colocar el dispositivo del clítoris cuando la máquina me alertara, así que me levanté y fui explicando a Violeta lo que iba pasando.

—Primero notará la electroestimulación de los pezones y los labios vaginales. Es para ir excitando… eh… al sujeto — esperé un par de minutos —. Ahora se pone en marcha el succionador de pezones y en nada sentirá el consolador. Si tiene molestias avíseme.

—Vale — musitó.

Contemplé todo el proceso con ojo clínico, revisando sus lecturas. Todo iba bien. Un gemido se la escapó cuando el consolador comenzó la penetración. En unos minutos todo estaba activado y, a pesar de la poca intensidad, Violeta gemía continuamente. La pantalla de control emitió una alerta y coloqué el último accesorio, el del clítoris, en su sitio, justo encima del consolador que la penetraba lentamente pero sin descanso.

—Aaaaahhhhhh…

—Recuerde que tiene al alcance de la mano derecha el botón de paro de emergencia — avisé.

—No… no hace falta… aaaaahhhggghhh…

Como estaba previsto se corrió justo antes de terminar. Cerrando los ojos dejó escapar un largo gemido contrayendo los músculos. No necesité el contador de orgasmos para apreciarlo. Lo cierto es que era una mujer preciosa y estaba más bonita aún cuando se corría. Deseché esos pensamientos y comprobé que la máquina se había detenido correctamente.

—Ten, Violeta — le ofrecí la botella de agua —. ¿Cómo ha ido la primera vez?

—Uf, bien — dio un par de sorbos —. Mejor de lo que esperaba.

—Si quieres probamos otro programa más avanzado.

—Sí, pero primera suéltame que estire un poco las piernas.

—Claro — le solté las correas —. ¿Quiere que salga?

—No, jajaja, creo que no es necesario después de… esto.

Aunque intentaba no ser descarado contemplé a Violeta dando unos pasos por el laboratorio. Era ciertamente una mujer espectacular. ¿Cuántos años tendría? No creo que tuviera más de treinta y dos o treinta y tres. ¡Qué cabrón mi jefe! Él tenía más de sesenta. Aparté la mirada del culo de Violeta y me centré en la pantalla de información para no caer en la tentación de seguir admirándola.

—Creo que ya puedo seguir — se sentó otra vez en el sillón —. ¿Qué programa ponemos ahora?

—Depende de lo que quieras que dure y de las veces que quieras… esto… del número de orgasmos.

—¿Pero se puede elegir? — me preguntó alucinada.

—Bueno, a partir del programa ocho se intenta conseguir que el número de orgasmos coincida con la mitad del número del programa. El programa dieciséis proporcionará ocho orgasmos.

—¡Joder! — exclamó con la boca abierta.

Empecé a colocarla de nuevo los aparatos dejando que decidiera. Al comprobar cómo tenía la vagina no necesité renovar el lubricante.

—¿Sería mucho probar el diez? — me preguntó algo cohibida.

—No, me parece perfecto — aseveré —. ¿Estás lista?

—Adelante — me dijo con una pequeña sonrisa.

Activé la máquina.

—Aaahhhh, dios, joder, es mucho mejor — gritó Violeta cuando solo llevaba seis minutos.

Ya se había corrido una vez y le quedaba poco para la siguiente. En ese momento se activó el consolador anal profanando su entrada posterior.

—AAagggg.

—¿Lo paro? — dije preocupado. No sabía nada de la experiencia previa de Violeta.

—No. De ninguna maneraaaaaaa….

Tranquilizado revisé las lecturas. Como preveía enseguida se corrió otra vez.

—Aaaagghhhh… esto es… cojonudo… es la hostia…

La educada y seca Sra. Anderrubia se había transformado en una mujer lujuriosa disfrutando de su cuerpo y de su sexo. Sus pezones dilatados por la succión estaban duros y rojos, sus caderas se movían al ritmo que le marcaban los consoladores que penetraban su intimidad, de su coñito no dejaban de manar fluidos. Yo, mientras tanto, cada vez observaba menos las pantallas y admiraba más su cuerpo, su bonita cara y su expresión lasciva. Inevitablemente sufrí una erección.

Llevaba el programa activo ya veintinueve minutos y solo le quedaba por disfrutar un orgasmo a Violeta. Su cara era un poema. Sudorosa, tenía los ojos entrecerrados sin que le viera las pupilas, los labios abiertos como en una expresión perpetua de placer y la punta de la lengua asomando por un lado dejando caer algo de saliva. Sus miembros estaban lánguidos y flojos y lo único que movía eran las caderas cada vez más rápido al son que marcaban los consoladores. Yo seguía en la silla frente a los controles para no levantarme y que se apreciara mi notoria erección. La pantalla mostraba que la Sra. Anderrubia estaba al límite de la seguridad, aunque todavía podía continuar disfrutando de la máquina un poco más antes de que el sistema bajara la intensidad por precaución.

Todo lo bueno se acaba y por fin terminó corriéndose. Al contrario que veces anteriores, Violeta no hizo ni un ruidito. Solo se estremeció. Un pequeño temblor recorrió su estupendo cuerpo durante quizá un minuto entero. Eso y la expresión desmayada de su rostro reflejando el extremo placer que sentía era lo único que permitía saber que estaba experimentando un orgasmo de altísima intensidad. Dejé que terminara el proceso antes de soltarle las correas. Solo me miró un momento antes de cerrar los ojos y quedarse dormida de agotamiento. Recogí la manta que tenía en el sofá del salón y la cubrí, luego revisé las lecturas de la máquina y me preparé un café. Estaba terminándomelo en la cocina cuando apareció Violeta. Salvo el pelo algo revuelto su aspecto era perfecto.

—¿Quieres un café? — le ofrecí escrutando su expresión intentando adivinar su valoración de la máquina.

—Si tuvieras preferiría un Red Bull, si no me conformaré con el café. Me voy a sentar antes de que me fallen las piernas — apartó una silla de la mesa de la cocina y se sentó. La preparé el café y anoté mentalmente comprar Red Bull. Podría ser buena idea.

—En fin, Violeta, ¿qué opinas? — la pregunté en cuanto dio el primer sorbo.

—¿Qué opino? — me miró pensativa y reflexionó un rato largo —. Creo que con tu maquinita no voy a necesitar más a ningún hombre, eso creo.

—Me alegro de que te haya gustado — dije feliz.

—¿Gustado? Creo que supondrá un antes y un después en la satisfacción femenina. Va a ser una revolución para muchas mujeres y, cuando hayamos mejorado el sistema, te va a convertir en alguien muy rico.

—¿Mejorado? — me gustó todo lo que dijo salvo lo de “mejorado”. La máquina era perfecta.

—Sí. Tienes que hacer que la mujer pueda fácilmente controlar todo, que pueda utilizarla sin necesitar a nadie.

—Ummm — podría hacerlo.

—También necesitamos más variedad de programas. Por lo que me has dicho la máquina tiene dieciséis programas que se van intensificando progresivamente, ¿cierto?

—Así es, sí.

—Está muy bien, pero no es suficiente. Por ejemplo Rubén, puede haber un día en el que no disponga de mucho tiempo y quiera correrme dos veces — me gustaba que Violeta aunara la pasión con el análisis frio de las capacidades de la máquina y lo explicara sin ambages —. Debería haber un programa que me follara fuerte durante diez o quince minutos. Dos orgasmos y listo.

—Puede que tengas razón — admití sentándome a su lado. Empezaba a tener ideas para mejorar el sistema.

—Seguro que si lo pienso se me ocurren algunos programas más, pero sí que hay otra cosa que estaría bien.

—Dime, dime.

—Imagina que un día no quiero usar la máquina, pero sí me apetece algo de estimulación. Supón que viendo una película quiero que me de placer suave durante un par de horas — se me quedó mirando levantando las cejas.

—Algo podría desarrollar — le dije. Aunque fui maleducado volví a la habitación de la máquina y empecé a tomar notas. Al poco llegó Violeta.

—Rubén — me sacudió del hombro hasta que le presté atención —. Mañana vengo a la misma hora y seguimos con el desarrollo, ¿te parece? — asentí —. Bien, tenemos tres semanas para hacer las mejoras.

Tardamos dos días en mejorar el diseño para que pudiera usar con facilidad el sistema una mujer sola, incluyendo una breve pausa en las estimulaciones para colocarse el accesorio en el clítoris.

Otros seis días los dedicamos a incluir algunos programas más que a Violeta le parecieron importantes. Casi todos eran cortos e intensos.

Durante estos días, Violeta cogió mucha confianza conmigo. Seguro que ayudó el que pasara casi todo el tiempo que estábamos juntos desnuda, jajaja. Yo me cortaba menos en mirar su espectacular cuerpo gozando en mi máquina. Ella parecía encontrarlo divertido y disimulaba la risa cuando me pillaba la erección bajo los pantalones.

Trabajé solo tres días para desarrollar la última mejora. En cuanto la tuve lista llamé a Violeta y la pedí que nos viéramos en mi casa.

—Hola, Rubén, ¿qué tal te ha ido?

Dejé entrar a la preciosa Violeta y la acompañé al salón.

—Ya tengo lista la primera prueba del Suavexcito.

—¿Suavecito? — arrugó la nariz.

—No, Suavexcito. Mezcla de suave y excito, aunque podemos cambiarle el nombre.

—Suavexcito — se rio —. No, es gracioso.

—Pues si te cambias lo podemos probar.

—Claro, voy a la habitación.

—Ponte las bragas que hay encima de la mesa.

La había visto desnuda y corriéndose ante mí innumerables veces, sin embargo se iba a cambiar en la intimidad. Misterios de la mente femenina. Salió enseguida con la ropa cómoda que le había pedido que trajera. Una simple camiseta y un pantalón suelto de algodón. Prendas que cualquier mujer podría llevar para estar en casa.

—¿Te has quitado el sujetador? — pregunté para asegurarme.

—Claro, ¿empezamos?

—Sí, levántate la camiseta que te pongo la parte de arriba.

Me obedeció y le ajusté sobre los pechos la nueva banda estimuladora asegurándome de que la parte activa quedara sobre los pezones. Violeta observó todo atentamente.

—Siéntate — le señalé el sofá cuando todo estuvo colocado —. Toma — le di el mando de la tele. En unos minutos empezábamos a ver una película.

—Ahora toma esto.

—¿Qué es esto? — arrugó otra vez la nariz al ver el feo aparatito.

—El mando a distancia del Suavexcito. Solo es un prototipo.

—Ah.

—Es muy sencillo. Tiene tres botones para tres intensidades. No hay más.

—Vale. Deja que pruebe la más suave.

Violeta experimentó durante unos diez minutos antes de dejar fijo el mando en la intensidad intermedia y centrarse en la película. Las bragas lo único que hacían era aplicar unas levísimas descargas eléctricas a los labios vaginales y aún más débiles al clítoris. La banda de los pechos sí que hacía un poco más. Aplicaba calor a los pezones junto con descargas y los masajeaba también. No lo había probado antes por lo que no sabía si realmente funcionaría, aunque mi experiencia con la máquina me decía que así sería.

Al rato me fijé en Violeta. Me pareció que frotaba suavemente sus muslos entre sí. También me fijé en que de vez en cuando se acariciaba levemente los pechos como sin darse cuenta. Al escucharla un hondo suspiro supe que el sistema estaba funcionando.

Allí estaba yo, sentado al lado de una guapísima mujer. Extrañamente la situación me superó. Una cosa era estar en el laboratorio, observando todo con mentalidad de ingeniero. O casi. Otra cosa era estar con ella viendo la tele como si fuéramos pareja. Y más sabiendo que lentamente se iba excitando. La miré cuando la escuché hacer un ruidito y vi que miraba mi erección con una risita.

Disimulé devolviendo mi atención a la pantalla, aunque no se me escapó que Violeta aumentó la intensidad en el mando. Fue pasados unos diez minutos que sentí su mano en mi polla.

—¡Qué dura! ¿Te has puesto cachondo? — me preguntó con picardía. Aunque me había visto así muchas veces nunca habíamos hablado de ello.

Me encogí de hombros y volví avergonzado la vista a la tele. Violeta frotó mi polla sobre el pantalón unos minutos antes de levantarse y ponerse delante de mí. Despacio se quitó el pantalón y las bragas.

—Bájate los pantalones, Rubén. Aunque tu máquina sea cojonuda creo que de vez en cuando me apetecerá una polla de verdad.

Fui subiendo la mirada por sus largas piernas y el ápice de sus muslos donde una mano jugaba con su humedad. Levanté la mirada hasta su cara y vi que me miraba con una sonrisa presumida.

—¿No te importará follarme, verdad?

Se rio al verme bajar los pantalones a toda prisa. Siguió riéndose mientras se acomodaba encima de mí y solo paró cuando se metió mi polla en su chorreante coño.

—El Suavexcito tiene mucho peligro — me confesó moviendo adelante y atrás las caderas.

No resistí más y la saqué la camiseta y la banda estimuladora. Sus pechos, llenos y suaves, quedaron ante mí. Sin dudar bajé la cabeza y engullí todo lo que pude de uno de ellos.

—¡Ay! Salvaje — se rio —. Cuidado que estoy muy sensible, bruto.

Chupé y mordí con ansia, sabiendo por sus risas y el movimiento de sus caderas que la estaba gustando. Agasajé sus tetas y magreé su trasero hasta que se corrió abrazada a mi cuello. Estaba pensando en cómo decirle que yo no me había corrido cuando sus caderas volvieron a su gozoso balanceo.

—Tu máquina me ha vuelto lujuriosa — me dijo al oído —. Con correrme una vez no me vale, espero que aguantes.

Aguanté como un machote. Conseguí resistir para corrernos juntos la segunda vez. Después Violeta fue tan amable de chupármela para que me recuperara y la di su tercer orgasmo a cuatro patas en el suelo, aunque me tuve que ayudar metiéndola dos dedos en el culito.

No volvimos a follar después de eso, aunque todavía usó la máquina en mi casa varias veces antes de que la instalara en la suya. Alguna vez ha vuelto cuando su marido se va de la ciudad. Me sugiere modificaciones para la máquina y alguna sí que he implementado. El mes que viene hago el lanzamiento comercial del sistema. No tengo ninguna duda de que será un éxito.

Todavía tengo que decidir si bastará con la guía de usuario o debo enseñar personalmente a las clientas la mejor forma de usar el aparato.