Castigada. Día 5, humillada
Él eligió el vestido, pero dejó las marcas de las cuerdas a la vista. La cena fue un juego de miradas y silencios, donde cada bocado y cada paso hacia la puerta de salida eran parte de un castigo que ella no solo soportaba, sino que ansiaba completar.
Mirándome las manos delante de mí pensaba en que era todo un avance en mi castigo que mi dueño me las hubiera atado con cuerda en vez de con esposas (no me gustan nada estas últimas). Aunque bueno, quizá se debía a que ese día era su cumpleaños y estaba dándome un trato especial, aunque él no era de esos. Él veía su cumple como una excusa para juntarse con su familia y sus amigos y realmente le daba un poco igual seguir sumando años en su almanaque personal, y como de mí ya disponía a diario cómo más le gustaba y convenía pues tampoco es que yo pudiera dispensarle un trato de favor adicional.
De todas maneras mis ligaduras estaban muy prietas, bastante más de lo habitual, bastante más de lo necesario para impedir que pudiera escaparme de ellas (cosa que nunca hago). Y, si no me equivocaba, no tardando tendríamos que salir de casa. Esa noche me había invitado a cenar a nuestro asiático favorito y mi liberación debería ser inminente. A no ser que me hubiera engañado y fuéramos a quedarnos... Pero lo dudaba, no era su estilo.
La otra razón que se me ocurría, la más retorcida, era que inmovilizarme no era su verdadero propósito, sino que lo que buscaba era dejarme las marcas de las cuerdas impresas en las muñecas para obligarme a cubrírmelas en público.
Y acerté.
Para cuando me liberó esas muescas espirales y estriadas estaban perfectamente definidas en mi piel, y con el vestido que me había pedido que me pusiera no había manera de ocultarlas.
“No te cambies de ropa” dijo al verme todas las intenciones.
Para mí es un límite exhibir las marcas de las cuerdas y él lo sabía perfectamente. De ahí que, boquiabierta, me le quedara un rato mirando esperando a que me dijera algo más.
Pero no.
Confusa me volví para la habitación. Si no podía ponerme manga larga tendría que tapar mis muñecas de otro modo… No soy muy de tener joyería, prácticamente toda la que tengo me la han regalado (si me sacas de la lencería soy una mujer bastante sencilla), por eso casi literalmente me puse toda la bisutería que tenía… Me había puesto muy mona para él con el vestido que él mismo había elegido, pero tal y como iba en esos momentos me sentía como una vendedora ambulante y no me gustaba del todo la apariencia que forzosamente tenía que llevar… Además, sólo conseguía disimular las marcas de las cuerdas, era imposible cubrirlas del todo… Durante un rato largo en soledad me pensé invocar mi palabra de seguridad y cortar con todo aquello. Si no lo hice fue porque quería que mi castigo se acabase cuanto antes y porque íbamos a estar los dos solos esta noche.
De camino al restaurante y ya sentados en nuestra mesa todo discurrió con absoluta normalidad. El saberme en un espacio público alejó el fantasma del castigo de mi cabeza y entre risas, tonterías y complicidades disfrutábamos la compañía el uno del otro. Pero no todo lo que reluce es oro y mi dueño llevaba unos días demostrándome todo lo creativo que podía ser.
Le vi escribir en su móvil y no le di importancia. Llevaba todo el día atendiendo las llamadas de la gente felicitándole y respondiendo WhatsApps. Por eso me noqueó que me lo extendiera con la libreta de notas abiertas. El mensaje que me había escrito decía lo siguiente:
"Quítate tu ropa interior. Dame tus braguitas y guarda tu sujetador en el bolso"
Mis cejas se juntaron entre sí y la mueca en mis labios fue más consternada que de fastidio. Me aparté un mechón molesto de pelo antes de contestarle a continuación también por escrito.
"¿Castigo o regalo de cumpleaños?"
Le devolví su móvil, miró la pantalla, se lo guardó en el bolsillo y con las manos entrelazadas delante suyo se me quedó mirando sin más.
Siempre me han gustado los hombres que usan el silencio como un elemento más de la comunicación. Yo soy muy parlanchina y nunca he sabido qué hacer con ellos, obsesionada inconscientemente con poner voz a mis pensamientos. Pero en esos momentos, más que admirarle por su uso del lenguaje, lo miraba con ganas de odiarle, pero sin conseguirlo. Ese era nuestro juego. Ese era mi castigo y mi solicitado regalo de cumpleaños.
Tras respirar profundamente me levanté de la silla y me dirigí al baño. Dentro cerré con pestillo la puerta y me aseguré de que no pudiera abrirse. Ir sin braguitas era realmente lo de menos, ya lo habíamos hecho en el pasado, pero ir sin sujetador era la primera vez y no me gustaba. Admiraba a las mujeres que en verano eran capaces de prescindir de la incomodidad de esa prenda íntima, pero yo nunca había sido de esas. Mi sentido del decoro colindaba directamente con el de mi vergüenza.
Ya no fue solo quitarme los zapatos y las medias para quedarme sin braguitas y volver a vestirme. Fue el tema de que la cremallera trasera del vestido sí que era capaz de bajármela yo sola por mis propios medios, pero subírmela no… Dudaba de que mi dueño hubiera reparado en ese detalle al pedirme quedarme sin sujetador, pero tenía claro que prefería ir con el vestido medio abrochado a pedirle a que subiera él la cremallera. Orgullosa soy un rato…
Haciendo lo que me había ordenado volví con él justo momentos antes de que nos sirvieran y, por debajo de la mesa, le pasé su textil ofrenda, la cual recibió sin darle ningún tipo de importancia aparente.
La cena estuvo muy guay. Amo con cada célula de mi ser a mi novio y estaba muy feliz de haberle encontrado en mi vida. Con nuestra complicidad y cariño habituales compartimos todos los platos y bien que le metí la cuchara en su postre para fastidiar a pesar de que yo insistí mucho en que no quería pedir uno para mí (soy rara, el dulce no va mucho conmigo).
De vuelta a casa caminando nos mirábamos el uno al otro embelesados y cariñosos. Estaba muy guapo con el sombrero que le había regalado y, cuando condujo mi mano al bolsillo de su abrigo muy gustosamente la dejé allí en contacto con mis braguitas. Me rodeó mi brazo con el suyo y en esa agradable sensación pública y privada de sumisión hacia él pegué mi mejilla contra su hombro mientras andábamos, feliz de la vida.
Quise preguntarle que qué ocurriría al llegar a casa. No sabía realmente qué esperar. Imaginaba que querría sexo en esa fecha tan señalada, pero tampoco es que brindarle eso fuera especial cuando es algo que hago casi a diario. ¿Qué le apetecería hacer? Lo que quisiera se lo daría encantada.
Ya en casita y en pijama me encontraba yo lavándome los dientes cuando apareció en el reflejo del espejo con una sonrisa que auguraba traviesas intenciones. Tiene la costumbre de fastidiarme un poquillo cada vez que tengo las manos ocupadas, generalmente haciéndome cosquillas o llevando sus manos a mis intimidades, así que no me pilló por sorpresa encontrarme con que me bajaba los pantalones y mis recuperadas braguitas hasta las rodillas y comenzaba a besarme el culo. Una mano suya se deslizó a la parte delantera de mi entrepierna y comenzó a masturbarme delicadamente el clítoris; su otra mano, desde atrás, comenzó a jugar con mis labios vaginales, recorriéndolos de arriba abajo, haciendo el amago de abrirlos como si quisiera entrar dentro.
Me sentía en la gloria bendita mientras me acaba de cepillar los dientes deprisa y corriendo para acabar lo antes posible. Más besos en el culito, más caricias en mi sexo. Desde que llevaba castigada mi vagina había sido completamente olvidada por él. Y yo, como buena sumisa, ni siquiera me había masturbado a pesar de que él no me lo había prohibido. La falange de uno de sus dedos se coló en mi interior, palpando toda la humedad que me había generado, y entonces paró.
Sin decir nada se reincorporó, se sentó encima de la taza cerrada del váter y sacó su móvil. Aclarándome la boca con agua lo observaba confundida y enfurruñada a través del espejo. Mis emociones se escalaron en cuanto se bajó los pantalones y desde su móvil comenzaron a sonar gemidos femeninos proveniente del video porno que se había puesto a ver. Con la mano ya entorno a su pene comenzó a masturbarse delante de mí.
No era la primera vez que le veía a hacerlo. De hecho, siempre he pensado que es algo muy bonito que en nuestra relación esté normalizada la masturbación, tanto la suya como la mía, y que los dos lo hagamos libremente en casa estando el otro o no delante. Pero la situación de la que venía, el que fuera su cumpleaños y el que prefiriera él tocarse solo a que yo lo hiciera por él me generaron un profundo enfado que no cabía en mí. Una de las cosas que a mi dueño le gustaba era ver porno y que fuera yo quien se la comiera o le masturbara mientras lo hacía y yo no tenía ningún problema con eso. Que prefiriera tocarse él solo prescindiendo de mí y obligándome a verlo era lo que hacía que me hirviera la sangre.
El desafío y el orgullo con el que me encontraba taladrándole en silencio con la mirada no le pasaron inadvertidos y posó sus ojos en los míos antes de dirigirme la palabra.
"¿Estás segura de que te conviene mirarme de la manera en que lo estás haciendo?"
Tardé en reaccionar, atónita como me encontraba. Estuve a punto de mandarle a la mierda, enfadada como estaba. En su lugar fui capaz de controlarme, llevé mis manos a la espalda, allí le dediqué una peineta que no pudo ver y agaché la cabeza llevando mi mirada al suelo. Me quedé en silencio, todavía medio desnuda de cintura para abajo, rumiando palabrotas y maldiciones.
La humillación no es su kink. Tampoco es el mío. No va con nosotros. Pero no es un límite tampoco, simplemente algo que al resultarnos indiferente no practicamos ni regulamos. Por eso castigarme con ello estaba siendo tan efectivo, por eso y también el efecto de erosión producido por ya llevar tantos días castigada.
"Estamos en modo juego, estamos en modo juego, estamos en modo juego", no paraba de repetirme para mis adentros. No me gustaba enfadarme, aunque era muy dada a ello y era algo que había aprendido a controlar con bastante buen resultado desde hacía ya años. Era su cumpleaños, era su día, era mi castigo y eso era lo que él quería de mí.
Y así, entre los jadeos de la actriz de porno y la voz de mis propios pensamientos, fui capaz de recomponerme. Le podía dar la vuelta a esa tortilla, demostrarle por orgullo que no sólo no me importaba lo que me estaba haciendo si no que, además, era una buena chica.
"¿Serías tan amable de correrte encima de mí, sir?"
Su cara reflejó que le había gustado la idea en el acto y eso fue una grata sorpresa para mí. Durante toda esa semana, cuando me encontraba castigada, había adoptado una pose fría y distante.
"En la cara" dijo simple y llanamente.
Y yo, encantada, me puse de rodillas entre sus piernas y la acerqué a su miembro mientras no paraba en ningún instante de masturbarse. La tenía bien gordita y su glande ya lo tenía rojo. Haciendo uso sólo del índice y del dedo gordo se frotaba arriba y abajo justo por debajo de su capullo mientras que con la otra mano se dedicaba a avanzar o retrasar el video, imagino que buscando el momento perfecto. Siempre me gusta verle en plena erección, incluido en un momento como ese, y noté como el enfado se me calmaba mientras no paraba de sacudírsela. Casi como si lo viera venir (le conozco y sé que le gusta) el hombre que fuera que estaba en su pantalla gimió y, momentos después, eso hizo mi dueño.
Cerré los ojos por instinto y fue una pena perderme justo el momento de la erupción ya que me encanta verle eyacular. Recibí el impacto húmedo y caliente de su esperma como si fuera una fuente, poco consistente y en todas direcciones, fruto de lo que yo sabía era líquido preseminal. Después vinieron dos chorretones firmes. En la ceja, ojo, mejilla y labios, todo en uno. Acabó finalmente frotando su miembro en mí acabando de limpiarse correctamente conmigo. Yo, inmóvil, sonreía. Me gustaba aquello, siempre me había gustado.
"Gracias, sir"
No sabía qué esperaba de mí. Dudaba entre si mostrar iniciativa o no. ¿Sería de su agrado que encaminara su semen al interior de mi boca con mis dedos? ¿Preferiría dejarme así sin más durante un rato?
La respuesta a mis preguntas no se hizo de esperar y sentí el tacto del papel higiénico recogiendo su placer de mi cara. Me estaba limpiando. Él me estaba limpiando a mí.
Y sonreí sin remedio como una tonta. Aniñada por ese afectuoso gesto.
"Feliz cumpleaños, niño guapo"
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