El defecto mariposa 8 Segunda parte
La confianza se rompió en una noche de alcohol y soledad. Ahora, frente a frente, no hay sexo ni pasión, solo el peso de las palabras no dichas y la certeza de que algo irreparable ha ocurrido. ¿Puede el arrepentimiento sanar lo que el deseo manchó?
—¿Piensas denunciarlo?
La cara de Claudia se contrae en un rictus de sorpresa. Me ha calado el tono de la pregunta enseguida.
—¿Tú que crees? ¡Claro que lo voy ha hacer? ¿No me dirás ahora que no debería?
Me tomo un tiempo para responderle. No es fácil. Por supuesto que pienso que en estos casos hay que tomar medidas. La sociedad la construimos entre todos y, sinceramente, lo estamos haciendo de pena en muchos aspectos. Este es uno de ellos. Está tan arraigado y tan maniqueado que solo un profundo cambio en la educación que damos y recibimos, puede lograr algo. Este tema no es una bandera para que agiten unos y otros; es nuclear. Y como tal debería ser tratado.
También, como he dicho, generalizar puede ser un error, y en los seres humanos, es una lotería. Y digo esto porque ahora toma toda la significación la llamada que había recibido. No era que Valverde estuviera nervioso, era, directamente, que estaba asustado; Que tenía miedo. Aquel «perdóname» antes de colgar abruptamente no me había sonado normal. No me pedía perdón por llamar a casa y alterarme innecesariamente, no.
—¡Julio!—me apremia—¿Qué piensas?
—Que deberías hablar con él antes de hacer nada.
Claudia abre muchos los ojos y me suelta las manos. Incrédula ante mis palabras o como si no hubiera entendido bien.
—¿Hablar? ¡Julio! Es un ser ruin que se aprovechó de un momento de bajón anímico para pasar un límite que nadie debería cruzar sin consentimiento. Y luego, luego se pone gallito al insinuar que no te lo contaría con ese tono de que yo también tenía por qué callar…
—Ha llamado, buscándote.
—¿Cómo que ha llamado? ¿A ti?
La pregunta iba con una deflagración de ira en las pupilas; aumentándolas de tamaño hasta casi inundarle los ojos.
—Al fijo. Quería saber sí estabas aquí. Bueno, más bien…
Claudia no me dejó expresar el pensamiento que acababa de elaborar.
—¡Pero ¿no lo ves?! Quiere sembrar cizalla entre los dos…dudas…!Es un cabrón!
—Es un hombre aterrado, Claudia. Uno que sabe que la ha cagado.
La incredulidad en ella parece que va a desbordarse en riada.
—Pero ¿Tú de que parte estás? ¿Te da igual lo que ha hecho? O ¿es que piensas que exagero? A ver si va a resultar que tú también eres un…
Mi cara debe expresarlo todo, porque interrumpe la diatriba para llevarse las manos a la boca, asombrada en plan mal. Sin mediar tiempo, se me tira encima, abrazándome.
—Lo siento, cariño—farfulla, con la cara arrebujada en mi cuello—. De verdad que lo siento. Es que ya no sé ni lo que digo.
Le beso los labios, calientes como si fueran rescoldos de una gran hoguera, antes de apartarla suavemente de mí, para poder mirarla.
—Claudia ¿no lo ves? Necesitas respuestas para zanjar este tema y poder avanzar. Respuestas que solo él te pude dar. Y las necesitas antes de obrar en caliente.
—Cariño ¿sabes la de denuncias que hay por este motivo, y a las que nadie parece hacer caso? Si no damos ejemplo cuando pasa en la policía ¿cómo vamos a pretender que otros lo tomen en serio?
—Te entiendo y lo comparto. Sabes que voy a estar contigo decidas lo que decidas. Solo te pido que lo pienses bien, que no te precipites ahora. Eres una mujer fuerte luchando en un torbellino de emociones. Claro que se ha pasado tres pueblos. Claro que si de mí dependiera exclusivamente me iba a costar quedarme quieto. Pero ¿te acuerdas del concierto de Metallica?
Claudia hace un amago de no entender mi salida por peteneras, pero enseguida cae en el recuerdo al que me refiero, y una leve sonrisa aparece en sus labios, antes crispados.
—Me tocó el culo—recuerda, modificando la sonrisa a una de nostalgia—Y tú le encaraste hecho un basilisco.
Asiento y continúo la anécdota:
—Tú me paraste antes de que la cosa llegara a más, y le cantaste las cuarenta a aquel indeseable. Ridiculizándolo hasta dejarlo hecho una seta delante de todo el mundo. ¿Te acuerdas lo que me dijiste después?
Ella asiente.
—Que yo lucharía mis batallas si tú estabas ahí para apoyarme.
—Exacto. Me lo dijiste enfadadísima.
—Julio ¡Te sacaba dos cabezas! Podría haberte…
—Sí—rio—. Y créeme que hubiera valido la pena por alcanzarte a ti en valor.
—Tonto eres—me besa—. Muy tonto.
—Y tú muy lista. Por eso te digo: piénsalo, no te dejes dominar por el enfado que sientes ahora. Háblalo cómo hiciste aquella vez. Planta cara, sí. Pero actúa con cabeza. Escúchalo, y si después sigues pensando en denunciarlo, hazlo. Tienes todo el derecho y toda la razón contigo.
—Y a ti.
—A mí me tendrás siempre. Dispuesto a que me arranquen la cabeza las veces que hagan falta. Te digo esto porque no creo que Valverde sea como ese mequetrefe al que pusiste en su sitio. Tú misma me has hablado de su valía como profesional. Claudia, todos nos equivocamos en algún momento de nuestra vida. Todos. Y, al menos, merecemos el derecho a la defensa y la obligación de pagar por nuestros actos.
Claudia vuelve a cogerme de las manos y me mira con un cariño cálido que, como siempre, me acongoja.
—¿Cómo puedes ser así? ¿Por qué no puedes pensar mal de nadie?
—Porque tú me enseñaste que hay que confiar en la gente hasta que se demuestre lo contrario. Y también porque soy científico, y la ciencia avanza con las excepciones, no con generalidades.
—¿Te he dicho ya que eres muy tonto?—me dice, con su sonrisa de hogar en los labios.
—Un par de veces, sí. Al final, me lo terminaré creyendo.
—¿Y que te quiero muchísimo?
—Eso, sigo sin poder creérmelo.
Ella ríe.
Ese sonido, para mí, lo es todo.
—FERNANDO—
La vi sentada en la terraza de la cafetería a la que solíamos acudir los de la comisaría a tomar el café de la mañana y las cervezas del final de turno.
La intención al hacer aquella elección estaba clara y a mi parecer, merecida.
Pese a que el día no era muy frio, Claudia se mantenía cerca de la estufa, abrigada con un sobretodo blanco de grandes solapas subidas, que se cerraban alrededor de una gruesa bufanda.
Inconscientemente, me acerqué despacio, tanteando el camino que nos separaba como si en cualquier momento pudiera pisar una mina oculta bajo los adoquines de la acera.
Tomé asiento enfrente de ella y del café con leche humeante que tenía delante.
Sinceramente, me había sorprendido mucho su llamada, y más que me dijera de quedar para vernos en persona. Tras el asombro inicial, intenté comenzar con la disculpa que tenía mil veces pensada por si de daba la oportunidad de expresársela en algún momento. Pero ella colgó antes.
Había dejado de intentar contactar con ella en cuanto me di cuenta que mi insistencia por disculparme se podía interpretar de otra forma mucho más perturbadora.
Aquellos días transcurridos desde la fatídica noche de Paris hasta la llamada de ella fueron infernales; la ansiedad, contenida a duras penas a base de la única medicina que me alivia y me da algo de paz, amenazó con desbordarse más de una vez. La inquietud generada por aquel hecho, esperando la llamada del comisario Ridruejo, o alguien del sindicato, me tenía en vilo. Analizándolo, no era mi carrera lo que me preocupaba en exceso, que también, claro. Pero la verdadera desazón que me corroía por dentro era haber hecho aquella soberana estupidez. El arrepentimiento de haberla cagado tan estrepitosamente con la persona de la que estaba irremediablemente enamorado desde hacía tanto, junto con la certeza de haberle causado un enorme daño en el peor momento posible.
Ni eso he sabido hacer bien ¡Coño!
Sorprenderme allí, en aquel pasillo anodino, con la cara ardiéndome, sin entender que había pasado, como quien despierta de una pesadilla sin sentido pero de la recuerdas todo, terminó por darme la puntilla.
¿Cómo cojones pude ser tan gilipollas?¿Cómo pude perder de aquella forma tan estúpida a la única persona que me ofrecía un poco de consuelo de este mundo de mierda?
La máscara que he llevado con sumo cuidado para poder sobrellevar mi vida, se rompió con aquella humillante bofetada. Dejándome expuesto y desnudo; reducido a lo que soy, un tipo al que la autocompasión se le ha ido de las manos.
De nada vale cambiar de aires. Intentar comenzar una nueva etapa donde nadie te conozca. Las miserias viajan contigo.
De lo único que me alegro, si se puede expresar así, es de poder abandonar un papel que me queda grande. De poder descansar, al fin, de este rodaje del que yo mismo soy productor, director y guionista. Siempre deseé llegar al final de la película, pero no a este. Se embrolló tanto el argumento que, al final, no he sabido darle un cierre digno.
¿Qué coño esperaba antes de que aparecieran los créditos? La verdad, no lo sé. Fue un momento de esos que hay en la vida en la que tienes una desconexión total de la realidad, como si los recuerdos malos fueran un cable pelado en el cerebro y el alcohol ingerido, al llegar a él, hubiera terminado por producir un cortocircuito que hizo saltar los plomos de mi sentido común. Un apagón del que me arrepentiré mientras viva. Porque no la pierdo a ella, con ella, aunque a veces me engañara a mi mismo, nunca tuve oportunidad. Lo que de verdad me jode perder es la unión con la única persona que me entendía en los días malos.
En fin, que solo me restaba hacer una cosa, y con ese ánimo empecé a hablar:
—Gracias, Daoiz, por acceder a verme. No creía que…
—Los agradecimientos—me interrumpió, gélida—, se los das a Julio. Si estoy aquí es porque él me ha hecho ver este asunto con sus ojos. Si por mí fuera, te aseguro que al único que verías sería a mi abogado.
Me recoloqué en la silla, genuinamente avergonzado ante aquellas palabras.
—Está bien, lo entiendo. No sé de qué pasta está hecha tu marido, pero, sinceramente, lo envidio.
Le observé un atisbo de que iba a cambiar su expresión de impaciencia con aquel encuentro no deseado, por otro de enfado; por lo que me precipité a aclarar:
—No lo he dicho por lo motivos que imaginas. Es solo que creo que es un gran tipo y merece lo que tiene. Lo que tenéis, quiero decir.
Se acercó el camarero a tomarme nota y le pedí un solo largo. En el ínterin, noté los ojos de Claudia fijos en mí, evaluándome a mí y a mi sinceridad.
Es una cosa a la que estoy acostumbrado. En la vida me han tomado en serio. Siempre fui el frívolo, el malote, el hijo de puta de Valverde. Es lo que todo el mundo esperaba de mí, y no decepcioné. Después de Afganistán, todo cambió. El síndrome postraumático que desarrollé me hizo ver lo solo que estaba en realidad, pero ya no sabía ser de otra forma para remediarlo. Solo interpretando aquel papel, me sentía lo suficientemente fuerte para poder sobrevivir al mundo.
Y así fue hasta que, con el tiempo, llegué a conocer a Claudia.
Ahí todo se fue a la mierda.
—Por suerte—dijo—, no todos sois iguales.
Chasqueé la lengua, corroborando lo dicho anteriormente. El camarero llegó en ese momento con el café. Le di un sorbo, me quemé como un idiota y encendí un cigarrillo. En el humo que despidió la primera calada, como siempre, esperé encontrar alguna respuesta.
—Mira, Daoiz. Me puedo pasar el día pidiéndote las disculpas que te mereces. Soy dolorosamente consciente de que la cagué a unos niveles de espantoso ridículo. De verdad que lo soy, y me arrepiento de haberlo hecho. Puedo…
—¿Por qué lo hiciste?
La pregunta era tan sencilla como acusadora. Di otra calada y tiré el cigarrillo. Me supo a rayos.
—No lo sé. Es decir, que por un momento no fui consciente de mis actos. Fue un impulso. Un desastroso impulso que no pasó por los filtros que debió hacerlo. Sentí que, por un momento en tanto tiempo que ni soy capaz de recordar, no estaba solo.
»Recordar todo aquello, tu comprensión; tu presencia consoladora allí, escuchándome, apoyándome con tu mirada y tu gesto que me supo a un trago de agua fresca en el desierto que emocionalmente es mi vida…
»No malinterpreté nada, si es lo que quieres saber. La confianza que teníamos desde que empezamos a trabajar juntos siempre la he entendido por lo que era. No esperaba nada más, pero tampoco esperaba terminar enamorándome de ti, aún sabiendo que eso no tenía ningún futuro. Pero ese era mi problema. Siempre lo he mantenido a raya.
»Esa noche…no sé explicarlo—enfatizo, elevando los hombros—. Algo en mi cabeza saltó por los aires.
»Lo lamento, profundamente.
Claudia permaneció callada durante un instante que se me hizo eterno. Después, dio un trago a su café, que ya no humeaba.
—Yo también lo siento—habló, al fin, después de limpiarse los labios—. Siento que nuestra relación haya tenido que terminar así. Estoy muy decepcionada contigo. He perdido toda mi confianza en ti y, eso, ya no tiene arreglo.
»Ahora mismo no puedo ni guardarte el respeto mínimo que te debo como superior. Puedo ser una exagerada, pero es lo que siento.
—No. No creo que lo seas. Y entiendo que no merezco tu respeto. Por eso he hablado con Ridruejo para que me vaya buscando nuevo destino. Entretanto, con tu comisión, el poco tiempo que pases en comisaría responderás ante el inspector Sánchez.
»Es hora de cambiar de aires, Daoiz. Ya me lo decía Lucía, mi exmujer. La segunda. Yo no puedo estar en el mismo sitio mucho tiempo. Y no por lo de esta vez, que ha sido la primera vez que me pasa y será la última. Pero algo roto tengo, y mientras no lo arregle, no podré vivir tranquilo.
Vi en la cara de Claudia que quería decir algo. Es tan buena persona como su puñetero marido. Se merecen. Y, aunque ni yo me lo creo a estas alturas de mi vida, me alegro sinceramente por ellos.
—En cuanto a la denuncia—sigo, encendiendo otro cigarrillo. Este más amable—que debes poner, la espero. No negaré los hechos y no haré nada por ralentizarla. Es lo más aséptico, y lo que tiene que ser. Solo te pido que no pienses que todo lo que te he dicho lo he hecho para que desistas de ponerla. Me la merezco y, en el fondo, me vendrá bien para espabilar de una puta vez.
—No voy a ponerla—dijo, para mi sorpresa—. Pero no lo hago por ti o por lo que has dicho. Porque te la mereces. Lo hago por nosotras y por el Cuerpo al que pertenecemos. Quitar a un buen policía no va a ayudar a nadie. Ni a ellas, ni a mí. Un escándalo de este tipo dentro de la unidad sería más contraproducente que beneficioso para nadie.
»Solo te recuerdo que los casos así, dentro del Cuerpo, no prescriben. Con eso quedaré tranquila.
Asentí, entendiendo su advertencia y asumiendo mi pena.
—Gracias, Daoiz. Sé que no la querrás, pero te debo una. Espero que nunca tenga que devolvértela, pero si por cualquier motivo, alguna vez lo necesitas, cuenta con ella.
—En eso llevas razón. Espero que ese día nunca llegue.
Claudia terminó su café, dejó un par de monedas encima de la mesa y se levantó. Yo la imité. Me quedé quieto, sin saber muy bien que hacer. Ella lo solventó por mí.
—Te diría que no te guardo rencor. Que perdonar tiene que ser eso, pero ahora mismo no puedo decírtelo. Supongo que lo entiendes.
»Adiós, inspector jefe.
Sin esperar a que pudiera decir nada más, se dio media vuelta y comenzó a andar, hasta perderse de mi vista cuando giró la esquina.
—Adiós, Claudia.
Dije, más triste que nunca, al vacío de su ausencia.
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