Follada En El Bar
Las deudas de Pedro no se pagan con dinero, sino con carne. Cuando Elena llega al bar para recoger a su marido, descubre que sus secretos íntimos han sido la moneda de cambio. Ahora, ella es la que debe pagar, y el precio es su propia vergüenza convertida en placer prohibido.
Elena estaba en la cocina, removiendo una olla de sopa que nadie iba a comer esa noche. El vapor subía en espirales perezosas, empañando el cristal de la ventana que daba al patio trasero, donde las luces de la calle parpadeaban como ojos acusadores. Tenía treinta y ocho años, un cuerpo que aún conservaba las curvas generosas de la juventud –tetas plenas que desafiaban la gravedad, un culo redondo que se movía con un vaivén hipnótico al caminar, y un coño que, en sus mejores noches, se contraía como un puño alrededor de la polla de su marido–, pero últimamente todo eso se sentía como una carga. Pedro, su esposo desde hacía diez años, era un hombre de cuarenta y cinco que había envejecido mal: barriga incipiente, ojos inyectados en sangre perpetua, y un aliento que olía a cerveza rancia incluso antes de las seis de la tarde. Trabajaba de mecánico en un taller mugriento, pero la mitad de su sueldo se evaporaba en antros como "El Toro Bravo", donde ahogaba sus frustraciones en vasos de doble fondo.
El teléfono vibró sobre la encimera de granito falso, rompiendo el silencio opresivo de la casa. Elena lo miró con desdén, sabiendo de antemano quién era. Contestó con un bufido: "¿Sí? ¿Qué pasa ahora, Víctor?". La voz del dueño del bar, grave y con ese acento andaluz arrastrado que siempre le ponía los nervios de punta, respondió al otro lado: "Elena, guapa, es tu maridito otra vez. Está tirado en el sofá del fondo, hecho polvo. No es la primera vez que pasa, ya lo sabes. Ven a buscarlo, por favor. No quiero tener que llamar a la pasma, que me cierran el local". Ella apretó el auricular con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon. "Joder, Víctor, ¿no te cansas? No deberías servirle tantas putas cervezas. Sabes perfectamente lo que termina pasando y como acaba caído de bruces. ¿Qué coño esperas que haga yo, eh? ¿Recogerlo como a un crío de la guardería?". Víctor soltó una carcajada ronca, de esas que parecían un eructo disfrazado. "Ya, ya lo sé, pero es cliente fiel, ¿qué le voy a hacer? Paga... o al menos lo intenta. Venga, Elena, no me hagas rogar. Te espero con una caña fría para ti, si quieres". Ella colgó sin despedirse, el clic resonando en su cabeza como un disparo. "Hijo de puta", murmuró, mirando la olla que ahora hervía a borbotones, desbordándose como sus propias emociones contenidas.
Se miró en el espejo del pasillo mientras se cambiaba. El vestido que eligió era uno viejo, de algodón negro ceñido al cuerpo, con un escote que dejaba entrever el nacimiento de sus pechos, sin sujetador porque el calor de octubre era pegajoso, casi sexual. Las bragas eran un tanga de encaje rojo, un capricho que se había comprado en un arrebato de autoafirmación semanas atrás, pero que ahora se le clavaba entre los labios del coño como un recordatorio de lo que ya no sentía: deseo. Se pasó los dedos por el pelo castaño, ondulado hasta los hombros, y se aplicó un toque de lápiz de labios carmín. "¿Para qué me arreglo? Para recoger a un borracho de mierda", se dijo, pero en el fondo sabía que era para ella misma, para no sentirse invisible en esa casa que olía a humo y promesas rotas. Cogió las llaves del viejo Alfa Romeo 147, que ronroneaba como un gato asmático al arrancar, y condujo los quince minutos hasta las afueras de la ciudad. El bar "El Toro Bravo" era un chiringuito cutre en una calle sin salida, con un cartel de neón torcido que decía "Cerveza Fría y Compañía" y un parking de gravilla donde aparcaban furgonetas de repartidores y motos oxidadas. La noche era cálida, el aire cargado de jazmín y gasolina, y Elena sintió un escalofrío inexplicable al bajar del coche, como si el viento le susurrara secretos sucios.
Al acercarse a la puerta principal, frunció el ceño: estaba cerrada con llave, algo inusual a esa hora, cuando el bar solía bullir con parroquianos hasta la madrugada. Golpeó con los nudillos, el sonido amortiguado por la madera astillada. Pasaron segundos que se estiraron como chicle, y entonces la puerta se entreabrió con un chirrido. Víctor asomó la cabeza, su cara redonda y sudorosa iluminada por la luz amarillenta del interior. Llevaba una camiseta blanca manchada de cerveza, pegada al pecho peludo, y unos vaqueros descoloridos que le marcaban el paquete. "¡Elena! Pasa, pasa, reina. Tu maridito está dentro, como un rey en su sofá privado". Ella dudó un instante, olfateando el aire viciado que escapaba: mezcla de tabaco, alcohol y algo más primal, como sudor masculino acumulado. "Oye, ¿por qué cerraste la puerta? ¿Hay algún problema? ¿Está bien?". Víctor sonrió, una grieta en su barba de tres días, y abrió del todo, dejando que ella entrara. Al pasar a su lado, Elena sintió su mano rozarle la cadera, un toque fugaz que podría haber sido accidental, pero que le erizó la piel. Él cerró la puerta tras ella con un clic metálico, girando la llave dos veces. "Tranquila, guapa. Solo para que no entren los curiosos. Hoy es noche de... amigos".
El interior del bar era un antro de penumbras y sombras danzantes, iluminado por bombillas desnudas que colgaban del techo como frutos maduros. La barra de madera rayada brillaba bajo una capa de barniz agrietado, y las mesas altas, salpicadas de vasos vacíos, formaban un semicírculo alrededor de un escenario improvisado donde una tele vieja emitía un partido de fútbol sin volumen. El aire estaba espeso, cargado de humo de cigarrillos a pesar de que estaba prohibido fumar en el interior y el zumbido bajo de varios electrodomésticos.
Casi vacío, salvo por un grupo de cuatro hombres apostados en las mesas del fondo: los inseparables compinches de Pedro, tipos que Elena conocía de vista de barbacoas fallidas y cumpleaños olvidados. Paco, el calvo con pendiente dorado en la oreja izquierda, un electricista de manos callosas que siempre olía a soldadura quemada. El Tuerto, moreno y flaco, con una cicatriz que le cruzaba el párpado derecho como un rayo, mecánico como Pedro pero con más suerte en la vida. Luis, el gordo bonachón con bigote de morsa, que regentaba una frutería y contaba chistes verdes que nadie pedía. Y Rasputin –el apodo le venía de su barba espesa y su complexión de oso ruso o eso pensaba Elena–, el mejor amigo de Pedro, un camionero tatuado con brazos como troncos y una reputación de conquistador que Elena siempre había evitado con sonrisas educadas.
Y allí, en el sofá raído del rincón, hundido como un náufrago en su propio vómito emocional, estaba Pedro. La cabeza echada hacia atrás contra el respaldo deshilachado, la boca entreabierta dejando escapar ronquidos guturales, la camisa desabotonada revelando un pecho velludo salpicado de manchas de cerveza. Sus pantalones, arrugados alrededor de las rodillas, dejaban ver unos calzoncillos grises que asomaban como una bandera de rendición. Dormía profundamente, ajeno al mundo, con una botella vacía de Mahou aún aferrada en la mano floja.
"¡Ey, Elena! ¡Qué sorpresa, que tal guapa?!", exclamó Paco desde su mesa, levantando un vaso de tubo en un brindis que goteaba espuma. Los otros rieron, un coro áspero que reverberó en las paredes forradas de posters de toreros y calendarios eróticos descoloridos. Elena ignoró el comentario y se acercó al sofá, agachándose con cuidado para no mancharse el vestido con el charco pegajoso que rodeaba los pies de Pedro. Sacudió su hombro con gentileza al principio, luego con más fuerza. "Venga, amor, despierta. Es hora de irnos a casa. No puedes quedarte aquí toda la noche". Él solo gruñó algo ininteligible –un balbuceo que sonaba a "una más"–, y volvió a roncar, el aliento alcohólico golpeándola como un puñetazo.
Entonces empezaron los comentarios, como gotas que anuncian una tormenta. Paco se inclinó hacia adelante, sus ojos pequeños brillando con malicia bajo la luz tenue. "Oye, Elena, dile a este cabrón que me debe 300 pavos de aquella partida de póker en el taller. Lleva meses con excusas: 'Luego te pago, Paco, que estoy tieso'. ¡Tieso él! Si supieras las veces que me ha dejado colgado". Elena se enderezó lentamente, sintiendo un nudo helado en el estómago. "¿De qué habláis? Marcos no me ha dicho nada de deudas de juego". El Tuerto soltó una risotada seca, golpeando la mesa con el puño. "¡Ja! Y a mí me jodió el motor del coche cuando se lo dejé prestado para 'solo un recado rápido'. Tuve que cambiarlo entero, ¡más de 500 euros en piezas y mano de obra! Ese hijo de puta no sabe ni engrasar un alternador sin romperlo todo". Luis, masticando un mondadientes, intervino con su voz pastosa: "Y no hablemos de la barbacoa eléctrica que me prestó y me la devolvió hecha papilla. Chisporroteaba como un petardo defectuoso. Me costó 150 euros arreglarla, y ni un 'lo siento'". Elena parpadeó, el mundo inclinándose ligeramente. Las deudas se acumulaban en su mente como facturas olvidadas: 300 de Paco, 500 del Tuerto, 150 de Luis... y Víctor, desde detrás de la barra, donde se apoyaba con los brazos cruzados, añadió el golpe final: "Y aquí en el bar, 200 euros de cuenta pendiente. Cervezas, whiskies dobles, rondas para todos... Tu maridito es generoso con el dinero ajeno, Elena. Pero hoy podemos arreglarlo todo, ¿eh?".
La mujer sintió un vértigo repentino, como si el suelo del bar se abriera bajo sus pies. Miró a Pedro, inerte en el sofá, y por un instante lo odió con una ferocidad que le quemaba el pecho. ¿Cuántas noches había pasado ella sola en la cama, contando euros para llegar a fin de mes, mientras él derrochaba en ese agujero? Quería agarrarlo por el cuello de la camisa, zarandearlo hasta que despertara y confesara, y luego arrastrarlo al coche como a un saco de basura. "Venga, Víctor, ayúdame a levantarlo. No tengo toda la noche para vuestras tonterías. Mañana trabaja". Pero Víctor no se movió. En cambio, su sonrisa se ensanchó, revelando dientes amarillentos, y se rascó la entrepierna con descuido. "Espera, guapa. No tan rápido. Sabes, tu marido habla mucho cuando se pone... suelto. Dice cosas que no debería, pero bueno, entre hombres... Dice que eres una auténtica fiera en la cama. Que lo dejas seco cada noche, que gritas como una loba en celo y que tu coño aprieta como un torno".
Los hombres rieron de nuevo, pero esta vez el sonido era más crudo, más hambriento. Elena sintió el rubor subirle por el cuello, un calor traicionero que le endurecía los pezones bajo el vestido. "¿Qué coño? ¡Ese idiota no tiene derecho a contar esas intimidades! ¡Sois sus amigos, joder! ¿Qué clase de amigos sois?". Víctor se encogió de hombros, pero sus ojos, oscuros y fijos en el escote de ella, no se apartaron. "Y no es lo único, Elena. Habla de tus mamadas, de cómo te tragas la polla hasta la garganta profunda sin atragantarte, como una profesional de cine X. Dice que hasta lo dejas sin aliento, que le chupas las pelotas mientras le metes un dedo por el culo. Detalles, guapa. Muchos detalles". Los otros asintieron, murmurando "Sí, joder" y "El cabrón no para", " Total los hombres nos contamos esas cosas, no te lo tomes a mal, seguro que entre amigas vosotras también os contáis vuestras cosillas"... y Elena sintió que el aire se espesaba, cargado de testosterona y promesas rotas. Estaba roja como un tomate y muerta de verguenza, como se le habría ocurrido al imbecil de Pedro contar sus intimidades a ese grupo de payasos en un bar de malamuerte.Quería gritar, abofetear a Pedro allí mismo, pero antes de que pudiera articular una palabra, los cuatro hombres se pusieron en pie al unísono, como soldados respondiendo a una orden silenciosa. El sonido de cremalleras bajando fue un coro obsceno: zipper, zipper, zipper, zipper. Pollas semierectas saltaron libres de los pantalones, balanceándose en el aire viciado como pendulones acusadores. La de Paco, corta pero gruesa, con un glande rosado que ya goteaba; la del Tuerto, larga y curvada como un gancho, venosa y palpitante; la de Luis, gorda y colgante, con huevos peludos que rozaban sus muslos; y la de Víctor, desde la barra, un miembro robusto y oscuro que se endurecía visiblemente.
Elena retrocedió un paso, el corazón martilleándole en el pecho como un tambor de guerra. "¿Estáis locos de remate? ¡Bajad eso ahora mismo! ¡Sois amigos de mi marido, coño! ¿Qué pretendéis, un circo?". Víctor dio un paso adelante, su polla ahora tiesa apuntando hacia ella como una bayoneta. "Mira, Elena, la cosa es simple. Tu maridito nos debe el culo a todos: dinero, favores, noches jodidas. Si pasas un rato con nosotros, un ratito nomás, todas las deudas quedan saldadas. Limpias como lágrimas de virgen. Ni un euro, ni un reproche. Tú eliges: o pagas tú con lo que tienes... o él sigue debiéndonos la vida".
Ella giró sobre sus talones, furiosa, dispuesta a aporrear la puerta hasta que cediera. Pero entonces lo vio. Entre el cuarteto de pollas expuestas, la de Rasputin dominaba la escena como un titán entre mortales. No era una polla: era un arma de destrucción masiva. Titanica, de fácil 25 centímetros de largo por seis de grosor, recta como una lanza con venas hinchadas que serpenteaban por el tronco como ríos enfurecidos. La cabeza, bulbosa y morada, brillaba con un velo de precúm que caía en hilos lentos, y los huevos, del tamaño de huevos de gallina, colgaban pesados en un saquito arrugado. Elena se quedó clavada en el sitio, el aliento cortado en la garganta, un calor líquido extendiéndose desde su vientre hasta sus muslos. Recordó de golpe las confidencias ebrias de Marcos en la cama, esas noches en que él, con la polla flácida por el alcohol, murmuraba tonterías: "Rasputin es un semental, amor. Dicen que parte mujeres por la mitad, que las deja caminando de lado una semana. Si supieras lo que calza...". Y ahora lo entendía, lo veía con sus propios ojos, por eso le llamaban Rasputin, se acordó de la reliquia que estaba expuesta en algun museo, el miembro viril del consejero del Zar de Rusia que decían media mas de 28cm.
El hartazgo acumulado –las borracheras eternas que la dejaban sola en casa muerta del asco, las facturas impagadas que la obligaban a coser calcetines rotos, los secretos sucios que su marido vomitaba en ese bar de mierda como si fueran anécdotas graciosas– se revolvió en su interior como un volcán dormido. ¿Por qué no? ¿Por qué seguir cargando con el peso de ese inútil, limpiando sus vómitos emocionales noche tras noche? Una chispa de rabia se encendió, pero no era solo ira: era liberación, un deseo morboso que le humedecía las bragas, haciendo que el encaje se pegara a sus labios mayores.
Miró a los hombres uno por uno, sus pollas endureciéndose ante su escrutinio silencioso, el aire cargado de anticipación. Luego, con una calma que la sorprendió incluso a ella misma, se llevó las manos al vestido. Deslizó la tela por los hombros, lenta, deliberadamente, dejando que cayera al suelo polvoriento con un susurro suave. Sus tetas saltaron libres, firmes y redondas, con pezones oscuros ya erectos por el roce del aire fresco y la adrenalina. Eran pechos de amamantar y de follar, con areolas amplias que invitaban a morder. Desabrochó el tanga con un movimiento fluido, dejando que se deslizara por sus muslos tonificados, revelando el coño depilado, hinchado y reluciente de jugos traicioneros. El clítoris asomaba como una perla rosada, y un hilo de humedad brillaba en su interior. "Bueno... supongo que si mi marido os ha hecho tantas putadas –deudas, motores rotos, barbacoas chamuscadas–, se merece lo que va a pasar. Yo pagaré sus deudas. Con todo lo que tengo. Con mi boca, mi coño, mi culo. Venga, cabrones, fila india. Esta zorra va a saldar cuentas".
Los hombres jadearon colectivamente, pollas ahora tiesas como mazas de hierro, precúm goteando en el suelo. Elena se arrodilló en el piso pegajoso del bar, las rodillas hundiéndose en una alfombra invisible de cerveza derramada y cenizas. El corazón le latía en el clítoris, un pulso sordo que la hacía palpitar. Empezó por Víctor, el dueño, porque era el que tenía la deuda más cercana. Se acercó gateando, como una pantera en celo, y abrió la boca ávida, tragándose la cabeza salada de su polla hasta la garganta. "Joder, sí... como dijo Pedro, una garganta de campeonato", gruñó él, agarrándole el pelo con puño firme, guiándola en un vaivén lento. Elena succionó con fuerza, la lengua girando alrededor del glande como una serpiente, saboreando el almizcle salado de su piel. Su mano derecha se enredó en la polla de Paco, masturbándola con movimientos secos y precisos, el pulgar presionando el frenillo hasta que él gimió. El Tuerto se acercó por el lado izquierdo, impaciente, y pronto tenía dos pollas en la boca, alternándolas como un malabarista obsceno: chupaba una hasta la base, saliva chorreando por su barbilla y goteando sobre sus tetas, mientras lamía el glande de la otra. "¡Mira qué puta, tragándoselas enteras!", exclamó Luis, masturbándose furiosamente a un metro de distancia. Rasputin esperó su turno, su monstruo palpitando en el aire como un cetro real, pero Elena lo ignoró por ahora, saboreando el preludio.
Pasó a Paco, arrodillándose más cerca, inhalando el olor a sudor y colonia barata que emanaba de su ingle. Su polla era corta, pero entraba fácil, permitiéndole juguetear con los huevos, chupándolos uno a uno en su boca mientras le meneaba el tronco con la mano. "¡Por los 300 euros, zorra! ¡Toma polla por lo que me debe el cabrón de tu marido!", jadeó Paco, follándole la cara con embestidas cortas y brutales. Elena tosió, lágrimas rodando por sus mejillas, pero no paró; al contrario, aceleró, la garganta contrayéndose alrededor de su polla hasta que él explotó, chorros calientes de semen inundando su paladar. Ella tragó con avidez, el sabor amargo quemándole la garganta como whisky barato, y lamió los restos con la lengua, sonriendo con labios hinchados. "Siguiente. El Tuerto, ven aquí. Paga tu motor con mi boca".
El Tuerto la agarró por las orejas, como si fueran asas, y la penetró oralmente con saña, su polla curvada rozándole el paladar en ángulos imposímenes. "¡Por joder mi coche! ¡Trágatela toda!", rugió, mientras ella se ahogaba en placer morboso, las arcadas convirtiéndose en gemidos ahogados. Luis se unió, frotando su polla gorda contra su mejilla, dejando rastros pegajosos. Elena extendió la lengua, lamiendo ambos a la vez, un río de saliva uniendo sus miembros. Cuando el Tuerto se corrió, fue un torrente: semen espeso salpicando su lengua y goteando por la comisura de los labios, que ella recogió con los dedos y se metió en la boca como una golosina prohibida. Luis fue el siguiente, su polla rellena llenándole la boca hasta los dientes, y ella lo trabajó con movimientos circulares, succionando las venas hinchadas hasta que él gruñó y eyaculó, llenándole la garganta de leche tibia que tragó sin derramar una gota.
Finalmente, Rasputin. Elena se lamió los labios, mirando hacia arriba con ojos vidriosos de lujuria. "Ahora tú, grandullón. Vamos a ver si esa fama es merecida". Él se acercó, su pollón oscilando como un péndulo hipnótico, y ella abrió la boca al máximo, forzando la garganta profunda que su marido tanto alardeaba. Solo cabía la mitad –la cabeza bulbosa abriéndole la mandíbula hasta doler, las venas raspándole la tráquea–, pero Elena empujó, ahogándose en un éxtasis asfixiante, lágrimas surcando su maquillaje corrido. Rasputin le folló la cara con embestidas lentas y profundas, gruñendo "Por ser el mejor amigo de ese inútil... toma, Elena, chúpamela como a un rey". Ella obedeció, las manos en sus muslos velludos, masturbando la base que no llegaba a tragar, hasta que él se retiró y se corrió en su lengua extendida, chorros potentes que le llenaron la boca y salpicaron sus tetas, marcándola como territorio conquistado.
La parte sexual se extendió como un ritual pagano interminable, ocupando la noche en un torbellino de carne sudorosa, gemidos ahogados y palmadas resonantes que hacían vibrar las paredes del bar. Saciar el hambre de cinco hombres –cuatro amigos y el dueño– requirió horas, un desfile de posiciones que exploraron cada rincón del local como si fuera un templo profano. La levantaron primero como a una ofrenda sacrificial y la tumbaron en la mesa central, la madera fría contra su espalda arqueada, en posición de misionero. Paco fue el primero en reclamar su premio: se colocó entre sus piernas abiertas, el coño de Elena expuesto y chorreante, los labios mayores hinchados y separados como pétalos húmedos. Escupió en su mano, lubricando su polla aún sensible del oral, y la hundió de un golpe con un chapoteo obsceno, el sonido de carne mojada inundando el silencio. "¡Esto es por los 300 euros, cabrónazo! Dijo mirando hacia donde se encontraba Pedro borracho ", rugió, embistiéndola con saña, sus pelotas peludas golpeando el culo de Elena con palmadas rítmicas. Ella arqueó la espalda, las tetas botando con cada impacto, los pezones rozando el pecho sudoroso de él, y gritó con voz ronca: "¡Más fuerte, joder! ¡Poneos en fila, cabrones! Yo pagaré con mi coño las deudas de ese borracho inútil. ¡Abridme en dos!". El placer la atravesaba como rayos, el clítoris frotándose contra su pubis en círculos salvajes, y pronto corrióse por primera vez, un orgasmo que la hizo convulsionar, jugos salpicando alrededor de su polla hasta empapar la mesa.
El Tuerto la relevó sin pausa, levantándole las piernas delgadas sobre sus hombros huesudos, doblándola casi por la mitad. Su polla curvada penetró hasta el fondo, el glande rozándole el cervix con cada embestida profunda. "¡Por el motor del coche, puta! ¡Siente cómo te rompo yo ahora!", siseó, pellizcándole los pezones con dedos ásperos hasta que dolieron de placer puro, enviando descargas eléctricas directo a su núcleo. Elena clavó las uñas en su espalda, dejando surcos rojos que sangraban levemente, y lo cabalgó desde abajo, las caderas elevándose para encontrarse con sus empellones. "¡Sí, rómpeme el coño! ¡Por todas las noches que me dejó sola ese hijo de puta!", berreó, el segundo orgasmo construyéndose como una ola, explotando cuando él aceleró, follándola como un pistón engrasado.
PUM PUM PUM era el sonido que llenaba aquel bar de mala muerte, el sonido de una buena follada.
La llevaron entonces a la barra, el corazón del bar, inclinándola sobre la madera astillada que olía a limón y alcohol desinfectante. Víctor se colocó detrás, sus manos grandes separándole las nalgas como si fueran masas de pan. "Hora del culo, Elena. Pedro dijo que lo aguantas todo, que te encanta que te sodomicen hasta llorar. Vamos a ver si es verdad". Escupió un gargajo grueso en su ano virgen esa noche –apretado, rosado, nunca tan deseoso–, y presionó la cabeza de su polla gorda contra el esfínter, abriéndola centímetro a centímetro con una lentitud tortuosa. Elena aulló, el dolor agudo fundiéndose con un éxtasis prohibido, el ano cediendo como un capullo forzado. "¡Joder, qué apretado! ¡Por los 200 euros en cerveza, toma polla en el culo!", gruñó él, enterrándose hasta la base con un pop húmedo. Ella jadeó, el cuerpo temblando, el coño vacío palpitando de celos, y se masturbó el clítoris con furia, círculos rápidos que la llevaron al borde. Mientras Víctor la sodomizaba con embestidas pausadas, profundizando cada vez más, Paco se metió debajo de la barra, en el suelo sucio, y la penetró por el coño, iniciando una doble penetración que la hizo convulsionar como poseída. "¡Sí, folladme los dos agujeros a la vez! ¡Por la barbacoa chamuscada, por todo lo que rompió ese idiota!", berreó Elena, el cuerpo atrapado entre ellos, las paredes internas estiradas al límite, fricción deliciosa en cada golpe sincronizado. Los hombres rotaban como en una coreografía infernal: Luis la folló a cuatro patas sobre el sofá donde dormía Pedro, su polla gorda abriéndole el coño mientras le susurraba "Esto por las noches que nos dejó plantados, zorra. Siente cómo te lleno"; el Tuerto la levantó en brazos, penetrándola de pie contra la pared, sus piernas envolviéndole la cintura, "Por el coche, cabrona, ¡aprieta más ese coño!".
Pero el verdadero clímax, el que la transformó para siempre, llegó con Rasputin. Elena, jadeante y sudorosa, con el cuerpo marcado por chupetones y huellas dactilares, lo empujó al sofá raído –el mismo donde roncaba Pedro, ajeno a la orgía que su mujer protagonizaba a centímetros de su oreja–. Se montó en él como una amazona enloquecida, las rodillas hincadas en los cojines hundidos, y guió su pollón titánico hacia su coño destrozado pero insaciable. La cabeza bulbosa separó sus labios con un estiramiento brutal, el tronco siguiéndola como una invasión, llenándola hasta el útero con una presión que la hizo gritar de éxtasis puro. "¡Dios mío, qué polla más grande! ¡Rasputin, fóllame como a una zorra calentorra, rómpeme el coño delante del borrachin de mi marido!", chilló, cabalgándolo con furia desatada, las caderas girando en círculos amplios, el clítoris rozando su pubis púbico mientras subía y bajaba como un pistón viviente. Él la agarró por las nalgas carnosas, clavándole los dedos hasta dejar moretones, y la levantó y bajó con fuerza animal, el glande golpeando su cervix con cada bajada, enviando ondas de placer-dolor que la hacían salpicar jugos vaginales sobre sus bolas peludas y el sofá empapado. "¡El mejor amigobde Pedro le va a dejar el coño bien abierto a su mujer! Dijo Paco ¡Dale, Elena, cabalga ese pollón como si fuera tu marido jeje!", rugió el Tuerto, y ella obedeció, los tetas botando salvajemente, el sudor chorreando por su espalda hasta mezclarse con los fluidos en su entrepierna. Corriendose dos veces seguidas, orgasmos que la dejaban temblando, el coño contrayéndose alrededor de ese monstruo como un vicio, ordeñándolo hasta que él gruñó y la llenó de semen espeso, chorros que desbordaron y goteaban por sus muslos.
No contentos, pasaron al anal con Rasputin que haciendo honor a su fama se levantó del sofa con la polla dura a pesar de la reciente corrida en el coño de la mujer de su mejor amigo.
Elena se inclinó sobre la barra de nuevo, el culo en pompa, el ano ya lubricado por el semen de Víctor y sus propios jugos. "Ahora el culo, grandullón. Abre mi ojete con esa bestia", suplicó, y él obedeció, presionando la cabeza contra el anillo muscular, forzándolo con una lentitud que la hizo llorar de placer. Entró centímetro a centímetro, el estiramiento imposible, el dolor blanco convirtiéndose en fuego líquido que le irradiaba al clítoris. "¡Joder, me partes en dos! ¡Por todas las veces que Pedro os contó mis secretos, fóllame el culo cabronazo!", gimió, empujando hacia atrás, el ano engullendo su longitud hasta que sus pelotas peludas besaron su coño. Rasputin la sodomizó con embestidas profundas y lentas al principio, acelerando hasta un frenesí, sus manos azotando sus nalgas hasta dejarlas rojas como tomates maduros. Elena era una campeona follando y su culo terminó tragandose el monstruo del mejor amigo de su marido como si se tratará de una puta experta de burdel, el esfínter contrayéndose alrededor de su verga en espasmos que lo llevaron al límite.
La doble penetración final fue un caos absoluto, un apoteosis de carne y fluidos: Rasputin en el coño, tumbado en la mesa, Elena cabalgándolo reversa mientras Víctor se colocaba detrás y la penetraba analmente, sus pollas frotándose separadas solo por una delgada pared interna. Paco y los otros se masturbaban alrededor, turnándose para meterle las pollas en la boca, follándole la garganta mientras los otros la abrían. Los 3 agujeros de Elena trabajando al mismo tiempo "¡Llenadme, cabrones! ¡Cobrar vuestras deudas en mis agujeros! ¡Soy la puta de la noche, joder!", gritaba Elena entre arcadas y gemidos, el cuerpo un nudo de sensaciones: el roce dual en su interior, las bolas chocando, el semen viejo mezclándose con el nuevo. Uno a uno, se corrieron en oleadas: Paco en su boca, el Tuerto en sus tetas, Luis en su espalda, Víctor dentro de su culo en un chorro caliente que le quemó las entrañas. Rasputin fue el último, eyaculando en su coño nuevamente con rugidos primitivos, el exceso desbordando y mezclándose en un charco pegajoso bajo la mesa.
Saciados al fin, exhaustos y con sonrisas culpables en las caras enrojecidas, los hombres se subieron las braguetas con manos temblorosas. El bar olía a sexo crudo, a semen y sudor, un perfume embriagador que Elena inhaló con una sonrisa secreta. "Deuda pagada, Elena. Limpia como una patena. Ni un céntimo pendiente", murmuró Víctor, pasándole una toalla del bar para que se limpiara. Ella se enjugó el cuerpo –semen secándose en su piel como medallas–, vistiéndose con lentitud, el vestido pegándose a sus curvas húmedas. "Ayudadme con él", pidió con voz serena, y ellos cargaron a Pedro al coche, depositándolo en el asiento trasero como un fardo inerte, su cabeza golpeando suavemente el reposacabezas. Víctor le dio una palmada juguetona en el culo al despedirse, susurrando "Vuelve cuando quieras, fiera. Sin deudas... pero con ganas". Elena arrancó el motor, el ronroneo familiar calmándola, y miró por el retrovisor al borracho dormido, su pecho subiendo y bajando en ronquidos pacíficos. Por primera vez en meses, sonrió de verdad, un gesto lobuno y satisfecho. Las deudas estaban pagadas. Su cuerpo zumbaba de placer residual, magullado pero vivo. Y algo en ella –una semilla oscura, voraz– acababa de despertar. Mañana hablaría con Pedro. O no. Tal vez volviera al bar sola, solo por los intereses...
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