Sumisa de la hija de mi amiga 4
Sofía no pide permiso; ordena. Y lo que pide es que pierdas el control, la vergüenza y, finalmente, a tu propio marido. Esta noche, el peligro no es solo el riesgo de ser vista, sino la certeza de que te perteneces a ella.
El motor ronroneaba, un sonido mundano que contrastaba brutalmente con el torbellino dentro de mí. Recorría, junto a Sofía, la distancia entre nuestras casas. La oscuridad del camino nos envolvía, solo rota por las luces de algún farol lejano y los focos de mi coche. La adrenalina aún corría por mis venas, mezclada con el deseo y una humillación que ahora sabía a peligro real.
—Dios, Sofía —suspiré, rompiendo el silencio, mi voz aún temblorosa—. No sabes lo cachonda que he estado toda la cena. Sentirte ahí, tocándome… delante de ellos… y luego en el baño… —callé, avergonzada por mi propia confesión, pero necesitaba que supiera hasta qué punto me poseía—. Estar ahora sola contigo… es lo único que quería.
Ella me miró desde el asiento del copiloto. Su perfil estaba iluminado por el tenue resplandor del salpicadero, y una sonrisa lenta, peligrosamente satisfecha, se dibujó en sus labios.
—Lo sé,vaquita. Y la noche no ha terminado —dijo, su voz un susurro cargado de autoridad—. Conduce. Toma la segunda salida de la rotonda y métete en el polígono de los almacenes.
Un escalofrío que no era de placer me recorrió. Ese lugar tenía mala fama, especialmente de noche. Era conocido por ser un punto donde las prostitutas esperaban a sus clientes.
—¿Allí?Sofía, ¿por qué? —pregunté, sintiendo cómo el miedo empezaba a enfriar mi excitación.
—Vamos a divertirnos—respondió ella, sin rodeos, su tono dejando claro que no había espacio para discusión—. Aparca en la calle principal, donde se vea la luz de ese bar de camioneros.
Obedecí. Mis manos, húmedas de sudor, se aferraron al volante mientras guiaba el coche por las desiertas calles del polígono. Grupos de mujeres, algunas solas, otras en parejas, se congregaban en las esquinas, bajo la luz de las farolas. Sus miradas se clavaron en el coche cuando pasé lentamente y aparqué donde me había indicado.
—¿Y ahora? —pregunté, mi voz apenas un hilo.
—Ahora —dijo Sofía, girándose en su asiento para mirarme fijamente—, vas a bajarte. Y vas a caminar dos manzanas hacia delante, hasta esa nave con la puerta azul. Luego das la vuelta y regresas.
La miré, horrorizada. ¿Estaba loca?
—¡Es una locura! Sofía, por favor, no… —supliqué—. Me pueden hacer algo, esto es muy peligroso.
—Nada te pasará —replicó ella, con una calma aterradora—. Solo son mujeres. Y a mí me excita imaginarte ahí fuera, paseando entre ellas, mi vaquita perdida en ese lugar. Obedece.
La orden, fría y directa, cortó mi resistencia. Con un nudo de terror y excitación en la garganta, asentí. Abrí la puerta y me bajé. La noche era fresca y el aire olía a gasóleo y humedad. Caminé, sintiendo cada paso como si fuera sobre cristales. Las mujeres me observaban con curiosidad, algunas con abierta hostilidad. Susurraban entre ellas. Una, con una minifalda de cuero, me escupió al suelo cuando pasé a su lado. Otra me lanzó una mirada de lástima. Sentí que me desnudaban con los ojos, que juzgaban cada uno de mis movimientos torpes, fuera de lugar.
Di la vuelta en la puerta azul, mi corazón martilleándome en el pecho. El camino de vuelta me pareció el doble de largo. Justo cuando el coche de Sofía estaba a la vista, un vehículo, con los cristales tintados, frenó bruscamente a mi lado. Mi pulso se disparó. Bajaron la ventanilla. Dos chicos jóvenes, no tendrían más de veinte años, me miraron con descaro.
—Eh, guapa, ¿qué haces por aquí tan sola? —dijo el del asiento del copiloto, con una sonrisa borracha y lasciva.
Intenté seguir caminando, ignorándoles, pero el coche avanzó a mi par.
—No tengo prisa, cariño —dijo el conductor—. ¿Cuánto pides?
—No… no soy… —tartamudee, aterrada.
De repente, el chico del copiloto a traves de la ventana abierta, y, antes de que pudiera reaccionar, estiró el brazo y me agarró un pecho con fuerza a través del vestido. Su mano fue ruda, posesiva.
—¡Déjeme!—grité, tratando de zafarme.
—Joder, qué tetas —rió el otro—. Está buena, pero es un poco vieja, ¿no?
En ese momento, una de las prostitutas, una mujer con pinta del este y de muy malas maneras se me acercó.
—¡Eh,tú! —me gritó—, ¡lárgate de aquí! ¡Estás espantando a la clientela! ¡Esto es zona de trabajo, no vengas a regalar lo tuyo!
El insulto y la advertencia fueron la sacudida que necesitaba. El chico me soltó, riendo, y se puso a hablar con la mujer extranjera. Yo, temblando como un flan, corrí los últimos metros hasta mi coche y me colé dentro, jadeando, con las lágrimas asomándome a los ojos.
Sofía me observaba, impasible. No había preocupación en su rostro, solo una curiosidad intensa, casi científica.
—¿Ves?—dijo suavemente—. Nada te ha pasado. Y has estado magnífica. Me gusta verte pasear juntos a otras chicas como tú.
Y entonces, vi que su mano se deslizaba saliendo de su entrepierna. Haber estado en peligro, haber sido manoseada y humillada… a ella le había excitado. Y a mí, en lo más profundo de mi ser, también.
El aire dentro del coche era pesado, cargado con el olor de mi miedo, su excitación y la humillación fresca que me ardía en la piel. Las lágrimas aún me nublaban la vista, pero no eran solo de terror; eran de una entrega profunda y retorcida que me aterraba aún más.
—Has estado muy bien, vaquita —murmuró Sofía, su voz como un susurro áspero que me erizó la piel—. Pero antes de irnos… quiero más.
Mi corazón, que empezaba a calmarse, volvió a acelerarse de golpe.
—¿M-más?—balbuceé, mirando hacia la ventana, hacia la calle oscura donde aún se veían las siluetas de las mujeres—. Sofía, por favor, ya… ya ha sido demasiado.
—Nunca es demasiado para mi puta —replicó ella, y su tono no admitía réplica—. Baja. Ahora.
La orden era un latigazo. Con las piernas aún temblorosas, abrí la puerta y me planté de nuevo en el frío asfalto. La noche me pareció más hostil, más observadora.
—Ponte ahí, bajo la luz —señaló ella, sin bajarse del coche, disfrutando del espectáculo desde la seguridad de su asiento.
Me coloqué bajo el halo amarillento de un farol, sintiéndome completamente expuesta. Los ecos de la risa de aquellos chicos aún resonaban en mis oídos.
—Ahora —ordenó su voz desde dentro del coche, nítida y fría en el silencio—. Enséñamelo. Enséñame tu sexo y tus pechos. Y suplícame. Suplícame que te lleve a casa, que eres la mejor puta y que harás todo lo que te pida.
La vergüenza me quemó por dentro. Era la orden más denigrante, la más obscena. Pero ya no había vuelta atrás. Con los dedos temblorosos, me levanté el vestido por encima de la cintura, exponiendo completamente mi sexo desnudo al aire de la noche, a cualquier mirada oculta desde la oscuridad. Luego, me bajé la parte superior del vestido, liberando mis pechos, que se endurecieron al instante por el frío y la humillación.
—Por favor, Sofía… —empecé a suplicar, mi voz quebrada—, llévame a casa. Por favor. Soy tu puta. Soy la mejor puta. Haré todo lo que me pidas. Todo. Solo llévame de aquí. Soy tuya.
—Hay muchas chicas guapas por aquí, ¿Por qué tú?
No sabía que decir y me aterraba la idea de estar así desnuda y expuesta. Finalmente dije:
—Porque soy la mejor amiga de tu madre, y madre de tu amiga Laura, y me muero por comerte el coño. Desde q entraste hoy a casa, estoy deseando hacértelo.
Parece que está respuesta le gustó. De repente, abrió su puerta y se bajó. Se acercó a mí con pasos lentos. No dijo una palabra. Me miró con intensidad, sus ojos recorriendo mi cuerpo expuesto y tembloroso. Luego, alzó una mano y, sin ningún preámbulo, hundió dos dedos dentro de mí con una fuerza que me hizo gritar bajito. La humedad que sentía no le dificultó a la hora de entrar dentro mía.
Estaba empapada, y su penetración fue brutal y directa. Movió sus dedos dentro de mí un par de veces, un recordatorio crudo de su posesión. Luego, los sacó, brillantes con mi excitación y mi miedo bajo la luz del farol.
—Abre la boca, vaquita —ordenó.
Obedecí, cerrando los ojos. Acercó sus dedos húmedos a mis labios y los restregó contra ellos, impregnando mi boca con mi propio sabor, salado y animal.
—Chupa. Y no creas que este va a ser el único coño que vas a saborear hoy.
Lo hice. Gemí, avergonzada y excitada más allá de lo imaginable, saboreando la evidencia de mi propia rendición.
Solo entonces, con un último y despectivo pellizco en mi pezón, dijo:
—Sube.Ya hemos terminado.
Me subí al coche, me coloqué el vestido como pude y me encogí en el asiento del conductor, sintiéndome usada y completamente suya. Sofía se acomodó a mi lado, con una expresión de satisfacción absoluta. El viaje de vuelta a su casa transcurrió en el más absoluto silencio, roto solo por el sonido de mi propio corazón, que aún latía con el eco aterrorizante y excitante de lo que acababa de vivir.
El motor seguía rugiendo suavemente, una presencia constante en la tensión que nos envolvía. Había casi llegado a su casa, a la normalidad que representaba su portal, cuando su voz cortó el silencio, cargada de una nueva orden.
—Para aquí —dijo Sofía, señalando un pequeño callejón oscuro a dos manzanas de su destino—. No frente a casa.
Una punzada de excitación me atravesó. Aparqué en el lugar indicado, mi corazón comenzó a martillear contra mis costillas. ¿Había llegado el momento de satisfacerla?
Sofia abrió su puerta y salió. Por mi ventanilla, me hizo una seña para que la siguiera. Con un nudo en el estómago, obedecí. Me dirigí a la puerta trasera y me colé dentro. La intimidad del asiento de atrás era opresiva, el espacio reducido amplificaba cada sonido, cada respiración.
Ella ya me esperaba. En la penumbra, vi cómo se desabrochaba el vaquero y se lo bajaba, junto con su tanga, en un movimiento rápido y eficiente. Se recostó contra el asiento y, sin pudor alguno, se abrió de piernas. La visión de su depilado sexo, pálido y expuesto en la oscuridad, me dejó sin aliento.
—Ven aquí, vaquita —susurró, su voz áspera de deseo—. Quiero que te comas mi coño como si fuera lo único que desearas en este mundo. Demuéstrame que soy tu dueña. Que esto es todo lo que necesitas.
No había opción. No la había habido desde hacía tiempo. Me agache y acerqué mi rostro hasta colocarlo entre sus piernas. La embestida de su olor intimo me produjo unas ganas terribles de saborearla. Finalmente enterré mi cara en su entrepierna, mi lengua buscando su clítoris con una urgencia que era mitad terror por ser descubiertas, mitad devoción hacia mi ama. Me esmeré, lamiendo, succionando, saboreando cada gota de su esencia, deseando con cada fibra de mi ser complacerla, que esto terminara y que nunca terminara.
Fue entonces cuando sonó mi móvil.
El timbre, estridente e intrusivo, cortó como un cuchillo la atmósfera cargada del coche. Me sobresalté, intentando apartarme para ver quién era, pero la mano de Sofía se enredó instantáneamente en mi pelo, apretando con fuerza.
—No —gruñó, empujando mi cabeza de vuelta contra su sexo con una firmeza brutal—. No pares.
El teléfono seguía sonando, un recordatorio estridente del mundo exterior. Pero yo obedecí. Continué con mi tarea, ahogando mis gemidos contra ella, mientras el timbre sonaba y sonaba hasta que, finalmente, se cortó. Un silencio pesado llenó el coche, roto solo por los sonidos húmedos de mi boca sobre su sexo y los jadeos de Sofía.
Pocos segundos después, el orgasmo la sacudió. Un temblor violento recorrió su cuerpo y un grito ahogado escapó de sus labios. Un torrente cálido y espeso inundó mi boca y mi mentón. Me obligó a mantenerme ahí, bebiéndola, hasta la última gota.
Y entonces, como si el universo se burlara de mí, el teléfono volvió a sonar.
Esta vez, Sofía relajó su agarre. Jadeando, me aparté, mi rostro brillante con sus fluidos. Con manos que temblaban de forma incontrolable, busqué el móvil en mi bolso. La pantalla iluminaba la oscuridad del coche con un nombre: Carlos.
La mirada de Sofía me clavaba, desafiante, disfrutando del momento. Contesté, intentando que mi voz no sonara ahogada, ronca, usada.
—¿D-digame?
—Elena, ¿está todo bien? —la voz de mi marido sonó preocupada al otro lado—. Estás tardando mucho.
Miré a Sofía. Sus ojos me ordenaban mentir.
—S-sí,sí, cariño. Todo bien —dije, forzando una normalidad que sentía a años luz—. Tuvimos que parar a echar gasolina y… se hizo un poco tarde. Ahora mismo llego.
—Vale, ten cuidado —dijo él, aún con un deje de duda antes de colgar.
El silencio volvió. Sofía sonrió, una sonrisa amplia y satisfecha. Alargó una mano y acarició mi mejilla, embadurnándosme los dedos con su propio fluido.
—Qué bien miente mi vaquita—murmuró, admirativa—. Eres perfecta.
Luego, su expresión se volvió seria, sus ojos se entornaron con posesividad.
—Escúchame—dijo, su voz baja pero llena de una autoridad absoluta—. Cuando llegues a casa… no tengas sexo con Carlos. Esta noche, no. Me gusta que solo seas mía.
La orden final, fría y demoledora, resonó en el espacio reducido del coche. Era la línea más clara que había trazado hasta ahora. No solo era su sumisa en la oscuridad; estaba reclamando mi vida entera. Asentí, incapaz de hablar, sintiendo el peso de sus palabras, el sabor de su posesión aún en mis labios, y el vacío terrorífico y excitante de un futuro que ya nunca sería el mismo.
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