Xtories

Cena de empresa

La cena parecía normal, pero el alcohol y la complicidad rompieron las barreras. Cuando Ivet se queda dormida en su cama, tú y Martha no podéis resistiros. El problema no es la pasión, sino que ella despierta justo cuando el juego se pone interesante.

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Todo arrancó en una cena de empresa, de esas que parecen normales pero que, sin saber cómo, se convierten en épicas. Éramos los de siempre, unos ocho, en un restaurante pequeño pero con un rollo brutal: luces tenues, música suave y un ambiente que invitaba a soltar risas y confidencias. Frente a mí estaban Martha e Ivet, las colegas inseparables, partiéndose de risa con las historias locas que soltaba Juan, el crack que tenía sentado al lado.

Martha, de origen rumano, era puro fuego. Delgada, con el pelo corto, liso y oscuro, piel blanca cubierta de tatuajes que contaban historias sin necesidad de palabras. Sus gafas no tapaban esos ojos color miel que parecían atravesarte. Esa noche llevaba un vestido azul que marcaba sus curvas, haciendo que sus pechos pequeños destacaran como nunca. Las medias oscuras dejaban entrever los tatuajes de sus piernas largas, dándole un aire rebelde y sexy. Su carácter era una pasada: risueña, directa, de esas que no se callan nada y te sueltan las cosas a la cara con una sonrisa.

A su lado, Ivet era un amor, pero en plan tímido. Siempre parecía esconderse detrás de sus gafas redondas y grandes, con ese rollo de empollona adorable. Pelo castaño largo, camiseta blanca básica que dejaba adivinar su sujetador deportivo, y unos vaqueros anchos que intentaban (sin éxito) disimular ese culazo perfecto que tenía. Ivet era vergonzosa, solo se soltaba con su gente de confianza. La típica tía sana: deportista, vegetariana, casi nunca bebía porque vivía a tomar por culo y siempre tenía que conducir.

La noche iba de lujo, risas por aquí, copas por allá. Pero, contra todo pronóstico, Ivet se estaba poniendo fina con el alcohol. Martha, con cara de madre preocupada, le decía:

—Para, loca, que luego tienes que conducir.

Pero Ivet, con una risita traviesa, le contestaba:

—Tranqui, tía, hoy me suelto el pelo.

Entre las anécdotas de Juan, que eran puro oro, Ivet, en un descuido, volcó una cerveza y se empapó los pantalones. Entre risas y cachondeo, se levantó y fue al baño a limpiarse. Aproveché para charlar con Martha, que estaba sentada a mi lado, sobre el estado de su amiga.

—Joder, está fatal, no puede conducir así —le dije, medio en broma, medio en serio.

—Ni de coña, esta se queda sin carnet como la dejemos —respondió Martha, con esa mezcla de preocupación y diversión en la voz.

La cena terminó y, al despedirnos, Martha y yo le insistimos a Ivet para que pillara un taxi. Ella, cabezota como siempre, se negó en redondo.

—Ni loca dejo el coche aquí, que el parking me va a costar un riñón. Además, lo necesito mañana temprano —dijo, cruzándose de brazos.

Tras un buen rato discutiendo, se me ocurrió una idea.

—Venga, vámonos a mi casa, que está aquí al lado. Conduzco yo, que soy el que menos ha bebido. Aparcamos tu coche, te echas una siestecita y luego decides.

Ivet puso cara de mala leche, pero al final cedió, con una condición:

—Solo si viene Martha.

Martha, con una sonrisa pícara, aceptó:

—Venga, va, pero no te quejes luego.

Nos montamos los tres en su coche, un cacharro pequeño que olía a su perfume dulzón. Martha y yo charlábamos en el trayecto mientras Ivet, en los asientos traseros, se quedó frita en menos de cinco minutos. Cuando llegamos a mi piso, entre los dos la sacamos como pudimos, medio arrastrándola hasta el ascensor. Vivo solo en un apartamento pequeño, con dos habitaciones, pero una la tengo como despacho, así que la llevamos a mi cama. Martha le quitó las zapatillas y los vaqueros mojados, y antes de taparla con las sábanas, no pude evitar fijarme en ella: tumbada en mi cama, con esa camiseta blanca, unas braguitas rosas de encaje que gritaban inocencia y unos calcetines blancos con corazones rojos. Joder, parecía sacada de un sueño adolescente. Mi cabeza ya iba a mil.

Dejamos a Ivet durmiendo y salimos al salón. Martha y yo empezamos a charlar, le enseñé el piso, que no es gran cosa, pero cuando llegamos al balcón, flipó. Tengo unas vistas cojonudas de la ciudad, con todas las luces brillando como si fueran estrellas. La noche era perfecta, cálida, con una brisa suave. Le ofrecí una copa y la conversación fluyó como si nos conociéramos de toda la vida.

—Oye, no sabía que tenías este pedazo de vistas —dijo, apoyada en la barandilla, con el vestido marcando cada curva de su cuerpo.

—Es mi pequeño orgullo —respondí, acercándome un poco más.

Nunca me había fijado tanto en Martha, pero esa noche estaba cañón. Entramos al salón, nos sentamos en el sofá y seguimos hablando. Empecé a preguntarle por sus tatuajes, y ella se abrió como un libro, contándome el rollo de cada uno. Algunos eran súper personales, en sitios que no esperaba, y ella los enseñaba sin cortarse un pelo. Me mostró uno en la parte interna del muslo, bajándose un poco las medias, y joder, vi un destello de su tanga negro. Mi cabeza ya estaba en otra galaxia, y por cómo me miraba, ella también estaba a tope.

—Este de aquí es mi favorito —dijo, señalando uno en la nuca, apartándose el pelo. Me acerqué a verlo, tan cerca que podía oler su perfume. No sé qué me pasó, pero me lancé: le di un beso suave en el cuello, justo donde empezaba el tatuaje. Ella se giró, sus ojos miel clavados en los míos, y sin decir nada, nos liamos. Un morreo intenso, de esos que te hacen olvidar el mundo. Mis manos volaron por su cuerpo, ella se subió a horcajadas encima de mí, y la cosa se puso seria.

Le bajé los tirantes del vestido, dejando a la vista su sujetador negro. Hundí mi cara entre sus pechos pequeños, besándolos con hambre, mientras mis manos se colaban bajo el vestido, acariciando ese culo firme que se marcaba bajo las medias. Ella gemía bajito, moviendo las caderas, y yo ya estaba a mil.

De repente, se levantó, se desabrochó el vestido y lo dejó caer al suelo. Joder, qué imagen. Sus medias abrazando sus muslos, su tanga negro, esa mirada que decía “te voy a comer vivo”. Me quité la camisa a toda prisa mientras ella se arrodillaba frente a mí, desabrochándome el pantalón con una sonrisa traviesa. Tiró de él, liberó mi polla, que ya estaba dura como una roca, y se quedó mirándola, como sorprendida.

—Joder, no me esperaba esto —dijo, con una risa pícara.

Sin pensarlo, la envolvió con su boca. Su lengua jugaba con el glande, lenta, provocadora, mientras me miraba buscando mi reacción. Era puro fuego. Empezó despacio, pero poco a poco fue subiendo el ritmo, y yo estaba en el puto cielo. Intenté calmarla, porque iba a explotar, pero ella, lejos de parar, aceleró, como si quisiera llevarme al límite.

—Para, que me corro —le dije, jadeando.

Ella solo sonrió y siguió, más rápido, hasta que no pude más. Exploté en un orgasmo brutal, y ella no se apartó, recibiendo todo en su boca, tragando cada gota con una calma que me puso aún más loco. Se limpió los labios con esa sonrisa suya y se puso de pie, quitándose el sujetador sin dejar de mirarme.

Sus tetas eran pequeñas, perfectas, con pezones oscuros y duros. Se subió otra vez encima de mí, y nos liamos con urgencia. Sus caderas se movían, rozando mi polla, que ya estaba lista para el segundo round. La tumbé en el sofá, le arranqué el tanga y me quedé flipando con su coño: pequeño, depilado, chorreando de lo cachonda que estaba. Me puse de rodillas entre sus piernas, besando la cara interna de sus muslos, acercándome poco a poco. Cuando llegué a su coño, lo saboreé entero, lamiendo esos labios carnosos hasta encontrar su clítoris. Jugué con mi lengua mientras la masturbaba, y sus gemidos eran cada vez más fuertes.

—Sigue, joder, no pares —me decía, agarrándome la cabeza.

Metí un dedo, luego dos, y después un tercero, aumentando el ritmo. Estaba empapada, y cuando noté que se contraía, aceleré con la lengua. Su cuerpo se arqueó, y un orgasmo bestial la atravesó, sus manos apretándome contra ella mientras yo saboreaba cada gota de sus flujos.

Nos quedamos jadeando en el sofá, desnudos, intentando recuperar el aliento. Pero Martha no había tenido suficiente. Me miró con ojos de loba, y antes de que pudiera decir nada, fui al baño a por condones y lubricante. Cuando volví, ella me agarró la mano y la llevó a su coño, susurrándome al oído:

—Esto no necesita lubricante, estoy empapada.

Y era verdad. Estaba ardiendo. Agarró un condón, lo abrió y me lo puso, primero con las manos, luego con la boca, en un movimiento que casi me mata. Se sentó encima de mí, rozando su coño contra mi polla, lubricándola bien antes de apuntarla y dejar que se deslizara dentro, centímetro a centímetro. Joder, qué apretado estaba.

—Despacio —me dijo, moviendo las caderas con un ritmo que me volvía loco.

Mis manos acariciaban sus piernas, aún con las medias puestas, mientras mi boca devoraba sus pezones. El ritmo fue subiendo, sus gemidos llenaban el salón, y yo no podía más. La agarré fuerte, la giré y la puse debajo de mí. Levanté sus piernas sobre mis hombros y empecé a embestirla con fuerza. Ella se aferraba a mi cuello, pidiéndome más, hasta que un orgasmo la hizo temblar entera, su coño apretándome con cada convulsión. Salí de ella, me puse a la altura de sus tetas y, masturbándome, me corrí sobre su pecho, los dos jadeando como si hubiéramos corrido una maratón.

De repente, Martha suelta un:

—Mierda.

Me giro y ahí está Ivet, en la puerta, con su camiseta blanca, sus braguitas rosas y esos calcetines de corazones, frotándose los ojos, medio dormida y claramente aún borracha. Nos tapamos como pudimos, con cojines y lo que pillamos. Martha empezó a balbucear excusas sin sentido, pero Ivet, aturdida, preguntaba con esa voz inocente:

—¿Qué estáis haciendo?

Martha intentó sacarla del salón, pero al moverse, el vestido con el que se cubría se cayó, dejándola desnuda frente a Ivet. Esta la miró de arriba abajo, luego a mí, tapado con un cojín, y se le escapó una risa nerviosa.

—Joder, qué cuadro —dijo, entre risas y vergüenza.

Martha la llevó a la habitación, y desde el salón escuché retazos de su conversación. Ivet, medio en broma, le soltó:

—¿Te lo has follado mientras yo dormía como una idiota?

—Mira cómo estás, tía, sudada de arriba abajo —añadió, rozándole el brazo con un dedo.

—Eres una zorra, disfrutando mientras me dejas KO —siguió, entre risas.

No pude escuchar todo, pero al cabo de un rato, Ivet salió al salón, riéndose, con Martha detrás intentando detenerla. La agarró del brazo y la metió de nuevo en la habitación. Las oí hablar, Ivet preguntando cosas como:

—¿Usaste condón?

Y Martha, roja como un tomate, le decía que sí, intentando que se callara.

Tras un rato, Martha volvió al salón, se sentó a mi lado y nos miramos, partiéndonos de risa.

—Se ha dormido otra vez —dijo, cogiendo su copa.

Nos relajamos, contemplando las vistas desde el salón, yo abrazándola por detrás. Mi polla, que no se rendía, empezó a clavarse en su culo. Ella se movió, encajándola entre sus nalgas, jadeando bajito. Su coño se rozaba contra mí, y la cosa se puso caliente otra vez. Agarré un condón, me lo puse y empecé a metérsela desde atrás, con sus manos contra el cristal del balcón. Le mordía el cuello mientras aumentaba el ritmo, y ella alzaba el culo, pidiéndome más. Le di un azote que la pilló por sorpresa, pero le moló. La giré, la besé con furia y la tiré al sofá. Le abrí las piernas y la follé duro, como ella quería.

—Más, joder, más —gemía, agarrándome del cuello.

Su cuerpo se convulsionó con otro orgasmo brutal, y segundos después, me quité el condón y me corrí sobre su vientre, los dos exhaustos.

—Joder, eso ha sido brutal —se oyó de fondo.

Nos giramos, y ahí estaba Ivet otra vez, mirándonos con los ojos como platos.

—¿Desde cuándo estás ahí? —preguntó Martha, roja como un tomate.

—Lo suficiente para ver lo bien que os lo montáis —respondió Ivet, ruborizada pero con una sonrisa traviesa.

—No podía dormir con tus gemidos, tía.

Martha intentó llevarla de nuevo a la cama, pero Ivet se plantó.

—Para, yo también quiero pasármelo bien —soltó, con una mezcla de vergüenza y decisión.

Martha y yo nos miramos, flipando.

—¿Qué dices? —preguntó Martha, pensando que era una broma.

—Que quiero disfrutar como vosotros —insistió Ivet, roja pero firme.

Martha, en plan reto, le dijo:

—¿Y qué estás dispuesta a hacer, eh?

Ivet, tras dudar unos segundos, se lanzó. Agarró a Martha y le plantó un beso en la boca. Primero tímido, luego con lengua, intenso. Martha se quedó en shock.

—¿Qué haces, loca? —dijo, ruborizada.

—Curiosear —respondió Ivet, con una sonrisa—. ¿No te ha gustado? Besas de puta madre.

Yo estaba alucinando. Ivet se quitó la camiseta, dejando al descubierto sus tetas pequeñas con pezones rosados, y se sentó a mi lado en el sofá. Se acercó y empezamos a besarnos, su boca dulce y tímida, pero con ganas. Martha, aún en shock, dio un trago largo a su copa y se sentó al otro lado. Dejé a Ivet y besé a Martha, mientras Ivet empezaba a acariciar mi pecho, bajando hasta mi polla. La masturbó con torpeza, pero eso solo me puso más cachondo.

Me puse de pie, y Martha, sin dudar, se lanzó a chupármela, su boca experta volviéndome loco. Tiré de Ivet para que se uniera, y ahora las dos lamían, sus lenguas rozándose, entrelazándose. Era demasiado. No tardé en correrme, salpicándoles la cara. Ivet se quedó parada, pero Martha, con una sensualidad brutal, le limpió el semen con la lengua, dejándola temblando.

Ivet, aún jadeando, dijo:

—No es justo, vosotros ya habéis disfrutado lo vuestro.

Martha, con una sonrisa cariñosa, le acarició las tetas y le susurró:

—Tranquila, ahora te damos cariño.

Me agaché frente a Ivet, le quité las braguitas y descubrí su coño: pequeño, apretado, escondido entre labios carnosos. Empecé a acariciarla, lamiendo cada rincón, saboreando su dulzura hasta llegar a su clítoris. Martha, mientras, le lamía los pezones, y los gemidos de Ivet llenaban el salón. Metí un dedo, luego aceleré con la lengua, y un orgasmo brutal la hizo cerrar las piernas, atrapándome mientras temblaba.

Quedó extasiada en el sofá. Martha, con una sonrisa pícara, me puso un condón con destreza y agarró a Ivet de la mano. La puso a cuatro patas, ese culazo perfecto en todo su esplendor. Vertió lubricante desde su ano hasta su coño, empapándola. Me besó mientras me masturbaba, asegurándose de que estaba listo. Me posicioné detrás de Ivet y empecé a metérsela despacio. Ella soltó un grito de placer, y Martha, a su lado, la besaba para calmarla. Mis embestidas subían de ritmo, y joder, estaba apretadísima. Ivet, entre gemidos, le lamía las tetas a Martha, que disfrutaba como loca.

Cambiamos de posición. Ivet se tumbó, abierta para mí. Cuando iba a metérsela, ella, con una sonrisa traviesa, me quitó el condón.

—Ahora sí lo sentiremos de verdad —dijo, y me la clavé de una estocada profunda. Gritó como loca, y Martha se arrodilló sobre su cara, haciéndole comerle el coño. Ivet jadeaba contra ella con cada embestida, y Martha, perdida en el placer, le acariciaba las tetas.

Las puse a las dos a cuatro patas en el sofá, besándose mientras las follaba, alternando entre ellas. El culo de Ivet me volvía loco, y empecé a darle duro, tirándole del pelo y azotándola. Ella respondía alzando más el culo, gimiendo de placer. Cuando noté que iba a correrse, le metí un dedo en el ano, despacio. Explotó en un orgasmo brutal, derrumbándose en el sofá. Martha la acariciaba, la besaba, susurrándole algo al oído que la hizo ruborizarse.

Martha, sin parar, empezó a besar a Ivet, recorriendo su cuerpo con la lengua. Llegó a su coño, lamiéndolo con audacia, luego la giró y atacó desde atrás, lamiendo desde su coño hasta su ano, metiendo la lengua sin miedo. Ivet gemía, empapada, agarrada a un cojín. Martha me miró, agarró mi polla y la acercó al coño de Ivet, pero luego cambió la trayectoria, apuntando a su culo.

—Despacio —susurró, mientras el glande desaparecía dentro de su ano.

Ivet gritó:

—¡Por el culo no!

Pero Martha la calló con un beso.

—Disfruta, tía.

La metí despacio, disfrutando cada milímetro. Era su primera vez. Aumenté el ritmo, y Martha se puso debajo para lamerle el coño. Ivet estalló en otro orgasmo, convulsionando, y yo me corrí con ella, llenándole el culo.

Nos desplomamos los tres en el sofá, exhaustos, sudorosos, con una mezcla de risas y miradas cómplices. El amanecer empezaba a colarse por el balcón, pintando el salón de tonos naranjas. Ivet, aún en shock pero con una sonrisa, dijo:

—Joder, no me creo lo que ha pasado.

Martha, abrazándola, le dio un beso en la frente.

—Bienvenida al lado salvaje, pequeña.

Me levanté a por agua, y cuando volví, las dos estaban susurrando y riéndose como colegialas.

—¿Qué tramáis? —pregunté, sentándome entre ellas.

—Nada, que Ivet quiere repetir, pero dice que no sabe si podrá caminar después de esto —soltó Martha, muerta de risa.

Ivet le dio un codazo, roja como un tomate.

—¡Cállate, tía! Solo decía que… bueno, que ha molado.

Nos duchamos juntos, entre risas y caricias suaves, sin prisas. El agua caliente nos relajó, pero la tensión seguía ahí, como si la noche no hubiera acabado del todo. Mientras desayunábamos en la cocina, con café y tostadas, la conversación derivó a lo que había pasado.

—No sé cómo vamos a mirarnos en la oficina después de esto —dijo Ivet, tapándose la cara.

Martha se acercó y le dio un pico rápido.

—Pues como siempre, pero ahora sabemos lo que hay debajo de esos vaqueros anchos.

La mañana pasó entre risas y confesiones. Ivet admitió que nunca había sentido nada parecido, y Martha, con su descaro habitual, le guiñó un ojo y me miró:

—Esto hay que repetirlo, pero con más calma.

Y yo, que no soy de piedra, solo pude asentir, sabiendo que esa noche había cambiado todo.