Fuego en el Coño: Parte II
Laura creyó haber cerrado la puerta a una semana de pasión prohibida, pero Don Manuel no sabe什么叫 'no'. Cada encuentro en el ascensor, cada mirada en el rellano, es una invitación que ella ya no puede ignorar. Esta vez, la tentación no llama a la puerta; ella la abre.
Ha pasado una semana desde aquella mamada épica en el piso de Don Manuel, y joder, no he podido sacarme esa verga monstruosa de la cabeza. Cada noche, mientras Carlos ronca a mi lado como un tractor, me toco el coño pensando en cómo me llenó la garganta de leche espesa, en cómo su polla me estiraba los labios hasta el límite. Pero no soy tonta: sé que fue un error, un arrebato de frustración con mi marido el soso. No voy a joder mi matrimonio por un viejo verde del bloque, por mucho que su rabo sea de campeonato. O eso me digo yo, mientras evito sus ojos cada vez que salgo del ascensor.
El cabrón no ha perdido el tiempo. Toda la semana ha estado al acecho en el rellano, como un lobo con el hocico oliendo hembra en celo. Al principio, eran guiños sutiles: “Buenos días, Laura, ¿dormiste bien? Yo soñé con paredes finas…”. Su voz ronca, con esa sonrisa torcida que me hace apretar las piernas. Yo pasaba de largo, fingiendo no oír, pero sentía su mirada clavada en mi culo, en mis tetas que rebotan bajo las blusas ceñidas que me pongo para ir al súper. El jueves, la cosa escaló: Carlos y yo volvíamos de cenar fuera, yo con un vestido negro ajustado que me marca las curvas como un guante, y allí estaba Don Manuel, fumando en la puerta de su piso, con los ojos brillantes de vino. “Vaya, Carlos, qué suerte tienes con esta hembra. Si yo tuviera una así, no la dejaría sola ni para ir a mear”. Carlos soltó una risa tensa, de esas que disimula el bochorno, y murmuró algo de “buenas noches”. Yo me puse roja como un tomate, el coño traicionándome con un cosquilleo húmedo, imaginando cómo Don Manuel me había usado la semana pasada. “Cállate la boca, viejo”, pensé, pero mi clítoris palpitaba como un traidor.
El viernes fue peor. Carlos salía temprano a la oficina, y yo me cruzaba con el vecino en el ascensor. Él se acercó demasiado, su aliento a tabaco rozándome el cuello. “Te echo de menos, zorrita. Mi polla se pone dura solo de oírte caminar”. Extendió la mano y me rozó el culo con los nudillos, un toque fugaz pero eléctrico que me dejó las bragas empapadas. “¡Para, joder!”, siseé, pero mi voz salió ahogada, y él solo se rio, ajustándose el paquete visiblemente abultado. Y el colmo: el sábado por la tarde, con Carlos en casa viendo el fútbol en la tele, Don Manuel toca al timbre “para pedir sal”. Está en el umbral, con esa camisa desabotonada que deja ver su pecho canoso, y delante de mi marido, suelta: “Laura, si necesitas algo… ya sabes, yo estoy al lado. Para lo que sea”. Carlos frunció el ceño, pero lo despachó con un “gracias, vecino”. Yo me quedé en la cocina, con el corazón latiendo a mil, el coño chorreando bajo la falda vaquera corta que llevaba puesta. “Este viejo me va a volver loca”, admití para mis adentros, mientras me tocaba disimuladamente el pezón endurecido.
Hoy es lunes, una semana exacta desde el polvo oral que me cambió la vida, y no aguanto más. “Voy a ponerle las cosas claras”, me digo mientras me miro en el espejo del baño. Me he puesto un vestido de verano cortísimo, de esos que rozan el límite de la decencia: algodón blanco, ceñido en el pecho para que mis tetazas operadas parezcan a punto de saltar, y tan corto que si me agacho, se me ve el culo entero y las braguitas de encaje. “Solo para que sepa que no soy su puta”, miento, pintándome los labios carnosos de rojo sangre, sabiendo que esto es una invitación con patas. Salgo del piso, el corazón en un puño, y toco a su puerta. “Don Manuel, ábreme. Tenemos que hablar”.
La puerta se abre, y el olor me golpea primero: tabaco, sudor y algo más… algo almizclado, sexual. Él está en calzoncillos, con una bata raída abierta, su barriga foja asomando, pero joder, su polla ya medio tiesa marca un bulto obsceno en la tela. “Pasa, Laura, justo te estaba esperando”. Su voz es un ronroneo, y antes de que pueda protestar, me empuja dentro, cerrando la puerta con un clic que suena a sentencia. El salón es un caos: latas de cerveza en la mesita, y la tele enorme parpadeando con una película porno a todo volumen. En la pantalla, una rubia tetona como yo cabalga la polla de un tío mayor, gimiendo como una loca mientras él le aprieta las ubres y le mete el dedo por el culo. “¡Oh, sí, fóllame más duro, papá!”, berrea la actriz, y el sonido de carne contra carne, chap-chap húmedo, me revuelve el coño al instante. Siento un chorro caliente entre las piernas, mis labios vaginales hinchándose, el clítoris endureciéndose contra las bragas. “Apaga eso, joder”, digo, pero mi voz sale débil, mis ojos pegados a la pantalla donde la rubia se corre a chorros, squirtando sobre la verga del viejo.
Don Manuel se da cuenta al vuelo, su mirada bajando por mi cuerpo hasta el dobladillo del vestido, que apenas cubre mi culo. “Mira qué pinta de puta te has puesto para venir a ‘hablar’. Ese vestido… se te ve el coño depilado si te mueves”. Se acerca, su polla ahora fully erecta, tentándola contra mi muslo a través de la bata. “No he venido por eso”, miento, pero él me agarra la mano y la pone en su paquete, obligándome a sentir el grosor palpitante. “Mentira, zorra. Te oigo cada noche toándote en la cama, gimiendo mi nombre. Y mira esto”, señala la tele, donde la actriz ahora mama una polla gorda, tragándosela hasta las arcadas. Mi coño palpita, traicionándome, y sin darme cuenta, aprieto su verga con los dedos. “Solo… solo un poco, como la otra vez”, balbuceo, cayendo en su trampa.
Me empuja al sofá, abriéndome las piernas con rudeza, el vestido subiéndose hasta la cintura y exponiendo mis bragas empapadas, el encaje transparente pegado a mi chocho hinchado. “Quítatelas”, ordena, y yo obedezco, arrancándomelas de un tirón, mi coño al aire: labios mayores abultados, el clítoris asomando rosado y jugoso, un hilo de miel colgando de la entrada. Él se baja los calzoncillos, y su bestia salta libre: 22 centímetros de carne venosa, tiesa como una barra, la cabeza morada goteando precum. “Chúpamela, Laura, como sabes que quieres”. Me arrodillo entre sus piernas flacas, mis tetas rebotando libres al bajarme el escote, y abro la boca para engullir esa cabeza gorda. “Joder, qué rica está”, gimo, lamiendo la rajita para sorber su sal, mis labios carnosos estirándose al máximo mientras la trago hasta la garganta. Él me agarra el pelo, follando mi boca con embestidas salvajes, sus bolas peludas golpeándome la barbilla. “¡Sí, puta de discoteca, trágatela toda! Mira la tele, aprende de la zorra esa”. En la pantalla, la actriz se ahoga en polla, y yo imito: escupo saliva por el tronco, bombeando con las manos lo que no cabe, mi lengua girando por las venas hinchadas. Me mojo tanto que chorrea por mis muslos, y meto dedos en mi coño, follándome mientras le mama, gimiendo vibraciones contra su carne.
Pero él quiere más. Me levanta como una muñeca, tirándome en el sofá boca arriba, las piernas abiertas en V. “Ahora te voy a follar ese coño frustrado, sin goma, crudo”. “No, Don Manuel, sin condón no… me puedo quedar preñada”, protesto débilmente, pero mi cadera se eleva sola, ofreciéndole mi entrada chorreante. Él se ríe, frotando su polla gorda por mis labios vaginales, untándose en mis jugos. “Calla y disfruta, puta. Tu marido no te llena, pero yo sí”. Y embiste, de un empujón brutal que me parte en dos: su verga estirándome hasta el útero, rozando cada pared, llenándome como nunca. “¡Oh, Dios, qué grande! ¡Me rompes el coño!”, grito, clavándole las uñas en la espalda canosa mientras él me taladra, sus caderas chocando contra las mías con un slap-slap obsceno. La tele sigue: gemidos de fondo que se mezclan con los míos, “¡Fóllame más fuerte, abuelo! ¡Dame esa verga vieja!”. Él me aprieta las tetas, mordiendo los pezones hasta dejar marcas, sus dedos bajando a mi clítoris para frotarlo en círculos duros. Me corro primero, un terremoto que me hace squirtar alrededor de su polla, jugos salpicando su pubis, mis paredes contrayéndose como un puño en su tronco. “¡Me corro, hostia! ¡No pares!”.
Él no para: me pone a cuatro patas, el vestido hecho un trapo en la cintura, y me monta como a una yegua, su barriga pegada a mi espalda, una mano en mi pelo para tirarme la cabeza atrás. “¡Toma polla, Laura! Este coño es mío ahora”. Embiste salvaje, profundo, su glande golpeando mi cervix con cada estocada, bolas azotando mi clítoris. Sudamos como animales, el salón apestando a sexo crudo, y en la tele, el viejo se corre dentro de la rubia, leche desbordando su coño. Eso me enciende más: “¡Córrete dentro, Don Manuel! ¡Lléname de leche!”. Él gruñe, acelerando, su polla hinchándose como un ariete. “¡Toma, puta! ¡Te preño como a una perra!”. Y explota: chorros calientes y espesos inundando mi útero, semen rebosando por mis labios, goteando por mis muslos mientras sigo corriéndome, mi coño ordeñándole hasta la última gota. Se queda clavado dentro, palpitando, hasta que se ablanda y sale con un pop húmedo, un río blanco escapando de mi guarro abierto.
Me dejo caer en el sofá, jadeando, el cuerpo temblando, su semen chorreando de mí como una marca de propiedad. “Esto… esto ha sido la última vez”, susurro, sabiendo que es una puta mentira. Don Manuel se ríe, apagando la tele. “Vuelve cuando quieras, Laura. Tu coño sabe dónde encontrarme”. Salgo de allí con las piernas flojas, el vestido pringoso, el rímel corrido y una sonrisa culpable. Carlos llegará en unas horas, pero ahora mismo, solo siento su leche caliente en mis entrañas, y un hambre que no se apaga. Joder, ¿qué he hecho? No, ¿qué haré la próxima vez?
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