Intercambio entre hermanas - completo (cap. 09)
Ana no fue a la consulta por salud, sino para vigilar. Lo que encontró en la sala de espera no era una cita médica, sino una invitación prohibida. Mientras ella fumaba en la acera, su cuñado y una mujer desconocida compartían una intimidad que cambiaría las reglas del juego familiar.
Cap. 10 – LA LIGONA EN EL CONSULTORIO
ANA
Fran llegó a casa sobre las tres y me encontró preparada para salir. Bastante antes de las cuatro, hora de mi cita, nos encontrábamos sentados en la sala de espera. Había pedido a mi cuñado que me acompañara a la consulta para cambiarle de tercio y que se olvidara del tipo parecido a Joan —toda una suerte el haber tenido la cita para esa misma tarde, me dije—. Y creí haberlo conseguido porque durante el trayecto a la clínica el tema no salió para nada.
Una hora antes, en cuanto colgué la llamada, le había escrito por wasap a Marta con carácter de urgencia.
ANA: Dile a Joan que se cambie de hotel, pero ya…
MARTA: Qué ocurre? Algún problema?
ANA: Ahora no tengo tiempo, luego te cuento. Ah… y si Fran pregunta por su apellido, dile que es «Martinez».
MARTA: No me asustes…
ANA: Tranquila, todo bajo control, ya te contaré.
Sin embargo, lo que de veras hizo que Fran se olvidara del asunto fue lo que pasó en aquella consulta médica en las siguientes dos horas. Y aquella historia fue algo que voy a registrar en mi diario para no olvidarme de contársela a mis nietos. Todo un esperpento protagonizado por una mujer desesperada. O loca, vete tú a saber.
*
Cuando Fran y yo llegamos a la consulta, en la sala de espera había unas cinco o seis mujeres aguardando su turno. El tiempo fue pasando y al final quedamos solo tres. Mi turno era casi inminente, y así se lo comenté a Fran. Éste se hallaba embobado con el móvil y no se percataba de lo que acontecía a su alrededor.
Y el esperpento se inició cuando de la consulta de la doctora salió la mujer morena y con coleta que ya estaba en la sala cuando nosotros llegamos. Había entrado unos minutos antes acompañada de la enfermera.
La sala de espera —común para varios consultorios— estaba formada por tres filas de sillas de plástico enfrentadas a otras tres y separadas por un ancho pasillo. Fran y yo nos habíamos sentado en una de las filas pegadas a la pared. La mujer, de unos cuarenta y pico, no se había marchado al salir de la consulta. Al contrario, se había sentado en la fila del fondo frente a nosotros, pegada a la pared opuesta. Entre su posición y la nuestra debía de haber unos diez metros, calculé. La otra mujer que quedaba en la sala —una anciana de más de setenta— nos daba la cara, por lo que no podía ver lo que ocurría detrás de ella.
Lo primero que me llamó la atención de la mujer del fondo fue su mirada, clavada en nosotros desde que había salido de la consulta de la ginecóloga. Me fijé en ella con disimulo y vi que era atractiva, tenía buen tipo —demasiado delgada para mi gusto— y vestía muy atrevida, más de lo que se espera de una persona que acude al médico.
Cuando observé que abría las piernas y se recogía la falda que hasta un momento antes le caía ligeramente por encima de las rodillas, fue cuando estuve segura de que no nos miraba a «nosotros», sino tan solo a Fran. Sin lugar a dudas se estaba exhibiendo ante mi cuñado, aunque este no se había enterado de nada. ¡Hombres… siempre en la inopia…!, recuerdo que pensé.
El estómago se me encogió ante aquella descarada. Una pareja en una consulta de ginecología bien podía tratarse de un matrimonio. De hecho, creer en otra cosa era casi impensable. Aquella escenita que no habría tenido mayor relevancia en un bar de copas, en aquel sitio estaba totalmente fuera de lugar.
No la miraba de frente, no me atreví. Sin embargo, no podía apartar el rabillo del ojo mirando su forma de actuar y tratando de adivinar su siguiente movimiento. Desde mi posición, sus piernas abiertas me permitían solo divisar parte de su muslo izquierdo, hasta casi la altura de la ingle. Desde la de Fran, su vulva por entero tenía que estar a la vista. El triángulo de los secretos, según el nombre que los machirulos le dan a esa parte de nuestra anatomía que se observa al fondo de la falda. No supe por qué, pero me asaltó la duda de si llevaría bragas. Quizá no se las había puesto después del examen de la doctora. Este pensamiento me turbó y me produjo un calor que me recorrió todo el cuerpo.
—Creo que has ligado… —le dije por fin a Fran en un susurro, siempre sin mirar a la mujer—. No mires al frente… disimula y mírame a mí.
Fran obedeció mi orden y levantó su vista del teléfono, quedándose boquiabierto.
—¿Qué…? —fue lo único que alcanzó a decir, con un tono de sorpresa que le hacía parecer bobo.
Me reí para mis adentros, el buenazo de Fran me enternecía a veces con su inocencia innata.
—Es una mujer que está al fondo… La que abre las piernas para que la veas bien por debajo de la falda. Mírala con el rabillo del ojo.
Fran hizo un movimiento ocular sin girar la cabeza y me confirmó que la había detectado. Aun así, no estuvo de acuerdo conmigo.
—No seas imaginativa… —puntualizó—. Esa mujer no sabe ni que existo. Está sentada con descuido, pero nada más…
—Eso es porque no la has visto mirar hacia aquí de forma descarada hace rato…
Me dio otra subida de calor cuando ella giró la cadera y abrió algo más las piernas. Intentaba esconder su intimidad para mí, pero mostrársela más a Fran. Miraba ahora hacia abajo, concentrada en el móvil en el que tecleaba de cuando en cuando.
—Joder… —dijo él. Debía de habérsele secado la boca con el movimiento, porque se pasó la lengua por los labios.
—¿Llevo razón o no…?
—Me parece que sí, cuñada… Esa tía es una guarra…
—Ya te digo… —repuse—. Hacer algo así en un sitio como éste es de estar loca.
—Totalmente pirada… —confirmó con la cara aún de susto.
—Dime una cosa… —mi curiosidad no tenía límites—. Desde aquí no puedo verlo, pero seguro que tú sí… ¿Lleva bragas o no?
La cara de Fran era un poema, muy serio y acongojado. Tenía que morderme el labio para no reír.
—Pues… no lo sé… —respondió—. Puede que lleve bragas color carne…. Si no, tiene un chochito como el de una muñeca.
No pude evitar reírme. Por suerte, una enfermera salió de la consulta siguiendo a la mujer que me antecedía y citó mi nombre. La exhibicionista cerró las piernas y las cruzó en un único movimiento, confirmando que lo que estaba pasando allí no era algo «inconsciente» o «casual». Aquella mujer le estaba mostrando su intimidad a mi cuñado de forma descarada. Aunque a saber por qué oscura razón lo hacía.
Fran se ofreció a acompañarme al interior de la consulta, pero me negué con una excusa femenina típica en estos casos: no podría soportar la vergüenza de que él estuviera allí mientras la doctora hurgaba entre mis piernas. Fran no insistió y me relajé. La razón era muy diferente. Mi visita no tenía que ver con una regla abundante, por supuesto, sino que se trataba de una revisión rutinaria sin mayor importancia. Lo de la regla era la única excusa que se me había ocurrido sobre la marcha. Y su presencia ante la doctora me habría obligado a dar demasiadas explicaciones.
*
Al salir de la consulta tras más de un cuarto de hora, había olvidado la escena de minutos antes con la insensata señora, por lo que me quedé petrificada al ver que la situación no solo no había terminado, sino que había evolucionado... hacia adelante.
La mujer —más tarde Fran me comentaría que su nombre era Silvia— se había movido hacia la silla que yo había ocupado y ahora se hallaba sentada a su lado. Hablaba con él con una sonrisa pícara y se le arrimaba más de lo considerado decente, teniendo en cuenta el lugar público en el que nos encontrábamos. Mi cuñado intentaba mantenerse lo más alejado de ella que la distancia entre los asientos le permitía, pero no podía evitar que su mano le recorriera el muslo de cuando en cuando.
Por suerte, las dos únicas señoras que aún esperaban en la sala se hallaban de espaldas a los dos y hablaban entre ellas ajenas a lo que ocurría en los asientos de atrás.
Cuando la puerta se abrió y aparecí en la sala de espera, Silvia dio un respingo y se alejó de Fran cuanto pudo. Me dio pena por ella, no quería violentarla, aunque por él sentí unas tremendas ganas de reír. Se le veía terriblemente acobardado, aunque algo contradecía la expresión de horror de su rostro: el bulto en la entrepierna no mentía, aquella mujer lo había calentado de lo lindo.
Me dirigí hacia ellos y observé el gesto de alivio de mi cuñado. Mi aparición le proporcionaba la excusa para escapar de aquella situación y noté como se relajaba. No obstante, mis planes eran otros. Los había concebido en menos de un segundo y, divertida por la situación, detuve su movimiento de levantarse de la silla.
—Espera, cuñado… no hay prisa… —recalqué la palabra «cuñado» para que no cupiera duda de la relación entre ambos—. Aún no he terminado. Tengo que hacerme unas pruebas en el piso de arriba y allí no dejan subir a acompañantes. Tardaré un buen rato, como una hora… ¿Te importa esperarme, querido?
La cara de Fran se contrajo en un rictus que no pudo disimular. La expresión de Silvia, sin embargo, se iluminó con una sonrisa franca que le hizo mostrar su perfecta dentadura.
*
Salí a la calle y extraje un cigarro del bolso. No solía fumar, pero en momentos de ansiedad como la visita a un médico los nervios me pedían hacerlo. Era por ello que llevaba tabaco de forma habitual entre mis cosas.
Mientras jugaba con el humo haciendo tiempo para que la «parejita» disfrutara de su mutua compañía, no podía evitar recordar la historia que me había contado Fran sobre la pérdida de su virginidad. Ambas situaciones mostraban aspectos similares, salvando las distancias.
Un pensamiento llevó a otro y, al final, terminé cavilando sobre el sex appeal de mi cuñado. Fran parecía atraer al género femenino de una forma natural, sin aspavientos. Muy al contrario de Joan, cuyo punto fuerte era su imagen de puro macho ibérico, un chulazo grande y atractivo capaz de arrasar con cualquier fémina que se le pusiera por delante.
Fran era un hombre del montón. Amable, generoso, galante… Pero sin ninguna cualidad por la que se le pudiera confundir con un ligón empedernido. Tenía que hacer un gran esfuerzo para encontrar sus virtudes como hombre, porque a la vista no saltaba ninguna de ellas. Por ejemplo: ¿Era guapo o feo? ¿Varonil o afeminado? ¿Atractivo o simplemente pasable? Reconocía que jamás me había fijado en esos detalles desde que le conociera muchos años atrás, cuando solo era una niña. Y no tenía respuesta para esas cuestiones.
Y, si pensaba en esto ahora, como hacía de vez en cuando, era porque nunca había conseguido responder a la pregunta que me quemaba desde hacía casi una década: ¿Qué podría haber visto en aquel hombre que me había llevado a enamorarme de él desde que era una adolescente?
Y estos pensamientos se hilaban con las experiencias que habíamos compartido, ya fueran relatadas o vividas en directo como la que se desarrollaba en esos momentos. Es decir: ¿Qué había visto en él Clara, la milf que lo desvirgó, para elegirlo en beneficio de un marido cornudo por vocación? ¿Qué veía ahora la tal Silvia para atacarle con tanto descaro en un lugar público tan expuesto? ¿Había sido solo que no había más hombres alrededor para saciar sus apetitos? ¿O es que habían visto algo en él que yo no alcanzaba a descifrar, por más que lo amara con toda el alma?
Mi amor por Fran, por otro lado, era un amor sin futuro, sin opciones, sin celos o melodrama. Un tipo de amor platónico que me tomaba con filosofía y que llevaba bastante bien —o, al menos, estaba convencida de ello.
No tuve tiempo de responderme a las cuestiones que me hacía porque algo llamó mi atención. Silvia y Fran salían por la puerta de la clínica y se dirigían hacia el garaje exterior. Ella iba unos metros por delante y Fran la seguía. Se veía en esa distancia un intento de disimulo para que no se notara que iban juntos.
—Vamos, Fran, por dios… —dije para mis adentros con una risita sarcástica—. Que se os nota a la legua la prisa que lleváis para intercambiar fluidos…
Al llegar a un monovolumen Mercedes de grandes dimensiones, Silvia accionó el mando a distancia y una puerta corredera abrió el paso a la zona trasera de la furgoneta. Los dos tortolitos se perdieron dentro del vehículo y la puerta volvió a cerrarse. Me acerqué lo más posible para otear lo que ocurría allí dentro. No había forma de ver nada, sin embargo, las lunetas traseras estaban tintadas de un negro tan oscuro que no permitía divisar ni un ápice de su interior.
Di un rodeo y me parapeté tras un camión de bebidas para observarles de frente, pero desde allí tampoco era clara la visión. Los cristales delanteros se mostraban como espejos y reflejaban el exterior de una manera nítida, ocultando el interior a las miradas curiosas. Tan solo, forzando mucho la vista, conseguí distinguir a la parejita sentada muy cerca el uno del otro en una banqueta corrida de la última fila del monovolumen.
Me retiré de allí no fueran a verme y eso les estropeara el momento de intimidad. Mientras me alejaba, miré el reloj y decidí reaparecer en una hora, tal como había comentado a Fran —a los dos, en realidad, ya que lo había casi gritado para que ella también lo oyera— que sería la teórica duración de mis inventadas pruebas.
*
No necesité tocar en la ventanilla del inmenso vehículo. Cuando faltaban cinco minutos para la hora, desde mi puesto de vigilancia observé abrirse el portón y a Fran bajar. Segundos después, la furgoneta arrancó y mi cuñado se quedó allí plantado mirándola alejarse.
—Tienes que contarme muchas cosas, ¿eh, pillín…? —le dije por la espalda a modo de saludo.
Fran se volvió y me sonrió. No pude evitar fijarme en su entrepierna. El bulto que notara una hora antes había desaparecido por completo. No me cabía duda de que en aquella furgoneta se había desarrollado una escena de sexo furtivo. Bueno o malo, pero sexo.
—Es algo tarde, tenemos que irnos… —dijo él por toda respuesta—. Voy a pedir un taxi.
—Serás capaz… —me quejé. Lo único que obtuve de Fran fue un guiño de ojo.
El coche no tardó ni un minuto en llegar, al parecer nos habían adjudicado alguno de la parada de la clínica. Me fastidió porque rompió la intimidad que necesitaba para sonsacarle. Aun así, inasequible al desaliento, tras acomodarnos en el asiento trasero volví a la carga.
—¿Vas a contarme lo que ha pasado o tengo que hacerte chantaje para que sueltes prenda? Mira que Marta es más celosa de lo que parece.
Fran rió bajito.
—Vale, te lo cuento… —replicó—. Pero no ahora… Cancela el finde con tus amigas y salimos esta noche. Te aseguro que la historia lo vale…
Sus palabras me entristecieron. El plan del finde no podía cancelarse, tal decisión no dependía de mí. De haber podido hacerlo, lo habría hecho al instante. Si él supiera…
—Lo siento, querido… —le dije intentando superar el momento y disimular lo que se me pasaba por la cabeza—. Pero ya he pagado mi parte de la escapada y pienso disfrutarla a tope.
—Pues te quedas sin historia…
Me lancé sobre él y empecé a hacerle cosquillas. Él se defendía como podía, pero yo no le daba tregua. Los dos reíamos a carcajadas, mientras el taxista nos miraba por el retrovisor. Debía de pensar que nos habíamos vuelto locos.
—Venga, hagamos un trato… —le dije tras abandonar mi risueña estrategia. La curiosidad me mataba. O conseguía que me contara de principio a fin lo que había pasado con aquella mujer o me iba a dar algo—. Te invito a una copa en un sitio nuevo que conozco y tú me lo cuentas, ¿hace?
Le tendí la mano para cerrar el trato. El accedió a regañadientes.
—Venga, hace…
Le cambié la dirección de destino al taxista y unos minutos después nos encontrábamos en un pub cercano a la academia de las oposiciones. Sería raro encontrarme con alguien de clase un viernes por la tarde, y esperaba no hacerlo. Después de lo ocurrido en el consultorio, no quería compartir a Fran con nadie, aunque solo fuera por un par de horas.
*
Tras pedir las bebidas, me lancé al ataque sin piedad.
—Espera… —le dije cuando parecía que iba a empezar a hablar—. Antes de que digas nada, aclárame una cosa: ¿llevaba o no llevaba bragas?
Fran soltó una risotada que captó el interés de las mesas vecinas.
—Sí, sí que llevaba… —dijo tras dejar de reír—. De color canela claro, por eso parecía no llevarlas.
—¿Y debajo? —le acosé—. ¿Por qué no me digas que no le has visto lo que había debajo?
No le dejaba comenzar la historia y Fran reía sin parar.
—Sí, es cierto… —respondió—. He visto lo que había debajo…
—Venga, cuenta… —volví a azuzarle—. ¿Es que tengo que sonsacarte las palabras?
—Pues… debajo… —se hizo el interesante—. Llevaba un pubis perfectamente arreglado, aunque no depilado del todo. Se ve que se trata de una gran señora, no solo por lo que me ha contado de su vida.
Llegaron las consumiciones y aprovechamos para darnos un respiro. Luego él fue el primero en hablar.
—¿Me vas a dejar que te cuente o vas a interrumpirme todo el tiempo?
—Vale, vale… —acepté—, pero empieza por el principio, no quiero perderme ni un detalle…
Respiró profundo y comenzó el relato.
—Verás… la mujer se llama Silvia y está embarazada de su quinto hijo… Por eso ha acudido a la consulta.
—¿Quinto…?
—Sí, eso es… Según su versión, está casada con un diplomático que tiene dos aficiones primordiales: ponerle los cuernos y hacerle niños.
—Pobre… —dije con morritos de pena—. Seguro que se siente muy sola…
Fran sonrió con una mueca tristona.
—Pues ese es el caso. El tío pasa de ella y ni siquiera la acompaña al médico para un tema tan importante como es el embarazo. Y hoy, al ir a la consulta, le ha lanzado un ultimátum.
—¿Ultimátum? Joder, Fran, esto parece un thriller. ¿Qué es lo que le ha dicho?
—No te lo vas a creer… Le ha dicho esta mañana en el desayuno que, o aparecía a la hora de la consulta para entrar con ella, o se iba a follar al primero que pasase.
Mi carcajada se debió de oír desde la calle.
—Jajaja… Y vas tú y te metes en medio… el primer tío que pasaba por allí… Jajaja…
—Eso me temo…
—Lo que no entiendo es cómo ha tenido el valor de entrarle a un tío que acompaña a una mujer en una consulta de ginecología. ¿Es que no se daba cuenta que lo normal es que fuéramos pareja y que le podía haber montado una escenita de celos?
—Eso es justo lo primero que le he preguntado…
—¿Y…?
—Me ha dicho que nos ha escuchado hablar en la recepción y ha oído que me llamabas «cuñado», por lo que ha asumido que no éramos pareja.
Le di un trago a mi copa y dije divertida:
—Bueno, pero ser cuñados no es un impedimento… Quién sabe… Podríamos ser cuñados y amantes…
Su respuesta fue rápida como un rayo.
—No me caerá a mí esa breva…
No pude evitar ruborizarme hasta la raíz del cabello. Por un segundo me quedé callada. Al siguiente pregunté lo primero que me vino a la mente para que no se me notara lo cortada que me había quedado.
—Vamos, sigue… —le dije con sonrisa forzada por el rubor—. ¿Cómo ha conseguido llevarte al coche?
—Eso ha sido de lo más sutil, teniendo en cuenta lo avergonzada que se sentía por lo que estaba haciendo.
—Ah, ¿sí…?
—Verás, estábamos hablando de cosas sin importancia en la consulta cuando me ha dicho que si no me importaba acompañarla a su coche; que podíamos hablar dentro; que era uno de esos monovolúmenes especiales que usan los políticos para que no les puedan ver desde fuera, etc. Vamos, que me lo estaba poniendo a huevo.
»Yo le he preguntado si no le parecía peligroso. Que estando dentro de un sitio tan íntimo podrían pasar «cosas inesperadas».
»—¿Estás dispuesta a qué pasen cosas de las que puedas luego arrepentirte? —le he dicho con tacto.
»—Bueno, no sé… —me ha respondido—. Si pasan cosas es porque tengan que pasar… Aunque bien puede ocurrir lo contrario… que solamente fumemos y charlemos como dos amigos…
—Fiuuuu… —silbé admirativa—. Una mujer con ovarios… ¿De veras crees que es la primera vez que lo hace?
—No podría jurarlo… Pero cuando hemos hecho esas… cosas… he podido comprobar que su experiencia en cuestiones de sexo es bastante escasa…
Mi risa tonta volvió a aflorar.
—O sea, so guarro… —dije dándole una palmada en un brazo—, que reconoces que habéis hecho «cosas»…
—Sí… Y ha sido tan… inocente… tan especial… que aún sigo alucinado.
El recuerdo de la milf que lo desvirgó volvió a mi cabeza.
—Puede que no sea tan especial… Este asunto tiene un parecido más que evidente con lo que te pasó con Clara…
—Pero con Clara fue diferente… —me corrigió—. Aquella mujer tenía un manejo del sexo espectacular. Respiraba experiencia, tal vez en alguna otra vida había trabajado como prostituta, porque se manejaba como una profesional…
Tragué saliva y me oculté tras la copa, antes de darle un largo trago.
—Bueno, no te pares… —le incité—. Sigue… ¿habéis follado?
—No… follado no… Y no solo porque ella no quisiera hacerlo, sino porque no me parecía lo correcto.
—¿Qué ha pasado, es que no llevabas condones? —bromeé—. Te recuerdo que ya va preñada, no había peligro en hacerlo sin protección.
Fran puso gesto serio.
—Pero qué bicho eres… —dijo y me dio un pellizco en el brazo.
—Ayyy… —protesté—. Me has hecho daño… ¿Pero qué es lo que he dicho?
—Es que a veces se nota que aún eres muy joven… —me reprochó—. Si no he insistido en follar, teniéndola a huevo, ha sido por respeto. Había formas de tener sexo con ella, sin necesidad de llegar tan lejos… y solo en el caso de que al final se atreviera…
—Vale… tienes razón… —dije y recordé lo que había pensado de Fran mientras esperaba a que acabaran su affaire en el coche de Silvia: mi cuñado era un tío sensible y amable. Un comportamiento grosero, como el del cerdo de Joan, no cabía en él. Mi corazón aumentó el ritmo de sus latidos—. Reconozco que eres todo un caballero, Fran, lo digo en serio…
Le pasé la mano por el brazo con una caricia y esperé a que prosiguiera. Él me devolvió la caricia sobre la mano y se disculpó.
—Perdona, cielo… —dijo, compungido—. Creo que me he pasado… ¿Te pareces si hacemos un brindis y empezamos de cero?
Acepté encantada y choqué mi copa con la suya con una sonrisa de oreja a oreja. Aquel «cielo» me había entrado hasta dentro. Poco me faltó para derretirme de gusto.
—Vale… pues sigue…
—¿Por dónde iba…? —dijo pensativo—. Ah, sí… Entramos en el coche y Silvia me ofreció un cigarro. Nos habíamos sentado en una butaca corrida de la parte de atrás del coche.
No quise confesarle que ese detalle lo había visto con mis propios ojos.
—Total, que después de fumar, nos quedamos mirándonos y, casi sin quererlo, nos encontramos besándonos con una dulzura increíble.
»A Silvia le ha costado separar los labios, parecía que nadie la hubiera besado antes. He conseguido que los abriera y he podido besarla a placer. Ha parecido una revelación para ella, me ha agarrado del cuello con una fuerza alucinante y nos hemos comido la boca durante muchos minutos. Ella gemía todo el tiempo, se la veía gozar como a una niña virgen.
»A continuación, cuando he conseguido que se soltara, le he metido mano por debajo de la falda. Le he acariciado las piernas y la vulva. Por fin, algo intimidada, me ha preguntado si quería que se quitara las bragas. La he ayudado a hacerlo y nos hemos reído porque se ha tenido que retorcer para que yo se las sacara mientras ella se recostaba hacia atrás en el asiento.
Según iba Fran contando la ingenua odisea con aquella mujer, a la que por error yo había tachado de loca, el calor iba invadiendo mi cuerpo por oleadas. Si aquella noche hubiera salido con él, dudaba de haber podido acatar la orden de Marta de no abrirme de piernas.
—Y entonces…
—Pues la he quitado la falda y la he estado acariciando ahí abajo.
—Con suavidad y tacto, imagino…
—Sí, era lo que ella se merecía, de nuevo parecía una niña a la que nunca hubieran tocado… Fíjate que cuando le he metido el primer dedo en la vagina se ha quedado alucinada… Incluso ha intentado escapar…
—No me digas… —mi gesto de pasmo no era fingido.
—Sí, ha sido solo al principio… después se ha dado cuenta de que aquello era algo normal y he llegado a introducirle tres en pocos segundos. No veas como ha dilatado el chochito de la pobre Silvia, se nota que ha sido madre cuatro veces.
—Ufff… —dije reconociendo la calentura que me embargaba—. ¿Pedimos otra ronda de gin tonics? Necesito algo para enfriarme.
Reímos mi ocurrencia y pedimos al camarero. Luego le hice una pregunta indiscreta:
—¿Has conseguido que se corra?
Antes de responder, Fran puso una cara de machirulo que no me gustó del todo.
—Dos veces —respondió ufano—. Cuando ha terminado de reventar la segunda vez, me ha confesado que siempre creyó que se corría cuando lo hacía con su marido, pero que ahora descubría que no… que aquello no eran orgasmos de verdad, como los que acababa de tener.
»Después de la segunda corrida, hemos estado fumando y charlando. Me ha preguntado si me importaba que se pusiera las bragas y yo, por supuesto, le he dicho que lo hiciera.
—Ya habías decidido que no ibas a follarla, ¿no…?
—Bueno… si te digo la verdad, tampoco es que lo haya pensado de forma consciente… Al fin y al cabo, para volver a quitárselas siempre había tiempo.
Volvimos a reír y luego prosiguió.
—Tras fumar un pitillo, ella me ha preguntado si quería que me hiciera algo. Le he mencionado que por mí no hacía falta, pero ella me ha hecho una extraña pregunta.
—¿Extraña? ¿En qué sentido?
—Me ha comentado que su marido no le ha pedido jamás que se la chupara, y ella siempre ha tenido la duda de si eso era algo placentero o si solo una guarrada.
—Vamos, que te estaba pidiendo que le dejaras chupártela, ¿no…?
—Pues sí, así lo he entendido yo… —replicó Fran—. Le he dicho que por qué no lo probaba y ella me ha dado las gracias.
—¿Las gracias…? —reí sin poder evitarlo—. ¿Lo dices en serio…?
—Totalmente… —confirmo riendo a su vez—. En fin, que me he bajado los pantalones y nada más salir mi verga del interior, ella se ha lanzado como con hambre de siglos y me ha llenado de babas con su mamar inexperto.
—La has tenido que dar clases, supongo.
—Bueno, no muchas, al fin y al cabo lo de chupar las mujeres lo lleváis en el ADN.
Me ofendió la afirmación de machirulo y le propiné un pellizco en el brazo.
—Serás asqueroso…
—Perdona, perdona… jajaja… ya sé que ha sonado fatal, pero no quería decir eso…
—¿Entonces?
—A lo que me refería es que con un par de indicaciones ella le ha cogido el tranquillo enseguida. Lo peor que hacía era arañarme con los dientes. Una vez le he comentado lo que pasaba, ya no ha habido ningún problema…
—Total, que te ha hecho una mamada inexperta, pero que a ti te ha dejado feliz…
—Jajaja… cómo para no estarlo… Con el calentón que llevaba no he tardado ni tres minutos en correrme.
—¿No me dirás que te has corrido en su boca…? Para una primera vez me parecería muy fuerte…
Fran sonrió, pero con ternura esta vez.
—No quería hacerlo, te lo juro…
—O sea, que sí… ¿no?
—Sí… Pero te aseguro que ha sido porque ella lo ha querido… Verás… Cuando he visto que ya no aguantaba más se la he sacado de la boca y le he pedido unos pañuelos que llevaba en el bolso.
»Ella me ha mirado y me ha preguntado si no me gustaría «echárselo» en la boca…
—Jajaja… —reí—. ¿Ha dicho «echárselo»?
—Pues sí, ya te he comentado que está pez en estos asuntos… Le he preguntado si de verdad quería, que era una asquerosidad, y todo eso... Pero ella me ha insistido… Necesitaba probarlo, me ha dicho, aunque también ha mencionado que lo quería hacer como venganza contra su marido…
—¿Y al final…?
—Pues al final se la he metido en la boca y me he pajeado hasta que se la he llenado de leche.
—Le habrás echado un montón, cabroncete… El otro día en la habitación lo pusiste todo perdido…
—La verdad es que sí… Y al final eso ha sido un problema…
—¿Por qué un problema…?
—Pues porque ha intentado tragarse lo que ha podido, pero ha puesto una cara de asco que ni te imaginas y le han dado varias arcadas, como era de esperar. Total, que ha escupido la mayor parte y se ha pringado ella, el asiento, la esterilla… En fin, me ha pringado incluso a mí…
No podía dejar de reírme según Fran iba relatando.
—Jajaja… Vaya guarrería, a ver como se lo explica al marido.
—No, al marido no hace falta… El marido nunca se sube a ese coche, y menos en la parte de atrás. En realidad, si no consigue limpiarlo del todo se lo va a tener que explicar a los niños, y el mayor ya tiene quince años. Dice que ése ya anda con niñas haciendo guarradas y que no se le escapa una…
—Ostras, qué fastidio…
—Qué va… A Silvia le ha entrado la risa floja y nos hemos estado partiendo las tripas un buen rato sin poder parar.
—Al menos lo habrá limpiado con los pañuelos…
—Sí, lo hemos hecho los dos, pero te puedes imaginar que han quedado restos, aparte de la peste que tira para atrás. Pero no le importaba, me ha asegurado que mañana manda a los niños al cole con un Uber y aprovecha la mañana para lavar el coche por dentro en un lavadero.
Noté por su silencio que la historia llegaba a su fin.
—¿Y eso es todo?
—Bueno, sí… En realidad, después de correrme, hemos fumado otros dos cigarros cada uno y hemos charlado de muchas cosas. Me ha hablado de sus niños, sobre todo, de sus nombres, de sus edades, al colegio que van… Una conversación de personas maduras, como ves.
—Una curiosidad… ¿Le has pedido el número de teléfono como hiciste con Clara?
—No… en este caso no se lo he pedido. No lo he creído conveniente. De hecho ella ha preguntado si podríamos volver a vernos y yo le he convencido de que no era lo mejor, que yo estoy enamorado de mi mujer. Por cierto, le he explicado que es tu hermana, y ella ha aceptado que era lo mejor.
—Vaya… —reflexioné—. Me parece que ésta ha sido quizá su primera vez… Pero puedes apostar a que no va a ser la última.
—Es posible… En cuanto cruzas la línea roja, ya no tienes miedo a volver a hacerlo. Así que, cuando vuelvas a tener consulta con la ginecóloga, avísame si quieres.
—Cuenta con ello… —sonreí cómplice.
—Y a tu hermana, ni una palabra de lo que ha pasado, por favor…
Hice el signo de la cremallera en la boca y nos sonreímos mirándonos a los ojos. Luego, suspiré profundo y le di un trago a mi copa.
—Ufff… Una bonita historia de amor… —dije soñadora—. La escribiré en algún sitio para contársela a mis nietos.
—¿Piensas tener nietos? —bromeó.
—Por supuesto… ¿tú no? —repliqué.
La tarde se había diluido y, a pesar de que había significado otra experiencia deliciosa junto a Fran, nos vimos obligados a darla por terminada.
Volvimos a casa, donde Marta nos estaba esperando inquieta por la hora que era. Nos comentó que «mis amigas» del fin de semana la habían llamado impacientes por la tardanza, ya que tenía mi móvil fuera de cobertura. Yo leí entre líneas e imaginé de quién provenía la queja.
Recogí la bolsa que había preparado para el viaje y salí de casa con un regusto amargo en la boca.
*
Extracto del diario de Ana
Querido diario, hoy he vivido junto a Fran una experiencia extraña, al tiempo que muy romántica.
La versión breve es que Fran le ha hecho el amor a una mujer solitaria y yo me he sentido feliz actuando como Celestina del encuentro. La versión larga es difícil de contar en pocas palabras, pero es posible que la deje en tus páginas por escrito para no olvidarla nunca. Si me decido a escribirla, lo haré un día en que tenga más tiempo. Hoy llevo una prisa de mil demonios.
Marta me está esperando en el hall metiéndome prisa para… eso que tú ya sabes. Tengo que ponerme el disfraz de niña buena y volver a actuar una vez más. Cada día odio más esto, pero no encuentro el valor suficiente para enfrentarme a mi hermana. En fin, cerraré los ojos y tiraré para adelante, como siempre hago.
Ah, por cierto, me olvidaba de contarte que Fran ha descubierto a Joan en Madrid, cuando se supone que está en Barcelona. Aunque he conseguido convencerle de que el motero al que ha visto no podía tratarse de él, me temo que en cualquier momento la verdad salga a la luz y la familia estalle en mil pedazos.
Le he contado a Marta que Fran le ha descubierto a la puerta del hotel y casi se la llevan los demonios.
Y mira que le dije a mi hermana que traer a Joan a la casa era una mala idea. No había necesidad de que Fran lo conociera en persona, y mucho menos en un mundo que es un pañuelo y en el que puedes encontrarte con cualquiera en los sitios más inesperados.
En fin, me toca callar y asumir, como siempre. La gran «ama» Marta es la que da las órdenes, y prefiero no tener que pensar, solo ejecutar sus indicaciones sin hacer preguntas.
Buenas noches, diario, volveremos a hablar, te lo prometo.
Continuará...
Esta novela será publicada completamente en todorelatos.com, a razón de 1 capítulo semanal. También podréis leerlo de un tirón en Amazon, donde se publicó con el título HERMANA INTERCAMBIADA. (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
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