Xtories

Engaño a mi novio con mi compañero de trabajo

El café derramado fue solo la excusa perfecta. Sin ropa, con la piel enrojecida y la mirada fija en la suya, Lola sabía que esa tarde la oficina dejaría de ser un lugar de trabajo para convertirse en su cama.

Lola26K vistas8.4· 10 votos

Mis queridos lectores, hoy les quiero confesar que me estuve portando mal…

Para los que no me conocen, soy Lola, tengo 25 y hace algunos años estoy en pareja. El problema es que mi pareja rara vez quiere tener relaciones sexuales, y en lo que va del año no estuvimos ni una vez. Yo siempre fui una chica muy abierta y activa sexualmente, curiosa y dispuesta a encontrar placer. Él, en cambio, es un buen hombre, muy tradicional. En estos años que pasamos juntos yo siempre traté de proponer cosas nuevas, posiciones, lugares, de todo, pero él nunca aceptaba que tengamos relaciones si no era en las mismas dos o tres posiciones de siempre, sólo en la cama, y sin hacer mucho ruido. Se imaginarán que esto me empezó a frustrar cada vez más, yo que ya sabía qué cosas me gustan, no podía hacerlas porque mi novio se negaba. Quiero aclarar que no pedía nada particularmente raro, pero a él le molestaba saber que a mí me gustaban esas cosas porque implicaban que ya las había probado con otra persona (él nunca estuvo con nadie antes de estar conmigo, yo sí estuve con varios hombres). Por ejemplo, en toda la relación nunca cogimos en cuatro, sólo misionero, cowgirl y cowgirl reverse. Como mucho alguna vez lo hicimos en la ducha o me tocó en la cocina pero no mucho más que eso. El motivo siempre fue que él es muy inseguro por su falta de experiencia y muy cerrado para probar cosas nuevas. Físicamente es un varón promedio, mide algo así como 1,75m, es más bien flaco y no hace mucho ejercicio más que jugar al tenis con los amigos. Su pene no es muy grande pero tampoco diría que es chico, y las pocas veces que lo usa siempre me hace sentir bien. Compensa un poco la falta de ganas dándome un excelente sexo oral, pero llega un punto en el que yo lo único que quiero es tener una pija adentro y no hay nada que se asemeje. A mí me encanta el sexo en público o en lugares arriesgados, con él sólo pude apenas masturbarlo un poco en la calle una vez pero fueron más bien roces y jugueteo. Me calienta muchísimo el sexo anal y en estos años ni una sola vez me dio el gusto. Me gusta que me agarren fuerte, que me tiren del pelo, que me peguen en la cara o en el culo, que me aten las manos, que me hablen sucio y me miren a los ojos durante el sexo. Me encanta que me ahorquen, que me muerdan, que me traten como una puta en la cama. Él no hace nada de esto. En última instancia, me gusta aunque sea probar posiciones nuevas y lugares distintos de la casa, soy muy creativa y siempre se me ocurren cosas que quiero hacer. Pero de nuevo, él no está dispuesto a nada. Ya lo hablamos muchísimas veces, a él simplemente no le atraen estas cuestiones, no vive la sexualidad de la misma forma, no siente un deseo de coger. Me dice que le atraigo físicamente, que le gusta mi cuerpo y a veces me toca o lo mira y sé que es cierto porque tiene erecciones, lo mismo cuando nos besamos con pasión o cuando me hace cucharita y le apoyo todo el orto en la pija que se le pone durísima. Pero a la hora de coger es aburrido, nunca tiene ganas y cuando lo hacemos es tan simple y básico que soy yo la que termina sin ganas.

Ante esto yo probé de todo: probé masturbarme de muchas formas, algunas las sigo haciendo porque me gustan. Probé escribir y publicar acá mis relatos de experiencias pasadas para recordar todo el placer que sentía, y de alguna forma canalizar esa frustración. Intenté mirando porno de todo tipo, pero fue peor porque sólo veía una lista interminable de más cosas que quiero y no puedo probar. No quería serle infiel porque por fuera de este gran defecto, mi novio es realmente una muy buena persona, un hombre honesto, atento, responsable, inteligente y amable. Pero el tiempo seguía pasando y yo me daba cuenta de que esta falta de acción realmente me estaba afectando a nivel personal, y que terminaba generando un malestar entre nosotros. Propuse abrir la relación, o invitar a un tercero a que se sume, o que me diera algún tipo de pase libre, pero él se molestó muchísimo con estas propuestas, indicándome que si estábamos juntos tenía que ser en una relación monogámica cerrada, o nada. Yo acepté estas reglas de juego, porque realmente lo amo mucho. Pero con el tiempo empecé a tener pequeños deslices.

Todo empezó cuando volví a publicar acá. Entre los varios mails que recibí de los lectores, hubo uno que por algún motivo me llamó la atención. Comencé a hablar con este lector, que por su privacidad no voy a nombrar, pero voy a decir que es un deportista español viviendo en otro lugar, de mi edad, con el que comencé a intercambiar largos mails y terminé conectando de una forma muy intensa. Espero que me esté leyendo, y que sepa que aún pienso en él. La cuestión es que me empezaron a pasar cosas con este chico, cada vez que estaba sola, cuando mi pareja se duchaba o se juntaba con los amigos yo aprovechaba para releer sus mails y cuando veía uno nuevo realmente me emocionaba. Nuestros intercambios comenzaron a subir de tono y eventualmente terminamos masturbándonos juntos por llamada. Este hombre fue honesto conmigo y me dijo que no quería continuar con lo nuestro sabiendo que yo estaba en pareja, y tuvimos que dejar de hablar. Para mí fue muy frustrante porque había logrado conectar con él y sentir placer a pesar de la distancia, pero él puso un freno por mi bien, la culpa me estaba matando.

Después de que dejé de hablar con esta persona, volví a sentirme sola e insatisfecha. Mi novio comenzó a darme señales de que pensaba proponerme matrimonio, y yo sabía que le iba a decir que sí, pero también sabía que una vez que estuviera casada ya no iba a ser infiel. Vi cómo mi familia se vino abajo por las repetidas infidelidades de mi madre y sabía que no quería eso para mí. Me empecé a replantear si realmente estaba dispuesta a pasar el resto de mi vida con la persona que amo aunque eso implique no volver a sentir el placer de las cosas que me gustan. Entonces, como última medida, decidí que antes de casarme me iba a permitir hacer las cosas que quiero, y después portarme bien en mi matrimonio. Esta decisión fue unilateral y no se la comuniqué a mi pareja, por lo que sé que está mal y es infidelidad, sin vueltas ni tapujos. Pero siento que es lo único que puedo hacer sin seguir insistiendo o haciéndolo sentir incómodo a él.

Primero hice una lista de todas las cosas que quiero probar antes de casarme. Es una larga lista llena de fantasías sexuales de todo tipo. Mi pareja claramente no sabe nada, me compré un juguete sexual y asumió que yo estaba más calmada con el tema porque estaba satisfecha con ese juguetito. Planeo ir contándoles estas experiencias a medida que pueda lograrlas. Hay algunas que son poco realistas y dudo poder concretarlas por cuestiones logísticas y de presupuesto, pero la mayoría creo que voy a poder hacerlas sin tanto problema. Así fue como comencé con la primera cosa en mi lista que pude tachar: coger con un compañero de trabajo (puntos extra si era en el trabajo).

No quiero entrar en detalles sobre mi trabajo, sólo voy a decir que me dedico a cuestiones internacionales. En mi sector trabaja también Andy, un español que actualmente está colaborando en un proyecto puntual pero que por lo general se dedica a otras cosas. Cada tanto viene a ayudar en algo específico, pero no viene todos los días. A pesar de esto, él tiene su propia oficina, mientras que yo estoy en un open space compartido con algunas personas. Mi horario empieza temprano, por lo que suelo ser de las pocas que está en la oficina a la mañana. La mayoría de los días pasan un par de horas hasta que llega alguien más. Eso me gusta porque prefiero estar en silencio y tranquila, tomarme mi tiempo para buscar un café y jugar al wordle y al connections del NYT. Cuando Andy viene, suele llegar temprano, me saluda con una sonrisa y a veces charlamos un poco. Él tiene unos cuarenta años, es muy alto, divino de cara, muy atractivo. Se viste con camisa y se deja el botón de arriba desabrochado. Después de mi experiencia con mi lector español, cada vez que escuchaba a Andy me súper calentaba recordando lo que había hecho, el acento me vuelve loca. Como casi siempre estábamos solos, cuando lo escuchaba llegar me acomodaba la blusa para dejar ver un poco de mis grandes pechos, o me cruzaba de piernas para que se me suba un poco la falda. Yo sabía que él lo notaba pero no hacía nada al respecto, se permitía verme dos segundos que se sentían eternos antes de volver su vista a mis ojos y sonreír.

Ese día yo me había puesto un pantalón de vestir beige y una blusa blanca, con un saquito arriba por el frío. Llegué temprano, preparé mi café y comencé a trabajar. Media hora después llegó Andy, hablando por teléfono. Me saludó con la cabeza sin cortar la llamada y se metió en su oficina que está frente a donde yo me siento. La oficina estaba fría todavía, y mis pezones duros se notaban a través de la telita blanca, incluso se podía ver un poco su color. Siempre estuve orgullosa de mis tetas por su gran tamaño y por los usos que pude darles. Cuando terminó la llamada, Andy se acercó a saludarme con un beso en la mejilla como hacemos en Argentina. Pero calculó mal la distancia y sin querer me volcó el café en la ropa. El calor me quemó y sin pensarlo dos veces me saqué la remera para evitar una quemadura mayor, fue un reflejo rápido. El pantalón por suerte no se llegó a mojar, aunque sí se arruinaron algunos papeles, nada importante.

-Mil disculpas, Lola, perdóname. Deja que te ayude.

Comenzó a juntar los papeles que no se habían mojado para evitar que se manchen, mientras yo me sacaba la remera y me cubría como podía con el saco.

-¿Te has quemado mucho? ¿Estás bien? Venga, te llevo a la enfermería.

-No, la enfermería no abre hasta dentro de media hora, y no puedo pasearme sin remera por la empresa. No te preocupes, estoy bien.

-Deja que te vea. Ven a mi oficina, tengo una muda de ropa que pensaba usar para el gimnasio por la tarde. Puedes ponerte mi camiseta.

Entré en su oficina, había estado alguna que otra vez pero nunca sin remera. Me ardía la piel en la zona del cuello y el pecho, que se había puesto rojo. Con una mano me tapaba el pecho como podía, porque llevaba un corpiño con transparencias que no cubría mucho, con la otra mano me secaba las lágrimas del dolor. Rápidamente sacó de su mochila una camiseta deportiva y evitando mirarme extendió su mano para dármela.

-Ponte esto, te dejo la oficina para que te vistas a gusto.

Salió de la oficina cerrando la puerta. Me quedé parada, dejé salir unas lágrimas más y me miré el pecho rojo. Comencé a sobar mis pechos, tratando de aliviar el dolor. Empecé a ponerme la remera de Andy, pero el contacto de mi piel con la tela me hizo doler. Me quedé parada, sin saber bien qué hacer. Pasaron unos minutos así.

-Lola, ¿va todo bien? ¿Necesitas ayuda?

No contesté. Andy abrió lentamente la puerta, pero cuando vio que yo estaba aún en corpiño se metió rápido y cerró la puerta. Me dio la espalda.

-Perdona Lola, es que no quisiera que nos encuentren en una situación así, que sería complicado de explicar.

-Me quise poner la remera pero me duele mucho -contesté, poniendo cara de perrito mojado-.

-Vale, vale. Tal vez lo mejor sea que esperes sin nada puesto a que llegue la enfermera. Tú quédate aquí si gustas, yo bajo a esperarla. Ponte cómoda.

Su teléfono sonó, y lo vi mirar la pantalla algo nervioso.

-Perdona, debo tomar la llamada. Pero no te vayas, dame un minuto.

Atendió e intercambió una breve conversación, sin darse cuenta creo, se dio vuelta y para cuando terminó la llamada me estaba mirando de frente. El dolor estaba aminorando y en su lugar empecé a sentir otro tipo de calor. Y pensé, “esta es mi oportunidad, desde siempre me lo quiero garchar”. Estábamos solos, en su oficina privada y con nadie afuera, y ni siquiera tenía remera puesta. Él ya no disimulaba tanto su mirada, pero tampoco decía nada. Decidí dar otro paso yo, y le dije

-¿Te molesta si me saco el corpiño? También se llegó a mojar un poco.

-No, para nada. Ponte cómoda.

Él comenzó a bajar la mirada pero yo busqué sus ojos con los míos y lo miré fijamente. Muy lentamente me desabroché el corpiño y lo dejé caer al piso, quedando desnuda de la cintura para arriba. Sin romper el contacto visual, empecé a acariciar mis pechos, soplando para aliviar el dolor. Sus ojos fueron directo a mis pezones y de nuevo a mis ojos. Su erección era notable, y yo estaba muerta de ganas.

-¿Puedo ayudarte con eso? -preguntó tímidamente-.

Asentí y me acerqué a él. Tomé una de sus manos y la puse en mi pecho, desde abajo, evitando que sus dedos toquen la parte quemada. Él empezó a apretar mi teta, a pesar de que su mano era enorme no podía cubrirla entera. Con la otra mano hizo lo mismo, e imitándome se agachó para soplar suavemente mi pecho. Su aliento fresco puso más duros mis pezones, que comenzó a acariciar con el pulgar. Se llevó uno a la boca, primero mordiendo suavemente y después succionando. Yo ya había olvidado el dolor, que apenas sentía si me rozaba la parte del cuello. Como es bastante más alto que yo, me llevó al escritorio. Me subió con delicadeza, y se sentó de frente en su silla. Comenzó a acariciar mis muslos sobre la tela del pantalón.

-Creo que se te mojó también el pantalón, ¿no? -Dijo de manera juguetona-. Deberías sacártelo.

Sin bajarme del escritorio me bajé el pantalón. Él me agarró de los costados de la tanga acercándome y me dio un beso. Incluso sentado más bajo de lo que yo estaba, se notaba que es más alto. Me abrió de piernas y hundió su cabeza en mi zona íntima, oliendo mi aroma fresco, al jabón neutro que usé en la ducha una hora antes. Yo como siempre estaba totalmente depilada, y la tanguita que hacía juego con el corpiño también tenía transparencias. Me acarició sin sacarla, recorriendo con su dedo toda la zona. La corrió con cuidado, se chupó un dedo y me lo metió hasta el fondo, explorando mi interior. Se llevó el dedo a la boca para saborear mis fluidos, y puso una cara de placer que me dio mucho morbo. Me siguió masturbando con los dedos mientras yo abría más mis piernas para darle una mejor vista. Pero lo que yo quería más que nada era tener una pija adentro. Le tiré del brazo haciendo que se pare, quedando yo chiquita en su escritorio. Se sacó el cinto y se desabrochó el pantalón, dejándolo caer a sus rodillas. Llevaba un boxer negro de marca, y un bulto grande en él. Me acomodó al borde del escritorio, y comenzó a rozar mi clítoris con su bulto. Yo le saqué la pija del boxer, durísima, y me tomé un momento para apreciarla. Estaba firme, gruesa, y también depilada, como me gustan a mí. Sus venas recorrían el tronco de la misma forma que recorrían sus brazos y eso me calentó porque muchas veces me había imaginado cómo sería. Era más bien larga, pero proporcional, en definitiva una buena pija. Me la metió con cuidado, dejándome sentir cada centímetro adentro. Pegué un suspiro cuando llegó a mi tope interno, confirmando que me estaba llenando toda la concha. Comenzó a moverse rítmicamente, con delicadeza pero decidido. Me miraba a los ojos con cada penetración, con una cara de placer que me estaba volviendo loca. Estuvimos así un rato, hasta que me levantó y me puso de espaldas contra la pared de la oficina, parada con una pierna sobre su silla. Me agarró de espaldas y me empezó a coger por atrás. Mientras me embestía me besaba el cuello y apretaba mis tetas. Yo buscaba morderle la mano para no gemir. Con mi mano me masturbaba el clítoris para elevar el placer. Yo acabé primero, pero lejos de frenar eso pareció inspirarlo más, y me siguió cogiendo por atrás hasta que él también estalló.

Cuando terminamos me cambié con su remera y mi pantalón y me acompañó a la enfermería donde me dieron una pomada para la quemadura. Desde ese día estuvimos un par de veces más, los días que él llega temprano, y disfrutamos de un desayuno corporativo donde me trago toda la leche. Espero que les haya gustado, sin dudas les voy a estar contando más. Les mando un beso enorme y que tengan linda semana, Lola.