Gimnasio, morbo y tentaciones (1)
En el espejo del gimnasio, las miradas se vuelven caricias. Él no solo la observa, sino que la reclama. Y cuando la puerta se cierra, el deseo no conoce límites ni prudencias.
Me presento en mi primer relato.
Soy uruguaya y viví un tiempo en España. Tengo 29 años, el pelo oscuro y la piel clara. Mis pechos son medianos, mi culo grande, y lo demás… lo iréis descubriendo en cada relato.
Había empezado a entrenar en un gimnasio nuevo, aprovechando la mudanza a un pueblo pequeño. En el horario en que solía ir éramos casi todas tías. Algún chaval joven o algún hombre de vez en cuando, pero nada fijo. Por eso, no me costó darme cuenta cuando apareció él: más de metro ochenta, espalda ancha, pectorales trabajados, brazos grandes, sonrisa encantadora y ese pelo siempre impecable.
Intercambiábamos miradas en los espejos. Yo lo observaba levantar el doble de mi peso y me ponía cachonda viéndolo sudar, con los músculos marcados y esa energía viril de tío empotrador. A los pocos días ya me tocaba siempre al volver del gym, pensando en él.
Él, por su parte, me miraba el culo sin cortarse, como si ya fuese suyo. Lo hacía delante de las demás chicas, y aunque ellas también le echaban el ojo, él solo me miraba a mí, calentandome todavía más.
Un día, al salir con los cascos puestos, todavía con el cuerpo palpitando del entreno, sentí que me daban un toque en la espalda. Me giré: era él.
—Hola, me llamo Nicolás. A ver si dejamos las miraditas y me saludas, que no muerdo. —Hola —contesté haciéndome la indiferente, aunque por dentro estaba empapada. —Venga ya, guapa. He visto cómo me miras. Puedes darme algo más que un hola.
Me mordí el labio y sonreí. Vi cómo en su pantalón se asomaba un bulto tremendo. Yo tenía las bragas mojadas. No sé qué se me cruzó por la cabeza cuando le solté:
—Bueno, si tanto quieres charlar, tengo cinco minutos andando hasta casa. ¿Me acompañas?
Hablamos de entrenos, proteínas, cosas sin importancia. Al despedirnos, me agarró de la cintura y me comió la boca con total descaro, besándome como si llevara meses esperando ese momento. Me apretaba el culo con una mano mientras me devoraba la boca.
—Vamos a entrar —le susurré entre jadeos.
Apenas cerramos la puerta, me empotró contra la pared. Me bajó las mallas, apartó las bragas y se arrodilló a comerme el coño. Su lengua subía y bajaba, acariciándome incluso el culo. Un dedo entró en mí sin esfuerzo, empapado en saliva y lubricación. Yo estaba a mil. Intenté girarme para chupársela, pero no me dejó: me mantuvo contra la pared, una mano apretándome las tetas, la otra tirándome del pelo, mientras frotaba su polla dura contra mi culo.
La notaba grande, curvada hacia arriba. Sacó un condón del bolsillo, pero le agarré la polla con la mano y me la metí de golpe. Sentí un morbo brutal al obligarlo a hacerlo sin goma.
Me embestía con fuerza, sujetándome de la cintura. Yo gemía sin poder callarme.
—Me corro —dijo, intentando apartarse. Yo retrocedí también, impidiéndole salir. —Ayyy, papi, eres mío. No pares… córrete dentro, córrete conmigo —gemí justo en el momento en que me corría fuerte, sintiendo cómo me llenaba de corrida caliente.
Cuando se apartó, me arrodillé, saboreando lo que quedaba. Se subió los pantalones y se despidió como si nada.
Al día siguiente volví a entrenar. En la ducha pensaba en la follada de ayer. A esa hora casi siempre estaban vacías. Yo estaba en tetas, a punto de bajarme lo de abajo, cuando una chica salió de la ducha y se sentó justo a mi lado en el banco, a pesar de que había espacio de sobra.
—Hola, ¿te puedo hacer una pregunta? —me dijo. —Sí, claro —contesté, algo sorprendida. —¿Cuántos años tienes? —Veintinueve. ¿Y tú? —Veintidós. ¡Pensaba que tendrías veintitrés, veinticuatro! Estás tremenda.
Me reí, halagada pero incómoda. Ella estaba desnuda, con el pelo mojado cayéndole por el cuello, piernas fuertes de entrenar, abdomen plano, cintura estrecha. Un cuerpo envidiable.
—Yo le decía a Nicolás que parecías más joven… —¿Perdona, quién? —pregunté haciéndome la loca, con el corazón acelerado. —Mi novio, hasta hace un rato el único tío entrenando aquí. Lo habrás visto. —Sonrió con complicidad.
Me quedé callada. Ella siguió, sacando ropa de su taquilla: —Bah, no pasa nada. Os vi mirándoos. Si no te mirara a ti, pensaría que le van los tíos. Es que estás demasiado buena.
Me dio la mano: —Un gusto, soy Nicole. —Gabriela —contesté.
Ella empezó a vestirse y a mirar el móvil como si nada. Yo sonreía por dentro, pensando en cómo seguiría follándome al novio de aquella cornudita.
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