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Madura cornuda follada por su mejor amigo (2)

Fe lleva un mes soñando con el olor de su cuerpo y el sabor de su semen. Cuando finalmente se encuentran, la discreción se rompe y la tensión acumulada estalla en una noche donde el placer supera cualquier remordimiento.

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Retomo el relato de mi efímera relación como amante con mi amiga Fe. Es la misma historia contada en “La aventura de mi amiga Fe”, pero esta vez desde su punto de vista. Los hechos son totalmente reales, los pensamientos de ella, suposiciones mías basadas en el profundo conocimiento que tengo de mi amiga Fe. A partir de ahora, habla ella.

Como se refleja en el relato “Madura cornuda follada por su mejor amigo”, mi nombre es Fe, tengo poco más de 50 años y el verano pasado, tras sufrir alguna infidelidad por parte de mi marido, decidí quitarme mis muchas inhibiciones para pasar una tarde/noche loca, con mi amigo y compañero de trabajo Roberto, de mi misma edad.

El trato inicial fue tener relaciones una o dos veces. Como no sabíamos si en la primera ocasión nos íbamos a atrever a hacer algo, dijimos que podríamos considerar repetir. Sin embargo, metidos en harina, los dos nos dejamos llevar de lleno por el desenfreno. Tuvimos relaciones completas, que resultaron extremadamente placenteras para los dos. Al salir de su casa, le dije que no debíamos repetir nunca más y él, como es obediente y respetuoso, no intentó ningún acercamiento posterior.

No obstante, os tengo que decir que hubo una segunda parte, que os contaré dividida en dos relatos debido a su extensión. Segunda y última vez que me acosté con él, pues ha pasado un año desde esa ocasión y no hemos vuelto a comentar el tema ni a hacer ninguna aproximación al respecto. Mis escarceos fuera del matrimonio y particularmente con Roberto han acabado. He vuelto a tener una relación maravillosa con mi marido Iván, incluida en el plano sexual, donde hemos incorporado algunas de las cosas que aprendí con Roberto. Por tanto, puedo decir que mi infidelidad, a la postre, acabó siendo beneficiosa también para mi marido, aunque eso es algo de lo que jamás se enterará.

Volviendo adonde lo dejé en mi primera confesión, tras nuestra tarde de sexo, Roberto y yo nos vimos en la oficina apenas un par de días, pues una vez iniciado el verano empezaron las idas y venidas de ambos con destino a nuestras merecidas vacaciones, por lo que durante el mes de julio y la primera quincena de agosto no nos vimos en absoluto.

En los dos días inmediatamente posteriores al “Día D” creo que él estaba a la expectativa, para ver cómo reaccionaba yo. Se le veía que quería hablar del tema, pero yo traté de evitarle, a él y a la conversación sobre nuestra tarde/noche loca. Ni siquiera bajé a desayunar con él, como hago casi todos los días. Se debía a dos motivos, en primer lugar, como le dije, tenía mucho trabajo, como me ocurre siempre en los días previos a las vacaciones. Lo que no le dije es que yo me sentía sucia, físicamente sucia. Él se había corrido dentro de mí la noche anterior, sin condón, y de forma muy abundante. Aunque me duché en su casa y por la mañana, en la mía, me volví a lavar en el bidé, aún me salían de vez en cuando gotitas de su semen que habían quedado en el fondo de mi vagina. Yo me olía claramente a semen. Incluso me parecía que mi vagina seguía desprendiendo un olor fuerte a excitación. Supuse que los demás también lo olerían, por lo que no quise acercarme a nadie en esos dos días, más que lo estrictamente indispensable.

Roberto y yo solo coincidimos en alguna charla ocasional dentro de algún grupo mayor de personas y en el momento de marcharme yo de vacaciones, en que le despedí con dos besos, que le di un poco azorada y de forma apresurada, mientras le deseaba unas felices vacaciones.

Después, como he dicho, pasó un mes y medio sin vernos, pues antes de que yo volviera de mis vacaciones el cogió las suyas. Tengo que reconocer que durante ese periodo de separación no dejé de pensar en lo que había pasado. Recordaba continuamente su olor, el de su cuerpo y el de su polla, todo hay que decirlo. Sus besos, sus abrazos, sus caricias, pero también las caras que ponía cuando se corría, sus gemidos, su voz cuando estaba cachondo, su pene… Ese verano no paré de pensar en sexo, por supuesto, siempre con él. Incluso cuando hacía el amor con mi marido, pensaba que quien me follaba y se corría dentro de mí era Roberto, lo cual hizo que esas relaciones con mi marido fueran super placenteras, lo cual notó el propio Iván.

Después de la Virgen de Agosto, nos volvimos a ver. Cuando el volvió de vacaciones, yo ya había vuelto hacía un par de semanas. La ciudad estaba vacía, la empresa también. Yo estaba sola en casa, pues mi marido estaba en su pueblo cuidando de su madre, y mis hijos, ya veinteañeros, estaban de vacaciones con sus amigos.

El primer día decidimos quedar a comer en un restaurante de la zona. Nos costó encontrar un lugar abierto, pues la ciudad parecía una zona fantasma, con todo el mundo de vacaciones en la playa o en sus pueblos. Al principio, la comida transcurrió de forma tranquila, contando nuestras vivencias vacacionales. Él me contó sus vacaciones en Irlanda, donde tiene a su hija estudiando, y yo mis vacaciones en la playa, en familia, y las visitas al pueblo de Iván, momento en el que aproveché para echar pestes de mi suegra.

En algún momento durante el segundo plato, me quedé pensativa y en silencio durante varios segundos. Él se dio cuenta y me preguntó:

- ¿En qué estás pensando?

- [Yo le sonreí avergonzada] Me estaba acordando de lo que hicimos. [Era la primera vez que hablábamos del tema.]

- Como para no acordarse. ¿Has pensado en ello mientras estuviste con tu familia de vacaciones?

- Sí, a veces se me venía a la cabeza, pero de una forma muy rara.

- ¿Rara? ¿A qué te refieres?

- Pensé que iba a tener cargo de conciencia por ser infiel a Iván, pero en absoluto. Lo que me hizo provocó que sintiese que me debía algo. Al acostarme contigo, siento que estoy en paz. No le guardo rencor y creo que si no me hubiese acostado contigo sí se lo guardaría.

- Estáis empatados, ja, ja, ja.

- Bueno, él se acostó con su amante 3 o 4 veces, según me enteré, y nosotros solo una.

- Habrá que empatar, ja, ja, ja. (“Bieeen”, pensé.)

- Veo que has vuelto de las vacaciones igual de papón que siempre.

- Me decías que habías sentido cosas raras con este asunto.

- Sí, es verdad, que me lías con tus tonterías. La cuestión es que he pensado mucho en ti y en lo bien que me sentí. Hubo dos momentos en especial en que la cosa se me fue de madre.

- ¿Y eso?

- Me da un poco de vergüenza contártelo.

- Creo que tú y yo superamos esa barrera hace tiempo.

- A veces pienso en algunas cosas que me hiciste y me muero de vergüenza. [Recordé cuando me comió el coño y me excité tanto que me corrí en su boca. Buuuf, cada vez que lo recuerdo necesito cambiarme de bragas. No es broma]. El caso es que la semana pasada me acosté con Iván y mientras lo hacíamos pensé en ti. Fue la mejor relación que hemos tenido en mucho tiempo. El propio Iván me dijo que llevábamos años sin disfrutar del sexo tanto como esa noche.

- Ya me puede dar las gracias.

- Papón, no le dije que yo estaba más excitada porque me imaginé que eras tú el que me tocaba y me penetraba. [En el fondo, Roberto tenía razón]

- Espero que no se te escapara mi nombre.

- ¿Tú eres tonto?

- Ni a él el de su antigua amante.

- Roberto, por favor. Esta conversación me está dejando de hacer gracia. [Roberto por lo general era un amigo – y últimamente también amante - maravilloso, pero a veces se venía arriba y le dejaba de funcionar el filtro].

- Perdona, tienes razón. Bueno, me halaga mucho que hayas pensado en mí mientras hacías el amor. [Me encantaba que me dijese esas cosas] ¿Y la segunda ocasión?

- Cuando estábamos en el pueblo de Iván, una vez me desperté en medio de la noche y no sé por qué, empecé a pensar en ti y a recordar todo lo que hicimos. Me entraron unas ganas tremendas de hacer el amor. [Mientras se lo contaba miraba a todos lados, para comprobar que nadie me oía, aunque el restaurante estaba casi vacío. Bajé mucho la voz para continuar mi confesión]. Mojé las braguitas. Me levanté para ponerme una muda limpia, pero pensé en que me vendría bien una ducha, pues estaba un poco acalorada. Como seguía excitada, empecé a tocarme un poco y acabé dirigiendo la alcachofa de la ducha contra mi vulva y al poco roto sentí un orgasmo super placentero. [Jamás le había contado a nadie unas cosas tan intimas. Ni a mi marido, ni a mi hermana, ni a mis mejores amigas. Pero a él me apetecía contárselas]

Él me miraba obnubilado y creo que bastante cachondo. Hacía rato que había dejado de prestar atención a sus chuletas.

Me preguntó, un poco morboso:

- ¿Sueles aprovechar la ducha para hacer esas cosas?

- Qué va. Alguna vez hace muchos años, antes de casarme, y sin llegar al orgasmo, pero después nunca.

- Pues el otro día te vi mucho manejo en el arte de la masturbación. [Casi me muero de vergüenza cuando escuché eso]

- ¿Tú crees? Cuando tengo sexo con Iván es la única manera de llegar al orgasmo, así que con los años he aprendido a conocerme y a saber dónde me gusta que me toquen, pero nunca lo he hecho sola, siempre en compañía de Iván.

- Así que fue tu primer orgasmo solita. Vaya, está siendo un verano de muchos descubrimientos para ti.

- Es verdad. También me impactó mucho otro descubrimiento que tuve contigo.

- ¿Sí? ¿Cuál?

Me volví a poner roja y tardé unos segundos en contestar. Tras comprobar que ninguno de los pocos clientes presentes, y tampoco el camarero, me escuchaban, me atreví a decirle:

- Cuando me chupaste la vagina. [Me escuchaba a mí misma y no me creía que fuese yo la que hablaba. Además, la máquina de flujo se había puesto a funcionar y ya tenía las bragas empapadas. Yo misma me olía mi propio coño. ¿Lo percibiría él también? Llegados a ese punto, me excitaba pensar que él estaría oliendo mi excitación] Fue un momento de intimidad tremenda. Noté que te gustaba mucho y eso me hizo excitarme aún más. Nunca pensé que nadie metería su lengua en esa parte ni que yo lo disfrutaría tanto.

- ¿No lo haces con Iván?

- Nooooo. ¡Qué dices! Estás loco. Con lo aprensivo que es. Le daría un asco tremendo.

- ¿Se lo has pedido?

- Qué va. Me moriría de vergüenza.

- Creo que tienes muchas inhibiciones. A lo mejor te sorprende. También podéis probar. Si le gusta, fantástico, y si no, pues mala suerte.

- Además, si se lo pido, seguro que me pide que yo le chupe a él, y me niego a hacer eso.

- ¿Por qué?

- No sé, me parece muy impactante. [Por un momento me imagine chupando, no el pene de mi marido, sino el pollón de mi amante. Buuuf, del tamaño yo creo que me darían hasta arcadas]

- ¿Y probarlo una vez?

- No me veo. No me atrae.

- Tampoco te atraía que te chupasen y acabaste corriéndote como una perra.

- Pero que papón eres. [Me puse super roja, sobre todo porque era completamente verdad lo que decía. Yo no solía hablar así ni mi marido tampoco, en la cama, pero con Roberto sí me excitaba que hablásemos de sexo de esa forma tan explícita e incluso tan soez] Aunque la verdad es que últimamente me he sentido, en ocasiones, como una perrilla en celo. A mi edad, con 52 años…

- Nunca es tarde, si la picha es buena.

- ¿Qué?

- Nada, nada, que nunca es tarde.

- Como me he sentido últimamente tan receptiva con el tema del sexo, había pensado una cosa. [Esta vez yo estaba muy tranquila, sabía que Roberto me diría que sí encantado]

- ¿Sí, cuál? [El pobre estaba babeando solo de pensar en que me iba a follar de nuevo. Aunque yo estaba igual, babeando, pero por el chumino]

- Repetir.

- ¿Acostarnos otra vez?

- Sí, pero la última, que no quiero que esto se convierta en una costumbre.

- No voy a ser yo el que diga que no.

- ¿Te parece aprovechar que Iván sigue fuera para vernos una tarde en tu casa?

- A ver, podemos hacerlo cuando quieras. Con decir que quedas a comer conmigo un día de trabajo, lo tienes fácil.

- Ya, pero no quiero volver a casa después apestando a tu colonia y a sexo.

- No será para tanto.

[¿Tendrá poca vergüenza? Pero si la otra vez parecía que llevaba dos años sin eyacular de la cantidad de semen que soltó dentro de mí, que al día siguiente todavía me seguía rezumando. Me pasé el día manchando bragas y hasta me tuve que poner un salvaslip].

Me salió del alma decírselo, con un pequeño tono de reproche:

- La otra vez, eyaculaste dentro de mí y al día siguiente todavía me seguían saliendo de vez en cuando gotitas de tu semen. Estaba super incómoda en la oficina. Me olía yo misma a sexo y a semen. No me moví de mi sitio en todo el día.

- Ja, ja, ja. Por eso no bajaste a desayunar. Entonces es mejor que nos veamos mientras Iván siga con su madre y tus hijos estén fuera.

- Sí, imagínate que me acuesto contigo y luego esa noche Iván quiere acostarse conmigo.

- Pues le dices lo de siempre, que te duele la cabeza y tienes sueño. En cualquier caso, ese será un mal día para pedirle que te coma el chumino. [Ese era un chiste que jamás se habría atrevido a hacerme antes de tener relaciones conmigo, pero ahora nuestra amistad había adquirido una profundidad, una intimidad y una dimensión desconocida y totalmente nueva. Aunque no sé si yo estaba preparada para recibir ese tipo de comentarios de él, pues seguía siendo mi compañero de trabajo y mi mejor amigo]

- Pero que cerdo eres. ¿A que no dejo que me lo vuelvas a chupar?

- ¿Estás segura de que quieres eso?

Yo pensé, “no, por favor, por favor, por favor, quiero que me lo vuelvas a chupar”, pero solo le respondí: “Papón.”

Terminamos de comer y yo me fui un momento a casa, antes de retomar la jornada laboral vespertina. El motivo, la conversación me había hecho excitarme y había mojado las bragas. Necesitaba cambiarme, pues me encontraba incómoda y no quería volver a la oficina así. Se lo conté, pues con él tengo mucha confianza. Me pareció que al contárselo él se excito, por lo que no le dejé acompañarme a casa, no fuese que la cosa se pusiese más peligrosa y caliente.

Diez días después

Quedamos en repetir para diez días después. Los fines de semana yo me iba al pueblo con mi marido y entre semana me quedaba en la ciudad, de “Rodríguez”. Le propuse que quedásemos al final de las vacaciones de mi marido, con margen, para que cuando volviera hubieran desaparecido de mi cuerpo todos los indicios de que Roberto me había follado. Preferí que no quedásemos en los primeros días, porque temía no poder reprimirme y que acabásemos follando como perros todos los días hasta la vuelta de mi marido. [Aunque lo pensé, con él no utilicé esa expresión, pues me da mucha vergüenza hablar así cuando no estamos en la cama]

Como en nuestra primera ocasión, tras un día de trabajo, volvimos a nuestras respectivas casas, nos duchamos y acicalamos, y a última hora de la tarde yo estaba, puntual, en la puerta de su casa, vestida con un bonito vestido veraniego, aunque distinto del de la otra vez, y los mismos zapatos de medio tacón que en la ocasión anterior. También me había pintado, cosa que ni suelo hacer, e incluso había ido a la peluquería, para peinar mi larga melena entre negra y canosa. Yo me veía guapísima e irresistible en el espejo. Seguro que no era para tanto, pero para Roberto, no tengo dudas, esa noche yo sería la mujer más guapa del mundo. Cuando me vio, por la expresión que puso, creo que le gusté.

Me había puesto mis zapatos de medio tacón que, acostumbrada a llevar zapato plano, me hacían ser casi tan alta como él, lo que me hacía sentirme un poco más poderosa, lo cual también me excitaba.

Esta vez no anduvimos con tantos rodeos como en la primera ocasión. Se notaba que el rodaje estaba ya hecho. Nos tomamos una bebida, pero nos sentamos en el sofá, muy cerca el uno del otro. A veces, durante la conversación, él ponía una mano sobre mi rodilla desnuda. Yo le miraba fijamente mientras hablaba, con una sonrisa inmensa, pues estaba super contenta por lo que estábamos a punto de hacer. A veces, para apoyar una afirmación, yo colocaba la palma de mi mano sobre su pecho para provocarle, a ver si se atrevía a dar el primer paso.

Estaba claro que esta vez no había tanto miedo a tocarnos, pero del mismo modo, se ve que él, debido a su timidez y al gran respeto que me tiene, necesitaba un gesto, un ademán, que desatara la veda entre nosotros y nos permitiera dar rienda suelta a nuestras pasiones, especialmente a las más bajas.

La tensión sexual se cortaba con cuchillo, se respiraban en el ambiente las feromonas. Aprovechó un efímero silencio para poner su mano derecha sobre mi muslo izquierdo y empezar a acariciarlo. Yo sonreí agradecida, pues lo estaba esperando y deseando. Por fi, este papón se atreve a algo, que no soy tan monjita como parezco. Debería saberlo ya a estas alturas. Su mano se fue moviendo bajo el vestido. La conversación terminó. Había llegado el momento de que los dos pasásemos a la acción. Para que no tuviese dudas de lo que yo quería, le cogí el brazo con el que me estaba acariciando, para apoyar sus movimientos, no sea que tuviese la tentación de parar. Su mano subió hasta la parte alta de mi muslo, hasta tocar mis bragas. Yo ya estaba a puntito de caramelo.

Sacó la mano y comenzó a besarme en los labios. En poco tiempo, estábamos dándonos un beso muy húmedo, en el que nuestras lenguas luchaban una contra la otra por ver quién daba más placer al otro. Cuánta sensualidad en un hombre tan tímido, que apenas sí se atreve a mirar a las chicas jóvenes de la oficina por no ofenderlas. Mi Roberto, mi queridísimo amigo Roberto, mi compañero eterno de trabajo, que ahora solo oír su nombre u oler su colonia me provoca unas ganas de follar terribles. Cómo ha cambiado mi percepción sobre él.

De mi boca, todavía con los labios llenos de nuestra respectiva saliva, pasó a mi cuello. Yo estaba totalmente entregada al placer, profundamente erotizada. Tenía las bragas empapadas. Él no me iba a la zaga, pues me fijé en que tenía una erección tremenda que aumentaba por momentos. No me pude refrenar y puse mi mano sobre su pene:

- Madre mía, como estas. Estás super duro [le dije mientras acariciaba su pene a través del pantalón. Se me notaba que estaba cachonda hasta en la forma de hablar, involuntariamente insinuante. Parecía una putilla de película barata, ja, ja, ja. Sin duda él se dio cuenta]

- Tú tienes la culpa. ¿Y tú, cómo estás?

- Creo que me está saliendo mucho flujo. Como sabía lo que iba a pasar, me he traído una muda limpia en el bolso para ponerme después de que nos duchemos. [Mujer prevenida vale por dos]

- Si estás incómoda, te puedo quitar las bragas.

- Ja, ja, ja, no sé. ¿Tan pronto? [Mmmm, me encantó esa propuesta]

El tío estaba tan cachondo que no me dio tiempo a quitarme las bragas yo misma. Me subió el vestido por encima de la cintura. Me hizo subir el culo para bajarme las bragas. A los dos se nos fueron los ojos a las bragas. Puaaaj, estaban totalmente empapadas de flujo vaginal. Tenían una gran mancha de color blanco oscuro, resaltada por el color negro de la ropa interior. Pocas veces en mi vida he sentido tanta vergüenza como en ese momento. Él se hizo el gracioso:

- Si quieres me las quedo yo y te las lavo.

- ¿Estás de broma? Pero como puedes ser tan guarro y tan papón. [Yo no estaba cómoda con esa situación]

- Imagínate que te olvidas las bragas usadas en el bolso y te las acabas llevando al trabajo.

- Déjate de tonterías y de bragas y préstale más atención a lo que tengo dentro de mis bragas. [Estaba tan incómoda con la visión de mis bragas sucias y sus comentarios al respecto, que le dije esa tontería por salir del paso, pero parece que funcionó]

En un gesto totalmente impropio de mí, me abrí de piernas y le mostré mi coño peludo y algo canoso, con esos labios colgantes y grandes que tan poco me gustan.

Se lanzó como un resorte a darme un beso en los labios (los de la vulva) y me dio un par de lametones. Yo me recosté hacia atrás en el sofá para ponerme cómoda y facilitarle el trabajo. Estaba deseando ese cunnilingus que tan bien se le da.

Sus lametones en mi vagina y alrededores, incluida una minuciosa limpieza de mi periné, que me sorprendió debido a lo mucho que su lengua se acercó a mi culo, se acompañaban de suaves gemiditos por mi parte mientras le acariciaba la cabeza. Utilizó la misma técnica que tanto me había gustado la última vez. Me introdujo primero un dedo y luego dos, en busca de mi punto g y, mientras, apretaba con la otra mano en la parte inferior del pubis.

Yo estaba a puntito de explotar. Buuuf, qué gustito. Apenas podía hablar.

- No pares, Roberto, por favor.

A partir de ahí, me desinhibí por completo y empecé a soltar por la boca una serie de cosas que en el pasado yo jamás habría ni soñado decir, y mucho menos ante Roberto.

- Soy como una perrilla en celo. Me encanta lo que me haces. Necesito correrme. Jolín que gustito me das, que gustirrinín, aaah, que lengua, dios mío, que gustito, sííííííi, aihhhhh.

Me corrí en su boca como una auténtica perra. Me quedé exhausta, abierta de piernas, con el vestido sobre la cintura y los zapatos puestos. El chumino entreabierto y grande, algo normal, tras dos partos. La rajita semiabierta estaba llena de goterones de flujo blanco. Una línea de líquido me caía por un lado de la vulva, por el periné, hasta el culo. Upps, creo que le manché el sofá. Roberto quería lavar mis bragas sucias, pero al final lo que le va a tocar es restregar el sofá, ja, ja, ja. Al menos será por una buena causa.

Me recompuse, me coloqué bien el vestido para volver a parecer una señora de orden en vez de una putilla salidorra que estaba siendo infiel a su marido y me levanté a beber un vaso de agua. Al volver, le ordené:

- Llévame a tu habitación. Ahora ya le puedes llamar la habitación del placer, ja, ja, ja. Y desnúdate.

Obediente, nos desplazamos hasta la habitación, donde se quitó todo menos el calzoncillo. Yo, agradecida por la comida de coño que me acababa de hacer, me puse de rodillas y le besé el pene a través de los calzoncillos. Incluso cogí con la boca la parte central y empecé a mover la cabeza hacia los lados con su pene cubierto en el calzoncillo. Por un momento, el pobre se pensó que le iba a hacer una felación. Ahí me porté un poco mal, pues por dentro me moría de risa. De pronto, paré y le dije:

- Esto es lo máximo que voy a hacer, ja, ja, ja.

A continuación, me quité el vestido y los zapatos. Luego me di cuenta de que se me olvidó quitarme el sujetador, pues las bragas ya me las había quitado cuando él me lamió el chocho. Me tumbé. Él me miró como si yo fuese la mujer más guapa y excitante del mundo. A mí él también me lo parecía. Estaba deseosa de que se metiera dentro de mí. Él se quitó el calzoncillo. Estuvimos jugando un rato, besándonos y masturbándonos mutuamente. Olíamos a sexo animal, cada uno de nosotros impregnado en el olor sexual del otro. Mis flujos cubrían sus manos y las mías olían a polla. En pocos minutos, se colocó sobre mí y me penetró. Él tenía los ojos abiertos y no dejaba de contemplar mi carita.

- Estás muy guapa cuando follas.

- Tú también.

- Creo que con tu marido las cosas que haces son un poco rutinarias, según me ha parecido entenderte, así que, si tienes alguna fantasía, no dudes en contármela, que yo la cumpliré.

- Mi fantasía eres tú, paponcillo, y esta cosa que tienes entre las piernas, que me vuelve loca. [Era verdad lo que le dije, pero también tenía alguna otra fantasía que en ese momento no me atrevía contarle]

- Yo tengo una fantasía [me dijo].

- ¿Cuál? [Me dio un poco de miedo. Temía que pudiese ser algo demasiado fuerte o que me hiciese daño o me diese asco]

- Correrme sobre tu cuerpo.

- Qué guarro [dije con un poco de aprensión. En el fondo me atraía la idea]. ¿Y dónde lo harías?

- En tu vello púbico. Quiero ver el exterior de tu chumino empapado con mi corrida. [Casi mejor, es más fácil limpiar el exterior del chumino que el interior, sobre todo si se corre a casi 20 cm de profundidad…]

- Podemos probar [le dije. Sin querer, me volvió a salir una voz de putita sensual y complaciente. Os prometo que no era voluntario, pero la excitación me hacía hablar así]

Sacó su pene de mi chocho y empezó a frotar mi clítoris con su polla, directamente, por el exterior. Dios, qué gusto. Siempre me ha sido más fácil correrme mediante caricias en el clítoris que con la penetración, por lo que yo estaba en la gloria al notar la fricción de su miembro subiendo y bajando por mi clítoris. No pude evitar unos gemidos intensos, pues veía que me iba a correr. Pero él no podía más.

Jolín, me hubiese encantado correrme a la vez que él, pero de repente se separó un poco de mí y se corrió como un caballo. El semen le salía a borbotones. La primera sacudida me llegó a las tetas [en ese momento reparé en que no me había quitado el sujetador, que se me manchó de semen. Tenía bragas de repuesto en el bolso, pero sujetador, no]. La segunda, más corta, se quedó en mi tripita y me llenó el ombligo. La tercera se quedó en el vello púbico, que quedó cubierto de goterones de semen.

Cuando terminó, me miró. Creo que le di pena, pues me había dejado hecha un cristo. Toda la mitad de mi cuerpo, entre el coño y las tetas, sujetador incluido, lleno de gotas de semen. Yo me sentía como una guarra de primer nivel. Recien follada, super cachonda aún tras el orgasmo interruptus y parte de mi cuerpo cubierto por un denso, abundante y muy blanco líquido viscoso. Yo entera me olía a corrida masculina.

- Estás guapísima. No sabía que el semen te quedaba tan bien. Estás de foto.

- Sí, de foto porno.

- ¿Te hago una? [Me excitó la idea, pero me pareció muy arriesgada. A saber dónde podría acabar la foto]

- Ni de broma. Tendría que matarte. Encima me has manchado el sujetador.

Me levanté con cuidado de que no se me cayera el semen al suelo, pues, aunque esos restos eran suyos, bastante le había manchado yo el sofá y las sábanas. Rápidamente me metí en la ducha.

CONTINUARÁ (En un tercer relato, contaré la parte final de esta última noche de sexo que tuvimos)