Cuba 2025 (III)
Ana María no solo quiere tu dinero, quiere tu virilidad. Y lo más peligroso no es lo que hace contigo, sino lo que te pide que hagas con su marido.
Durante el viaje de vuelta, Yaneris dijo que no quería que ese día acabase, porque lo había pasado muy bien, pero su madre le contestó que parecía que no quisiese cumplir los 18 dentro de dos días.
En ese momento me enteré que la hija cumplía la mayoría de edad en un par de días.
Yo le dije que era un día muy especial y me gustaría regalarle algo que le hiciese ilusión.
Me dijo que al día siguiente, por la tarde, cuando saliese del preuniversitario, podíamos ir a un centro comercial donde había vestidos preciosos, pero que tampoco eran muy costosos para los extranjeros. Le dije que por mí, perfecto.
Ana María dijo que ella también se apuntaba y su hija le dijo que ni hablar, porque iba a ir con un par de amigas y luego me llevarían a una hamburguesería que se comían las mejores de la Habana.
Al día siguiente, cuando me desperté, los chicos ya se habían ido, por lo que desayuné solo. Ana María estaba de morros, pero no le presté mayor atención. Tan sólo hablé con Lucho y le comenté que quería comprar algo de ron y buenos habanos.
Enseguida comenzó a contarme que iba a llevarme a algún sitio que él conocía y se le veía ilusionado.
Fuimos a una casa particular de un amigo suyo y le dijo que veníamos buscando cohibas.
El hombre abrió la puerta de una habitación y la sorpresa fue mayúscula porque había una mujer blanca con buenos pechos cabalgando a un tipo que parecía extranjero. La mujer intentó taparse con la sábana y comenzó a soltar improperios por su boca, pero el dueño de la casa le dijo que primero los negocios y luego el placer.
Cogió varias bolsas de un armario y salió, volviendo a cerrar la puerta. Nos contó que era un italiano que había ido a comprar puros y le había dicho si conocía alguna chica, entonces él por una pequeña comisión llamó a una jinetera que conocía y como el italiano estaba en un hotel y no la dejarían pasar, por otra pequeña comisión les dejó la habitación.
El señor me estuvo enseñando varios tamaños, estuve oliendo y elegí un robusto para encenderlo y probarlo. Efectivamente, era muy bueno y negocié precio para dos docenas.
Luego fuimos a por ron, pero por el camino lo invité a un café con pastas.
En la casa que me llevó, fabricaban el ron en un sótano. Me dieron a probar, pero no me gustó mucho el tema salubridad junto con el de la humedad en paredes, pero como a Lucho le pareció bueno, cogí dos botellas a muy buen precio.
Al salir, le dije que íbamos a comprar otras dos botellas pero de uno que no fuese casero y allá que fuimos.
Al regresar, Ana María estaba haciendo cuentas para poder hacer una barbacoa en la azotea con el fin de celebrar al día siguiente el cumpleaños de Yaneris.
Yo le dije que sólo le había dado los 90 dolares por las tres primeras noches, pero iba a darle 300 por diez noches más y así podría solventar esos problemas. Se levantó y me dio un abrazo diciendo lo bueno que era y dándome las gracias.
Además, le dije que yo iba a poner el ron con las 4 botellas que traíamos y compraría cervezas.
Lucho estaba emocionado y dijo que conocía un sitio que si cogíamos como mínimo cinco cajas, nos hacían buen precio y nos las traerían a la casa. Entonces Ana María le dijo que fuese rápido a encargar las cinco cajas y el yuma les pagaría cuando las trajesen.
Cuando nos quedamos a solas, evidentemente, sonrió con malicia y se fue acercando como si estuviese bailando, pasó sus manos por mis hombros, mis brazos, cogió mi polla con una mano y con otra mi nuca y comenzó a comerme la boca con locura. Me dijo que era muy bueno con ellos y que tenía tanto que agradecer. Me metía la lengua hasta la campanilla mientras me pajeaba sin parar de mover todo su cuerpo y de rozarme por todos lados.
Le dije que me sorprendió con los besos porque hasta ahora no lo había hecho y yo creía que era tabú, como lo de no hacerlo delante de Lucho.
Ella me dijo que íba a romper muchos límites conmigo, pero le tenía que seguir el juego y me dió unas cuantas instrucciones para cuando regresase Lucho, que me dejaron, por un lado, pensando si no estaba ante el mismísimo demonio y por otro, contando los segundos para que todo ello sucediese.
Le di los 300 dolares de la estancia y antes de ir a comprar la carne para la barbacoa, prefirió otro tipo de carne, pues me hizo sentar una vez más en el sofá, comiéndome entero. La boca, el pecho, los hombros, ombligo, culo, huevos y polla. Nada quedó sin lamer ni besar.
Se quitó las bragas y se subió a caballito y se corrió rápidamente. Era increíble la capacidad que tenía para correrse y se lo dije. Me contestó que mi pinga y yo la poníamos muy caliente.
La cogí al vuelo, levantándome del sofá y le dije que pusiese sus brazos alrededor de mi cuello y sus piernas rodeando la cintura. Con mis brazos en sus glúteos, la subía y la bajaba como quería y volvió a correrse, echando una barbaridad de flujo en mi polla. Finalmente, le di por detrás a cuatro patas en el sofá y nos corrimos ambos.
Le dije que se echase un poco de agua en la cara porque la tenía desencajada y la mirada como ida de tanta corrida.
Se fue a por la carne y otras cosas. Cuando llegó Lucho, venía con un chico en una furgoneta, llevando consigo las cajas de cerveza. Le pagué y a pesar del buen precio a que nos dejó las botellas de cerveza cristal, nos regaló media docena de cervezas bucanero. Metimos unas cuantas cervezas al frigorífico.
Al regresar Ana María, dijo que para que saliese todo bien al día siguiente, teníamos que hacer una prueba de todo.
Subimos a la azotea. Tenía un aspecto descuidado. Había varias sillas viejas y un sofá medio desvencijado, además de leña y una barbacoa de hierro.
Lucho encendió la barbacoa, mientras yo subía unas cervezas y Ana María preparaba unas croquetas y la carne.
Mientras hacíamos las brasas y la carne conté que Lucho llevaría 5 cervezas bucanero por lo menos. Yo llevaba dos cristal.
Subí pan y un poco de embutido del que yo había traído en la maleta y al llegar vi que Lucho ya había abierto una botella del ron casero y llevaba un buen vaso.
Comimos muy relajados, riendo y contando anécdotas. Yo tomé otra cerveza, pero Lucho ya no dejó el ron, del que llevaba media botella ya.
Una vez comidos, Ana María bajó a hacer café y aproveché para comenzar el plan que ella había ideado horas antes.
Le pregunté a Lucho si era cierto lo de que a los hombres de allí les pasaba factura sexual lo de no comer carne. Me contestó muy serio y medio ebrio que sí. Le dije que llevaba hoy sí había comido carne y que si notaba mayor vigor, a lo que me respondió que no sabía.
Yo le dije que íbamos a comprobarlo y cuando subió su mujer con el café y lo puso en los vasos, le dije que su marido igual respondía a estímulos ya que había comido carne hoy.
Ella dijo "ah si, a ver". Se sentó en el paquete de Lucho y comenzó a moverse como bailando perreo. Le dije que iba a ponerles música y todo, por lo que puse en mi móvil la canción "el merengue" de Turizo. Ana María comenzó a bailar y a mover el culo encima de Lucho al ritmo de la música y decía "ay, parece que sí Lucho, parece que despierta, qué buena noticia". Yo mientras le daba ánimo y le decía que se concentrase, que podía conseguirlo.
Acabó la canción, Ana María se arrodilló ante los dos y nos bajó los boxer a ambos hasta los tobillos. Yo le llené el vaso de ron a Lucho y me puse un poco en el mío, mientras nos encendíamos un puro cada uno.
La imagen era increíble. Arriba el cielo de la Habana, Lucho y yo fumando y bebiendo sentados en un sofá que se caía a cachos y Ana María pajeandonos.
Mi polla estaba como una piedra pero la de Lucho no acababa de ponerse dura.
Ana María le dijo que no desesperase, que era pronto y que iba a comer carne toda la semana y así recuperaría poco a poco.
Dejó de pajear a su marido, poniéndose sólo entre mis piernas, comenzando a lamer mi polla de abajo hacia arriba por toda la circunferencia, mientras Lucho volvía a colocarse los boxer, guardando su herramienta dentro.
Su mujer bajó a lamer y saborear mis huevos, mientras yo subí un pié, el más cercano a Lucho, al sofá, permitiéndole una mejor vista del panorama.
Entonces volví a llenar los vasos de ron y brindé con Lucho "por las mujeres, qué sería de nosotros sin ellas, eh Lucho", mientras le bajaba la cabeza a su mujer con la otra mano donde tenía el puro para que me comiese el culo.
Lucho miraba cómo su esposa metía su lengua en mi ojete. Como parecía contrariado y había bebido mucho, para quitar importancia le dije que me alegraba mucho de haber ido con él a conseguir el ron y los puros, que se notaba que tenía buenos contactos.
Eso pareció espabilarle porque mientras su mujer metía buenos morreos a mi culo, él comenzó a contarme que podía llevarme a otros sitios. Yo lo dejé hablar mientras su mujer ya se estaba empleando a fondo con mi polla. No le cabía toda, pero lo intentaba. Era un portento de mujer, menudo vicio.
Entonces Ana María se levantó y se quitó las bragas. Las puso en el sofá, las cogí y estaban completamente empapadas. Sonreí y ella también.
Entonces dijo "ay yuma, pon otra vez esa canción tan bonita que quiero meterme esa pinga bien dura mientras la bailo".
Puse de nuevo la canción en el móvil, se sentó de golpe y se la metió entera, dando un suspiro.
Efectivamente, comenzó a follarme al son de la canción. Apenas transcurridos unos acordes, ya se estaba corriendo entre jadeos y pequeños gritos.
Lucho bebía, fumaba y miraba con los ojos idos de alcohol y pesadumbre.
Yo le dije que aunque no le funcionase aún del todo y hasta que comiese la suficiente carne, podía darle placer a su mujer de otras formas. Le dije que mientras ella me cabalgaba, él podía lamerle el culo que seguro eso le daría mayor placer. Ana María le dijo "ay Lucho sí, házmelo y me correré para tí". Cogí el vaso y guiñándole un ojo, lo choqué con el suyo. Ambos pegamos un trago y Lucho se puso de rodillas a mis pies.
Yo levanté el vestido de Ana María, se lo saqué por los brazos y abrí su culo con mis manos. Ella ya estaba cabalgando de nuevo al ritmo de la canción y cuando sintió la lengua de su marido en su ojete, le metí la lengua en un profundo morreo. Al poco se bajó de mi polla y se corrió entre gritos en la cabeza de Lucho, que se quedó descolocado. Si mujer le dijo "ay Lucho que bien lo has hecho, me has dado mucho placer, mucho más que sólo con la pinga del yuma".
Yo le di su vaso y volví a brindar con él, diciéndole "bien hecho, cuánto más placer le des a tu esposa, más te respetará".
Seguimos fumando nuestros puros, mientras Ana María se recuperaba. Entonces, se metió dos dedos en el coño, los sacó llenos de flujo de la última corrida y se los metió en el culo.
Se volvió a sentar encima de mí, pero esta vez me daba la espalda. Se la metió ella misma en el culo poco a poco porque se notaba que cabía a duras penas y le dijo a su esposo "Lucho, ahora dame placer por delante". Su marido se volvió a arrodillar y lamía mientras ella subía y bajaba su culo. Yo le besaba la espalda y los hombros, mientras le metía dos dedos en el coño que besaba y lamía Lucho. Se volvió a correr ésta vez en la cara de su marido. Le dije a Lucho que él había conseguido todo eso, que conmigo nunca se corría tan rápido ni tantas veces.
En esa misma posición, la subí y bajé varias veces hasta que me corrí en su culo. Ella ya no podía más. Estaba reventada.
Le dió un beso en la boca a su marido y le dió las gracias por todo lo que había hecho. El pobre Lucho estaba lleno de orgullo, sin saber que horas antes ella había ideado ese plan que salió a la perfección.
Continuará...
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