Follar(te) de nuevo
El auditorio estaba lleno, pero solo él existía en su campo de visión. Años de silencio se rompieron con un beso en la penumbra, y lo que siguió no fue un simple polvo, sino la confirmación de que algunos cuerpos nunca olvidan.
El auditorio de Oviedo vibraba con una energía contenida, casi eléctrica. La sala principal estaba llena; las luces tenues y el murmullo expectante del público formaban un preludio a lo que prometía ser una noche inolvidable. En el centro de la tercera fila, Melisa acomodó su abrigo sobre las piernas mientras las primeras notas del concierto comenzaban a acariciar el aire.
Llevaba un vestido negro de escote discreto, ceñido a la cintura, de tela suave que se adaptaba a su cuerpo como una segunda piel. No era ostentoso, pero tenía ese algo: una elegancia sensual que atraía miradas sin esfuerzo. Su melena suelta caía sobre los hombros, y en sus labios llevaba un rojo vino que contrastaba con la palidez de su piel.
A su lado, Óscar aplaudía con entusiasmo, entregado al momento. Él era un compañero amable, atento, y aunque Melisa lo apreciaba, en su mirada no ardía la chispa de un deseo contenido. Era una buena compañía. Solo eso.
A mitad del segundo tema, una punzada en la parte baja del vientre le recordó que llevaba demasiado tiempo sin moverse. Se inclinó hacia Óscar y le susurró al oído, alzando la voz sobre la música:
—Voy al baño, ahora vuelvo.
Él asintió, sin dejar de mirar al escenario. Melisa se incorporó, recogiendo su bolso y saliendo con paso firme hacia el vestíbulo. Caminó con calma entre las hileras de butacas, su figura recortándose en la penumbra como una silueta elegante y solitaria. Cada paso de sus tacones resonaba sobre el mármol del pasillo, acompasado con el bajo que retumbaba a través de las paredes.
La música seguía sonando a lo lejos, como un eco lejano que se colaba entre las paredes del auditorio. Las luces del vestíbulo eran cálidas, tamizadas, generando un ambiente íntimo que contrastaba con el estruendo del concierto. Melisa miró alrededor, reconociendo rostros desconocidos, gestos ajenos, sonrisas distraídas.
Y entonces, lo vio.
De pie, cerca de una de las columnas laterales, con las manos en los bolsillos y la chaqueta negra entallada sobre su pecho amplio, estaba Albert. Su Albert.
El tiempo pareció detenerse. No porque el reloj se negara a avanzar, sino porque el pulso de Melisa se disparó tanto que el resto del mundo se volvió borroso. Una punzada —mezcla de sorpresa, deseo y algo que no supo nombrar— le cruzó el pecho. Él levantó la mirada y sus ojos se encontraron, como si ambos hubieran sido arrastrados inevitablemente a un lugar que conocían de memoria.
Albert sonrió, despacio. Esa sonrisa ladeada, inconfundible, que siempre le desarmaba. Caminó hacia ella con pasos seguros, pero sin prisa, como si cada movimiento formara parte de un guion ya escrito.
—Melisa —dijo su voz, más grave que en su recuerdo—. Qué sorpresa verte aquí.
—Albert —respondió ella, sintiendo un nudo en el estómago—. Yo... no sabía que estabas en Oviedo.
Se acercaron, y se saludaron con dos besos. Pero no fueron besos inocentes. Sus mejillas apenas rozaron, y sin embargo, sus labios se tocaron por una fracción de segundo. Suficiente para encender la chispa. Suficiente para recordar.
El aroma de él era el mismo: Esencia Loewe, un perfume amaderado, varonil, con un fondo de almizcle que ella podría reconocer en una habitación a oscuras. Albert tenía esa forma de mirar que siempre le desarmó. No era descarada, pero tampoco era inocente. Sus ojos marrón oscuro sabían explorar sin pedir permiso.
—Sigues tan guapa como siempre —murmuró él.
Melisa desvió la mirada, sabiendo que sonreía como una adolescente. No había esperado sentirse así. No esa noche. No después de tanto tiempo.
—Pensé que ya no venías a conciertos como este —dijo ella, intentando sonar casual.
—Lo hago cuando hay posibilidades de encontrarme contigo —bromeó, aunque su tono tenía una verdad escondida.
El silencio entre ambos se cargó de una tensión palpable. No era incómoda. Al contrario: era como una cuerda que se tensaba poco a poco entre dos cuerpos que se reconocen, que no necesitan palabras para intuirse.
Albert dio un paso más, acercándose apenas, pero lo suficiente para que Melisa sintiera su calor. Su voz bajó, como si cada palabra le perteneciera solo a ella.
—A veces, aún sueño contigo.
Melisa tragó saliva. El cuerpo le respondió antes que su mente. Sus pezones se endurecieron bajo el vestido, sensibles al roce de la tela. La confesión, dicha con esa mezcla de ternura y deseo, la desarmó.
—Yo también he pensado en ti —susurró, con honestidad.
Albert la miró intensamente. Y en ese momento, supieron que el paso siguiente era inevitable. No importaban los años, ni los silencios, ni las cicatrices. Lo que habían compartido aún latía en la piel, bajo la ropa, entre los huesos.
Sin decir nada más, Albert le ofreció la mano. Ella la tomó. Como si lo hubiera hecho mil veces. Como si fuera lo más natural del mundo. Caminaron por un pasillo lateral, cruzando una puerta que llevaba hacia los servicios. El sonido del concierto se amortiguó, dejándolos en una zona más silenciosa.
Encontraron un baño privado, uno de esos reservados para el personal del auditorio. Albert empujó la puerta con decisión y la cerró detrás de ellos. El espacio era pequeño, con una luz tenue que proyectaba sombras suaves en las paredes de azulejo. El silencio era absoluto, salvo por la respiración agitada de ambos.
Se miraron un segundo más, como pidiendo permiso sin palabras. Y entonces, Albert la atrajo hacia él.
El primer beso fue suave, exploratorio, pero cargado de intensidad. La boca de Albert sabía a deseo retenido, a pasado interrumpido. Las lenguas se encontraron con naturalidad, como si no se hubieran separado nunca. Melisa gimió suavemente, sus manos aferrándose a la chaqueta de él.
Los besos se volvieron más urgentes, más profundos. Albert deslizó sus manos por la espalda de Melisa, hasta posarlas en sus caderas. La apretó contra sí, haciéndole sentir su erección, dura e impaciente, bajo el pantalón.
—Dios... —susurró ella, con la respiración entrecortada.
Albert la empujó suavemente contra la pared, sus labios viajando hacia su cuello, dejando un rastro de besos húmedos que hicieron temblar a Melisa. Ella arqueó la espalda, ofreciéndose más.
—Nunca te olvidé —murmuró él.
Melisa cerró los ojos. No era solo deseo. Era algo más. Algo que había estado dormido y que ahora despertaba con furia.
Albert deslizó una mano por su muslo, subiendo lentamente bajo el vestido. Al llegar a su entrepierna, se detuvo.
—¿No llevas ropa interior?
Melisa asintió, sonriendo.
—Quería sentirme libre esta noche.
Albert gruñó con una mezcla de sorpresa y excitación. Y sin más palabras, se arrodilló frente a ella.
Albert se arrodilló frente a ella sin dejar de mirarla, como si ese gesto no fuera solo una muestra de deseo, sino también de entrega. Sus manos firmes pero cuidadosas acariciaron lentamente los muslos de Melisa, subiendo por debajo del vestido, palmo a palmo, como si cada centímetro de piel descubierta fuera un privilegio largamente esperado.
Melisa se apoyó contra la pared, sintiendo cómo el calor le subía desde los tobillos hasta la nuca. Tenía el pecho agitado, los labios entreabiertos, y los ojos entrecerrados por la mezcla de placer anticipado y ternura.
Albert se detuvo justo antes de tocar su clitoris. Inhaló profundamente, como si su aroma fuera un perfume sagrado, algo que necesitaba memorizar. Y entonces, sin más preámbulos, sin juegos innecesarios, la besó.
El primer contacto fue suave, una caricia de lengua que hizo que Melisa soltara un jadeo bajo. Pero él no se detuvo. La besó con hambre, con precisión, con entrega absoluta. Su lengua se deslizaba entre sus pliegues húmedos con ritmo y firmeza, alternando con suaves succiones que la hacían temblar.
Melisa se mordió el labio inferior con fuerza, luchando por no gemir en voz alta. Pero era inútil. Su cuerpo había esperado demasiado tiempo. Se había guardado demasiado. Ahora todo estallaba como una ola incontenible.
—Dios... Albert... —susurró, apenas audible.
Albert levantó la mirada desde entre sus muslos, con los labios brillantes y los ojos encendidos de deseo. Sonrió apenas y volvió a hundirse en ella con más intensidad.
Una de sus manos subió hasta su cintura, sujetándola con firmeza, mientras la otra acariciaba la parte posterior de sus muslos. Cada movimiento era medido, seguro. Sabía lo que hacía. Sabía cómo volverla loca. Y Melisa se entregó a esa sensación como si fuera la única que importaba en el mundo.
El orgasmo llegó con fuerza, inesperado. Su cuerpo se arqueó hacia delante, sus dedos se aferraron al cabello de Albert, y su espalda se tensó contra la pared mientras gemía con la boca abierta, sin control, sin pudor.
Albert la sostuvo todo el tiempo, sin dejar de lamerla, sin perder contacto, como si su única misión fuera devorar cada espasmo de su placer. Cuando finalmente Melisa se dejó caer, con las piernas temblorosas, él se incorporó y la sostuvo en sus brazos.
—No has cambiado nada —murmuró él al oído—. Sigues siendo fuego.
Ella le respondió con una sonrisa entre jadeos, mientras lo besaba con intensidad. Sentía su sabor en sus labios, y eso la excitaba aún más.
—Quiero más —susurró ella, deslizándole la chaqueta por los hombros.
Albert asintió. Esta vez, no era solo deseo. Era una necesidad más profunda. Un reencuentro de cuerpos que también era un reencuentro de almas. Una reconciliación silenciosa entre dos personas que sabían que aquello no era un simple polvo rápido en un baño.
Era otra cosa.
Melisa lo empujó suavemente hacia la encimera del lavabo y lo desabrochó con manos temblorosas pero decididas. Bajó la cremallera de su pantalón y liberó su erección, que palpitaba con una urgencia evidente. Lo miró un segundo a los ojos, saboreando el momento. Y luego, se arrodilló ante él.
La escena se invirtió. Ahora era ella quien lo miraba desde abajo, con deseo, con una sonrisa traviesa, mientras le recorría con la lengua desde la base hasta la punta de la polla. Albert apoyó una mano en la encimera y la otra en la cabeza de Melisa, sin guiarla, solo tocándola, necesitándola.
Ella lo tomó en su boca con lentitud, disfrutando de cada movimiento, cada reacción, cada leve espasmo de su cuerpo. Lo acariciaba con los labios y la lengua con un ritmo suave pero constante, hasta que lo sintió gemir en voz baja.
—Melisa... joder...
Era música. Ella subió el ritmo, alternando succiones con caricias suaves de lengua. Sabía lo que hacía. Sabía cómo hacerlo perder el control. Y él, que era fuerte, seguro, dominante a veces, ahora se rendía a ese placer con los ojos cerrados y el cuerpo tenso.
No tardó mucho. Albert le avisó con un gruñido gutural, y Melisa no se apartó. Al contrario. Lo sostuvo con ambas manos mientras lo recibía entero, hasta sentirlo temblar. Lo sintió correrse en su boca, caliente, intenso, profundo. Y no apartó la mirada.
Cuando terminó, se incorporó con una sonrisa satisfecha, y Albert la abrazó de inmediato, sujetándola contra su pecho como si la necesitara más allá del sexo.
Se quedaron así un minuto. Respirando. Recuperándose.
—Esto no puede ser solo una noche —dijo él, con la voz aún ronca.
—Lo sé —susurró ella—. Yo tampoco quiero que lo sea.
Albert la besó con calma. Y por primera vez desde que se encontraron, el beso fue lento, dulce, con un sabor a futuro.
El taxi se deslizaba por las calles mojadas de Oviedo. La lluvia había comenzado a caer suave, como si el cielo también necesitara lavarse por dentro. Melisa iba apoyada en el hombro de Albert, con su mano entrelazada a la de él. No hablaban. No lo necesitaban. Todo lo importante ya lo habían dicho con la boca, con las manos, con el cuerpo entero.
Cuando llegaron al portal del edificio, Albert la guió con una mano en la cintura. Era un gesto íntimo, protector, que a Melisa le pareció más erótico que cualquier roce explícito. Subieron en el ascensor en silencio, mirándose. El aire estaba denso, como si siguieran haciendo el amor solo con los ojos.
Al llegar al piso, Albert abrió la puerta con rapidez, y Melisa se sintió envuelta por su mundo: un loft cálido, de paredes en tonos tierra, muebles de madera oscura y una suave fragancia a incienso flotando en el ambiente. No era el mismo apartamento que recordaba de años atrás. Era un espacio más maduro, más sereno. Como él.
—¿Quieres algo de beber? —preguntó Albert, dejando las llaves sobre una mesa.
—Solo a ti —dijo ella con una sonrisa descarada.
Él rió bajo, caminó hacia ella y la abrazó por la espalda, apoyando el mentón en su hombro. Respiró hondo, como si necesitara impregnarse de ella.
—¿Sabes cuántas veces soñé con esto?
Melisa giró el rostro y lo besó despacio.
—Yo también.
Se quedaron así un instante. Luego, sin decir nada más, Melisa lo tomó de la mano y lo condujo hasta el sofá. Se sentó sobre él, a horcajadas, con las piernas rodeándole la cintura. Comenzó a desabrocharle la camisa con lentitud, besando cada trozo de piel que dejaba al descubierto.
Albert cerró los ojos y se dejó hacer. Su cuerpo reaccionaba con hambre, sí, pero también con una ternura que lo sorprendía. No era solo excitación. Era algo más. Era la necesidad de volver a sentirse suyo, de reparar lo que se había roto entre ellos.
—¿Recuerdas cuando follábamos sin parar en aquel apartamento diminuto de Gijón? —preguntó Melisa, riendo entre besos.
Albert asintió, besándole el cuello.
—Recuerdo que siempre llegábamos tarde a todo. Y que me encantaba perderme en ti.
Ella se inclinó hacia delante, rozando su nariz con la suya.
—Perdámonos otra vez.
Albert la levantó en brazos sin esfuerzo. Ella rodeó su cintura con las piernas, besándole el cuello mientras él la llevaba hasta el dormitorio. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz que se filtraba de la calle. La lluvia golpeaba los cristales suavemente, como un metrónomo.
La depositó sobre la cama con delicadeza, y se quitó lo que quedaba de ropa sin apartarle la mirada. Melisa hizo lo mismo, deslizándose el vestido por los hombros hasta quedar desnuda sobre las sábanas.
Sus cuerpos se encontraron como si el tiempo no hubiera pasado. Como si los años no hubieran hecho otra cosa que alimentar el deseo. Albert se colocó sobre ella, y sus labios se buscaron de nuevo. Pero esta vez no había prisa. Esta vez no era furia. Era un lento reconocimiento. Un reencuentro con cada rincón, cada suspiro.
Sus manos recorrieron la espalda de él, bajando hasta los glúteos, atrayéndolo más cerca. La polla de Albert rozó su sexo mojado, y Melisa alzó las caderas, buscando ese contacto, deseándolo.
Pero él se detuvo.
—Quiero que esta vez lo recuerdes todo —murmuró.
La penetró con lentitud, sintiendo cómo el cuerpo de ella lo recibía, lo aceptaba, se adaptaba a él como si estuviera hecho para ese momento. Ambos soltaron un gemido bajo, más emocional que físico. Se movió despacio, saboreando cada empuje, cada mirada, cada jadeo contenido.
Melisa se aferró a sus hombros, arqueando la espalda, sintiendo cómo su cuerpo se abría a él una vez más. No hacía falta hablar. Sus cuerpos se lo decían todo. Que aún se amaban. Que aún dolía haberse perdido. Que aún estaban a tiempo.
Los movimientos se hicieron más intensos, más urgentes. El placer crecía en oleadas, lento pero imparable. Melisa clavó las uñas en su espalda, sus piernas envolviéndolo con fuerza. Él gemía su nombre, como un mantra, como una oración. Y cuando ambos llegaron al orgasmo, lo hicieron juntos, con un grito compartido que les arrancó el alma y los devolvió al mismo sitio: el uno en el otro.
Quedaron tumbados así, sudorosos, jadeando, con los cuerpos aún entrelazados.
Albert besó su frente y susurró:
—Quédate esta noche.
Melisa asintió sin pensarlo.
—No pienso irme.
Se acurrucaron bajo las sábanas, abrazados, como dos adolescentes que acaban de descubrir el amor. La lluvia seguía cayendo. Afuera el mundo giraba. Pero dentro de aquel cuarto solo existía un silencio cómodo, íntimo, casi sagrado.
Albert acariciaba el pelo de Melisa mientras ella se quedaba dormida sobre su pecho. Y en ese momento supo, con una certeza que le atravesó el corazón, que ya no volvería a dejarla ir.
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