Xtories

La nueva compañera de piso 2

Noe no vino a buscar sexo, vino a buscar que alguien la mirara. Pero cuando la soledad se vuelve tan pesada como el deseo, la línea entre la compañía y la traición se desdibuja. Martín sabe que no debería cruzarla, pero la noche es larga y ella no se rinde.

Naira Rose15K vistas8.6· 23 votos
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Era jueves por la noche y Ana no estaba en casa. Se había ido a ver a sus padres por el fin de semana. Yo estaba solo, tirado en el sillón, con la televisión encendida más como compañía que como entretenimiento.

Cerca de la medianoche, escuché la cerradura de la puerta principal. Unos segundos después, Noe entró.

Tenía el cabello algo revuelto y la mirada ligeramente vidriosa. Llevaba un vestido negro, corto y ajustado, que le abrazaba el cuerpo como si hubiese sido diseñado para ella. Sus piernas, largas y firmes, brillaban bajo la tenue luz del pasillo.

—Hola —dijo, dejando su cartera en el recibidor.

—¿Ha ido mal la fiesta? —pregunté, alzando apenas la voz.

—No… bueno, no del todo. Fui con una amiga pero se fue con un tipo y… no me quería quedar sola. Me vine. —Se encogió de hombros, con una media sonrisa, mientras avanzaba hacia el living—. ¿Y tú? ¿Qué haces?

—Nada especial. Miraba algo en la tele. Pero no le prestaba mucha atención.

Noe se sentó a mi lado sin preguntar, como si lo natural fuera compartir el sofá. Su perfume llegó enseguida, mezclado con el olor a alcohol dulce. Sus piernas cruzadas se rozaban contra las mías de forma casual… o no tanto.

—¿Estás solo? —preguntó, aunque sabía la respuesta.

—Sí. Ana fue a visitar a sus padres.

Asintió, y por un momento no dijo nada. Solo miró la pantalla, pero con esa clase de atención que se siente fingida.

—¿Te molesta que me haya quedado acá? —preguntó de pronto, girándose hacia mí.

—Claro que no. Es tu casa también ahora.

Ella sonrió y bajó la mirada. Luego, sin previo aviso, se quitó los tacones y estiró las piernas sobre el sillón, recostándose ligeramente hacia mí. Su vestido subió unos centímetros más, revelando el comienzo de sus muslos.

—¿Seguro que no te molesta? —repitió, esta vez con una voz más suave, más cargada de algo indefinido.

Sentí cómo el ambiente cambiaba. Era sutil, pero palpable. Como si algo flotara entre nosotros, invisible pero denso. El tipo de tensión que puede ignorarse… o seguirse.

—No me molesta en lo absoluto —respondí.

Nos quedamos así un rato. El volumen bajo de la televisión apenas servía de excusa para no hablar. Yo la miraba de reojo, tratando de actuar con naturalidad. Ella lo sabía. Sabía exactamente lo que hacía. Y eso lo hacía aún más intenso.

Noe se quedó en silencio un momento. Seguía con las piernas estiradas, recostada en el sillón, la cabeza apenas girada hacia mí. Sus ojos parecían más serenos ahora, como si el efecto del alcohol se estuviera desvaneciendo… o como si hubiese estado sobria todo el tiempo.

—¿Puedo decirte algo? —preguntó, sin mirarme del todo.

—Claro —respondí, intentando que mi voz no temblara.

—Ana me habló de ustedes. Bueno, de ti. —Pausó—. Me dijo que a veces siente que no te gusta su cuerpo. Que piensa que te atraen las mujeres con más curvas… —Sus palabras flotaron en el aire como si acabaran de desnudarme.

Sentí una presión en el pecho. No supe qué decir. Cerré los ojos un segundo, como si eso me diera claridad.

—No es así —mentí, o al menos lo intenté—. Es solo que… no siempre se trata del cuerpo.

Noe asintió con una sonrisa triste, pero no parecía convencida. Se incorporó un poco, con las piernas aún sobre el sofá, y me miró directamente.

—No la estoy juzgando. Es hermosa. Pero yo la conozco… y sé que cuando empieza a tener esas dudas, se cierra. Y cuando se cierra, se aísla. Y cuando se aísla... bueno, puede llegar a lastimarse sin darse cuenta.

Me sorprendió la forma en la que lo decía. No había burla, ni reproche. Solo una sinceridad desarmante.

—Y tú también te estás aislando, Martín. Fingís que nada pasa. Que está todo bien. Pero te juro que se nota... que no lo está.

Mi garganta se cerró un poco. El silencio volvió, pero ahora tenía peso. Ella lo rompió con un suspiro largo.

—Yo no vine acá a meterme entre ustedes. Pero desde que llegué siento… algo. —Su voz bajó apenas—. Y no sé si lo estoy imaginando, o si vos también lo sentís.

Mis ojos se encontraron con los suyos. Me sentí expuesto. No como hombre. Como persona.

—Lo siento —dije al fin—. No quería… que se notara.

—¿Y si yo te dijera que no me molesta que se note?

Volvió a recostarse, pero esta vez sus piernas tocaron del todo las mías. No hice nada. No la aparté. Ni siquiera miré hacia otro lado.

—No estoy tratando de robarte. Ni de provocarte —dijo, con la vista en el techo—. Pero creo que ambos estamos más solos de lo que aparentamos.

Y entonces me di cuenta de que no era solo deseo lo que flotaba entre nosotros. Era otra cosa. Algo más humano, más difícil.

—El tema es que sí... —dije al fin, sin poder sostenerle la mirada—. Siento atracción. Pero no puedo hacer nada al respecto... Amo a mi novia.

Noe no dijo nada al principio. Se quedó en silencio, mirándome con una expresión que no supe leer del todo. Tal vez comprensión, tal vez decepción. Tal vez ambas.

Entonces, sin una palabra, se puso de pie.

Y con calma, bajó lentamente el cierre de su vestido.

La tela cayó como un suspiro sobre sus piernas, revelando un conjunto de ropa interior roja que contrastaba con su piel clara y su cabello oscuro. Todo en ella era una declaración silenciosa, un desafío envuelto en suavidad.

—¿Qué estás haciendo...? —murmuré, sin moverme.

—¿Y si no lo pensamos tanto esta vez?

Tomó mi mano con decisión. No con violencia, ni con desesperación. Lo hizo como alguien que sabe exactamente lo que quiere.

Me guió por el pasillo, en silencio, hasta la terraza. La puerta corrediza dejó entrar el aire cálido de la noche. Afuera, la ciudad dormía, pero el cielo seguía encendido de estrellas. La pequeña piscina reflejaba la luz tenue del balcón.

Noe se acercó al borde y se sentó, mojando lentamente los pies.

—Hace calor —dijo, casi como una excusa.

Me quedé en la puerta, inmóvil. Podía escuchar el agua moverse, sus piernas chapoteando de a poco. Sentía el calor en el pecho, en la nuca, en los dedos.

—No tenés que hacer nada, Martín. Solo... quedate. Un rato. Sin pensar. —Me miró por encima del hombro, con esa mezcla imposible de ternura y peligro.

Mi corazón latía fuerte. Mis piernas querían avanzar. Mi cabeza, retroceder.

Todo estaba tan quieto… que daba miedo romperlo.

Me acerqué. Me senté a su lado. El agua nos tocó los tobillos. No dijimos nada por un buen rato.

—¿Creés que esto es una mala idea? —preguntó de pronto, con la voz más baja.

—Sí —respondí sin pensar.

Ella asintió despacio. Luego, sin mirarme, añadió:

—A veces las malas ideas son las únicas que nos hacen sentir vivos.

El silencio seguía pesando sobre nosotros, espeso, cómplice. Noe tenía las piernas dentro del agua, yo apenas las puntas de los pies. El calor de la noche se mezclaba con algo más que no podía nombrar del todo.

Mi celular vibró en el bolsillo. Una sola vez. Después otra.

Lo saqué con desgano, como si ya supiera quién era.

Ana 💙 "¿Estás despierto?"

Noe se dio vuelta despacio, miró la pantalla y luego me miró a mí.

—Es ella, ¿no?

Asentí, sintiéndome culpable solo por tener el celular en la mano.

—Deberías contestar.

—Sí… —respondí, pero no lo hice.

Pasaron unos segundos. Noe volvió la vista al agua. Después murmuró algo, tan bajito que no estuve seguro de haberlo escuchado bien.

—¿Qué dijiste?

—Que no vine a seducirte. No como pensás. —Su voz sonaba distinta, como si algo en ella se quebrara—. Vine porque no quería estar sola. Y porque... desde que me separé, no me siento vista. No me siento real. No me siento... nadie.

La miré. Esa confesión desarmó algo dentro mío.

—Noe…

—Solo necesitaba sentirme viva otra vez, aunque fuera por una noche, aunque no pasara nada. Solo eso. Que alguien me mire sin juzgarme. Que me escuche.

Dejé el celular a un costado, sin contestar aún. La pantalla seguía iluminada.

—Yo también me siento solo a veces —le dije, sorprendido de lo honesto que sonaba.

Noe sonrió con tristeza.

—Vos tenés a Ana.

—Sí… —dije otra vez. Pero la palabra sonó más frágil que firme.

El celular vibró de nuevo. Esta vez, una llamada. El nombre de Ana brillaba en la pantalla.

La miré. Me miró. Y no hizo falta decir nada más.

Me levanté. Tomé el celular. Caminé hacia adentro de la casa.

Antes de atender, me di vuelta.

Ella seguía ahí, con los pies en el agua, sola en la noche calurosa, pero ahora… algo en ella parecía más en paz.