Xtories

Chicas traviesas en el campus universitario

Sofía y Clara lo esperan fuera del aula con una mirada que promete más que una simple consulta académica. Cuando la puerta de la residencia se cierra, el tiempo de las fórmulas químicas termina; ahora solo importa el ritmo de los cuerpos y el secreto que comparten a solas.

Mary Love12K vistas10.0· 6 votos

El campus es un hormiguero de gente, chicos y chicas venidos de todas partes del país para emprender su última eta de estudios que les permita en un futuro ejercer una labor profesional. Soy Álex, tengo 21 años, y acabo de salir de la clase de química, con la mente aún atrapada en fórmulas y reactivos, cuando las veo. Sofía y Clara, ambas de 19 y 20 años años, mis compañeras de residencia, están esperándome fuera del aula, apoyadas contra la pared con una complicidad que acelera mi pulso. Sus miradas son magnéticas, cargadas de una intención que me pone en alerta antes de que digan una palabra.—Álex, ¿te queremos consultar algo, vienes? —dice Sofía, su voz suave pero con un filo travieso que me eriza la piel. Su cabello castaño cae en ondas sueltas sobre los hombros, y una mirada penetrante con esos lindos ojos verdes que son un tributo a la belleza.

Clara me observa con esa intensidad suya que siempre me desarma. Su pelo negro, un corte de pelo largo impecable, enmarca su rostro pálido, y hay algo en la forma en que ladea la cabeza, en la curva apenas perceptible de sus labios, ojos marones, dos gemas andalusí que me hace tragar saliva.

—¿A dónde quieren ir, chicas? —pregunto, como despreocupado, aunque mi voz tiembla ligeramente.—Nuestra habitación —responde Clara, su tono bajo, casi un susurro, pero cargado de una promesa que me recorre como una corriente eléctrica—. Queremos plantearte algo, y tomar algo juntos contigo.

No sé cómo lo hacen, pero en ese instante, con Sofía acercándose un paso y Clara mirándome como si ya supiera mi respuesta, estoy perdido. Acepto la invitación, y sus sonrisas, cómplices y triunfantes, me dicen que he caído en su juego. Pero me gusta, no quiero escapar.

El camino a la residencia es un borrón de pasos rápidos y miradas cómplices. Cuando la puerta de su habitación se cierra, el clic resuena como un disparo en mi pecho. La habitación es pequeña, íntima, con dos camas individuales, un sofá, una lámpara que baña todo en una luz cálida y el aroma mezclado de sus perfumes: vainilla dulce de Sofía, algo más oscuro y especiado de Clara. Estar aquí, en su espacio, se siente como adentrarse en un secreto compartido.

Sofía se quita la chaqueta con un movimiento lento, dejando ver una camiseta que abraza sus curvas juveniles. Clara se sienta en el borde de una cama, cruzando las piernas con una intención que contrasta con la intensidad de su mirada. Me siento atrapado, pero no quiero liberarme.—¿Te sientes incomodo, Álex? —pregunta Sofía, acercándose hasta que está tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo. Su mano roza mi brazo, un contacto ligero pero deliberado que me hace estremecer.

—Bueno, no, no... —dije, mi voz más grave de lo que esperaba.—No lo estés, solo queremos hacerte disfrutar. Tú déjate llevar, nosotras te guiaremos —susurra Clara, levantándose para unirse a nosotras. Su mano se posa en mi cintura, y de repente estoy entre las dos, atrapado en un torbellino de sensaciones: sus respiraciones, su cercanía, el roce de sus cuerpos contra el mío.

Sofía se inclina primero, sus labios húmedos y carnosos rozando los míos con una suavidad que me eriza el bello. El beso empieza lento, exploratorio, pero pronto se vuelve más profundo, más devorador. Su lengua se desliza contra la mía, roza mis labios, cálida, insistente, y me pierdo en el sabor de su boca, en la forma en que se mueve con una mezcla de dulzura y urgencia. Mis manos encuentran sus caderas, atrayéndola más cerca, y ella responde con un gemido suave que vibra contra mis labios.

Mientras Sofía me consume con su beso, siento las manos de Clara en la cintura de mis pantalones. Sus dedos son ágiles, desabrochando el botón y bajando la cremallera con una lentitud que es casi una tortura. Mi respiración se entrecorta, pero no puedo romper el beso con Sofía. Clara desliza mis pantalones hacia abajo, llevándose mis calzoncillos con ellos, y el aire fresco contra mi piel me hace estremecer. Estoy expuesto, mi polla erecta y dura como una estaca, evidente bajo sus miradas.

Clara no dice nada, pero siento su presencia detrás de mí, el roce de su aliento contra mi muslo cuando se arrodilla. Agarra mi miembro con sus delicadas manos, su lengua, cálida y húmeda, roza mi glande con una lentitud que me hace estremecer, trazando círculos que me hacen jadear contra la boca de Sofía que sigue besándome con pasión. Se recrea, disfruta de las sensaciones que me produce. Combina sus lamidos en mi miembro chupando mis testículos con una suavidad que me estremece, alternando entre lamidas largas y succiones suaves que me llevan al borde. Un gemido se me escapa, y Sofía sonríe contra mis labios, como si disfrutara de mi reacción.

Sofia ve como me tenso y mi cuerpo tiembla, —Te gusta, ¿verdad? —susurra en mi oído, rompiendo el beso para mirarme a los ojos. Su mano se desliza por mi pecho, lame mis pezones con la punta de su lengua mientras Clara sigue degustando mi polla con su boca, su lengua rozando mi glande de nuevo, provocándome golpes de placer por mi cuerpo.

No respondo con palabras; gimo, mi cuerpo habla por mí. Pero entonces, Sofía tomándose un respiro da un paso atrás, y con un movimiento fluido, se quita la camiseta, revelando su tetas redondas y sus pezones oscuros suave y firmes, que desafían la gravedad. Se deshace del resto de su ropa con una seguridad que me corta la respiración, su cuerpo desnudo brillando bajo la luz cálida de la lámpara. Es una visión que me acelera el corazón, y Clara, como si supiera lo que viene, se detiene, mirándome con una sonrisa cómplice antes de levantarse.

Sofía agarrando mi mano me empuja suavemente hacia la cama, y caigo sobre las sábanas, todavía aturdido por la intensidad del momento. Ella se sube encima de mí, sus muslos fuertes a cada lado de mis caderas, su piel cálida contra la mía. Sus pechos, duros y perfectos, están tan cerca que puedo sentir su calor, y cuando se inclina hacia adelante, rozan mi cara, su suavidad contra mi piel enviando una nueva ola de deseo por mi cuerpo. Me guía con una mano, posicionándose, y con un movimiento lento, deliberado, se deja descender, mi polla entrando en su coño cálido y húmedo con un gemido que resuena en la habitación.

Comienza a cabalgar, su cuerpo moviéndose con un ritmo sensual, mi polla saliendo y entrando en su coño, cada movimiento acompasado con el balanceo de sus caderas, sus pechos rozando mi cara, tentándome. Mis labios encuentran uno de sus pezones, succionando suavemente, y ella gime, arqueándose contra mí.

Clara, que ha estado observándonos con esa intensidad suya, se desnuda con una elegancia silenciosa, dejando caer su ropa al suelo. Su cuerpo es esbelto, con una suavidad que contrasta con la ferocidad de su mirada. Se sube a la cama, posicionándose cerca de mi cabeza, y con una lentitud deliberada, acerca su coño a mi rostro, su piel cálida y húmeda a centímetros de mi boca. —Lámeme mi sexo, Álex —susurra, su voz cargada de una autoridad que no admite discusión.

No dudo. Mi lengua encuentra su clítoris, cálido y sensible, y comienzo a lamerlo con movimientos lentos, explorando cada pliegue, sus labios, el centro de su raja, saboreándola con una mezcla de urgencia y reverencia. Clara grita y gime, un sonido bajo y profundo, y sus manos se enredan en mi cabello, guiándome mientras su cuerpo se mueve contra mi boca, sus caderas meciéndose al ritmo de mis lamidas. Mientras tanto, Sofía sigue cabalgando, su coño apretándome con cada embestida, mi polla entrando y saliendo de su calor húmedo, sus gemidos mezclándose con los de Clara.

Las dos se inclinan hacia adelante, sus labios se encuentran en un beso apasionado justo encima de mí, sus lenguas entrelazándose con una urgencia que refleja el ritmo de sus cuerpos. Sus manos se buscan, acariciándose las tetas con movimientos lentos y deliberados, los dedos de Sofía trazando los contornos de las tetas firmes de Clara, mientras Clara pellizca suavemente los pezones de Sofía, arrancándole un grito y un gemido agudo. Sus lenguas no paran, se deshacen de placer la una con la otra alternando entre succiones suaves y pellizcos juguetones, sus gemidos resonando en la habitación mientras sus cuerpos se mueven en sincronía.

Gimo contra el clítoris de Clara, el placer abrumador de estar penetrando del coño de Sofía y el sabor del coño de Clara en mi boca me llevan al límite. No puedo parar, mi lengua sigue lamiendo, rozando su clítoris con círculos rápidos, bebiendo cada jadeo que escapa de sus labios, mientras Sofía acelera, sus movimientos más urgentes, mi polla deslizándose dentro y fuera de su coño con un ritmo que me hace temblar. Los sonidos llenan la habitación: sus gemidos, mis jadeos, el roce húmedo de la piel contra la piel, el chasquido de sus besos y las caricias en sus pechos. Es un torbellino, una danza de deseo en la que los tres estamos atrapados.

El orgasmo llega como una ola, simultáneo, devastador. Sofía se tensa, un gemido largo y roto escapando de sus labios mientras su coño se contrae alrededor de mi polla, su cuerpo temblando sobre mí.—No pares, Álex, córrete en mi coño que no hay peligro, tomo la píldora —susurra, su voz cargada de excitación, Álex comienza a correrse... —Álex, me corro joder—dice Sofia, siento como me llenas... Clara, nótalo tu también, siente como tiemblo—grita como loca.

Clara excitada se arquea, sus manos apretando mi pecho mientras su clítoris pulsa contra mi lengua, se corre estremeciendo todo su cuerpo, noto sus muslos temblando de placer, y yo me pierdo en la intensidad de ambas, mi propio placer explotando en un torrente que nos une a los tres, mi polla liberándose dentro de Sofía. Nos dejamos caer, jadeantes, enredados en las sábanas, el aire cargado de calor y satisfacción.

Nos quedamos allí, con las respiraciones aún agitadas, los cuerpos entrelazados. Sofía descansa su cara en mi pecho, su cabello desordenado cayendo sobre mi piel, mientras Clara traza patrones perezosos en mi brazo, su rostro relajado pero con un brillo que la convierte en una diosa.

—¿Qué tal esa clase de química? —pregunta Sofía, con una sonrisa pícara.

Sonrío, todavía flotando, mi cuerpo zumbando con la memoria de lo que acabamos de compartir.

—Creo que acabo de aprobar con honores.

por: © Mary Love

Nota de la autora:

"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías.Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.

¡GRACIAS POR LEERME!