El Camping
El verano en el camping prometía aburrimiento, pero María descubrió que los baños públicos escondían más que agua fría. Entre susurros y miradas lascivas, lo que comenzó como una paja solitaria se convirtió en una noche donde las reglas de la familia dejaron de importar.
María radiaba juventud, hormonas y felicidad. Bajita, regordeta, tetona y culona, con el pelo rizado castaño, voluptuosa toda ella, hacía que la gente se diera de bruces mirándole las tetas, o torciese el cuello al verla pasar para observar su culazo, vestida con ropa corta, cómoda y ajustada en aquel verano.
Se pasaba el día en la piscina o en casa masturbándose, y la noche…masturbándose o follando con su hermano, el hombre más accesible que tenía a mano, tontín pero siempre dispuesto a darle polla.
Entrado Agosto su hermano encontró trabajo de verano en una tienda de gafas de sol; ella tuvo que irse con sus padres de vacaciones.
Aquel año en vez de ir al pueblo se marcharon de camping.
El camping estaba muy bien; piscina, campo, zonas de juegos….lo que María no congenió con ningún chico, allí todo eran niños y padres. El único que estaba bueno era el vigilante de la piscina, pero ya lo había visto tonteando con una mamá ricachona que veraneaba en la villa a lo alto de la colina.
Su madre y su padre también se pasaban el rato en la piscina o jugando a cartas con los vecinos. Mamá, como ella, lucía sus grandes tetas casi descubiertas con su bikini, bastante más provocativo que el suyo, y la veía seguirle el juego a los mirones
Llevaba ya una semana sin follar ni masturbarse porque dormían en una tienda de campaña con dos habitaciones y estaba que ardía; cierta noche se escabulló de la tienda, dejando a sus padres follar como conejos. Fuera, los pocos que paseaban a la fresca al pasar cerca sonreían, seguramente por los gemidos que se oían y los bamboleos de la pobre tienda de campaña. Una mujer ya mayor se la quedó mirando cuando se ponía las sandalias en el avancé de la tienda. “Sí, a mi madre le están partiendo el coño… ¿Tienes envidia?... ¿no? ¡Pues yo sí!”
Se fue rápida vestida únicamente con su pijama corto sin ropa interior hacia la instalación que hacía las veces de duchas y baños. Allí encontró un recoveco donde poder aliviarse las noches veraniegas, en el último baño, el más limpio por ser el menos concurrido. A veces ni se sentaba por si acaso; se bajaba el pantalón del pijama y se llevaba las manos a su coño peludo para hacerse una soberana paja.
María en aquellos días había buscado modos de entretenerse; contemplaba a los chavalines más mayores pensando en cómo serían dentro de unos años, leía alguna revista en el pub….y lo más divertido que hacía era indagar dónde residía cada persona, haciéndose un plano mental. Al que más le costó ubicar era al vigilante buenorro de la piscina; tenía una auto caravana en una esquina apartada del camping, dos callecitas más al lado del pub. Era como un fantasma y hasta que no lo vio sentado en su sillita plegable echando un cigarro frente a la choza rodante no supo dónde dormía
Su madre seguía con los hábitos de puta; logró que el chaval vigilante de la piscina, de no más de 30 años, alto, fornido, con greñas hippies rubias y una incipiente perilla, se sentara a su lado a charlar mientras María y su padre se bañaban o él se iba a tomar, como era costumbre, unas cervezas a la tasca. Y se ve que la ponía bien cachonda, porque cuando volvía borracho perdido a la tienda bien entrada la noche no tardaban más de un minuto en dar rienda a sus pasiones, y de nuevo la chiquilla tenía que escaquearse a hacerse un dedo.
Una tarde estaban los tres en la piscina, su madre tomando el sol y ellos en el agua. Papá salió empapado a besarla y lo vio irse chorreando cuesta arriba hacia el bar. Unos instantes después el vigilante se le acercó y le susurró algo que la hizo reír en su tumbona.
Justo cambiaban de vigilante, y su sustituto era como el doble de ancho que el buenorro, y peludo como un oso. Feo hasta decir basta con un bañador tipo años 50 negro. El buenorro cruzó la piscina y su madre no dejaba de mirarlo entre la pamela y las gafas de sol bajadas.
Se levantó de la tumbona y se le acercó, María estaba al borde de la piscina con el agua hasta el cuello evitando las bombas de unos criajos.
- Voy a buscar unas bebidas. ¿Quieres algo? ¿Un helado?
- No mamá- Respondió María oliéndose algo
Su madre desapareció por las callejuelas de la piscina. Más o menos tomaba el rumbo de su padre hacia el pub pero desde su posición le pareció ver que torcía a la derecha en vez de a la izquierda. Esperó más de diez minutos y no volvía, así que salió del agua y los únicos varones que le echaron cuentas a sus prendas empapadas y pegadas al cuerpo fueron el vigilante de la piscina horrendo y un señor mayor que hacía las veces de jardinero y basurero.
Se secó y con la toalla al hombro y sus chancletas rosas siguió los pasos de sus padres hasta la encrucijada. Muy a lo lejos, a la izquierda, pareció ver a su padre sentado en un taburete bebiendo con dos tíos más de su edad sobre un barril que hacía las veces de mesa, ajeno al mundo. Pensó que si su madre había ido para allí, estaría con él o ya debería estar de vuelta. Echó la vista a la derecha y siguió el camino.
Aquella zona, ya de por sí despoblada con solo 4 caravanas, a pleno sol de verano a media tarde era un desierto. Ojeó y ojeó, nada, ni un alma. Entre los rinconcillos encontró a tres chavalines pequeños, de unos doce o trece años, que parecían jugar al escondite. Pero se fijó más, los vio agazapados al lado de la caravana del buenorro.
Cuando María pasó por su lado, sin querer importunarlos, la miraron y salieron corriendo. Intrigada, se acercó
Se puso roja como un tomate oyendo a su madre gemir como una posesa dentro de la caravana. También se le hizo aguas el coño; por suerte el bañador lo disimulaba. Después de comprobar que los chavales se habían largado y que no había moros en la costa dio la vuelta a la caravana intentando ver algo.
Una de las ventanillas estaba abierta, y aunque las dos cortinillas estaban cerradas, entre ellas había un pequeño resquicio. Desde él vio a su madre desnuda, estirada en un camastro minúsculo rodeada de prendas suyas y del vigilante, también desnudo, que la cogía de las rodillas y se movía adelante y atrás entre sus piernas blancas. Mamá tenía la cara desencajada de placer, pellizcándose los pezones.
Oyó pasos en las piedras del camino y, como los chavales antes que ella, salió por patas escondiéndose de caravana en caravana hasta llegar a la zona más concurrida y de ahí, al pub.
Su padre ya andaba borrachito, jugando a las cartas. Los vecinos ya la conocían así que se unió a la partida. Media hora después apareció su madre.
- ¡Qué susto me habías dado! ¿no estabas en la piscina?
- Sí, pero como tardabas me vine aquí
Iba a decir algo sobre las bebidas y los helados, cosa que tenía que comprar aquí sí o sí, pero se calló. Además su madre se habría inventado algo para cubrir que había estado jodiendo.
Su padre, embriagado, se alzó a darle un besazo estrujándole el culo sin importarle que estuvieran en compañía. Los hombres rieron, su madre se puso roja y le dijo que parara
Anochecía. Pidieron unas tapas de cena y, al acabar, en familia, volvieron a la tienda de campaña.
Diríase que su madre era una mal follada por su comportamiento, pero nada dista más de la realidad; los gemidos con el vigilante no eran nada comparados con los de la follada que le estaba propinando su padre, impidiendo que ella conciliara el sueño y tuviera que hacer una de sus salidas nocturnas masturbadoras
En la zona de duchas esperaba poder liberar la tensión acumulada del día, pero se encontró con el viejales jardinero/basurero cambiando los jabones de mano frente a las duchas y con una señal en el suelo indicando que se tuviera cuidado, que estaba fregado.
María iba con su pijamita corto y holgado en el cual aún por lo ancho, marcaba sus grandes tetas empitonadas. El viejo, un sesentón medio calvo y canoso, rechoncho, la miró.
- Hola
- Hola…-respondió ella
- Ve a estos, aquellos- Señaló al fondo- están recién fregados- Le dijo mirándola lascivamente de arriba abajo
Fueron unos segundos cómplices: ella marcando teta con los pezones erectos; él con cara de cerdo y las orejas rojas. Segundos, pero parecieron minutos. Segundos en los que ella se le quedó mirando, esos segundos de más que diferencian un cruce fortuito de un encuentro. Esos segundos de más, en los que ambos tragan saliva y no se dicen nada.
El hombre miró a la puerta, ella también, volvieron a cruzar mirada quietos. Él soltó el bote de gel y poco a poco se llevó la mano al paquete haciendo con él una pelota.
María salivó. Se le acercó poco a poco.
Él miraba a la puerta y a ella. Llevaba un pantaloncito corto marrón, se desabrochó el botón dejando ver unos calzoncillos blancos
Se sacó una pequeña polla regordeta, oscurita, como una seta, y se la descapulló con dos dedos haciendo pinza enseñándosela.
María se acercó, primero temerosa, luego con ansia, viendo cómo crecía con los movimientos de la piel, tras su primera y decepcionante impresión, miró hacia la entrada como él y después se agachó. El hombre se la dejó al aire y María se la agarró imitando la paja que se estaba haciendo.
Él la agarró suavemente del mentón y la invitó a que acercara sus labios a la polla, que ya había conseguido cierto tamaño, aunque aún estaba blandita. Se metió el capullo en la boca y sorbió, pajeándolo con tres dedos. La polla iba creciendo dentro de su boca al compás de los gemiditos del hombre.
No tardó en ponerse tenso y hacerla que se la tragara hasta casi ahogarla con los pelos y un líquido espeso y amargo se derramó en su boca y garganta.
María se irguió con mirada cachonda, aunque algo decepcionada porque su objeto de deseo estaba perdiendo tamaño y firmeza, intuyendo que se iba a quedar con las ganas.
Por suerte el hombre se dio cuenta de sus necesidades; la hizo ponerse contra el mármol, le destapó las grandes y jóvenes tetas y se lanzó a comerlas. A la par su mano se coló por el pantalón del pijama, yendo directo a su coño empapado, metiéndole dos dedos que la hicieron gemir, y usando el flujo para frotarle el clítoris. Estrujaba y sorbía los pezones y le estaba haciendo una rica paja.
Ella a su vez sobaba con dos dedos la setita en la que se había convertido su polla de viejo contando que crecería, pero no. Así que tuvo que acabar con el rico dedo que le estaba haciendo a toda prisa porque los podían pillar
Se derramó en su mano y se bajó la camiseta para cortar la comida de tetas en lo que venía siendo un “Venga, déjalo” y se fue al menos con esa corrida.
Se convirtió en una rutina; piscina, su padre bebiendo y jugando a las cartas y su madre follando en la caravana, y a la noche ella se iba a los lavabos y, o bien se hacía su paja o el hombre la esperaba para una chupada. Ella intentó en un par de ocasiones sólo calentarlo para que se la follase, pero él le hacía acabar la mamada o se pajeaba hasta correrse en la cara, decepcionada y envidiando a su madre que se hinchaba a follar.
Aquella noche salió más cachonda que de costumbre, oyendo a su madre gemir y casi llorar de placer al son de “Ummmm, ¡Mételos más, más!”. Se asomó a mirar por la pequeña abertura de las dos cremalleras y vio a su padre dándole polla a cuatro patas moviendo la mano en su trasero
Al llegar a los baños estaba que ardía y por suerte estaba el viejo pajero; se lanzó a comérsela antes de que él mismo se la sacara. Le susurraba “Espera…espera” pero ella no oía contando que era por sus ansias, sólo quería chupar polla, haciéndose ella misma un dedo arrodillada.
No llegó ni a ponerse dura del todo que empezó a correrse en su boca.
De repente, antes de poder tragarse el regalito, oyó una cisterna de uno de los lavabos y el pestillo descorrerse, saliendo un hombre de unos cincuenta años, fofisano, sin camiseta y con el pecho peludo, y con un pantalón de pijama ancho de tela azul.
Se quedó un segundo embobado y sin saber qué hacer, viendo al viejo con la polla al aire y a María arrodillada.
Después del impacto anterior, miró fuera del cubículo, y como ben hombre se empezó a sobar el paquete.
Se la sacó, era una polla ya considerablemente más grande que la del viejo, cosa que la hizo chorrear. Abrir la puerta del cubículo del todo era una clara invitación que no desaprovechó.
Se sentó en la taza del váter con la polla mirando al techo y María entró al cubículo echándose de rodillas y deseosa, agarrándole la polla y llevándosela a la boca con deseo. “Esto sí es una polla” Se dijo chupándola, con sabor a orín pero sin llegar a darle asco.
Chupaba rápido y profundo, el hombre gemía pero a diferencia del viejo, le aguantó largo rato. Su viejete escoltaba la puerta tocándose la setita. “Necesito polla” Pensó.
Se levantó y quitó el pantaloncito del pijama, cogió la polla y se sentó a horcajadas apuntalándosela en el coño, metiéndosela de golpe
El hombre le dijo algo de condón, pero se le pasó al verla cabalgarlo y levantarse la camiseta para que sus tetas grandes y blanquecinas quedaran a la altura de la cara.
La polla era algo más pequeña que la de su hermano, la única que había tenido dentro, pero estaba tan cachonda con la comida de tetas y poder penetrarse a antojo, frotando el clítoris con su pubis, que se corrió como una loca, y a su vez, el hombre empezó a gemir fuerte, separarse para cogerla del trasero y clavársela lo más que pudo llenándole el coño de leche que, al sacársela de dentro, salió de su raja cayendo sobre la polla flácida, empapándole los pelos.
Cuando se levantó, el viejo ya había desaparecido y el hombre la miraba incrédulo, alegre y algo avergonzado.
María salió rápida de allí, orgullosa de haberse comido a dos tíos en una noche, volviendo con el coño empapado a la tienda. Era como si estuviera compitiendo con su madre en ver quién era más puta.
“¡Ahhh! ¡Sí! ¡Cabrón! ¡Dios! ¡Qué bien follas!” La tienda de campaña no paraba de moverse, y los gritos de su madre habían atraído a unos cuantos transeúntes que escuchaban sentados en sus hamacas al otro linde de la parcela. Saludaron a María alzándolas cuando entraba de nuevo para intentar dormir, decepcionada
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