Mi última entrevista (Capítulo 2)
La entrevista no era lo que parecía. Don Javier no buscaba una empleada, sino una sumisa dispuesta a perder el control. Con el mayordomo como testigo silencioso, Aurora descubrirá que su deseo de poder se rompe contra la realidad de su propia desnudez.
Capítulo II
Aquel día, me sentía extremadamente inquieta. Mi estado de zozobra, hacia que sintiese que me iban a explotar las sienes por la tensión acumulada. Aquel viejo verde, había utilizado mi cuerpo a su antojo, ¡Usado y vejado!. Y yo, aunque realmente deseaba que hubiese sucedido aquella situación, me había sentido totalmente manipulada, porque por norma general, me gusta llevar a mí las riendas de la situación, y cuando no lo controlo realmente, me saturo y me bloqueo. De repente sonó́ la notificación de mi teléfono móvil. Era un correo electrónico. [email protected] Con el texto que decía así́:
-A/A de la señorita Aurora Vargas: Estimada señorita: He revisado minuciosamente su carta de presentación, y aunque he visto que tiene muy buenas actitudes, aun me gustaría aclarar un par de términos en relación a su nivel de inglés. Ni que decir tiene que dependiendo de cómo se dé esta segunda parte de la entrevista, su futuro con nuestra empresa podría estar asegurado o no, Llegando a formar parte de nuestra amplia empresa.
Espero que entienda la importancia de esta segunda entrevista y la voluntad real de superarse en los retos que se planteen a cada momento. Si tiene a bien presentarse a esta segunda convocatoria, quede citada mañana, día tres a las siete de la tarde. En la calle Valparaíso número 69. Dependiendo de cuanto se extienda la entrevista, podría darse el caso de que tuviera que quedarse a cenar o incluso la noche entera, para lo cual dispondría de alojamiento y comida. Pd: Sea puntual.-
Al leer el texto, me dió un vuelco el corazón. Y mil mariposas, comenzaron a revolotear en mi estomago para a continuación subir por mi pecho, recorriendo todos los nervios de mis senos, erizándolos y endureciéndolos, para a continuación bajar rápidamente hasta toda la zona de mi entrepierna. Una vez allí, las mariposas comenzaron a acariciar toda mi zona pudenda, humedeciéndola hasta llegar a la situación de tener que juntar las piernas fuertemente.
-¿Este viejo asqueroso, qué coño se ha creído?-
Fue lo primero que pensé, para a continuación, intentar recomponerme y seguir con mi vida como si nada. Pero entonces comenzaron a bombardearme los recuerdos de esa figura activa, dominante y desafiante, respirando en mi cuello, diciéndome esas barbaridades misóginas machistas y asquerosas. Vamos las típicas de un viejo verde. Y ya no lo pude evitar. Me recosté sobre el sofá, me bajé mis leggins, mis braguitas blancas y comencé a acariciar mi húmedo Chochito. Mis ojos, permanecían cerrados mientras pensaba en todo lo que me había estado haciendo ese viejo asqueroso, mientras me hablaba y me mancillaba su pestilente aliento manido,
con un inconfundible olor a tabaco negro, sobre mi precioso delicado y blanquecino cuerpo. Con mi mano derecha, comencé a acariciar mi pubis, recorriéndolo con leves caricias circulares, que apenas rozaban la piel con mis uñas, mientras mi mano izquierda hurgaba bajo la camiseta y comenzaba a acariciar toda la extensión de mi seno izquierdo. Las palabras de ese viejo, aporreaban mi cerebro, y cuanto más autoritarias eran, mayor era el ritmo de mis caricias y mayor la necesidad de tocarme. Tras unos instantes, acariciando todo mi monte de Venus, mi mano fue bajando hasta acariciar mis labios mayores, que ya sentía henchidos de placer, y con las yemas de los dedos, comencé a introducirlos poquito a poco hasta llegar a los labios internos, provocándome leves y placenteras descargas eléctricas. Mientras tanto, mi manita izquierda, comenzó a apretujar mi seno izquierdo, a continuación, el derecho para volver al izquierdo y comenzar a acariciar en círculos toda la pequeñita areola de mi pezón, que se había puesto duro como una piedra. Mientras mi mente estaba sobre la mesa del despacho, recibiendo las embestidas del pollón del viejo verde, comencé a soltar gemidos provocados por la incursión de mi dedo anular dentro de mi húmeda cavidad vaginal, carente de Vellosidad. Conforme aumentaba la velocidad de la follada del señor López, aumentaba la velocidad de follada de mi dedo, que ya necesitaba la ayuda de un segundo dedo. Y poco a poco, fui aumentando la intensidad, mientras me apretaba los pezones fuertemente y pegando tirones de ellos, hasta llegar a una descarga electrizante, poderosa, Sensual y liberadora. Un orgasmo que me acababa de recordar al que había sentido sobre la mesa del despacho del ordinario
señor López. Permanecí unos instantes derramada. Derrotada sobre el sofá, mirando al techo y con un sentimiento de culpabilidad, tan adictivo como liberador. Tras unos minutos, volví a colocarme mis braguitas blancas y mis leggins, como si no hubiese ocurrido nada. Bueno, nada no. Se me había pasado esa zozobra y ahora me sentía más relajada, tanto como para poder contestar el e-mail. -A/A del señor López Buenas tardes. Estaré encantada de contestar a cuantas preguntas acerca del trabajo, me formule. De igual manera que superaré cada una de las pruebas que se me imponga para demostrar que soy apta para el puesto. A esa hora estaré en Valparaíso 69- Estaba todo decidido. Sabía que esa noche iba a terminar siendo follada, violentada y humillada por ese asqueroso y a la vez adictivo maduro que con sus palabras me había sacado de mis casillas, para calentarme hasta límites insospechados. En ese momento, decidí que tenía que dar un paso delante y cambiar diametralmente mi Outfit para la ocasión. Ya no tenía que defender un rol preestablecido, puesto que anteriormente había desplegado mis almas y me habían funcionado al 50 % dándome al menos una posibilidad de prórroga. Ahora sabía ciencia cierta, a qué iba allí y lo que iba a suceder, por tanto, el Outfit ya no tendría que ser el típico traje de secretaria, elegante y recatado, pero Sensual. Con falda cortita por encima de las rodillas y chaqueta a juego y, por consiguiente, embutida en una camisa ajustada, y enfundada específicamente para enervar cualquier pensamiento libidinoso.
Mi Outfit, para el día siguiente, tendría que ser definitorio. Decisivo y vertiginoso. Estaba dudando entre utilizar el rojo o el negro. Sí tenía claro que sería un conjunto de noche de vestido de tiro largo. Entre los dos había una pequeña diferencia y otra más grande. El negro tenía unos encajes en el escote sugerentes con transparencias. Dejaban entrever ese Sensual canalillo que sé potenciar en ocasiones, ese vestido resalta mi figura cuando lo acompaño con unos taconazos y al 99 % suele dar resultado. Sin embargo, el rojo es más de ir a matar. Ese tiene muchos menos matices, siendo más directo. Con el rojo, denotas sensualidad, sexualidad y atracción directa. Justo lo que deseaba que ocurriera con ese maduro impertinente, que no me daba bola, y me descolocaba a cada instante. Sabía que la “ficha roja” era apuesta segura. Y sin embargo. Algo me dijo que, a ese hombre, le iría más el negro. Al final, le daría el gusto y me embutiría en mi vestido entallado negro, con encajes y transparencias, que marcaban un escote elegante y sensual y mis tacones de infarto. Me hice un pase exclusivo para ver cómo se me veía, y frente al espejo entendí lo irresistible que era. Me acercaba al espejo para contemplar mejor. Bueno, admirar mi figura y al final no pude resistirme y volví a verme acariciando mis caderas, el contacto del raso sobre mi piel, la erizaba creando una amalgama de sensaciones que chocaban entre ellas, eclosionando y volviéndose una vorágine de mini descargas placenteras.
Abandonada me encontraba a mis sentidos, cuando de repente, sonó nuevamente mi mail. ¡Era él!
-A/A de la señorita “Aurora” Vargas. Vestido negro-
¡Pero que impertinente! Por otro lado. ¿Como sabría mi diatriba?. Acababa de decidirme. ¡Vestido Rojo!. Por impertinente y mandón.
Eran las 18’55h. La calle Valparaíso, era la zona más rica de la ciudad. Y el chalet del Sr López, era el más suntuoso de ellos. Paredes de tres metros de textura estucada en rojo, lo diferenciaban del resto. Y allí estaba yo, con mi precioso vestido negro, mis tacones de 9 cm que estilizaban mis piernas hasta hacerlas interminables, y mi peinado de pelu, semi moldeado con ondas amplias. Esperé a que diera la hora exacta y marqué el llamador de la puerta. Tras él, aguardaba un señor que posiblemente esperaba tras ella para abrir.
-La señorita Vargas.-
-Si señor.-
-Acompáñeme por favor.-
Y seguí a esa especie que mayordomo mayor que mi anfitrión que, con paso cansino casi arrastrándose, me llevó por varias galerías hasta confluir en un gran salón de estilo cortijero, con muebles clásicos, sin llegar a ser provenzales. Mesa alargada de unos 5 metros y al fondo, una enorme
chimenea que, personalmente agradecía por la livianez del vestido. Su figura al fondo, cerca de la chimenea. Receptiva, amable pero autoritaria, me dedicó una amplia mirada que me radiografió hasta lo más recóndito de mi ser.
-Me congratula su acierto con el vestuario. –
-Gracias-
Me guardé la soberana impertinencia de imponerme mi outfit. Pero de algún modo, también me excitaba. Me encantaba que impusiera su intelecto y superioridad ante mi. Y esa sensación, llegaba incluso a excitarme tanto, que sentía que tenía que juntar mis piernas intentando frenar algo tan físico como maravilloso. ¡Ese petulante engreído, lograba hacerme mojar con solo unas palabras! Era aterrador a la vez que excitante. Acércate querida. Siéntate frente a la chimenea. Así lo hice, me senté frente a ese señor con el enorme chimeneón que chisporroteaba brasas de madera de encina, dejando un aroma suave que camuflaba el olor a tabaco negro y colonia vieja. Y tras nosotros, Vitoriorio el mayordomo.
-Esta noche solo tendremos la compañía de mi mayordomo. Todo el servicio tiene el día libre-
Entonces, algo nerviosa, pregunte:
-¿Toda la noche?-
-¿Algún problema?-
Su tono duro y mandatario, me estremeció y algo cabizbaja negué con la cabeza.
-No, señor López-
-Vitoriorio es parte de mi familia desde hace 35 años. Sabe todo de mi. Y por supuesto, sabe para qué vienes.-
En ese instante, no pude evitar mirar de soslayo hacia atrás, para ver como el viejo mayordomo me miraba con aire respetuoso. Pero a la vez libidinoso. Por un instante, me sentí incomoda. Escrutada. Juzgada. Pero sobre todo. Desnuda.
-¡shhh!. ¡Mira hacia aquí y préstame atención!-
Me dijo con un tono soberbio y duro. Como reprobando mis dudas. Esas dudas que impedían que pudiese concentrar mi atención en nada y miraba en ambas direcciones.
-¡Escúchame!-
Ese grito, junto con un chasquido de dedos finalmente captó toda mi atención, con su mirada intimidante y fija en mí. Sin dejar de mirarlo, ni un solo instante, se levantó de su sillón y se dirigió hacia mí. Muy cerca, demasiado cerca. Abordándome casi, sintiendo su pesado olor a colonia mezclada con ese fuerte olor a tabaco negro. Que, sin embargo, me embriagaba obscenamente. Una vez ante mí, me cogió ambos brazos y mirándome fijamente a los ojos, me dijo:
-Él no importa. Él no es nadie. Solo una estatua que mira y observa. Y hoy va a observar cómo te follaré. Hoy, va a contemplar toda tu desnudez provocadora y reprobable. Y tú no harás absolutamente nada. Porque te va a encantar esa sensación de ser poseída violentamente ante los ojos de otra persona. Y a partir de que pruebes esta situación. Se romperá una nueva barrera en ti.
Y la mariposa negra, batirá sus enormes y preciosas alas.-
Yo asistía enmudecida a las palabras del señor López, que con su mirada intimidante, Me hablaba intentando calmarme.
-Y ahora, señorita Vargas sentémonos para hablar de las condiciones-
Mientras me explicaba los pormenores y bonanzas de su empresa, Vitoriorio nos acercó un par de copas de vermú, Sinceramente, jamás había probado esa bebida, pero sin querer afear el gesto, la tomé y bebí.
-Si vamos a hacer esto, señorita Vargas, quiero que tenga una cosa meridianamente clara. Usted estará aquí para hacer su trabajo. Pero también tendrá que realizar otras labores. Labores más íntimas y personales. Y créame cuando le digo que esas labores habrá de hacerlas presta y con total predisposición, puesto que yo me aburro rápidamente de las personas. ¿Queda claro?-
-Si señor López-
Vitoriorio interrumpió
-Señor, la cena está lista-
-Sírvela, ya nos sentamos-
El señor López me cogió de la mano cortésmente y me llevo hasta mi lado de la mesa, para sentarse él en el otro extremo. La cena, fue amena, pero lo sentía distante en todos los sentidos. Unos entrantes ligeros, para luego comer un plato sofisticado a base de fuet de pato, envuelto en endivias con lunares de roquefort. La comida era ligera, pero con sabor contundente, El segundo fue más ligero, compuesto de una sopa de trozos de pota, para terminar con un Chantilly de postre.
-Ligera y deliciosa- Sentencié mirando a Don Javier López, a lo que fue Vitoriorio quien me contestó.
-Gracias señorita Vargas-
Ese “señorita” sonó un tanto despectivo, como si el hecho de llamarme en este caso, señorita, fuese algo que me desvinculara de toda aquella situación. Como si no formara parte de ese ambiente. Como si no perteneciese a ese mundo. Como si solo estuviese allí para follar.
-Acompáñeme Aurora-
Sugirió don Javier acercándose a mí y retirando mi silla. Los dos volvimos a la chimenea para departir un rato. Don Javier no dejaba de mirar mi vestido negro.
-He de felicitarle Aurora. ¡Ha acertado hoy de pleno con su Look!-
-Gracias-
-Vitoriorio tomaremos una copa. Lo mío, sabes lo que es. Pregúntale a la señorita que le apetece.-
-¿Qué toma usted?-
-Es como un ritual, querida. Cuando una ocasión merece la pena, siempre me tomo mi copa de Sheridan con un pozo de hielo.-
-Vitoriorio. ¡Que sean dos!-
Don Javier me miró complacido y me sonrió. Y sentí como el cielo y los mares se abrían ante mí. Descubrí que la sonrisa de ese señor, era lo más bonito que tenía. Y acababa de descubrirlo. Durante largos minutos, mantuvimos una interesantísima y enriquecedora conversación sobre música, literatura, política y sobre todo mi vida privada.
Descubrió que me gustaba el flamenco-fusión y me habló sobre el “Nuevo flamenco” con nuevos grupos y solistas emergentes. María José Llergo. Quentin Gas y los Zíngaros. Derbi Motoretta. El niño de Elche. Incluso Rosalía en su faceta flamenca. Me parecía impensable que un señor mayor como él, entendiera ese tipo de cuestiones. Y me dejé llevar. Me relajé y al final, sin poder evitarlo, lo miré a los ojos, y a continuación a los labios. Los tenía gruesos y con un dibujo marcado. Siempre me han parecido sexys. Y ese señor, me ganaba por momentos. Cuando advirtió que prácticamente lo devoraba con la mirada, me miró fijamente y se acercó a mí. Me invitó a levantarme y una vez frente a él, acercó su cara a la mía y me besó. Esta vez, era un beso cálido, dulce y tierno. ¡Ese hombre me tenía completamente desconcertada! Continuamos besándonos, larga e intensamente para, lentamente bajar, lamiendo y dando pequeños besos por mi cuello desnudo.
Al llegar a los hombros, don Javier desprendió los tirantes de mi vestido, quedando sujeto momentáneamente por mis protuberantes senos, que hicieron de barrera, impidiendo que se deslizase inmediatamente hacia abajo. De repente, algo me sacó de aquella situación y me hizo mirar hacia un lado. Vitoriorio observaba atentamente toda la situación. Su mirada, esta vez desencajada por el deseo y el éxtasis me devoraban, desnudándome. Don Javier agarró mi barbilla y la dirigió hacia el.
-El no está. No es nada. No es nadie. Solo un mueble de la sala. No le prestes atención.-
Me dijo susurrando al oído, casi besándolo, sintiendo sus labios acariciar mi lóbulo para después lamerlo. A continuación, volvió a mi cuello y entonces, sin poder evitarlo, deje escapar un leve gemido que me delató. Con sus manos, descolgó el vestido, dejándolo caer, sintiendo como el raso, acariciaba mi piel despidiéndose de ella. Me gustaba. Me sentía deseada. Y eso me excitaba. Sentía como la mirada de Vitoriorio me devoraba, pero me concentraba en don Javier.
-Mírame a mí-
Me decía mientras me mordía cariñosamente el cuello, la nuca. Mi barbilla, un escalofrío bajó desde mi pecho hasta las piernas, pasando por mi sexo y volviendo a mojarme irremisiblemente. Nuevamente.
-¡Joder con el viejo este!-
pensé
-¡Es el único capaz de provocar una reacción involuntaria de tal magnitud sobre mí!-
Y allí estaba yo. Ante ese señor que me devoraba a base de besos y caricias, mientras me sentía violenta y observada, por la presencia que tenía tras de mí, y que sabía que también me estaba devorando, con su mirada depravada y enfermiza. Escudriñante, a la vez que analítica. Esa mezcla de sensaciones placenteras y a la vez tremendamente humillantes, me tenían completamente desubicada y sobre todo desarmada.
-Mírame a los ojos-
Me susurró nuevamente al oído don Javier que, veía como continuamente, miraba hacia un lado con el rabillo del ojo.
Mientras me miraba, y de manera hipnótica, reclamaba mi atención, me abrazó acariciando mis hombros y mis espaldas, con suavidad, creando un leve escalofrío de placer. Sentía como sus dedos a la par que bajaban por mi espalda, llegaron a la conexión de mi sostén, escudriñando los corchetes. En ese momento hice un leve sonido de queja, como si involuntariamente quisiese avisarle de que no quería que estuviese ese señor detrás de mí. Ese gesto, lo enfureció y cambió su actitud diametralmente.
-¡Escúchame estúpida!. ¿Qué coño crees que es esto?. ¿Una cena de gala?. ¿Una fiesta con la jet set?. ¿Recuerdas a qué cojones has venido aquí? ¡Has venido a implorar un puto puesto de trabajo! ¡Has venido a implorar un puto puesto de trabajo a cambio de dejarte follar por mí!.¿Y me vienes ahora con remilgos? ¡Ponte tu ropa y lárgate de aquí!-
Sus palabras frías como el hielo, me dejaron completamente desubicada y bloqueada. Toda la excitación que sentía, se había desvanecido en décimas de segundo. Y una mezcla de terror, recorrió todo mi ser. Provocando nuevamente una de las sensaciones básicas que había sentido en la primera entrevista. Placer.
¡Genuino y auténtico placer ante la humillación!
Me parecía increíble, sentirme tan excitada ante ese tipo de actitud. Pero así era. Y no podía dejar escapar esto que estaba sintiendo. Me gustaba, era adictivo. Y ese hombre.
con esa retórica. Con esa forma de hablarme, tan soez y vulgar. Que cuando quería, podría ser la persona más dulce del mundo. y cuando no, me humillaba hasta el extremo. Ese hombre me tenía absolutamente enganchada. Y finalmente sucumbí.
-No don Javier, por favor. Haré lo que quiera.-
-¡Pídeselo a él! No es a mí a quien debes pedir disculpas.-
Y yo, totalmente avergonzada, giré mi cuerpecito semidesnudo, solo enfundado en mi conjunto de lencería negra y mis tacones, hacia donde estaba el mayordomo, que me devorada con una mirada sádica, y totalmente humillada, le implore.
-Por favor, Vitoriorio. Me gustaría que permaneciese en la sala, observando todo lo que aquí ocurra.-
-Lo que quiera la señorita.-
En ese instante, me giré hacia don Javier, pero él retuvo mis hombros y me obligó a quedarme frente al mayordomo.
-Tu insolencia, tendrá que pagar un precio.-
Y con una goma, me agarró del pelo y sujetándolo, me hizo un moño recogiéndome todo el pelo y dando un pequeño tirón hacia atrás. -Así me gustas más. Tu pelo es más manejable, ya sabes para que. ¿Y a ti qué te parece Vitorio? Con el pelo suelto o el pelo recogido-
-Usted ya conoce mis gustos, señor. Siempre recogido-
Intentaba desviar mi mirada hacia un lugar que no fuese la figura patética e indecente de ese señor, que me violentaba con la mirada, pero era como si don Javier me conociese de
toda la vida, y dándome un nuevo tirón del pelo hacia detrás me dijo.
-¡No te lo repetiré más zorra! Si juegas a este juego, ha de ser hasta el final.
¡Quiero que lo mires! Quiero que le muestres todo tu potencial a él. Quiero que le muestres todo lo que me vas a regalar hoy a mí. ¿Has entendido?-
-Si don Javier, disculpe-
Y ya, abandonada a la vergüenza y con el ánimo totalmente hundido, levanté la mirada y miré fijamente a la cara de ese viejo baboso. Sentí como don Javier, desabrochaba mi sostén, y desde los tirantes de los hombros, acariciaba hacia el ante mis senos, bajando con las manos todo el grueso del sostén, mientras que sus caricias erizaban mis pezones, creando una descarga sensitiva, que involuntariamente fue en aumento mientras veía como mi sostén, caía al suelo y dejaba mis preciosos y sensibles pechos a la vista de ese viejo verde. Las manos de don Javier subieron por mis caderas nuevamente para volver a acariciar mis senos, a continuación, subieron hasta mi barbilla, elevándola y girándola para coincidir con sus labios. Y nos besamos. Fue un beso, pasional, turbio y sucio. Pero embriagador. Permanecía besándome, mientras sus manos continuaban acariciando mis pechos, erizando mi piel y mis pezones, que sentía ya completamente erectos y sensibles. A continuación, con su mano izquierda, volvió a colocar mi cabeza para mirar a Vitoriorio que, con su cara desencajada y su mirada absolutamente animal, acariciaba su entrepierna lenta y pausadamente.
La sensación de ver a ese viejo decrépito mirando mi cuerpo, observándolo, deseándolo, mientras acariciaba sus partes, comenzó a provocar en mí una extraña sensación que originó, que mi mirada hacia él, cambiase diametralmente.
Ahora ya lo miraba con otros ojos. Desafiantes. Humillantes. Era como si conociera mi poder y lo mostrase ante ese ser, que sabía que jamás podría devorar un manjar como yo. Las manos de don Javier bajaron por mis caderas hasta llegar al hilo fino de mi tanga. Bajándolo hasta llegar al suelo. Vitorio soltó un pequeño suspiro de admiración, hecho este que provocó en mí una euforia y un estado de excitación extra, que me enorgulleció.
-¿Qué te parece Vitorio? ¿Merece la pena contratarla?-
-Ya lo creo, señor. Es una auténtica preciosidad.-
Sus palabras me complacían y elevé involuntariamente mi pecho hacia arriba en señal de orgullo.
-¿Qué harías con la señorita?. O mejor, Aurora, pregúntale a Vitorio que haría con tu cuerpo-
-Vitoriorio. me gustaría saber qué harías con mi cuerpo.-
-Señorita, con su cuerpo haría mil guarrerías... La azotaría. Cachetearía su trasero hasta dejárselo completamente colorado, pero con mis manos desnudas, porque sé que es más placentero. Luego, tras acariciar sus pechos y sus pezones, también los palmearía.-
-Vamos. lo que es un Spanker de toda la vida.
Pero no te preocupes querida, él solo va a observar como follamos.-
Las palabras de don Javier provocaron cierto alivio sobre mí.
-Aurora cariño, pregúntale qué te parece tu coño.-
-Dime Vitorio, ¿qué te parece mi Chochito?-
-El chochito de la señorita me parece una auténtica delicia. Es como a mí me gusta, totalmente depilado, casi puberto. Con sus labios mayores pronunciados, y esa pequeña cabecita clitoriana asomando irreverentemente. Una delicia-
Las palabras del viejo asqueroso, consiguieron mojarme, hasta el extremo de tener que juntar mis piernas para no sentir como mi flujo, chorrease por mis muslos.
-Ahora cuéntame Aurora preciosa. ¿Qué te parece el hecho de que tengamos a este anciano de decrépito observándote y admirando tu precioso cuerpo?-
-Pues si le soy sincera, me excita. Me siento completamente excitada ante sus palabras y su mirada-
-Si estuvieras ante la chica que hace cinco minutos se moría de vergüenza ante la mirada del mayordomo. ¿Que le dirías?-
-Que no fuese tan remilgada. Que se dejase llevar.-
-¡Bravo!.-
A continuación, comenzó acariciar todo mi cuerpo con sus manos hasta llegar a mi sexo, su mano comenzó a acariciar mis labios mayores, Mientras la otra sopesaba, mis senos y con los dedos, daba pequeños golpecitos sobre mis pezones. Sin poder evitarlo, recosté mi cabecita hacia atrás sobre su pecho. Elevando mi cara y mi barbilla y soltando pequeños gemidos de placer.
A continuación, me cogió del moño y violentamente, me dirigió hacia la mesa, dejándome contra ella bocabajo, abriendo mis piernas y dejando todo mi trasero expuesto ante su mirada. Mis brazos extendidos y mis pechos aplastados contra aquella fría mesa, mientras mi carita era prácticamente aplastada a causa del tirón de la coleta, haciendo que mirase hacia donde estaba el mayordomo.
-¿Te gustaría que Vitorio tuviese las mismas vistas que estoy viendo yo?-
-Si don Javier, me encantaría que Vitorio viese lo mismo que está viendo usted.-
-Pídeselo-
-Vitoriorio. ¿Te apetecería observar desde detrás como me penetra don Javier?-
-Me encantaría, señorita.-
A continuación, Vitorio se colocó tras de mí, y don Javier, jaló mi coleta y tiró hacia atrás de ella, obligándome a mirar hacia delante, ya sin tener ninguna visión de lo que allí ocurría, solo sensaciones. En aquel instante sentí como unas manos, comenzaban a acariciar mi trasero. eran unas manos suaves y cálidas, que bajaron hasta llegar a lo más profundo de mi sexo, acariciándolo, pero sin invadirlo. De repente, sentí una cachetada fuerte en mi nalga derecha.
-Ahhhh-
No pude evitar soltar un pequeño quejido, que realmente denotaba cierta tensión sexual. Detrás de ese cachete siguió otro, y luego otro, y luego otro. Y ya con mi trasero ardiendo, escuché la voz de don Javier.
-Bueno muñeca, creo que ya es hora de jugar un poquito.-
Y lentamente, sentí como la cabeza de un Iniesto pene, comenzaba a acariciar mis labios internos, de un lado a otro, y yo, casi con las piernas temblando, comencé a gemir de manera involuntaria. Sin saber quién realmente estaba tras de mí, quien me había acariciado, quien me había cacheteado el trasero. Pero sobre todo, quien me estaba penetrando. Pero me daba absolutamente igual. Estaba rendida y abandonada al más básico placer. Y ese enorme miembro comenzó a introducirse poco a poco, y solo habiendo entrado un poco, consiguió que involuntariamente, sintiese una contracción reactiva, seguida de un grito ahogado y liberador.
-Ahhhhhg ¡Dioooos!.-
Acababa de sentir un orgasmo violento, animal y desenfrenado. Mi respiración, agitada hacía que mi cuerpo se moviese de arriba abajo y mis pechos pegados a la fría mesa, Sentí esa amalgama y ese cruce de sensaciones entre frío, sudor, e irritación.
-¿Te gustaría darte la vuelta y ver quién te está follando?.-
-No.-
Me sorprendí a mí misma diciendo aquello. No quería saberlo. Solo quería continuar sintiendo aquella invasión cautivadora y excitante. Invadiendo mis entrañas, y haciendo uso de ellas a su antojo, porque sabía que de un momento a otro, volvería a sentir un nuevo orgasmo. Porque eso, eso es lo que hace un auténtico macho maduro. Continúe sintiendo ese enorme y duro falo taladrando y percutiendo mi irritado coño hasta que tras unos minutos de intensa y violenta follada, no pude reprimirme más y volví
a sentir otro orgasmo, más intenso y violento que el anterior.
-¡Diooooos! ¡Me corroooo!-
No podía evitarlo. tenía que decirlo. Tenía que admirar a aquel macho que me estaba transportando al cielo. Tenía que venerar su forma de follarme.
-¡Dios!. ¡Que polla tienes!.-
-Date la vuelta. Quiero que sepas quién es el que te está follando-
Algo en mí no quería darse la vuelta, algo en mí, temía que fuese el mayordomo. En tal caso, sería como si hubiese caído en una nueva espiral. Como si hubiese bajado a un nuevo nivel del pozo. Pero finalmente lo hice y giré mi cabeza. Y le vi a él.
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