Xtories

La ventana indiscreta. Sexo con un toque voyer

Desde la terraza, la mirada de Rodrigo se clava en el cuerpo desnudo de la vecina. La excitación lo consume hasta que decide que su esposa será el único escenario para liberar esa furia contenida, sin importar quién los vea.

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El verano o, mejor dicho, las vacaciones de verano, pueden ser la mejor época del año, o una auténtica mierda.

Cuando Rodrigo era joven y viajaba con su grupo de amigos, en especial con Pablo y con Rubén, las vacaciones veraniegas siempre eran sinónimo de diversión y de placer. Los tres jóvenes, que se sabían guapos y atractivos para las chicas, se dedicaban a ligar con las más guapas y atrevidas de cada lugar por el que pasaban, dándole el máximo uso, humanamente posible, al cirio de cada uno.

Pero, una vez que Rodrigo conoció a Amanda, quién acabaría convirtiéndose en su mujer, su vida y su forma de viajar cambió por completo: pasó de recorrer cada año una zona de la costa española en la que estuviera asegurada la presencia de chicas jóvenes, dónde ligar y follar cada noche con una (o con varias), a elegir destinos más culturales y románticos: Roma, París, Venecia o Viena. Seguía follando, pero eso sí, siempre con la misma mujer.

El cambio radical llegó cuando, casi dos años después de contraer matrimonio, nació Nerea. Su hija era un encanto, una monada de niña, se le caía la baba cada vez que la veía o la recordaba, pero el nacimiento de la pequeña supuso un punto de inflexión en la vida de Rodrigo: el sexo se convirtió en algo esporádico y las vacaciones en una época tediosa en la que cargar con mil bultos, sin que ninguno fuera suyo, teniendo que aguantar, además, las protestas de Amanda y los “sabios” consejos de su suegra.

Casi tres años después nació Héctor, con lo que la agonía se garantizó durante unos años más. Al menos Héctor era un chico, y tenía la esperanza de que, con el paso de los años, pudiera compartir con él su pasión por los deportes, sobre todo por el fútbol, la Formula 1 y el motociclismo.

Los años han pasado. Nerea se ha convertido en una jovencita de 15 años, mientras que Héctor cuenta ya con 12. Un verano más, como en los últimos 7, las vacaciones consisten en pasar unas semanas en el apartamento que los suegros de Rodrigo tienen en Guardamar del Segura, en la Costa Blanca alicantina. No es un mal lugar, solo que el aburrimiento está asegurado. Los días en Guardamar se reducen en bajar por las mañanas a la cercana playa de La Roqueta, comer en alguno de los restaurantes cercanos y, tras la comida, bajar con los críos a la piscina de la urbanización, hasta que el sol cae para, una vez duchados y vestidos, buscar un lugar en el que tomar algo y cenar, reponiendo fuerzas para afrontar el siguiente día, que volverá a ser igual.

No era esto lo que Rodrigo soñaba para su futuro cuando, 20 años atrás, triunfaba entre las chicas, sin apenas darle descanso a su verga, siempre dispuesta a encontrar suave y húmedo acomodo en los chochitos más calientes.

Este año, Amanda y los chicos han ido a la playa unos días antes que él, ya que tenía asuntos que resolver en la oficina que no podían demorarse, y prefirió quedarse solo en Madrid unos días más, y poder ir a la playa con menos preocupaciones profesionales.

Por fin ha llegado el día en el que Rodrigo ha emprendido el camino hacia la costa. Unas 4 horas y media después llega a Guardamar, dónde una bofetada de calor húmedo le dio la bienvenida. Amanda ha tenido la buena idea de sacar su coche del parking, por lo que la plaza de garaje está libre para él. Menos mal, porque la calle ya está llena.

Una vez dentro del parking, Rodrigo conduce hasta su plaza. Cuando está sacando su equipaje del maletero no puede dejar de fijarse en una chica joven que ha aparcado a la vez que él. Se trata de una chica que no debe de pasar de los 20 años de edad, con el cabello rubio y largo cayendo sobre los hombros. Lleva unas sandalias de esparto de cuña alta y un vestido veraniego, por encima de las rodillas, de colores muy claros, casi blanco. Aunque están un poco alejados, la chica se da cuenta de que el hombre la mira. Por la edad podría ser su padre, pero Rodrigo no aparta la mirada de la joven belleza. Ella le hace un gesto con la cabeza, un leve saludo al que él responde con un gesto similar.

Cada uno echa a andar en direcciones opuestas: la chica hacia la izquierda, y él hacia la derecha. El edificio lo conforman tres bloques en forma de U. El apartamento de la familia de Rodrigo está en el ala derecha, mientras que la chica se ha dirigido al ala izquierda.

El hombre toma el ascensor directamente hasta la 3ª planta, dónde su mujer y sus hijos le esperan para salir a cenar a algún local cercano. Sus vacaciones acaban de comenzar.

La rutina diaria se ajusta a lo previsto. Al día siguiente, y tras las discusiones típicas entre hermanos por las más diversas tonterías, la familia se pertrecha de sombrilla, un par de sillas de playa, un par de toallas y una pequeña nevera en la que Amanda se ocupa de que no falte agua y algunos zumos fríos.

- Nada de cerveza, -le dice Amanda a su marido-, que con el sol se te sube a la cabeza.

- Pues empezamos bien -se lamenta para sí mismo Rodrigo.

La mujer porta la nevera, Héctor la sombrilla y Rodrigo las dos sillas, mientras que Nerea lleva un gran bolso con un par de revistas y las toallas. Apenas 15 minutos después ocupan un lugar tranquilo en la playa.

Héctor presiona a su padre para que se dé un chapuzón con él. El padre se hace un poco el remolón, más por chincharle que por falta de ganas. Pero ya que está allí, al menos se refrescará un poco con el agua del Mediterráneo. Mientras que padre e hijo juegan en el mar, la madre y la hija se sientan a la sombra, leyendo sendas revistas.

Tras un rato, Rodrigo decide descansar un poco, y se echa en una de las toallas. Ninguna de sus “chicas” le cede su silla. Son así de generosas. Al menos desde la arena, y parapetado tras las gafas de sol, disfruta del paisaje, viendo pasar los bellos y esculturales cuerpos femeninos que pasean por la orilla, aunque ello le suponga una erección que comienza a ser difícil de disimular.

Por fin Amanda y Nerea deciden meterse en el agua, siguiéndolas un entusiasmado Héctor, lo que el padre aprovecha para sentarse en una silla para seguir disfrutando de las vistas.

El resto de la mañana transcurre del mismo modo: Alguna entrada y salida del agua, desfile de chicas en bikini, escaneo constante por parte de Rodrigo de sus cuerpos, y erección casi permanente.

Para comer, Amanda ha reservado mesa en un restaurante cercano. Suben los trastos al apartamento y, tras una rápida ducha, se cambian de ropa para bajar a comer. La madre se viste con una camiseta y un pantalón blanco, finísimo, que deja entrever su ropa interior, un tanga que realza su culo, casi perfecto. Nerea se ha puesto un vestido de color azul celeste, con la espalda al aire y sin sujetador (se le marcan los pezones de sus adolescentes pechos). Rodrigo piensa en decirle algo sobre eso de no llevar sujetador, pero en el último momento decide que es mejor no empezar con una bronca. Amanda también se habrá dado cuenta, y no le ha dicho nada, así que no será él el aguafiestas del día. Héctor se viste con la equipación del Real Madrid, mientras que Rodrigo lo hace con unas bermudas y una camiseta, de color azul y blanco.

Apenas 20 minutos después la familia está comenzando a comer. Pasan algunos minutos de las 14:00 horas. Héctor tiene prisa, puesto que, tras la comida, el plan del día consiste en bajar a la piscina de la urbanización. El camarero que les atiende no deja de lanzar furtivas miradas a las dos mujeres de la mesa. Los acompañó hasta ella, lo que aprovechó para no perderse un solo detalle del culo de la madre.

Pasados unos minutos de las 15:30 horas, la familia está entrando de nuevo en el apartamento. Ya han comido. Rodrigo sale a la terraza, dónde se sienta para relajarse. Es su rincón favorito de aquel lugar. La brisa proveniente del mar es fresca y agradable y, aunque siempre hay cierto murmullo creado por los vecinos que disfrutan de la piscina, es soportable. Lo prefiere mil veces a tener que pisar de nuevo la arena de la playa. Además, desde la altura de la terraza, y gracias a que su pared es de cristal transparente, puede disfrutar de las vistas privilegiadas que ofrecen los cuerpos de las mujeres que ocupan la piscina.

- ¿Bajamos a la piscina, papá? -pregunta Héctor.

- Hijo, ¿No te cansas nunca? -dice el padre.

- Venga… vamos a bajar, ¿verdad? -insiste el hijo.

- Estoy cansado, Héctor. Ayer trabajé durante toda la mañana, después conduje durante casi 5 horas, y hoy apenas me has dejado parar. Baja con tu madre y con tu hermana, mientras yo descanso. Si bajo, me voy a quedar dormido, y para eso, prefiero hacerlo aquí -explica Rodrigo.

- Vale. Tendré que jugar con la aburrida de Nerea -responde el chico.

Unos minutos después, la madre y sus dos hijos dejan a Rodrigo solo, disfrutando de la brisa marina en la terraza. El padre los ve desde la terraza, dirigiéndose hacia un rincón del jardín en el que la sombra está asegurada para casi toda la tarde. Tras ello, Rodrigo echa un vistazo a su alrededor. No hay nadie en ninguna de las terrazas que quedan a su vista. No hay nadie, salvo en una, justo frente a él. En la segunda planta del edificio situado frente al suyo hay una persona. Una chica joven está tomando el sol, en top less.

Tras observarla durante unos segundos, el hombre se da cuenta de que conoce a esa chica. En un principio piensa que su cara le suena de haberla visto durante la mañana en la playa. Pero pronto se descubre que es la chica con la que coincidió la tarde anterior en el parking. Vista así, casi desnuda, se confirma la primera impresión que le dio: la rubita tiene un cuerpo de escándalo. Sus tetas no son especialmente grandes, pero son firmes y están muy bien formadas. El resto del cuerpo es una invitación a hacer realidad los más húmedos sueños.

De pronto, la chica abre los ojos y le caza. Durante unos segundos sus miradas se han cruzado, ha tropezado la una en la otra. Hay cierta distancia entre una terraza y otra, pero es muy evidente lo que Rodrigo está haciendo. Le cuesta dejar de mirar a la chica, le cuesta dejar de admirar ese cuerpazo, que ha provocado una nueva erección, mucho mayor y más dura que las que ha tenido durante la mañana.

Finalmente, el hombre trata de disimular, mira hacia otro lado, trastea con el teléfono móvil, tratando de así de evitar a la chica, pero tras un par de minutos, vuelve a hacerlo. Hay un magnetismo enigmático en aquella joven que le hace volver los ojos hacia ella.

La chica lleva ahora gafas de sol. En algún momento, mientras él trataba de disimular, ella se las ha puesto. Ahora no sabe si le mira o no, y se maldice por no haberse puesto él las suyas. La joven lleva el dedo índice de su mano derecha hasta sus labios. Rodrigo se estremece de morbo cuando observa como la lengua de la chica lame el dedo, hundiéndolo en la boca, sacándolo y metiéndolo, del mismo modo que haría si se tratase de su dura verga.

Después de un largo minuto, la chica abandona la terraza. Su culo bamboleante supone el final del espectáculo, aunque la erección que Rodrigo está teniendo sigue siendo impresionante.

El hombre, sin poder dejar de masajear su polla por encima de la ropa, vuelve a pasear su mirada por la piscina y por los jardines. Todavía no hay demasiada gente, aunque ya la suficiente como para que sus hijos hayan encontrado a otros chavales de su edad con los que pasar la tarde, y para que Amanda esté hablando con un par de mujeres de edad similar a la suya.

De nuevo Rodrigo, de forma instintiva, vuelve a mirar hacia el edificio de enfrente y lo que ve esta vez le parece sacado directamente de una fantasía: la chica, la rubia que le ha puesto a 1000 está ahora en el dormitorio que se encuentra junto a la terraza, con la ventana y la cortina abiertas, echada sobre la cama, con las piernas completamente abiertas y con sus manos jugando con sus tetas y en el coño. Incluso le parece reconocer algún tipo de juguete con el que estimula su joven chochito.

Es como si la chica quisiera hacer lo posible por ser vista. Por ser vista por él. No se ha tomado ninguna molestia por ocultarse a sus miradas y, dado que el dormitorio da directamente a la terraza, sabe que puede ser vista por los vecinos de enfrente. Por su vecino mirón.

En un momento dado, la chica deja de estimular su cuerpo, y se incorpora sobre la cama. Rodrigo no puede saber exactamente qué ocurre, pero la pose de la joven le hace pensar que está hablando con alguien, con alguien que estuviera allí, con ella. No puede ser, piensa el hombre. Nadie podría estar ante una criatura como esta hembra, sin lanzarse sobre ella para saborear su delicioso conejito y el resto de su insinuante cuerpo.

Pasados unos segundos, la chica se deja caer de nuevo sobre la cama, para continuar con la mágica danza que sus dedos bailan sobre su coño y su clítoris. La joven actúa con total naturalidad, dejándose llevar por el placer que invade su cuerpo, el cual comienza a contonearse con cierta ansiedad, presa del placer que, en forma de calor abrasador y húmedo, empieza a ahogarla, ascendiendo desde su encharcada entrepierna hasta atraparle la garganta, haciéndola gemir de forma evidente, incluso para Rodrigo, que la observa absorto, desde la distancia.

A medida que la chica incrementa el nivel de placer, Rodrigo también incrementa el ritmo y la presión que ejerce sobre su verga. Lo hace de forma instintiva, sin percatarse de lo que hace, llevado a ello víctima del magnetismo que aquella jovencita ejerce sobre él. Imagina que son sus propios dedos y su boca los que recorren el cuerpo de la aquella verdadera zorrita, los que abren los labios de su coño joven y suave, los que penetran en su cuerpo, hasta ahogarse en los fluidos de la chica, preparando su conchita para la llegada triunfante de su estoque, que la acabará atravesando, para llenarla con su dureza y con su calor, hasta hacerle derramar el néctar que sus huevos encierran, dentro del delicado cuenco de la chica.

Apenas unos minutos después, la joven se retuerce sobre la cama moviéndose de a un lado a otro. Parece estar poseída por una fuerza sobrenatural e incontrolable, mientras descarga todo su placer en forma de orgasmo, largo y profundo. Cuando por fin el cuerpo de la chica deja de convulsionar, presa del placer, y recobra a la vez un ritmo más sosegado de respiración, Rodrigo puede ver cómo, como él sospechaba, extrae un artilugio de su entrepierna. La piel de la joven brilla en la distancia, como consecuencia del sudor que lo envuelve. Él no puede oírlo, pero una voz masculina está felicitando a la chica por su magnífico comportamiento.

En ese momento, el mirón decide que no puede aguantar mucho más tiempo, por lo que entra en el apartamento, decidido a masturbarse en el baño para liberar así la presión que siente en los huevos. Pero justo en ese momento, la puerta de la vivienda se abre, y tras ella aparece su mujer.

- Me he olvidado el móvil en el dormitorio -dice ella, viendo que su marido la mira con gesto de sorpresa, aunque sin percatarse del enorme bulto que dibuja su enorme estaca bajo el pantalón.

La mujer cruza el salón hacia al dormitorio principal. El marido la sigue con la mirada, sin decir una sola palabra. Está demasiado caliente y excitado como para dejar pasar la oportunidad que se le brinda, por lo que sigue los pasos de Amanda, deleitándose con el contoneo de su magnífico culo al caminar. El mismo culo que le volvió loco una noche en una discoteca de Benidorm.

Sin cruzar una sola palabra con su mujer, cuando por fin la alcanza, ya en el dormitorio, Rodrigo la empuja con fuerza, haciendo que sus manos tengan que apoyarse sobre la cama para no caer al suelo, inclinándose de tal forma que ofrece un acceso perfecto desde atrás a su deseado cuerpo.

- ¡Joder Rodri, estás loco! -acierta a decir la mujer, con una risita nerviosa, intuyendo la pretensión de su marido.

- Quítate la braga del bikini -ordena el hombre sin la más mínima delicadeza, con la voz tan ronca, que es casi irreconocible.

Amanda, obediente, se saca la braga del bikini, sin que el hombre le dé la oportunidad de girarse, mientras que él se deshace de su pantalón. Cuando todavía Amanda no ha podido soltar la braguita sobre la cama, Rodrigo coloca la punta de su verga sobre la rosada y cálida entrada del coño de su mujer. Apenas está húmedo y, para evitar hacerla daño y que todo se vaya al traste, el hombre restriega su polla repetidamente por los labios del chocho, presionándolo despacio, provocando que poco a poco surja la humedad que hará más fácil la penetración. A la vez, el hombre busca con sus dedos el clítoris de su mujer, para estimularlo con un suave roce que provoca que el suave y delicado botoncito del placer de Amanda se endurezca, asomando por fuera del capuchón que lo envuelve.

Rodrigo siente como la humedad crece en la almeja de Amanda. En ese momento, sin previo aviso, y tras colocar la cabeza de su cipote en la abertura que ofrecen los labios del coño de su mujer, empuja con todas sus fuerzas, clavándole la verga hasta el fondo de su concha. La mujer, que siente como su cuerpo se parte por la mitad gracias al estoconazo de su marido, grita, en parte por el dolor de la embestida, y en parte por la sorpresa: Rodrigo no suele comportarse así, pero en este momento, la brutalidad de su marido la pone muy cachonda, hace mucho tiempo que arde su cuerpo del modo en que lo está haciendo en este momento.

Ahora es el hombre quién imita el comportamiento de la chica con la que tanto se ha excitado. No le importa ser visto. Su dormitorio también da acceso a la terraza, cuenta con el mismo ventanal, con la misma disposición. La cortina tampoco está echada, por lo que cualquier persona que observe desde los apartamentos de enfrente podrá verlos, podrá excitarse mientras él se folla a su mujer sin contemplaciones, como un animal en celo que busca maximizar su placer, sin miramientos ni gestos de cariño.

El hombre agarra con fuerza a Amanda por las caderas. Después de haber pasado todo el día acumulando energía y deseo, comienza de inmediato con un diabólico movimiento de su pelvis, en un constante mete y saca, profundo e intenso. Introduce su estaca hasta lo más profundo del cuerpo de la mujer, hasta hacer chocar sus huevos contra las nalgas suaves de Amanda, para volver a sacar la verga casi por completo, empapada en el néctar de su hembra, y poder volver así a clavarla con intensidad, convirtiendo el coño de su mujer en una charca de fluidos.

También la Amanda siente como el deseo, creciente e imparable, la invade. Trata de calmar su ansiedad jugando con algunos de sus dedos en su inflamado clítoris. Lo acaricia suavemente, para tirar después de él con dos de sus dedos, y acabar presionándolo con fuerza, momento en el que deja escapar un nuevo gemido, profundo y ronco, de placer.

Los huevos de Rodrigo están tan hinchados después de haber estado empalmado gran parte del día, que la presión que siente en ellos se ha convertido en dolor. Continúa embistiendo con rabia en el coño de Amanda, descargando una de sus manos de vez en cuando sobre una de las nalgas de su mujer quién, entre palmetazos y estoconazos, no puede dejar de gemir.

Él comienza a saber que pronto terminará, que se vaciará por completo dentro de la almeja de su mujer, a la que folla sin parar recordando el cuerpo joven, y deliciosamente adictivo, de su vecina, a la que sigue teniendo en las retinas de sus ojos, sudorosa y empapada, recibiendo cada embate, cada palmetazo, cada choque de sus huevos contra su cuerpo.

Rodrigo se recuerda a mismo, años atrás, cuando cada noche acababa dentro del coño o del culo de una chica diferente, cuando eran las chicas las que competían por estar con él, por ganarse el favor de dejarlas mamar de su verga. En aquella época, follaba todo cuánto quería, sin ser capaz nunca de dar por satisfecho su apetito sexual.

Apenas un par de minutos después, el hombre comienza a gritar. Es la primera vez que emite algún sonido, más allá de su respiración acelerada y de la orden a su mujer para que le ofreciera la desnudez de su coño. Mientras emite verdaderos alaridos de placer, sus huevos estallan, llenando con su leche el acuoso fondo de la almeja de Amanda.

Rodrigo continúa moviéndose dentro del cuerpo de su mujer, continúa martilleando con su verga en su cálido coño, haciendo que aquella chapotee en un mar formado por fluidos y semen.

Mientras tanto la mujer, que se siente estremecer, sometida a la voluntad salvaje de su marido, con el cuerpo partido por la mitad, en el que se aloja inmisericorde el duro y grueso arpón masculino, sigue estimulando su clítoris, pellizcándolo y amasándolo con sus dedos, a la vez que mueve su cuerpo, tratando de seguir sintiendo la dureza de la estaca de Rodrigo en sus entrañas, hasta que por fin, un orgasmo la sacude como si se tratase de una descarga eléctrica que recorre todo su cuerpo, haciéndola temblar, llevándosela por delante, entre gemidos y chillidos, sintiéndose a la vez deseada, sucia y colmada.

Sin mediar palabra, Rodrigo saca su verga del coño de Amanda, para sentarse al borde de la cama, extenuado y sudoroso, pero satisfecho. Ella se recompone mientras se pone de pie, frente a su marido. Los ojos de ambos están incendiados, como incendiados están sus cuerpos. La mujer se inclina y le da un beso suave y tierno en los labios.

- Voy a bajar, los chicos me estarán echando de menos -dice ella.

- Yo sí que te echaba de menos -responde él.

La mujer sonríe antes de girar sobre sí misma, con intención de ir al baño para lavarse los restos pegajosos de las corridas de ambos que resbalan por sus muslos. Rodrigo la estampa un sonoro palmetazo en su formidable culo. En otro momento también caerá, se dice así mismo.

Amanda, después de lavarse el chichi y la parte interior de los muslos, se marcha de nuevo a la piscina, con el coño aun palpitando. Unos minutos después lo hace Rodrigo, físicamente satisfecho, reflexiona sobre la imposibilidad de que su joven vecina no se haya dado cuenta de que él la estaba observando.

Todo ello le hace pensar que, no habiéndole importado ser observada, pues ha seguido exhibiéndose sin límites, habrá muchas más oportunidades de asistir a espectáculos como el sucedido aquella tarde.