Xtories

Hospital comarcal (7)

Virginia no es Clara. No busca fuego descontrolado, sino calma. Pero cuando la convivencia se vuelve innegable y las miradas se vuelven pesadas, la línea entre compañerismo y deseo se difumina. Esta vez, no hay prisa, solo la certeza de que algo está a punto de estallar.

Ricardo Lomas16K vistas9.8· 18 votos

34

Virginia me miraba desde el pasillo con una copa de vino en la mano. Tenía una expresión entre sorprendida y divertida, como si fuese completamente inesperado verme tan pronto. Yo tampoco pensaba que las cosas se iban a dar como se dieron. Clara había conseguido arrastrarme a un terreno que ni siquiera era consciente de que existía dentro de mí. Y sí, joder, lo había disfrutado. Pero no recordaba haber perdido tanto el control con el sexo. Iba de camino a casa con esa duda picándome por dentro: ¿me habría pasado? ¿Debería escribirle?

Y aun así… su cuerpo hablaba otro idioma. Uno claro, directo, húmedo. Clara había disfrutado conmigo. Eso no se puede fingir. Todo esto se me pasaba por la cabeza mientras Virginia, apoyada en el marco de la puerta, intentaba descifrar mis pensamientos.

Ella era otra historia, otra energía. Llevaba un pantaloncito corto de algodón blanco, de los que dejan al aire la curva suave de los muslos, y una camiseta sin mangas, fina como una caricia. Estaba claro que no llevaba sujetador, porque el roce del aire fresco hacía que se notaran ligeramente sus pezones. Estaba descalza. Natural. Sencilla. Y jodidamente sexy.

—¿Tan prontooo? —dijo, rompiendo el silencio con media sonrisa.

—Eso parece —respondí, con un tono más seco del que pretendía. No tenía ganas de dar explicaciones, no ahora.

Ella captó el gesto y, sin más, me tendió su copa.

—Bebe un poco, anda. Te vendrá bien.

La tomé sin decir nada. Mis dedos rozaron los suyos por un segundo que pareció me pareció eterno. Me giré y la seguí hacia el salón, pero mi mirada se quedó atrapada en ella. El conjunto blanco de algodón se pegaba a su piel como una segunda capa, revelando más de lo que cubría. El top se alzaba apenas por encima del ombligo, dejando ver la curva sutil de su vientre, y los shorts marcaban perfectamente la forma de su culo: más pequeño que el de Clara, sí, pero respingón, firme, una suerte de provocación andante. El tejido fino no ocultaba que no llevaba sujetador; los pezones dibujaban su presencia con descaro bajo la tela. Y ahí estaba yo, después de follar como un animal… y, aun así, cachondo. No sé muy bien qué le pasaba a mi cuerpo

Nos sentamos. El vino era afrutado y estaba frío. Tomé un trago, luego otro, hasta que volví a abrir la boca.

—Lo siento. He estado muy borde desde que he llegado —dije al fin, sin mirarla.

Ella giró un poco el cuerpo hacia mí, haciendo que el top blanco se estirara levemente sobre su pecho, marcando aún más su forma. No eran excesivos ni mucho menos discretos: sus pechos tenían la proporción exacta que encajaba con su figura, firmes y naturales, con esa armonía que parece más fruto del arte que de la biología. El cabello, suelto y oscuro, cayó como una cascada sobre su hombro. Me miró sin prisa, con calma directamente hacía mis ojos. Sus ojos, grandes y oscuros, no buscaban una explicación, tampoco me juzgaban. Simplemente buscaban ver a través de mí, sea lo que fuera que veían, claro.

— No te preocupes, es normal. No sé qué ha pasado en casa de Clara, pero se ve que estás rayado. ¿Quieres contarme?

—No, no me apetece. Pero me gusta estar aquí —me quedé callado un instante y continué— contigo. Siento no ser buena compañía.

—No digas tonterías. Hasta callado eres más interesante que muchos tíos con los que he salido.

Solté una risa sincera.

—Pues sí que tienes mal gusto, jaja.

—Pues anda que tú —golpeó mi brazo con delicadeza mientras se partía de risa—. Mi abuela decía: “Dios los cría y ellos se juntan.” Va a ser que tenía razón.

Nos reímos juntos, espontáneos, sin filtro. Las risas se combinaron en una sinfonía perfecta que me hizo sentir aliviado casi al momento. Después nos acompañó un breve silencio, pero no era incómodo. Con Virginia siempre era así: fácil, fluido, como si mi cuerpo descansara con su presencia. Como si mi cuerpo encontrara un refugio en ella, igual que cuando estás roto por dentro y tu madre, sin decir nada, te acaricia la mano. En medio de ese remanso, una pregunta me atravesó sin aviso. No pude retenerla.

—Oye, Vir, ¿a las tías os gusta que os “maltraten” —gesticulé con vehemencia, dejando claro que no me refería a un maltrato real— en el sexo?

Me miró con una mezcla entre el asombro y la ternura. Se mordió los labios suavemente, pensativa.

—A las tías nos gustan muchas cosas. Y odiamos otras tantas —dijo al fin, con voz calmada pero firme—. Pero esa pregunta es absurda, Julio. Es como si yo te pregunto si a todos los tíos os gusta que os metan el dedo por el culo.

—Ya… ya —dije, bajando un poco la mirada—. Supongo que no se puede generalizar.

Hice una pausa, buscando las palabras mientras notaba cómo se atragantaban las palabras en mi garganta.

—Pero es que Clara parecía disfrutarlo, y me siento raro. Como si me hubiera pasado. ¿Sabes?

—¿Le gusta que le den duro a la rubita? —dijo con una sonrisa pícara, encogiéndose de hombros—. La verdad es que tiene toda la pinta, jaja.

Me miró fijamente, con ese brillo de complicidad en los ojos.

—Mírame —añadió, cruzando los brazos con actitud desafiante—. A las tías ni nos gusta ni nos deja de gustar. Lo importante es que a la chica con la que estés le guste. ¿Ella ha disfrutado?

—S… sí. Creo que sí.

—¿Cómo que crees? —me preguntó, ladeando la cabeza, con una mezcla de curiosidad y escepticismo.

—Sí, sí —insistí, tratando de sonar más seguro—. Ha tenido varios orgasmos y tenía el coño mojadísimo. Pero yo qué sé… Me he calentado y, después de lo que hemos hecho —alcé los ojos recordando la imagen de Clara en la ducha—, me he ido rápidamente, un poco para devolverle lo del otro día.

—¡JAJAJA! ¿Pero qué le has hecho, cerdo? —soltó, dándome un golpe ligero en el brazo.

—Nada, nada —respondí, esquivando su mirada—. Digamos que se quedó un poquito manchada…

—Ajá, así que manchada, eh —dijo, clavándome la mirada y esperando más de lo normal para continua la frase—. Cómo sois los tíos de guarros.

—Pues claro —respondí, intentando devolverle la mirada sin éxito—. Nos gusta mucho pintar.

Virginia lanzó una carcajada tan repentina que se le escapó el vino que acababa de llevarse a la boca. Se tapó con la mano, entre toses y risas, mientras yo la miraba entre divertido y culpable.

—¿A ti te gusta… eso? —pregunté con incredulidad.

—Depende mucho de la persona con la que esté —dijo, jugueteando con el borde de su copa—. Pero… digamos que yo también he terminado manchadita, jaja.

Me lanzó una mirada de soslayo, como si estuviera evaluando mi reacción sin perder la sonrisa.

— Entonces… ¿te importa si te cuento con un poco de detalle? Me gustaría tener otra opinión.

—Obvioo, yo encantada —soltó con una risa traviesa, ladeando la cabeza y clavándome una mirada que tenía algo de juego… y algo de peligro—. Pero tanto hablar de sexo me va a acabar poniendo cachonda... Que tú acabas de follar, pero otras no tienen tanta suerte —mordiéndose el labio—.

—Anda ya, no seas quejica tampoco… Si te lo propones follas hoy mismo—le dije con una media sonrisa, bajando un poco la voz, como si cada palabra fuera un roce más en la piel de esa tensión que empezaba a crecer entre los dos.

—Puede que sí. Pero hoy prefiero escucharte…

—¿Quieres saber lo que pasó? —le dije con la voz más baja, más densa. Como si al contarlo, una parte de mí volviera ahí. Virginia asintió tranquila, con esa sonrisa suya, ladeada, felina. Se acomodó en el sofá, cruzando las piernas sin pudor, marcando sus curvas bajo esa ropa fina que apenas tocaba su piel.

—Clara me abrió con una camiseta vieja de Nirvana y unas braguitas negras. Sin sujetador. Sin maquillaje. Nada.

—Uf… —murmuró Virginia, sin quitarme los ojos de encima.

—Me dejó pasar sin más, fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua solo para ella y me soltó: “¿Sigues con la niñita esa en casa?”

—¿La niñita? —dijo Virginia, divertida, sin molestia. Al contrario, parecía disfrutar la idea—. Mira qué maja ella, marcando territorio.

—Ya ves, jajaja. Yo le dije que tenías nombre y que necesitabas un sitio en el que dormir, que siendo compañeros era una tontería que te quedases en un hostal.

—Ayyy, tan lindo siempre… Y luego la empotraste contra la encimera. Claro —rio suavemente—. Sigue. No pares ahora.

—Me acerqué y le pregunté por qué me había llamado —dije, bajando la voz, como si todavía sintiera el eco de aquella noche—. Me miró un segundo… y me soltó un “para esto”. Y me metió la lengua en la boca sin preguntar.

Virginia se humedeció los labios con la lengua, sin apartar la vista de la mía. La luz tenue del salón dibujaba la forma de sus pezones bajo la camiseta fina, tensos, marcando el algodón con descaro.

—¿Y luego? —susurró, cruzando las piernas lentamente. El movimiento dejó al descubierto el inicio de sus muslos, suaves, firmes. Se acomodó, como si le gustara lo que estaba escuchando.

—Fue como una explosión. La encimera. Sus manos acariciando mi polla. Su espalda arqueada. No sé quién empotró a quién. Me ofrecía el culo como si supiera que no iba a poder resistirme. Me la follé fuerte, casi sin pensar. Se reía mientras gemía. Se corrió gritándome.

Virginia se removió un poco en el sofá. Sonrió, pero no era una sonrisa cualquiera: había fuego detrás de ella.

—Joder, Julio…

—Y después… se arrodilló y me la chupó. Lento. Profundo. Me metió un dedo por detrás. Y yo me perdí en un orgasmo.

Ella no dijo nada. Solo bajó la mirada un instante y se pasó la mano por la pierna, como si necesitara calmar algo que le subía por dentro. Sus pezones seguían ahí, más marcados. Y su respiración, apenas perceptible antes, ahora tenía un ritmo más inquieto.

—¿Y te gustó? —preguntó al fin, con voz ronca, sin rastro de burla.

Asentí. No solo por la historia, sino porque ahora mismo me estaba gustando aún más su reacción.

Virginia soltó el aire por la nariz, una exhalación lenta. Tenía las mejillas ligeramente encendidas. Jugaba con la base de la copa entre los dedos, sin mirarme todo el tiempo, pero claramente envuelta en la escena. Su voz salió más baja:

—¿Y después?

—Después se fue a duchar. Como la última vez. Pero yo… yo tenía aún todo eso dentro. La imagen. Su cuerpo. Su olor... Y me acordé de lo mucho que le gustaban los azotes. Así que me metí al baño sin avisar.

Virginia se rio, me dio un leve golpe en el brazo.

—Bah, no es para tanto. Eres un dramático.

—Espera… no he terminado.

Se acomodó de nuevo, apoyando las manos atrás, el pecho alzándose bajo el top blanco que apenas escondía nada. Me miró expectante, como si deseara que lo que iba a contar la tocara por dentro.

—Entré. La cogí del cuello. La empotré contra la pared. Le tapé la boca. Le hablé al oído. Le dije que me pidiera polla. Que era una zorra. Que me rogara. Su coño estaba empapado, Vir. Lo notaba. Pero no me la follé. Quería dejarla con las ganas. La hice arrodillarse y le dije que me la chupara. Ella lo hizo sin rechistar.

Virginia ya no reía. Escuchaba, atenta cada una de las palabras que salían por mi boca.

—Me calenté demasiado. Empecé a follarle la boca… cada vez más fuerte, más hondo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, se ahogaba un poco con mi polla, pero no se apartaba. No decía nada… solo recibía. En un momento, hasta me olvidé de que era una boca. Solo quería seguir. Me sentía fuera de mí, como si alguien ajeno controlara mi cuerpo.

Hice una breve pausa, bajando la voz con intención.

—Y cuando ya no pude más, se la saqué de la boca… y la pringué enterita —rematé, guiñándole un ojo, como si le estuviera contando una travesura en lugar de una confesión sucia.

Nos quedamos callados, Virginia rompió la pausa con una media sonrisa.

—A ver… igual te pasaste un poquito, jeje. ¿Estaba guapa cuando terminaste?

—Preciosa, jaja.

—Pero, vamos, si estaba mojada, si no dijo que no, si no se apartó… está claro de que disfrutó como una zorra. Lo que sí creo —hizo una pausa breve, mirándome directo—, es que definitivamente te ve como un follador. Solo eso.

—¿Tú crees?

—Estoy bastante segura. Mira cómo te echó después del polvo anterior. Y ahora te provoca en la cocina e iba por el mismo camino. Lo que no se esperaba era esa parte animal de ti… pero no quiere nada serio… y no creo que te esté contando toda la verdad.

Me molestó un poco. Pero era verdad. Clara solo quería mi cuerpo. Disfrutar del sexo sin compromiso. Tampoco me parecía mal, solo que a mí me gustaba de verdad y, joder, no estoy acostumbrado a que no quieran algo más conmigo. Me quedé callado, mirando el fondo del vaso. Pensando en lo mucho que podía doler una verdad dicha con tanta suavidad.

35

Me desperté con un ligero cosquilleo entre las piernas. El tipo de cosquilleo que empieza en la boca del estómago y baja sin permiso. Abrí los ojos despacio, sin moverme del todo. La luz suave entraba por la ventana del salón y la manta apenas me cubría una pierna. Me acomodé mejor en el sofá cama, estirando la espalda, y entonces me vino a la cabeza: estoy en casa de Julio.

Me mordí el labio.

No debería ser un problema. No lo era para nada, en realidad. Estaba mojada. Calentita. Me había despertado lista para el jugueteo matutino y no iba a renunciar a ese placer. Cerré los ojos otra vez, despacio, y dejé que una de mis manos resbalara suavemente por mi vientre. Se coló por debajo de mis bragas. Solo un toque, un leve roce, me sirvió para comprobar que, sí, definitivamente, estaba como una perra en celo.

Y entonces escuché una golpecito.

Me congelé.

Pasos. Lentos. Arrastrados.

Mierda, Julio. ¡Qué inoportuno!

Pasó por delante del sofá sin mirarme. El pelo revuelto, camiseta de dormir y un pantalón de algodón ajustado a las piernas. Me giré apenas, lo suficiente para mirar de reojo sin que se notara. Y entonces lo vi.

Madre. Mía. La tela del pantalón marcaba un bulto indecente. No exagero. El típico morcillón matutino. Se movía como con vida propia. Me cubrí la boca con la mano para no soltar un “DIOS” en voz alta.

Volví a cerrar los ojos, apretando los muslos. ¿Pero este chico de dónde ha salido? ¿Y por qué no me lo he tirado todavía?

Lo escuché moverse por la cocina. Poner la cafetera. Abrir una alacena.

E, inevitablemente, mi mano volvió a deslizarse hacia abajo. Esta vez más segura. Por dentro del pantalón del pijama. Solo un poquito. Como quien se da un capricho leve antes de empezar el día.

¿Será igual de mono que ayer y me traerá el café? Pensé. Y eso me calentó más. La idea de que ese chico, con cara de no haber roto un plato, me trajera un café recién hecho mientras yo, sin que él lo supiera, estaba tocándome pensando en su bulto.

Se me escapó un gemido bajito que salió como un suspiro ahogado. Completamente involuntario, no pretendía llamar su atención. La cafetera seguía con su concierto y, por suerte, el ruido lo tapó. Él no se dio cuenta. Yo volví a contener la respiración, entre el placer y la adrenalina. ¿Qué estoy haciendo? Me pregunté, sin parar los movimientos circulares sobre el clítoris.

Lo escuché abrir un mueble, sacar tazas. Y fue justo en el momento en que empezó a servir el café cuando me detuve ahogando un último suspiro en la almohada. Volví a poner cara de angelito dormido y me acomodé como si no hubiera pasado nada. La manta me tapaba a medias, el corazón me iba rápido, pero la expresión era de absoluta inocencia.

Él se acercaba. Y yo, con una sonrisa apenas disimulada, me hice la dormida. Buenos días, Julio… no te puedes imaginar el volcán que duerme debajo de esta manta.

36

Con los dos cafés en la mano, me dirigí al salón con paso torpe pero suave, intentando no hacer ruido. Allí estaba ella acurrucada en el sofá cama, envuelta en una manta como un pequeño animal que aún no quería enfrentarse al día. Su cara descansaba plácida contra el cojín, los labios entreabiertos, respirando lento. Qué guapa es esta niña, pensé sin poder evitarlo. Tenía algo que no sabía explicar bien... algo entre inocente y peligroso.

Dejé uno de los cafés en la mesa con cuidado, y me acerqué. Estiré una mano para apartarle un mechón de pelo de la frente, rozándola con la yema de los dedos. Una caricia suave, casi temerosa. Me salió de dentro. Algo más tierno que las ideas que venían después.

—Virginia… —murmuré—. Ya son las siete. Sé que anoche nos acostamos tarde, pero tenemos turno a las nueve…

Ella soltó un quejido apagado y se giró dándome la espalda.

—Umm... déjame cinco minutitos más.

La manta se deslizó un poco y entonces lo vi: su culo, perfectamente marcado bajo la sábana. Redondo, natural, apenas cubierto por una braguita gris de algodón. Tragué saliva. Mi polla se desperezó sin permiso, empujando contra el pantalón del pijama con una determinación humillante. Mierda.

Intenté disimular como pude.

—Bueeeno, haz lo que quieras. Te he hecho café. Está calentito. Yo… voy a ducharme, que si no se me hace tarde.

Me di la vuelta casi a tropezones, escapando de esa visión peligrosa que dormía en mi sofá como si no supiera el incendio que provocaba. Cerré la puerta del baño tras de mí y me apoyé un segundo contra ella, respirando hondo. Bajé la vista. Mi polla estaba a punto de romper el pantalón. Últimamente, iba como una bomba de relojería.

Me desnudé rápido, abrí la ducha y me miré en el espejo. "Qué triste lo tuyo", pensé. Pero no me importaba demasiado. Cerré los ojos y reimaginé una nueva escena: Virginia, medio dormida, empujando hacia atrás mientras yo la rodeaba con los brazos y mi polla rozaba su culito con intención. Ella murmurando ese mismo “déjame cinco minutitos más” pero esta vez con una sonrisa traviesa, pidiéndolo sin decirlo.

Con esa imagen me bastó, me toqué lento, sin culpa, como si su piel fuera mi propia mano. El calor del agua y la imagen mental de ese culito que acaba de ver a través de la sábana me llevaron directo al borde. Gemí bajo, entre dientes, y me corrí con un bufido que me vació la tensión. Joder, qué gusto.

Cuando salí, envuelto en vapor, la escena me golpeó de nuevo: Virginia estaba en la mesa, con el café entre las manos, los ojos aún a medio abrir. Llevaba puesta una camiseta larga, blanca, probablemente mía, que le quedaba como un vestido. Los tirantes del sujetador asomaban por debajo, blancos también, finos, como líneas que enmarcaban dos tetas redondas, firmes, perfectamente proporcionadas para su pequeño cuerpo. La tela caía sobre ellas y las marcaba como un regalo envuelto sin mucho esmero. Menos mal que me había hecho una paja, pensé. Si no, exploto aquí mismo.

—Te dejo el baño libre —dije mientras me frotaba el pelo con la toalla—. Seguro que tardas un rato. JAJA.

Ella me miró sin levantar mucho la cabeza.

—Oyeee, ni que yo fuese una tardona. Ayer tardé menos que tú, ¿eh?

—Touché.

—Y hoy... has tardado un buen rato —dijo entre sorbos, con una ceja levantada y una mirada que me atravesó como un dardo.

Sentí un escalofrío, como si me hubiese pillado haciendo algo indebido. No había hecho nada malo, ¿no? Pero su tono, su sonrisa ladeada… Me puse tenso. Me ponía nervioso que pensara que me había masturbado pensando en ella. No por vergüenza, sino porque me encantaba que me lo insinuara así, como quien lanza una semilla y espera a ver si germina.

—Es que me gusta tomarme mi tiempo en la ducha —dije con una sonrisa forzada—. Me relaja.

Ella entrecerró los ojos, saboreando otro sorbo. Luego, sin apartar la mirada:

—Os relaja —y me guiñó un ojo.

El calor me subió por el cuello hasta las orejas. La sonrisa se me borró un segundo y volví a sonreír como un idiota, nervioso. Esta chica… sabía perfectamente lo que hacía.

—No te pongas así, tonto —añadió con una risa leve—. Es natural. ¿O te crees que yo no me “relajo”?

Solté una risa floja, insegura.

—S-supongo. Jeje.

Virginia se levantó entonces, estirándose como una gata. El movimiento hizo que la camiseta se subiera un poco y me regalara una visión fugaz del comienzo de sus braguitas grises.

—Voy a ducharme —dijo con naturalidad—. Que al final va a ser verdad que se nos hace tarde.

Y desapareció por el pasillo, dejándome solo en el salón, con el café en la mano y el cerebro dando vueltas.

Pensé en su cuerpo bajo el agua caliente. Pensé en sus dedos deslizándose entre las piernas, "relajándose". Y mi polla, traicionera, volvió a alzarse lentamente, como si dijera: esa paja no ha sido suficiente.

37

Llegamos al hospital en silencio, como siempre. Virginia caminaba a mi lado con la mochila al hombro, el pelo recogido a medias, la cara todavía adormecida. Yo llevaba el café aún medio caliente en la mano y la sensación de que ese día iba a ser igual que todos: un mar de timbres, registros, glucemias y pacientes que te cuentan su vida entre curas y tensiones arteriales.

En planta nos dividimos rápido. Me tocaba glicemias en el pasillo B, y a Virginia le tocaba ayudar con las curas del A. En realidad, eso cambiaba poco. Nos cruzábamos igual cada dos por tres: en la sala de medicación, en el office, o incluso al intercambiar carros. En una de esas, mientras preparábamos una pauta con heparina para la señora de la 210, Virginia me soltó una frase sin levantar mucho la voz:

—¿Has oído lo de Sarita y Marc?

—¿Qué? ¿Siguen tonteando?

—Tonteando es una buena definición, porque vaya dos toontos. Van a hacerse viejos sin haberse tocado una mano.

—Pobrecitos, los dos son bastante tímidos —le dije, y nos reímos bajito.

El turno pasó con un ritmo monótono que te come las horas sin darte cuenta. Revisé vías, cogí muestras, ayudé a mover a un paciente que llevaba dos días sin salir de la cama. Virginia y yo comentamos de pasada a una supervisora nueva que parecía tener detector de novatos, y un paciente delirante que pidió una tortilla a las seis de la tarde “porque era martes”.

Ya al final del día, con la planta más calmada y la mayoría de los pacientes dormitando con la tele de fondo, me fui directo al vestuario. Quería cambiarme y salir de ahí cuanto antes. Pero Virginia me interceptó en el pasillo. Tenía cara de tener una buena montada.

—¿Tienes un minuto?

—¿Qué pasa?

—Ven, que es sorpresa.

No me dio opción. Me agarró de la muñeca —suave, pero firme— y me arrastró por el pasillo como si tuviéramos quince años y estuviéramos a punto de colarnos en un rincón prohibido.

—¿Qué haces? —le pregunté, ya medio riendo.

—Sarita ha seguido el plan —dijo bajito, con un brillo deslumbrante en los ojos.

—¿Qué plan?

—El que no te conté por si lo arruinabas con tus comentarios de imbécil.

—Oye…

—Shh, mira.

Nos asomamos a la habitación 212. La puerta estaba apenas entornada. Dentro, Sara estaba sentada al borde de la cama, jugando con el dobladillo de su sudadera. Marc, de pie frente a ella, tenía las manos en los bolsillos con una sonrisa en la cara. Había una pausa entre ellos. Como si acabasen de darse un beso que llevaban mucho tiempo esperando

—¿Qué hiciste? —le susurré a Virginia.

—Organicé el encuentro. Le dije a Sara que tenía que venir a esta habitación a revisar una medicación que se había duplicado en el sistema. No era verdad, claro. Luego mandé a Marc a “firmar un consentimiento” en la habitación de al lado. Y al irme, ¡vaya despiste!, dejé la puerta medio abierta para que viese a Sara.

La miré entre fascinado y muerto de risa.

—Vayaa, Vir. No sabía de tus habilidades de Celestina.

—Gracias. Me lo tomaré como un cumplido.

—¡Lo es! Creo que estos dos necesitaban un poquito de ayuda.

En ese momento, Sara nos vio. Salió disparada hacia nosotros, arrastrando el carrito del oxígeno con una soltura que ya era parte de ella. Nos abrazó a los dos sin decir palabra.

—¡Gracias, joder! Sois unos cabrones… ¡pero os adoro!

—¿Y? ¿Qué ha pasado? —le pregunté, aún sin soltar la sonrisa.

—Nos hemos besado. Bueno… él me besó. Me dijo que llevaba tiempo queriendo decírmelo, pero que no encontraba el momento. Y yo… bueno, me todo el cuerpo, pero fue precioso. Muy suave, como de peli. Ha sido mi primer beso.

Virginia la miró con una expresión suave sabiendo que su plan había sido todo un éxito.

—Te dije que lo necesitabas.

—Lo necesitaba, sí. Y también necesitaba a alguien que me ayudase a conseguirlo. Muchas gracias a los dos. Aunque sé que esto ha sido más cosa de Virginia.

—Y que lo digas… Yo me acabo de enterar de rebote. Pero me alegro un montón, aunque estés en un hospital, mereces vivir igual que los chavales de tu edad. Anda entra con tu amigo, jaja.

Nos despedimos entre risas. Sara volvió a su habitación con un brillo en los ojos que en todo el tiempo que había sido mi paciente nunca había visto. Virginia y yo retomamos el camino hacia el vestuario. No soltó mi muñeca hasta llegar a la puerta. Tampoco yo lo habría hecho.

Me gustaba verla así. A Virginia. A Sara. A mí mismo. Como si por un momento el hospital no fuera solo protocolos, fisioterapia y alarmas de monitores. Como si ese plan improvisado tuviera más valor que cualquier tratamiento. Y cuando ya estaba dentro, cambiándome, me quedé un segundo mirando al suelo, aún sonriendo.

38

La semana pasó sin demasiado que contar. Turno tras turno. Las mismas sábanas, los mismos pacientes, los mismos timbres que suenan por todo y por nada. A veces me preguntaba si el hospital tenía vida propia y nos iba tragando poco a poco, como si nos quisiera dentro, sin escapatoria. Pero bueno, eso ya lo había asumido. Era parte del trato.

Sara estuvo radiante toda la semana, de vez en cuando la veía colarse en la habitación de Marc y me alegraba que pudiese vivir, aunque fuera un poquito, una historia de amor. Se lo merecía, desde luego. Aunque Marc estaba a punto de recibir el alta. ¿Se seguirían viendo entonces? ¿Sarita se lo contaría a su madre? Ojalá que sí, porque estoy seguro de que su mamá haría todo lo posible por seguir viendo a su hija igual de contenta.

Con Virginia, todo parecía haberse estabilizado. Seguíamos compartiendo piso, café y algunas miradas que duraban medio segundo más de lo permitido. Pero no pasaba nada. Ni una caricia de más, ni un roce que cruzara la línea. Tampoco estaba seguro de querer traspasarla. Pero gracias a su presencia casi me había olvidado de Clara. Después de la conversación con Vir, no tenía demasiadas ganas de seguir su juego. Aunque, eso sí, no me vendría nada mal otro polvo. Llevo con las hormonas desatadas toda la semana y la convivencia con Virginia tampoco me ayudaba.

Pero su presencia era cómoda, poco a poco habíamos construido una confianza que era difícil de explicar; como si fuera una hermana. Por eso, quizá, tampoco buscaba la forma de romper esa tensión acumulada entre los dos. Ella tampoco. Seguía durmiendo en el sofá cama del salón, con su mantita de cuadros y sus calcetines de colores. Y yo fingía que no me enteraba cuando se metía en la ducha antes de acostarse solo para “relajarse”.

En fin. El equilibrio perfecto entre amor y deseo; una bomba de relojería que podía estallar en cualquier momento.

El viernes salimos del hospital un poco antes de lo habitual porque tuvimos suerte con el cierre de turno. Los dos íbamos a casa contentos y con ganas de aprovechar el fin de semana. El sol empezaba a esconderse, y el calor tibio del final de la tarde nos hacía andar más lento de lo normal, disfrutando del momento.

Llevaba su blusa blanca con escote fruncido atada a la cintura que le daba un aire despreocupado incluso después del largo turno. Por encima, una bata larga —no del hospital, sino de esas suaves, como de lino— que se movía con la brisa. Sus jeans claros estaban algo arrugados, y su móvil, con una funda negra de margaritas, reposaba en su mano. Se la veía tranquila. Al llegar a la esquina del edificio, Virginia se detuvo. No dijo nada al principio. Solo se quedó mirando hacia el bloque de enfrente, cruzando los brazos como si analizara algo minuciosamente.

—¿Qué miras? —pregunté, sin entender.

—Estaba esperando el momento de decírtelo, pero ahora que lo veo desde aquí me da un poco de vértigo.

—¿El qué? No me asustes.

—Que… creo que ya encontré un piso. Uno que me gusta, al menos en fotos. Y está ahí —señaló con la barbilla—. En ese bloque.

—Ah, ¿sí? Pues que cerca de mi casa.

—Sí. Literalmente al otro lado de la calle. ¿No es genial? Lo vi esta semana en Idealista. Tiene buena pinta. Es pequeño, pero parece luminoso y tiene un balcón precioso. Y lo mejor es que está al lado del hospital. O sea, del sofá a planta en veinte minutos cronometrados. Lo justo para no llegar tarde pero sí con el pelo mojado.

—Ajá, ese plan me suena bastante —respondí, con una sonrisa que no llegó a traspasarse a mi voz.

—La verdad que estas semanas contigo me han convencido de que esta zona es la mejor, jeje.

—¿Y lo has visto ya?

—Mañana. Por la mañana. Pero… —se quedó en silencio un segundo— no me apetece ir sola.

La miré de reojo. Sabía que venía algo.

—¿Puedes venir conmigo? —dijo al final, poniéndome esa cara. Sí, esa. La de morritos suaves y ojos abiertos como si tuviera cinco años y me estuviera pidiendo que le comprara una piruleta.

—¿Quieres que te acompañe a ver un piso? ——respondí, intentando ganar algo de tiempo para disimular lo que me estaba removiendo por dentro.

—Quiero saber tu opinión. Al fin y al cabo, llevo dos semanas invadiéndote el salón. Ya que has aguantado con mis zapatillas tiradas por cualquier rincón y mis bragas colgadas en la ducha, al menos ayúdame a decidir si me van a timar o no con este mini piso.

—Ah, claro, ahora resulta que soy tu consejero de confianza.

—Porfaaa… —se acercó un poco más, bajando la voz— consejero, decorador, guía espiritual, lo que te venga bien. Vamos, Julio… no seas borde. No quiero ir sola. Necesito alguien de quien me fíe a mi lado. ¿Me vas a dejar sola?

—Vale, vale. Voy contigo.

—¿Sí? —preguntó, y en su cara se encendió una chispa de alegría.

—Sí. Pero solo si después me invitas a algo.

—¿A qué?

—Una buena cena para comentar la jugada y después una peli para relajarnos una última vez.

—Venga, no seas tonto. No va a ser una última vez. ¿Es eso? ¿Estás triste porque la niñita se independiza?

—¡Qué va!

—Venga ya, Julito. Se te ve en la cara… —me miró con dulzura, bajando un poco el tono— A mí también me da penita. Pero no pretenderás que viva en tu sofá cama…

—¡Claro que no! Solo que… —me detuve un segundo, como si necesitara permiso para decir lo que sentía— que me da un poco de miedo que te olvides de mí

—Pero si nos vamos a ver todos los días y estás, literalmente —remarcó la palabra con una sonrisa— a 100 metros de mí.

Nos quedamos mirando unos segundos la fachada del edificio de enfrente. Era normal, con persianas blancas y balcones pequeños. Nada especial. Pero pensar que ella podía estar ahí, cruzando la calle en pijama para pedirme azúcar o para decirme que la caldera no le funciona... me dio cierta calma. En realidad, prefería que se quedase en mi casa, había llenado el vacío que sentí las primeras semanas de residencia. Pero, claramente, ella se merecía algo mejor. Así que, como buen caballero, me alegraba por ella.

Virginia se giró hacia mí y me dio un leve codazo.

—He quedado mañana a las 11. Sé puntual.

—Como si fuese a ser yo el problema. ¿Te despierto con un cafecito?

Virginia se rio, consciente de que tenía razón, que siempre era ella la que se despertaba más justa. Aunque nunca llegaba tarde. No sé si por mi insistencia o porque, sencillamente, tenía mayor autocontrol del que aparentaba. La semana que viene lo descubriría.

—Largo con un poquitito de leche…

—Y sin azúcar.

—Siempre sin azúcar

Me dio otro codazo, más suave y un beso en la mejilla. Después siguió andando hacia el portal. Yo me quedé levemente paralizado sintiendo todavía sus labios posados en mi moflete.

39

La semana pasó sin muchas novedades. Turnos tranquilos —o tan tranquilos como puede ser una planta de un hospital de referencia comarcal—. Pacientes estables, alguna revisión extra, anécdotas absurdas… en fin, lo normal. Y con Julio, bien. Muy bien, en realidad.

Compartir piso con él ha sido bastante más llevadero de lo que esperaba. Incluso divertido. Las noches han sido lo mejor: llegar reventados, cenar cualquier cosa (literalmente cualquier cosa: arroz pasado, pan con queso, un tupper sospechoso), y luego hablar. Del hospital, de lo que había pasado en el turno, de Clarita… mucho de Clarita. Él no lo dice, pero cada vez que la nombra se le nota una cierta melancolía. Es raro, como si no supiera muy bien si la echa de menos o si quiere olvidarla del todo. Yo no pregunto. Solo escucho. Y a veces le pincho un poco, porque me gusta ver cómo se va incomodando hasta que acabamos riéndonos de cualquier chorrada.

Pero bueno, ya está. La semana que viene, si todo va bien, estaré en mi piso. Mi cuarto propio. Con mi ducha, mi desorden, mi manta de cuadros. Y, vale, me va a dar un poco de pena. Porque cuchichear con Julio desde el sofá hasta las tantas, hablando de turnos, de médicos guapos o de pacientes que se tiran pedos sin el menor reparo… eso, en el fondo, me estaba gustando demasiado.

A las once y poco estábamos frente al edificio. Julio traía dos cafés en vasos de cartón, y yo tenía una mezcla entre ilusión y nervios que me hacía hablar por los codos.

—Tampoco pido tanto —le dije—. Solo que no huela a humedad y que entre algo de luz.

—¿Y un balcón donde tomarte el café antes de ir al hospital?

—Con el pelo mojado y sin sujetador, por supuesto.

Él se rio, bajito, justo cuando se abrió la puerta del ascensor.

En el rellano nos esperaba la dueña del piso. Una mujer de unos cuarenta y cinco, tal vez algo más. Altura media, figura estupenda. Iba muy arreglada, pero sin pasarse: camisa blanca ligeramente transparente, que dejaba entrever un sujetador blanco sin mucho pudor; falda negra larga pero ajustada, que le marcaba las caderas; medias negras y unos tacones discretos. Llevaba el pelo recogido en una coleta baja, tenía aire de mujer seria que te atiende bien pero que te pone nerviosa si estás sola con ella en un ascensor.

—Hola, Virginia, ¿verdad? —me dijo con una sonrisa amable.

—Sí, encantada. Él es Julio, viene conmigo a echar un ojo.

Ella lo saludó con una media sonrisa y un apretón de manos que duró medio segundo más de lo estrictamente necesario. Julio no sabía dónde mirar. Yo sí: al escote. Porque estaba allí, manifiestamente presente, aunque no se imponían cualquier chico cae en la tentación de mirar. Y claro, él picó. Dos segundos de atención visual que intentó disimular mirando el marco de la puerta como si fuera de diseño danés.

El piso, por suerte, era mejor de lo que esperaba. Pequeño con buenas entradas de luz. Muy coquette. Cocina americana, baño correcto, y una habitación acogedora. Tenía un balcón estrecho con una vista al barrio que a lo lejos me dejaba intuir el complejo del hospital. Ideal para las plantas que nunca soy capaz de mantener con vida; aunque no me canso de intentarlo.

—Por las mañanas entra el sol directo —dijo la mujer, abriendo la cortina—. Es una gozada despertarse aquí.

—¿Sola o acompañada? —solté, con una sonrisa torcida.

Julio carraspeó. La dueña rio, suave, como quien acepta el juego pero sin entrar en él. Yo me lo estaba pasando en grande. Especialmente viendo cómo Julio sudaba por no mirar más de la cuenta, ni responder con alguna broma que pudiera salirle cara después.

Al terminar la visita, la mujer me dio una tarjeta escrita a mano, su número por si quería hacer más preguntas, y un par de detalles sobre la comunidad. Todo muy formal. Muy correcto. Pero ese escote se quedó conmigo un rato más.

Cuando bajamos a la calle, no aguanté más:

—¿Has visto el sujetador?

—¿Perdón?

—Vamos, Julio. No te hagas el tonto ahora, te ha debido costar mantener la compostura, jaja

—Qué va, no he hecho nada de nada. He estado muy correcto.

—Correctísimo, sí. Has estado monísimo. ¿Qué te ha parecido el piso?

—Pues, sinceramente, es mejor que el mío. Yo no me lo pensaría mucho, además la casera parece una persona fácil de lidiar.

—Ya te gustaría a ti lidiar con ella —señalándome los pechos—.

—Déjalo ya, Vir ¿Entonces te ha gustado el piso? —contestó desviando la atención.

—Me ha encantado. El balcón, sobre todo. Y verte aguantándote las ganas de mirar el escote de la señora ha sido la guinda, jaja.

—¿Vamos a celebrarlo?

—Venga. Pero tú invitas. Por baboso.

—Ehh, de eso nada. El trato es que si te acompañaba invitabas tú a la cena. Y me apetece sushi, nada de cutradas ni de comida rápida.

—Anda que no eres listo tú, venga anda. Vamos a cenar.

Le agarre del brazo y fuimos caminando hasta el centro de Cartagena. Julio me dijo que conocía un buen sitio de sushi allí y, la verdad, es que tenía buena pinta.

40

Nos sentamos en la terraza del restaurante de sushi, el que Julio conocía, con farolillos colgando y camareros que parecían estar allí por castigo. Pedimos unas cañas, y yo, sin pensarlo, añadí unas gyozas y algo picante. Porque si íbamos a hablar de mudanzas y sentimientos, mejor con un poco de fuego en la boca.

—¿Entonces te ha convencido el piso? —preguntó él, tras el primer trago.

—Sí. Más de lo que esperaba, la verdad. Es pequeño, pero tiene algo. Y está cerca, como el tuyo. Creo que me he acostumbrado a ir contigo al hospi…

—¿Entonces voy a tener que seguir esperándote en el portal mientras subes a por el móvil, o el bolso o, peor aún, a por la llaves? —sonrió.

—Evidentemente. Además, creo que te voy a dar un juego de llaves, porque seguro que las acabo perdiendo, jaja. De todas formas, voy a echar de menos muchas cosas.

—¿Como qué?

—No sé. Las noches de maratón de series que siempre terminamos abandonando. Los cafés que me traes a la cama medio zombie. Las discusiones por el mando, que en realidad no servían de nada, porque acabábamos viendo lo primero que salía...

—¿Y mis calcetines de aguacates?

—Esos vienen conmigo.

Él se rio, pero bajó la mirada, apenas un segundo. Lo suficiente para que se colara un silencio distinto entre nosotros. Sabía lo que venía.

—Me va a dar pena que te vayas —dijo, sin adornos.

Tragué saliva. No porque no me lo esperara, sino por cómo lo soltó. Así, sin defensa. Solo eso. Sincero.

Y durante un momento, tuve ganas de decirle que no me iba. Que podía quedarme. Que total, el piso podía esperar. Que, en su salón, con su manta fea y su forma rara de guardar los platos, también estaba bien.

Pero no lo dije.

Solo apoyé la mano en su brazo, muy breve. Lo justo para que supiera que le había oído. Que yo también.

Después hablamos de cosas más livianas. De Sara y Marc, que siguen como adolescentes con móvil nuevo. De un paciente que pidió tabaco a las tres de la mañana. De Clarita, claro. Siempre acaba saliendo Clarita, aunque esta vez flotó más que pesó. Notaba a Julio más firme en su decisión de no ir detrás de ella.

Pagamos sin prisa y salimos del restaurante —por supuesto, invité yo; soy una chica de palabra—. Caminábamos por el centro, cruzando calles entre bromas tontas, cuando, al girar una esquina, los vimos.

Ella. Clara. Rubia, explosiva, con un vestido ajustado que le marcaba cada curva y unas gafas de sol enormes, aunque ya era de noche.

Él. Un tipo de unos treinta y tantos, con pinta segura y sonrisa confiada.

Iban de la mano, como si eso fuera lo más natural del mundo.

La reconocí antes que Julio.

—¿Es…? —empecé, pero me detuve.

Él se quedó quieto. Miraba sin pestañear.

Clara. Con otro. ¿Un rollo? Eso pensaba él. Eso pensábamos todos. Pero esa forma de ir de la mano…

Julio tragó saliva, y por un momento su mirada se vació.

—No me lo esperaba —dijo, en voz baja—. Pensaba que lo nuestro, a pesar de todo, era otra cosa.

Lo vi. Esa mezcla de sorpresa, decepción y una rabia sorda que no hace ruido, pero te quema por dentro. N

—¿Y tú qué sabías? —pregunté, suave.

No contestó. Solo siguió mirando cómo Clara reía con ese otro. Como si no quedara nada de lo anterior.

—Me siento utilizado —confesó, aún sin mirarme—. Como si hubiera estado jugando solo yo. Igual soy solo eso... Un juguete.

Guardamos silencio. Él apretó los puños, y por dentro deseé que el suelo se abriera un poco, solo lo justo para que él pudiera desaparecer un rato.

—Vamos —le dije, tocándole el brazo.

Se giró y empezó a andar, dejando atrás a Clara, a su risa, y a ese golpe que no habíamos visto venir. Yo le seguí. Sabía que a veces lo que más duele no es la persona, sino lo que creías que eras para ella.

——————————————————————————

No sé muy bien qué decir. Siento que hoy quiero decir demasiado. Antes de nada, ¡lo siento! Sé que me he demorado en esta entrega un montón y, viendo el éxito del relato —por lo menos para mí es un exitazo—, siento que no he podido estar a la altura de mis lectores. No, en serio, he estado tremendamente ocupado y, no os voy a mentir, intento cuidar la calidad literaria —aunque no lo consiga del todo— y lleva mucho tiempo de revisión. No os puedo prometer nada, pero intentaré que la siguiente entrega esté para finales de julio.

En segundo lugar, quería daros las gracias por los comentarios, por las valoraciones y por seguir leyéndome. Cuando empecé el relato no me imaginaba estar en el top 100 de esta página y, mucho menos, liderarlo durante algunos días. Me he hecho una tremenda ilusión, así que gracias por valorar mi esfuerzo. De nuevo, aunque soy muy pesado, me encantará leeros y, como estoy en plena redacción, ¡igual podéis influir en la propia historia!

¡Muchas gracias a todos, nos vemos pronto!