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En tren a Cádiz

El traqueteo del tren no es lo único que la pone nerviosa. Cuando ella te ofrece una raya y luego te invita al baño, sabes que las reglas del viaje se han roto.

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Coincidimos en el tren que va de Madrid a Cádiz. Ella en el asiento de ventanilla y yo en el de pasillo. Era una chica más buen menudita, morena, con poco pecho como pude comprobar un poco más tarde. Vestía una camiseta amplia de tirantes con evidente ausencia de sujetador y unos pantalones vaqueros cortos pequeñísimos que dejaban completamente desnudos sus muslos.

Ya cuando se acomodó en su asiento en Madrid me puso el culo delante de mis narices al pasar prácticamente por encima de mí para ocupar su asiento. Nada más empezar a andar el tren empezó a comerse un bocadillo que había sacado de su mochila antes de ponerla en la parte de arriba destinada a los equipajes. Me ofreció un bocado con una sonrisa. Ofrecimiento que decliné.

Al llegar a la mitad aproximadamente, volvió en envolverlo en el papel de plata y lo guardó en el bolso, del que sacó una bolsita de plástico blanco y su libro electrónico. Empezó a hacer una raya de cocaína y me ofreció otra para mí. Ofrecimiento que también decliné, no porque me pareciera mal, sino porque eran tan solo las diez de la mañana y me pareció excesivo a esas horas tan tempranas.

Una vez la esnifó volvió a guardar la papelina en el bolso y apoyando una pierna en el asiento delantero, separó las piernas rozando su pierna con la mía y metió un dedo por la parte inferior del vaquero para acariciarse el sexo, ante la incredulidad de los pasajeros que estábamos viendo.

- Es que el traqueteo del tren me pone cachonda. ¿Espero que no te moleste? – me preguntó.

- Nada chica, tú a lo tuyo y disfrútalo – contesté.

Hice que cerraba los ojos, pero simplemente los dejé entreabiertos para observar sus evoluciones. En un momento determinado se acomodó girándola pelvis hacia mí para tener mayor holgura en la entrepierna, lo que le permitió acomodar mejor el dedo y al poco la noté tensarse y apretar una pierna contra la otra, antes de sacar la mano y chuparse el dedo.

Negaría si dijera que no me excitó verla y decidí cerrar totalmente los ojos para intentar dormir un rato porque el viaje duraba cerca de nueve horas. Mi mente empezó a elucubrar por si sola imaginándomela sin pantalón mientras se tocaba lo que hizo que el sueño desapareciera.

Un buen rato después me preguntó a donde iba y la dije que a Caños de la Meca un pueblo a una hora de Cádiz por carretera. Me preguntó si ese pueblo estaba en la costa, si era barata la vida allí y si estaba permitido acampar en la playa. A lo primero contesté que sí, a lo segundo que no y a lo tercero que lo ignoraba. Le expliqué que era uno de los puntos famosos para hacer windsurf en la provincia y los ojos se la iluminaron. Ella se quedaba en Cádiz capital para trabajar de camarera la temporada de verano.

Sacó lo que le quedaba del bocadillo del bolso, lo desenvolvió y lo partió por la mitad, ofreciéndome uno de las partes. Iva a decir que no me apetecía cuando me la puso en la mano y me callé, aceptando su ofrecimiento. En compensación me ofrecí para ir a vagón cafetería a un par de cervezas para pasar la comida y dijo que me acompañaba, así se haría más corto el viaje.

Volvimos a nuestros respectivos asientos, cada uno con una cerveza en la mano y nos sentamos. A medio consumir la cerveza volvió a sacar la papelina de coca y sin preguntarme preparó dos rayas y me ofreció una. La verdad es que después de haber comido algo y bebido la cerveza, una rayita era un buen postre, sobre todo porque me acordé de la paja que se había hecho después de consumir la primera y se me hizo apetecible. Esnifé una de las rayas con el billete enrollado que me ofreció y le devolví el libro. Ella hizo lo propio y volvió a guardar los utensilios en el bolso.

Decidimos intentar dormir un rato y al poco sentí su pierna pegada a la mía. Estaba recostada contra el cristal de la ventanilla, una pierna en el suelo y la otra en el asiento. Permanecimos un rato así y cada vez presionaba más su pierna contra mi cadera. Cambió de posición y apoyó la cabeza en mi hombro y una mano en mi brazo.

- Soy incapaz de dormirme – me dijo haciendo que abriera los ojos. Nos podíamos ir al baño y hacernos una paja mirando como se la hace el otro para estimularnos. Seguro que será divertido – apostilló.

Sin responder me levante del asiento y esperé a que hiciera lo mismo, dejándola paso. Empezó a andar por el pasillo camino del servicio mientras yo no podía retirar la mirada de su estrecho culo. Al llegar al baño entró en el cubículo y me cogió la mano para tirar de mí hacia adentro.

Nos acomodamos como pudimos en el reducido espacio. Ella con un pie encima del inodoro y yo pegado a la puerta. Se bajó hasta las rodillas el vaquero, las bragas a medio muslo y empezó a tocarse.

Ante mi pasividad, estaba mirando aquel coño libre de cualquier atisbo de vello, me dijo que me bajara los pantalones para poder verme la polla y como me la manejaba. Acepté su sugerencia en cuanto tuvo un buen tamaño, no era cosa de hacer el ridículo, y me la saqué junto con las pelotas del calzoncillo.

Viendo como se metía dos dedos dentro del coño y se acariciaba el clítoris con la otra mano, empecé a meneármela. Fijó la mirada en mi polla y aceleró los movimientos de ambas manos, lo que hizo que la imitara. Ella fue más rápida que yo. La coca tiene sus efectos. Se corrió mordiéndose los labios y emitiendo leves gemidos.

Me cogió la mano libre y se la metió por dentro de la camiseta, presionándose un pecho. Ahora solo se frotaba el clítoris, pero los estímulos en el pecho y los tirones del pezón que le daba suplían perfectamente el vacío vaginal. Como tenía la polla enfrente de su coño, me dijo que apuntara hacia la pared paro no mancharla al correrme. Al ver como se corría de nuevo no pude más y la imité.

Me ofreció un pañuelo de papel diciendo que si me limpiaba con las toallitas del servicio se me iba a despellejar la polla. Ambos nos limpiamos e hice lo propio con la pared donde había ido a parar mi corrida. Nos subimos los pantalones y abandonamos el cubículo para volver a los asientos.

Iniciamos una conversación y me confesó que a ella el movimiento del tren la ponía cardiaca y si por ella fuera se pasaría el trayecto frotándose el coño. Por mi parte le confesé que me había dejado perplejo con sus dos proposiciones. Una la raya de coca y la otra invitarme a hacernos la paja, a lo que ella me respondió que podíamos esperar un rato y repetir.

Me pasé la siguiente hora esperando a que ella me dijera que ya había pasado ese rato. Cuando preparó dos rayas de coca, imagine lo que venía a continuación y con asentimiento de cabeza nos levantamos y volvimos al servicio.

Repetimos lo de bajarnos los pantalones y esta vez se subió la camiseta hasta el cuello y me dijo que le chupara las tetas. En cuanto tuvo los pezones duros me dijo que me incorporara y se los pellizcara. Uno frente al otro, cogió mi polla con la mano y empezó a pasársela por el clítoris. Me la mojaba de vez en cuando en la raja para lubricármela y volvía de nuevo al clítoris.

Con el capullo presionando su punto de placer. Me masturbaba con una mano y con otra le estrujaba un pecho, cuando me dijo que estaba preparada. Pellizqué el pezón con ganas y en cuanto empezó a gemir agitando el cuerpo, no aguanté más y me corrí. Al acabar empezó a pasarse la polla lentamente en círculos por el clítoris y en menos de un minuto, se corrió de nuevo. Es lo que más envidio de las mujeres, su capacidad para correrse tantas veces seguidas.

Volvimos a los asientos y esta vez si conseguimos dormir un rato, al menos yo. Al llegar a destino la ayudé a bajar su macuto del altillo y a bajarlo del tren. Nos miramos, sonreímos y nos dimos dos besos en la mejilla a modo de despedida.

Ella echó a andar y yo me quedé con la vista fija en aquel culo pensando en cómo sería follarlo, algo que desgraciadamente no iba a ocurrir.