La primera vez que me dijo perra 2
La profesora creía haber cerrado la puerta a esa noche, pero el estudiante ya no es un alumno cualquiera. Cada corrección en clase es una orden disfrazada, y cada silencio en el aula es una invitación a perder el control. Esta vez, no hay escape: la clase termina donde empieza el castigo.
Capítulo 2
Hay cosas que no se pueden borrar.
No porque hayan sido importantes, sino porque dejaron una marca en el cuerpo. Y el cuerpo, a diferencia de la mente, no sabe mentir.
Uno puede inventarse excusas, trazar explicaciones, repetir discursos con voz firme frente al espejo. Pero cuando el recuerdo se activa, no hay dignidad que alcance.
El temblor llega primero. Luego la humedad.
Y entonces todo vuelve.
Él.
La voz.
La orden.
La forma exacta en que me hizo arrodillarme, el tono seco con el que me llamó perra por primera vez, el calor entre las piernas mientras mi lengua intentaba pronunciar algo más que vergüenza.
No, eso no se olvida. Ni aunque lo intente.
Y lo intento. Cada día.
Me obligo a ignorarlo. A actuar como si nada. Me repito que fue solo una noche. Un error. Un desliz hormonal. Me convenzo de que todo lo que ocurrió se quedó encerrado en esa casa. Que fue una fantasía sucia a la que ya no tengo por qué regresar.
Pero cada vez que lo veo entrar al aula, algo en mí se resquebraja de nuevo. Actuando como el chico bueno, el bien portado. Entrando a clases a tiempo, dejando sus tareas el día solicitado... como si lo hiciera a propósito, burlándose de mi.
Y me dan ganas de gritarle. De zarandearlo. De preguntarle qué carajo cree que está haciendo fingiendo ser un alumno ejemplar, como si nada hubiera pasado. Como si no me hubiera tocado. Como si no me hubiera destruido.
Hijo de puta.
Se sienta ahí, con su cuaderno, con esa mirada limpia, distante, como si yo no fuera la misma que se arrastró detrás de él con las piernas abiertas y el alma hecha trizas.
Y lo odio. Lo odio por haber cumplido su parte del trato. Por no buscarme. Por no exigir nada más. Por dejarme aquí, con este cuerpo traidor que se aprieta entre las piernas cada vez que recuerdo cómo sonaba su voz cuando me llamaba perra.
Pero más que a él… me odio a mí.
Por seguir pensando en esa noche.
Por apretar los muslos debajo del escritorio cada vez que su nombre aparece en la lista de asistencia.
Por mojarme solo con imaginar que me vuelve a hablar así, que me toma del cuello y me recuerda lo que soy cuando él lo decide.
Quisiera arrancarme el deseo con las uñas. Gritarme a la cara que fue una fantasía estúpida. Una debilidad. Que ya pasó. Que no me pertenece. Que tengo el control. Que soy adulta. Que soy profesora. Que soy fuerte.
Pero todo eso se cae al carajo cuando él entra al aula, se sienta en silencio y no me mira. Ni una palabra. Ni un gesto.
Y entonces lo único que quiero es que lo haga. Que me mire. Que diga algo. Que me provoque. Que me arrastre otra vez. Que me rompa.
Porque esta versión suya —educada, correcta, aburrida— me hace algo peor que desearlo.
Me hace necesitarlo.
El día había sido una mierda. Como todos últimamente.
Las mismas clases. Las mismas caras. Las mismas palabras recicladas en boca de estudiantes que solo repiten lo que creen que quiero oír. El café sabía a agua tibia. La comida no tenía sabor. El sol parecía apagado. Todo me parecía lento, sordo, ajeno. Una versión borrosa de mi vida donde yo solo iba marcando casillas.
Cumplir. Hablar. Sonreír. Fingir.
Nadie notó nada. Como siempre. La profesora Sara, la misma de todos los días: compuesta, puntual, correcta. Ni una grieta. Ni un temblor. Nada fuera de lugar.
Solo yo sabía que, por dentro, me estaba pudriendo.
Llegué al departamento al atardecer. Ni siquiera recordaba el camino. Entré, cerré la puerta, y lo primero que hice fue quitarme los zapatos. Los empujé con rabia al rincón más cercano. Luego la blusa. Después la falda. Me desnudé en el pasillo como si la ropa me estorbara más que el calor, como si necesitara arrancarme la piel del día entero.
Me quedé solo con la ropa interior, de pie, respirando hondo en medio de la sala. El silencio era asfixiante. Ni siquiera me molesté en prender la luz principal. La lámpara del rincón bastaba. El resplandor era cálido, tenue, casi falso. Como yo.
Fui a la cocina. Saqué la copa. El vino. Me serví sin pensar. Bebí. El líquido bajó lento, pesado. No me alivió.
Volví al sofá. Me senté con las piernas cruzadas. Encendí el portátil. Correos sin importancia. Mensajes sin alma. Notificaciones vacías. Nada. Todo era ruido. Todo era inútil.
Y entonces, inevitablemente, volví a pensar en él.
No quería. No lo busqué. Pero bastó un segundo de vacío para que se metiera otra vez.
Su voz.
Sus dedos.
La maldita forma en que me susurró buena chica como si hubiera nacido para obedecerle.
—Hijo de puta —murmuré, con los dientes apretados.
Odiaba pensar en eso. En él. En mí.
Porque no era solo deseo. Era otra cosa. Algo más jodido. Más profundo. Cada vez que recordaba esa noche —su casa, su cuerpo, sus órdenes— sentía que algo dentro de mí se abría. Y lo peor es que ya no sabía cómo cerrarlo.
Apoyé la copa en la mesa. Me incliné hacia el respaldo. Cerré los ojos. Intenté pensar en otra cosa. En lo que fuera.
Pero no.
Él estaba ahí. Otra vez. Dentro.
Mi mano bajó por el vientre. Sin decisión. Sin permiso. Solo por impulso. Solo porque el cuerpo iba más rápido que la voluntad. Me rocé por encima de la tela, sintiendo la humedad que ya estaba ahí.
—No... no vas a hacer esto otra vez —me dije en voz baja. Como si sirviera de algo.
Pero la otra mano ya subía al pecho, al pezón endurecido, doloroso.
Cerré los ojos, me hundí en el sofá, y dejé que el recuerdo me encontrara.
Y lo hizo.
Volvió suave, como un escalofrío. Como un susurro que aún vive en mi oído.
“Ponte en cuatro.”
Lo escuché con claridad. Su tono. La forma exacta en que lo dijo. Sin prisa. Sin duda. Con esa seguridad suya que no buscaba imponerse, porque sabía que ya tenía todo.
Me vi arrodillándome en el suelo. La alfombra raspándome las rodillas. Mi vestido subido. El cuello expuesto. La piel ardiendo.
“Sígueme.”
Y lo hice. Lo seguí sin pensarlo, con las manos y las rodillas, como si mi cuerpo hubiera nacido para obedecer esa voz. No había miedo. Solo esa extraña paz de no tener que decidir nada más.
Mi mano bajó con más presión. La palma abierta entre mis muslos, los dedos rozando la tela húmeda de mi ropa interior, que ya no servía de nada.
Jalé hacia un lado. Quería sentir. De verdad. Sin barreras.
Me invadió una oleada de calor. No era solo deseo. Era una necesidad honda, física, cruda. De tenerlo otra vez. De sentirlo. De recordar cómo era cuando su cuerpo se pegaba al mío, cuando me abría con las manos y me tomaba sin preguntar.
“Buena chica.”
El susurro volvió, y me temblaron las piernas.
Dos dedos se hundieron dentro de mí sin resistencia. Estaba empapada. Me moví. Con los labios entreabiertos, la espalda arqueada, la respiración descontrolada. Ya no era una profesora. Ni una mujer racional. Ni alguien fuerte.
Era solo cuerpo. Mi cuerpo. Tomando lo que necesitaba. Solo quería sentir.
Seguí acariciando mi clítoris con la otra mano, pequeños círculos, rápidos, firmes, buscando ese punto, ese exacto lugar donde todo se apaga. Donde por un segundo no hay recuerdo, ni orgullo, ni preguntas.
Me arqueé más. Un gemido escapó. No quise callarlo.
El orgasmo vino como una sacudida suave, tibia, deliciosa. Me solté por completo. El vientre se tensó. Los muslos vibraron. Mi pecho subía y bajaba como si no pudiera llenarse de aire.
Me quedé quieta. En silencio. Con los dedos aún dentro, la otra mano entre las piernas.
Saqué la mano. Mis dedos estaban húmedos. Me los quedé mirando como si no fueran míos.
El cuarto estaba en penumbra. Solo la lámpara seguía encendida, lanzando su luz tibia sobre la copa de vino medio vacía. Todo parecía calmo, quieto, como si no acabara de tocarme como una mujer hambrienta.
Me recosté. Las piernas aún temblorosas. El pecho sin ritmo. No sentía culpa… pero tampoco alivio.
Solo el eco.
El cuerpo me pesaba. Pero no tenía sueño. No quise ducharme. No quise limpiarme. Quise quedarme así. Con la piel marcada. Con el olor de mí misma entre las piernas. Quise que durara.
Dormí mal.
Más bien, estuve tendida toda la noche con los ojos cerrados y el cuerpo despierto
Me levanté con el rostro inflamado, las piernas entumecidas y esa pesadez detrás del pecho que aparece cuando te das cuenta de que el deseo no se va con una ducha.
La mañana se me fue en automatismos. Café insípido. Correo institucional. Estudiantes que repetían palabras como si el significado fuera un adorno opcional. Sentía el cuerpo desfasado, como si algo dentro de mí todavía estuviera en la noche anterior, en el roce de mis propios dedos y el sabor amargo que quedó después.
Entré al aula con el piloto automático encendido. Preparé el material, abrí el libro en la página que tocaba, escribí en el pizarrón. Nada de eso me anclaba. Estaba ahí, pero apenas.
Comencé la clase citando sin pensar demasiado, tal como había subrayado en la madrugada.
—Como explica Baudrillard en Vigilar y castigar, el castigo público operaba como un espectáculo diseñado para exhibir el poder sobre el cuerpo…
Una voz, desde la tercera fila, me interrumpió sin elevar el tono:
—Foucault.
Lo miré. Fue instintivo. Él seguía con la mirada baja, escribiendo.
—¿Disculpa? —respondí de inmediato, sin mirarlo por más de un segundo.
—Vigilar y Castigar es de Michel Foucault —. Continuó, de forma natural. Sin levantar la vista, sin mirarme siquiera.
Tragué saliva.
—Ci…cierto —dije, sin poder evitar el temblor en la voz—. Quise decir Foucault.
Algunas miradas se cruzaron entre los estudiantes. Nada evidente. Nadie rió, nadie comentó. Pero lo sentí. El aire cambió. Algo se quebró, aunque solo yo lo escuchara.
Él levantó la mirada, una mirada inexpresiva, seria. Con esa calma suya que no necesitaba imponerse para hacerme sentir expuesta. Sostenía el bolígrafo entre los dedos con descuido, como si nada fuera importante.
—No se preocupe, profesora —dijo con cortesía impecable—. Todos cometen errores.
Hizo una pausa breve. Sus ojos todavía en los míos.
—Solo procure que no se repita.
Y bajó la mirada. Volvió a escribir como si acabara de decir algo absolutamente neutral.
Y lo sentí. En el estómago. En la garganta. En la humedad inmediata que me recorrió al instante entre las piernas.
Algo en su tono, en la manera exacta en que marcó la última palabra, me atravesó como un dedo invisible que me separaba las piernas.
Mi cuerpo reaccionó sin mi permiso.
Me acomodé detrás del escritorio, como si necesitara el respaldo para sostenerme. Respiré hondo, forcé mi atención en las hojas que tenía frente a mí.
Carraspeé suavemente. La garganta seca, el pulso acelerado. Me forcé a enderezar los hombros, a recomponer el tono. Debía continuar. Tenía que hacerlo. No podía dejar que una frase, tan aparentemente inocente, me desestabilizara de ese modo.
Di un paso hacia la pizarra. Tomé el marcador como si nada. Evité mirarlo.
El silencio que siguió pareció extenderse más de la cuenta. O quizá solo fue dentro de mí.
Pero no pude. No podía pensar en nada. Mi mente en blanco, el cuerpo temblando. No supe como continuar.
Me forcé a escribir alguna línea en el pizarrón. Una tontería metodológica que nadie iba a revisar después. El trazo salió torcido. Sentía el calor trepando por el cuello. El cuerpo pesado. El aliento corto.
Ya no estaba ahí. No del todo. Ni en la clase, ni en la explicación. Solo escuchaba mis propios latidos, y el eco de su voz repitiendo esa condena perfecta.
Volteé al grupo. Algunos ya ni prestaban atención. Otros garabateaban en sus libretas, medio dormidos. Él seguía escribiendo. Tranquilo. Como si nada. Como si no hubiera soltado una maldita granada con esa frase.
Respiré hondo, fingí revisar la hora en mi reloj.
—Vamos a dejarlo hasta aquí por hoy —dije, intentando sonar profesional—. Quiero que repasen el capítulo completo para el lunes. Y traigan un comentario escrito sobre el concepto de cuerpo disciplinado.
No hubo quejas. Nadie se extrañó. Solo comenzaron a guardar sus cosas.
Yo, en cambio, sentía que acababa de perder una batalla que nadie más había visto.
Guardé mis papeles. Evité mirarlo al pasar. Pero podía sentirlo. El peso de su presencia. La certeza de que sabía.
El camino a casa fue una niebla. Ni recuerdo cómo llegué. Subí las escaleras como si cargara un cuerpo ajeno. Cerré la puerta sin encender las luces. El silencio fue un golpe seco en el pecho.
Estiré el brazo y tomé el celular de la mesita de noche, más por costumbre que por necesidad. Revisé la hora, sin registrarla. Deslicé notificaciones sin leerlas. La pantalla iluminaba mi cara con ese resplandor azul que, por alguna razón, lo hacía todo parecer más íntimo.
Y entonces, sin pensarlo demasiado, abrí la lista de contactos.
Erick C.
Me quedé mirando su nombre. No había ningún mensaje previo. Ningún “hola”. Ninguna excusa. Solo ese maldito silencio que él ha mantenido desde aquella noche, como si nada hubiera sucedido. Como si lo que ocurrió no significara nada. Como si romperme, volverme suya, dejarme arrodillada a sus pies fuera apenas una distracción más.
No entiendo por qué no volvió a acercarse. Por qué no repitió nada. No sé si es indiferencia, si fue un juego, si ya no le intereso, si alguna vez le interesé más allá del momento. Tal vez solo fue eso. Un instante. Algo que ya no necesita repetir.
Me quedé mirando su nombre durante un largo rato, con el pulgar suspendido sobre la pantalla. Quería escribirle, pero no sabía qué decir. No quería humillarme, no quería abrirle una puerta que ya había decidido cerrar, pero tampoco podía seguir fingiendo que no me estaba consumiendo por dentro. Quería saber, necesitaba saber.
Entonces escribí. No fue algo planeado. No busqué una frase inteligente, ni una excusa. Solo una palabra que pudiera marcar algo, por mínima que fuera. Una forma de romper la inercia sin desnudarme por completo.
Hola.
Y nada más.
Lo envié antes de poder arrepentirme. Cerré los ojos al instante, como si eso pudiera evitar las consecuencias. Sentí que todo el cuerpo me temblaba, no por lo que había escrito, sino por lo que significaba haberlo hecho.
La pantalla quedó en silencio. Dos palomitas grises. El corazón latiendo como si algo acabara de romperse.
Apoyé el celular sobre el pecho, boca arriba, con los ojos cerrados. No sabía si quería que contestara o si prefería que no lo hiciera nunca. Me sentía atrapada en esa contradicción absurda, donde desear una respuesta era tan humillante como la ausencia de ella. Fingí que podía relajarme. Fingí que me daba igual.
Pero no lo solté.
El pulso en la mano que sostenía el teléfono seguía latiendo con fuerza. Cada vibración falsa, cada sombra en la pantalla, cada mínimo sonido en el departamento me hacía pensar que era él. Que ya lo había leído. Que estaba escribiendo algo. Que tal vez estaba pensando en mí del mismo modo en que yo lo estaba haciendo ahora: desesperado, contenido, frustrado.
Pero nada pasaba.
Los minutos se alargaban. Revisé el mensaje enviado tres veces. La ansiedad me ardía bajo la piel, pero me negaba a volver a escribir. No iba a insistir. Ya me había expuesto más de lo que quería. Había dicho demasiado con solo una palabra.
Me paré. Fui al baño. Me lavé la cara. Regresé.
Nada.
Me acosté de lado. Cerré los ojos.
Nada.
Cambié de postura. Miré el techo.
Nada.
Una hora.
Y entonces, sin previo aviso, la pantalla se iluminó.
Un mensaje. De él.
Lo abrí con el corazón desbocado, conteniendo el aliento como si la vida se definiera en esas líneas.
Hola, Sara.
Eso fue todo.
Pero bastó para que el cuerpo se encendiera de nuevo. Para que todo lo contenido durante días subiera hasta la garganta.
Me ganaron los nervios.
Yo: Nada... No sé por qué te escribí.
Mi cabeza era una marejada de emociones, no entendía que pasaba conmigo, parecía pequeña colegiala con su primer romance. Nerviosa, temblando a mas no poder. Sin saber que decir.
Entonces apareció su respuesta.
Erick: No te creo. Y tú tampoco te lo crees. Ambos sabemos por qué lo hiciste.
Sentí el calor subir por el pecho, por el cuello, hasta la raíz del cuero cabelludo. Me removí en la cama, nerviosa, con la piel erizada. El celular se volvió más pesado en mi mano. El cuerpo, más consciente.
Escribí con los dedos temblando.
Yo: Lo siento. No sé por qué dije eso.
Ni siquiera entendía muy bien por qué me disculpaba.
Su respuesta no tardó en llegar.
Erick: No tienes por qué mentirme, ni mentirte. Dime por qué lo hiciste.
Sentía los dedos entumecidos, como si al escribir pudiera traicionarme, como si cualquier palabra fuera a romper algo que no sabía cómo sostener.
Mi mente repasaba opciones, frases que sonaran neutras, que me protegieran, que me dejaran una salida digna. Pero ninguna servía. Nada sonaba real. Nada coincidía con lo que me ardía dentro. Y mientras más pensaba, menos podía escribir.
Solo miraba.
La pantalla en blanco. Mi cuerpo ardiendo. El silencio en la habitación volviéndose insoportable.
Y entonces, vibró. Una nueva notificación.
Erick: Bien. Si no quieres decirlo, se acabó esta conversación. Y todo lo demás.
El corazón se me cayó al estómago. Sentí que el aire salía del cuarto de golpe. Escribí casi sin pensar, con las manos temblorosas, sintiéndome torpe, desesperada, desnuda.
Yo: No, espera... te escribí porque no aguanto más. No puedo sacarte de mi mente... Y no sé cómo seguir fingiendo que lo que pasó no me deshizo por dentro.
Erick: Entonces deja de fingir. Dímelo sin rodeos, Sara. ¿Qué es lo que quieres?
Sentí el cuerpo entero tensarse, como si esas palabras hubieran activado algo que llevaba días supurando bajo la piel. Ya no era solo deseo; era rabia, ansiedad, necesidad. Todo mezclado con una vergüenza áspera que no sabía cómo sostener. No tenía sentido seguir conteniéndome. Ya no quedaba margen para disfrazar nada. Él lo sabía. Y yo también.
Apoyé el celular sobre las piernas. Respiré hondo, una vez. Y empecé a escribir, sin pausas ni rodeos, como si cada palabra me arrancara un trozo del orgullo que aún resistía, mientras sentía la humedad crecer en mi entrepierna.
Yo: Quiero que me folles sin piedad, que me insultes al oído mientras me abres. Quiero que me trates como aquella noche. Que me marques. Que me uses. Quiero ser tu perra...
Envié el mensaje sin releerlo. El corazón latía desbocado. La piel me ardía. Me quedé quieta, como si el más mínimo movimiento pudiera romper el silencio que vendría después.
Estaba temblando. Pero ya no me importaba. La pantalla se iluminó de nuevo. Su respuesta apareció con esa calma implacable que me desarma más que cualquier grito. Ni una palabra de más. Solo lo necesario para dejarme sin aliento.
Erick: Si lo que dijiste es verdad, vas a demostrarlo. Mañana quiero que llegues a clase con tu falda más levantada de lo normal, una blusa ajustada y sin medias. Antes de nuestra clase, deberás quitarte las bragas. Quiero que estén en mi asiento cuando yo entre. Si obedeces, recibirás nuevas instrucciones. Si no, esto se termina.
Leí el mensaje como si me estuviera hablando al oído. Las palabras ardían. Sentí cómo la garganta se cerraba, cómo el cuerpo se tensaba contra las sábanas. Sentí la humedad acumularse entre mis piernas, caliente, descarada, sin pedir permiso. Moví una mano lentamente, dejando que mis dedos exploraran el centro de mi coño urgencia. Me toqué con desesperación, con vergüenza, con esa mezcla de rabia y deseo que llevaba días carcomiéndome por dentro.
Me arqueé apenas sobre las sábanas, cerrando los ojos, sintiendo cómo el cuerpo respondía solo, entregado, desbordado. Estaba cerca, tan cerca que ya no pensaba en resistirme.
Entonces el celular vibró.
Abrí los ojos de golpe, temblando, con la respiración atrapada en la garganta. La notificación apareció en la pantalla, cruel, oportuna, exacta. Lo supe antes de leerla. Y cuando lo hice, un escalofrío recorrió mi espalda como un látigo invisible.
Erick: Tienes prohibido correrte sin mi permiso, perra.
¿Cómo lo supo?, Mi mano se detuvo al instante, atrapada entre la necesidad y la humillación. El cuerpo pedía seguir, terminar, soltarse. Pero su voz, incluso escrita, tenía más fuerza que mi deseo. Cerré las piernas, empapada, temblando, con los labios mordidos y los ojos húmedos. No pude avanzar. No me atreví.
Porque ya no me pertenecía. Y él acababa de recordármelo.
—Carajo…
La alarma sonó, pero yo ya estaba despierta.
Había abierto los ojos minutos antes, con el cuerpo pesado y la boca seca, como si no hubiera dormido en absoluto. Toda la noche fue una sucesión de imágenes repitiéndose en mi cabeza. Me incorporé sin pensar, con los pies fríos sobre el suelo y la mente girando, todavía sujeta al mensaje de anoche.
Lo había leído tantas veces que ya no necesitaba abrir la conversación. Cada línea estaba impresa en mi cuerpo. Me duché sin apuro, dejando que el agua recorriese mi espalda, mis muslos, intentando soltar un poco de la ansiedad que llevaba en la piel.
Me vestí despacio, como quien se prepara para algo más que un día de trabajo. La blusa se pegaba a mis senos con precisión irritante, revelando más de lo que cualquier otra prenda había permitido en el aula. La falda, alta, unos centímetros más que lo habitual, apenas suficiente para que no resultara sospechosa… pero yo sabía lo que escondía debajo. Y lo que no.
Nada de medias. Y las bragas aún puestas, calientes contra la humedad que ya comenzaba a acumularse.
Caminé por los pasillos de la universidad como si todos pudieran ver lo que llevaba —o lo que estaba a punto de quitarme. Saludé a colegas, crucé miradas con algunos alumnos. Nadie sospechaba nada. Pero el corazón no dejaba de latir, ni de recordarme lo que tenía que hacer.
La primera clase pasó sin incidentes. Jóvenes distraídos, participaciones tibias, conceptos repetidos como mantra. Hablé sobre estructuras narrativas, sobre el sentido de la progresión interna en el relato clásico. Nadie notó el temblor en mis piernas. Nadie supo que, debajo de esa falda, mi cuerpo empezaba a humedecerse con una mezcla imposible de ansiedad, miedo y deseo.
Entre una clase y otra, fui al baño solo para mirarme en el espejo. Respiré hondo. Me mojé las muñecas con agua fría. Me recordé que tenía que dar una clase más antes de verlo. Solo una más.
La segunda hora fue peor. Estaba en modo automático. Las palabras salían porque debían salir, pero ni mi boca ni mi mente estaban del todo ahí. Sentía la humedad entre los muslos crecer con cada minuto. Cada vez que me sentaba, el roce me recordaba que estaba obedeciendo. Que ya pertenecía a su juego. A su ritmo. A su juicio.
Por fin llegó la hora. Clase con él.
Tomé el abrigo que había dejado colgado detrás de la puerta. En uno de los bolsillos laterales, tenía mis bragas de repuesto, por si después me atrevía a volver a ser profesora. Pero antes…
Antes debía entregarme.
Entré al aula cinco minutos antes que nadie. El salón estaba en silencio, apenas cruzado por la luz pálida de las ventanas. Me acerqué a su asiento, en la tercera fila, junto al pasillo. Miré alrededor. Ni un alma.
Deslicé los dedos bajo la falda. La tela se alzó sin esfuerzo. Bajé las bragas con lentitud, conteniendo la respiración mientras sentía el aire frío rozar la piel húmeda. El encaje se deslizó por mis muslos, hasta quedar entre mis manos. Las doblé, temblorosa, y las deposité sobre su silla.
Volví al frente, sentándome detrás del escritorio como si nada hubiese cambiado.
Pero todo lo había hecho.
Los alumnos comenzaron a entrar. Voces, mochilas, cuadernos. Uno a uno fueron ocupando su lugar. Y entonces, lo vi.
Erick.
Cuando llegó a su asiento, bajó la mirada, extendió una mano y tomó la prenda entre sus dedos con una delicadeza que me paralizó.
La sostuvo unos segundos, sin prisa. La observó como quien examina un trofeo que ha ganado sin necesidad de esfuerzo. Era un trozo de tela pequeño, húmedo, vulnerable, y sin embargo, entre sus dedos, parecía tener el peso de un pacto sellado.
Se sentó sin apartar la mirada de mí. Y siguió jugando con la prenda. La giraba con los dedos, acariciando el encaje con la yema como si pudiera sentir lo que había absorbido de mi cuerpo.
Sentí cómo el calor se extendía por mis mejillas, por mi cuello, por la parte interna de los muslos. El aula seguía llena de estudiantes que conversaban, que hojeaban cuadernos, que vivían en un mundo que ya no me pertenecía. Pero él y yo estábamos encerrados en otro plano, uno donde nadie más existía.
La guardó.
Abrió la mochila con naturalidad y la deslizó dentro, como si fuera cualquier otro objeto. Cerró la cremallera, alzó la vista una vez más y se recargó en el respaldo de su asiento.
Sus ojos permanecieron fijos en mí. Quietos. Inquebrantables.
Me incorporé con un leve carraspeo, intentando recuperar la compostura. Me sentía expuesta, perforada por esa mirada. Tomé el marcador con una mano temblorosa, volví al programa, a las líneas teóricas, a la normalidad impostada.
Pero él seguía ahí. Esperando. Y yo, de pie frente a todos, húmeda, sin ropa interior, sin escape, solo deseando una cosa:
La siguiente orden.
Intenté mantener la voz firme mientras escribía en la pizarra. Me concentré en lo obvio, en lo repetido, en todo aquello que podía decir sin pensar. No quería mirarlo. No todavía. Solo sentir su presencia bastaba.
Entonces el celular vibró una vez. Disimulé el movimiento al tomar un libro del escritorio. Me cubrí con él y, al abrirlo, deslicé la vista hacia el mensaje.
“Quiero que desabroches el tercer botón de tu blusa. Quiero ver si trajiste sujetador.”
Me quedé quieta. Como si el tiempo se suspendiera en ese instante.
No llevaba sujetador. Había obedecido desde temprano, sin siquiera saber si recibiría una orden. Me lo quité antes de salir de casa, con los pezones ya tensos por la anticipación, sabiendo que no tendría redención si él me lo exigía. Y ahora lo hacía.
Mi mano subió lentamente al cuello. Fingí acomodarme el cabello. Fingí el calor. Fingí todo lo que pude mientras mis dedos se aferraban al pequeño botón de en medio. Lo giré. Clic. La tela cedió. No mucho, solo lo justo para dejar al descubierto el inicio de mis pechos y algo más.
El aire frío me recorrió la piel. Y ahí estaban. Los pezones, tensos como agujas, marcándose con descaro bajo la tela delgada. No los veía, pero los sentía: duros, erectos, palpitantes. Sensibles. Cada roce con la blusa era una descarga que subía por el torso y me quemaba la garganta.
Tragué saliva. Di media vuelta, volví a la pizarra. Empecé a hablar de estructuras narrativas, de focos de enunciación, de ritmos internos del texto. El tono de voz me salía hueco. Me aferraba a cada palabra como si no estuviera al borde del abismo. Pero lo estaba.
Él no dijo nada. No necesitaba hacerlo. Me bastó con sentir su mirada. Fija. Perforante. Sabía exactamente qué estaba mirando. Y sabía que yo sabía que lo hacía.
En algún punto, mis muslos se rozaron al moverme. El calor entre ellos era insoportable. El hecho de que ya no llevara nada debajo, de que mis bragas estuvieran ocultas en su mochila o, peor aún, en su bolsillo… me partía en dos.
Aun así, seguí dando la clase. Pero cada minuto que pasaba ya no hablaba yo.
Hablaba su puta.
Volví a sentarme fingiendo que todo estaba en orden, como si la tela abierta de mi blusa no expusiera ya más de lo debido, como si mis pezones no siguieran marcándose con descaro, traicionando el fuego que hervía dentro de mí. Tomé el celular, apenas un segundo, como quien revisa la hora. Un nuevo mensaje brillaba en la pantalla. “Inclina la pelvis hacia el respaldo. Frótate sutilmente contra la silla mientras hablas. Quiero verte mojarte mientras finges que todo está bajo control.” El corazón me dio un vuelco. Miré hacia el aula, al grupo, fingiendo atención mientras el zumbido sordo del deseo subía por mis muslos. Me acomodé en la silla. Lo hice lentamente, como quien busca una mejor postura para continuar la clase, pero cada milímetro del movimiento estaba dirigido por él. Me senté al borde, y cuando volví a apoyar la espalda, la base del respaldo presionó justo entre mis nalgas. Me incliné apenas, bajando la cadera hasta que la curva inferior del asiento rozó mi sexo. No había barreras. Ni tela. Ni defensa. La presión fue sutil. No dolía. Pero ardía. El contacto despertó una oleada que no pude contener. Moví las caderas apenas un poco, lo suficiente para sentir cómo mi piel resbalaba contra el asiento. El cuerpo me tembló. Fingí cruzar una pierna, como si se tratara de comodidad y no de necesidad. Mi voz se mantuvo firme, pero detrás de cada palabra, el placer golpeaba. Él lo sabía. Lo sabía sin necesidad de levantar la vista. O quizás sí la levantó. Quizás su mirada estuvo clavada en mí todo el tiempo. Quizás se deleitaba viendo cómo obedecía, cómo me frotaba sobre una silla de madera en medio de mi propia clase, mientras los alumnos tomaban apuntes sin imaginar lo que ocurría al frente.
Dirigí la vista a los alumnos. Mis labios pronunciaban frases que ya no escuchaba. Las palabras salían con disciplina, como si no supieran del caos dentro de mí. Un nuevo mensaje apareció en la pantalla. “Ahora quiero que mantengas las piernas abiertas.” “No las cruces. No las cierres. Nada de moverte. Solo abre y aguanta.” Sentí cómo el aire se me escapaba por la nariz en un suspiro involuntario. El cuerpo entero respondió antes que la mente. Me acomodé con cuidado, como si fuera una simple corrección de postura. Separé las piernas. No mucho. Solo lo suficiente. Pero en mi carne lo sentí como una violación. El aire rozó el interior húmedo de mis muslos, y cada segundo era una pequeña descarga eléctrica. Estaba expuesta. Lo sabía. No lo suficiente para ser vista… pero sí para sentirlo todo. La silla ardía. La humedad se acumulaba.
Había perdido la noción del tiempo. Seguía hablando, seguía escribiendo, pero ya no sabía qué había dicho y qué no. Las palabras se mezclaban en mi boca, como si ya no me pertenecieran, como si fueran un acto reflejo que mi cuerpo repetía por inercia. Algunos alumnos empezaban a mirarme con extrañeza. Notaban algo. Quizás la forma en que me tocaba el cabello, o el leve temblor en mi voz, o cómo mis pezones seguían marcándose bajo la blusa cada vez más húmeda de sudor. Intenté recomponerme, tomar aire, fijar los ojos en las hojas frente a mí, pero el calor entre mis muslos era insoportable. La piel resbalaba contra la silla. No podía cerrarlas. No podía levantarme. —¿Profesora? —preguntó uno de los alumnos desde la cuarta fila—. ¿Se encuentra bien? Parpadeé. Lo miré como si no entendiera la pregunta. —¿Ah?... sí… sí, estoy bien. —La voz me salió hueca, como si ni yo misma me creyera esa respuesta.
Entonces el celular vibró una vez más.
Un nuevo mensaje.
“Ve al baño de hombres y espérame en el primer cubículo. De rodillas. Ahora.”
El mundo se detuvo.
Carraspeé con fuerza, intentando disfrazar el temblor en mi voz como si se tratara simplemente de una molestia en la garganta. El aula parecía más caliente, más ruidosa, más inquietante. La humedad entre mis piernas comenzaba a hacerse insoportable, y no solo por el calor. Era una presión contenida, un ardor sordo que me consumía desde dentro. No podía continuar con la clase fingiendo que todo estaba bien, no cuando apenas podía concentrarme en lo que salía de mi boca.
Me obligué a mirar a los estudiantes, a recordar que estaba frente a ellos, que era su profesora, que debía sostenerme firme. Pero el temblor en mis muslos me delataba, y el sudor bajo la blusa marcaba cada contorno de mis pezones endurecidos.
—Es suficiente por hoy —dije al fin, como si esas palabras me salvaran de algo que ya estaba perdido—. Pueden retirarse.
No ofrecí más detalles ni di pie a preguntas. Algunos rostros se alzaron sorprendidos. Otros simplemente recogieron sus cosas sin cuestionar. Sin embargo, sentí las miradas. Cargaban con curiosidad, incomodidad y, en un par de casos, una suspicaz incomprensión que me rozó la piel como si fuera una caricia sucia. Di media vuelta con el rostro en alto, fingiendo compostura, aunque el ardor en mis mejillas era imposible de ignorar.
Dejé todo sobre el escritorio. Las notas, el celular, incluso mi maleta. No me importó. Necesitaba salir. Necesitaba escapar de ese salón, de esas miradas que me atravesaban, y sobre todo, de la suya.
Lo sentí. Él no dijo nada. No se movió. Pero sabía que me miraba. Sabía que me observaba irme con esa expresión triunfal que no necesitaba volverse para confirmar. Esa sonrisa apenas dibujada, de quien no solo gana, sino que disfruta viéndome caer sola en el abismo.
Caminé por el pasillo con paso firme, aunque cada zancada me recordaba lo húmeda que estaba. Mi cuerpo ya no respondía a mis órdenes, sino a las suyas. Las de él.
Ignoré a quienes se cruzaban en el camino. Un par de profesores, unos estudiantes que me saludaron con la cabeza. No les respondí. Solo tenía una dirección, un destino marcado. Cuando llegué frente a la puerta del baño de hombres, me detuve por un instante. Podía oír el golpeteo de mi corazón dentro del pecho, como si intentara abrirse paso hacia el exterior, como si también él supiera lo que estaba a punto de suceder.
Empujé la puerta. Entré. La luz blanca me devolvió un reflejo que apenas reconocí. El rostro encendido, los labios entreabiertos, la respiración descontrolada. La blusa se pegaba al torso y dejaba ver todo lo que no debía mostrarse. Mis pezones marcaban la tela con descaro. La pinta de toda una puta deseando la verga de su dueño.
Caminé hacia el primer cubículo sin detenerme a pensar. Cerré la puerta detrás de mí.
Me arrodillé sin dudarlo. Sin importar lo que tocara, lo que ensuciara mi piel, lo que ese contacto con el suelo pudiera decir de mí. Porque lo que ya había hecho —lo que estaba haciendo— decía mucho más. Y dolía más. Y me excitaba más.
El suelo estaba helado, y sin embargo, mis rodillas ardían como si la piel quisiera recordarme que aún sentía, que el cuerpo no mentía, que lo que hacía no era una fantasía, sino una degradación voluntaria. La cerámica era rugosa, incómoda, y en ciertas zonas sentía la humedad estancada que se acumulaba en los bordes. No quise pensar en qué era, ni cuánto tiempo llevaba ahí. Había polvo, pequeñas manchas, incluso el hedor rancio del desinfectante barato que ya no disimulaba nada. Pero nada de eso me importó.
El cubículo se cerraba a mi alrededor como una trampa silenciosa, sofocante, sin salida. No había forma de saber si alguien vendría, si él cumpliría su parte, si todo aquello era una broma cruel o una prueba más de que yo había dejado de tener control sobre mi propia voluntad. Cada músculo de mi cuerpo se mantenía tenso, pero no por miedo. O no solo por eso. Había otra cosa, más densa, más turbia, que palpitaba justo entre mis piernas, que se deslizaba tibia por mis muslos desnudos y se mezclaba con la suciedad del suelo.
Entonces escuché los pasos. La puerta del baño se abrió, y el sonido fue tan abrupto que sentí un espasmo recorrer mi espalda. Contuve la respiración, y solo entonces me di cuenta de lo agitada que estaba. Voces. Hombres hablando. Dos, quizás tres. Hablaban de algo sin importancia. Nada de lo que decían era relevante.
El chorro contra la porcelana me pareció un rugido, como si el mundo estuviera gritándome lo que me había convertido. Sabía que, si cualquiera de ellos abría la puerta equivocada, me encontraría así: con la falda levantada, sin ropa interior, con la frente a punto de tocar el suelo sucio de un baño público. La idea me heló la sangre, y sin embargo, no hice nada por evitarlo. Me quedé ahí, escuchando, temblando, ansiosa.
Escuché como lavaron sus manos. Salieron riendo.
Unos minutos después, alguien más entró. Solo uno esta vez. El sonido de su respiración era más notorio. Más pesada. Pero no habló. No orinó. Solo se quedó ahí por un momento. Tal vez se miraba al espejo. Tal vez solo quería estar solo. Y finalmente, se fue.
El silencio volvió a caer sobre mí, pero no trajo descanso. Cada segundo se estiraba como una tortura. No sabía si eran cinco, diez o treinta minutos los que había pasado ahí dentro. El tiempo se había convertido en algo blando, amorfo, sin sentido, como mi voluntad, como mi resistencia.
Pensé en él. En sus ojos fijos. En su tono de voz. En la forma en que jugaba con mis límites como si no fueran nada. Y me di cuenta de que no tenía idea de si vendría. No sabía si estaba probándome o si me estaba castigando. Tal vez se había olvidado de mí. Tal vez había estado observando todo, desde lejos, disfrutando de lo bajo que podía caer sin que nadie se lo exigiera.
Pero no me moví. Porque, aunque el cuerpo dolía, aunque la mente gritaba, algo más profundo me sujetaba al suelo con una fuerza que no entendía del todo. Y lo peor —o lo mejor— era que no quería entenderla.
Seguí ahí. Humillada. Desnuda. Vulnerable. Y completamente viva.
El tiempo se había vuelto espeso, inútil, como si los minutos se negaran a pasar o se burlaran de mí, arrastrándome a una espera sin medida. Mis piernas ya no dolían; el entumecimiento había tomado el lugar del ardor, y la incomodidad del suelo áspero, levemente húmedo, había dejado de importarme.
Estaba tan concentrada en controlar la respiración, en mantenerme inmóvil, en no dejar que el temblor en mis muslos se convirtiera en un colapso, que no escuché la puerta abrirse. Fue el cambio en el aire lo que me lo dijo. Algo en el silencio del baño se rompió, se volvió distinto. Más pesado. Más contenido. Y entonces lo supe.
Era él.
Lo sentí incluso antes de que sus pasos se acercaran. Eran firmes, lentos, sin prisa. No había duda, ni vacilación. Caminaba como quien sabe que lo están esperando, como quien llega no para ver, sino para tomar lo que ya le pertenece.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Un espasmo me recorrió la espalda, la piel se me erizó desde la nuca hasta la base de la columna, y un calor denso volvió a humedecerme entre las piernas, mezclándose con el sudor que resbalaba lento por mis muslos. No levanté la cabeza. No podía hacerlo. Sentía el vértigo crecer en mi estómago, la ansiedad clavarse en la base de la garganta. Pero más que todo, sentía esa presencia frente a mí, envolviéndome. Él ya estaba ahí.
La puerta se abrió. Apenas un instante después, la cerró con la misma calma con la que había llegado. No habló. No emitió ningún sonido. Solo el leve roce de su ropa al moverse, el crujido de la cerámica bajo sus zapatos.
Yo permanecí donde estaba. Con la frente baja, los brazos tensos a los costados, los dedos hundidos en la falda arrugada. Todo en mí ardía. Todo en mí temblaba. No podía evitar que el corazón golpeara con violencia en mi pecho, como si quisiera delatarme, como si se resistiera a la entrega que mi cuerpo ya había firmado.
Podía sentir el calor de su cuerpo, la energía que desprendía sin decir una sola palabra. Me quedé en silencio. Entonces, su mano descendió con calma, acariciando mi cabello como si se tratara de una bestia que le pertenecía. Su palma recorrió mi cabeza con una firmeza suave, una ternura brutal que me hizo cerrar los ojos por un instante.
Cuando sus dedos tocaron mi mejilla, fue como si algo dentro de mí se desmoronara. Me acarició el rostro sin apuro, como si disfrutara cada segundo del poder que ejercía sobre mí sin necesidad de levantar la voz. Y luego, con dos dedos, tomó mi barbilla y me obligó a alzar el rostro.
Me resistí un instante, apenas una tensión involuntaria, casi un reflejo. Pero no opuse fuerza. Su mirada se encontró con la mía y, por un segundo, sentí que me desnudaba por completo. Sus ojos me atravesaron con la misma calma con la que un verdugo afila su cuchilla.
—Buena chica —dijo, con esa voz grave que me quemaba por dentro.
No tuve tiempo de reaccionar. Su mano se cerró en mi cabello y tiró hacia atrás con una firmeza que me arrancó un jadeo ahogado. No era dolor, era algo más profundo, más visceral. Me atrajo hacia su cuerpo con una sola orden implícita, sin palabras. Mi rostro terminó presionado contra su entrepierna, mi nariz llena de su olor, de su calor, de esa promesa silenciosa que me hizo jadear contra el cierre de su pantalón.
El gesto fue brutal, pero controlado. No había lugar para dudas ni para juegos suaves. Solo para obedecer. Sentí sus dedos afianzarse en mi cabello mientras su pelvis se marcaba contra mi rostro. Y entonces, lo dijo:
—Baja el cierre. Con los dientes.
Mi garganta se cerró. Todo en mí temblaba. Pero ya no había marcha atrás.
Incliné la cabeza. Mi aliento temblaba contra el cierre metálico mientras mis dientes tiraban de él con cuidado. El sonido fue un susurro mecánico que rompió el silencio del cubículo como un suspiro contenido demasiado tiempo. Sentí cómo su cuerpo permanecía inmóvil, paciente, cediéndome el control momentáneo de una tarea que no era mía, pero que me concedía.
Al terminar de bajarlo, no supe si debía usar las manos. Dudé por un segundo, pero la presión de su mano en mi cabello me indicó que sí. Deslicé los dedos dentro del pantalón, tanteando con cuidado, hasta encontrarlo. Estaba cálido, tibio, parcialmente erecto. Palpitaba suave, como si también aguardara. Lo liberé con torpeza, con una mezcla de ansiedad y torpeza que solo la vergüenza más íntima puede provocar.
Y ahí estaba. Semierecto. Desafiando la calma que había intentado sostener. Aún no del todo despierto, pero pesado, latente, imponente. Mi boca se abrió sin pensarlo. No porque él lo dijera todavía, sino porque mi cuerpo ya había entendido lo que vendría.
—Mételo en tu boca —fue todo lo que dijo.
Cerré los ojos. Apreté los labios un segundo, y luego me incliné hacia adelante. Lo tomé entre los labios con suavidad, sintiendo su calor, su textura, la promesa de lo que se avecinaba. Y entonces, empezó a crecer.
Fue sutil al principio. Un latido, una presión más firme contra la lengua. Pero a cada segundo se volvía más grueso, más firme, más difícil de contener. Mi lengua apenas tenía espacio para moverse. El sabor comenzaba a impregnarse en mi paladar, mezcla de piel y deseo, una marca que sabía que no desaparecería del todo cuando esto terminara.
Mi mandíbula empezó a resentirse. Él no se movía. Era yo quien lo recibía, quien lo acomodaba, quien lo aceptaba, centímetro a centímetro, respirando por la nariz, luchando por mantener el ritmo, por no atragantarme. Apretaba los muslos contra el suelo mojado, la espalda rígida, el cuerpo encendido como si cada centímetro de su carne se tradujera en fuego dentro de mí.
No había palabras. Solo el sonido húmedo de mi boca esforzándose por sostenerlo. Su mano en mi cabello guiaba sin fuerza, pero con un control absoluto. Él no empujaba. No necesitaba hacerlo. Yo lo estaba haciendo por los dos.
Y mientras su erección se afianzaba, sólida, profunda, certera, lo único que me mantenía firme era la certeza de que esto era apenas el inicio.
El dolor comenzó como un eco sordo en la mandíbula, un tirón leve que al principio intenté ignorar. Pero mientras él se endurecía más y más, mientras su carne ocupaba cada rincón de mi boca, la incomodidad se volvió punzante, insistente. Mi lengua se pegaba a la piel de su miembro, mis labios estirados, húmedos, luchaban por contenerlo. Empecé a retroceder apenas, buscando aire, intentando aliviar la presión que ya se volvía insoportable.
Pero no llegué lejos.
Su mano se cerró con fuerza en mi cabello, brutal, seca, y de un tirón me devolvió contra su cuerpo. Mi nariz chocó con su bajo vientre, su piel olía a sudor y a jabón barato, a algo sucio y real, algo que no podía ignorar.
—No te muevas, perra —espetó con una voz áspera, directa, sin levantar el tono. No lo necesitaba.
No hubo espacio para el orgullo, ni para la dignidad. Solo obedecí. Porque el sonido de su voz me atravesó la piel. Porque su mano en mi cabeza no dejó lugar a dudas. Y porque, aunque dolía, aunque el oxígeno empezaba a escasear, algo en mi interior se contrajo con violencia, con hambre, con esa mezcla de humillación y deseo que ya no podía disimular.
Me quedé ahí, quieta, temblando, sintiendo cómo su miembro palpitaba en mi garganta, cómo su cuerpo se afirmaba sobre mí sin culpa. Él no necesitaba empujar. Yo estaba exactamente donde quería que estuviera.
Él empezó a moverse. Al principio fue un vaivén lento, medido, como si calibrara cuánto podía resistir. Cada empuje trazaba una línea húmeda en mi lengua, cada retirada dejaba una estela densa que se acumulaba en mi boca, mezclándose con mi saliva, formando una pasta caliente y espesa que me costaba tragar. El sabor se aferraba a mi garganta como un recordatorio brutal de mi lugar.
Sentí la punta golpear, una y otra vez, contra ese punto que ya no podía replegarse más. Me esforzaba por mantener la respiración, por contener el impulso de toser, de apartarme, pero las arcadas llegaron sin que pudiera evitarlas. Mi cuerpo tembló, mi estómago se contrajo con violencia. No quería ceder, no quería que eso terminara, aunque fuera insoportable.
Mi coño ardía. Estaba empapado, necesitado, latiendo sin pausa entre mis piernas. La desesperación por tocarme, por encontrar alivio, se mezclaba con el asco, con la vergüenza, con el orgullo pisoteado.
Y entonces él empujó.
Todo su grosor se deslizó en un solo movimiento, profundo, definitivo, hasta que ya no quedó espacio para nada más que él. Mi garganta se cerró sobre su carne, luchando por expulsarlo. Las náuseas me atravesaron como un relámpago. No podía respirar. No podía moverme. Las lágrimas bajaron en silencio por mis mejillas mientras mis uñas se clavaban con rabia en mis propios muslos.
Todo mi cuerpo se tensó. La sangre me zumbaba en las sienes. Pasaron segundos que se sintieron eternos, crueles, infinitos.
Y entonces, sin previo aviso, me liberó.
Me aparté con torpeza, ahogada, con los labios aún entreabiertos, jadeando en busca de aire, con la saliva mezclada a sus fluidos escurriendo por mi barbilla. La frente me ardía. El cuerpo me temblaba. No me atreví a mirarlo aún.
Solo permanecí ahí, de rodillas, con la respiración entrecortada, mientras la humillación me recorría como una corriente eléctrica… y el deseo seguía latiendo, insaciable, dentro de mí.
—Buena chica —murmuró, mientras sus dedos aflojaban la presión en mi cabello y me permitían respirar con más libertad.
Lo escuché moverse. Sentí cómo se acomodaba frente a mí, y luego vi el brillo del celular en su mano. Lo reconocí de inmediato. Era el mío. Lo había dejado en el escritorio, olvidado en la prisa, en la desesperación por obedecer.
Lo encendió y apuntó directo a mí.
Ahí estaba. De rodillas sobre el suelo sucio, con la blusa pegada al cuerpo por el sudor, las mejillas enrojecidas y húmedas por las lágrimas. El maquillaje corrido. El cabello enmarañado. El cuerpo aún temblando. Destruida.
—Ahora sigue tú —dijo, con esa voz baja que ya no tenía que elevar para imponer.
El celular seguía grabando.
—Hazme terminar, perra… mientras te tocas.
Mi mano bajó sin dudarlo, con los dedos ya empapados antes de llegar al centro de mi entrepierna. Solo al rozarlo, mi cuerpo se estremeció como si él me hubiese tocado. Separé más las rodillas, cerrando los ojos por un instante. La vergüenza no desapareció, pero dejó de importar.
Volví a tomar su erección entre los labios, esta vez con la boca más suelta, más rápida, más ansiosa. Mis dedos se hundieron entre los pliegues húmedos de mi carne, desesperados, frotando en círculos el punto exacto que pedía atención desde hacía horas. Él jadeó. Yo gemí.
No me detuve.
La vergüenza, el cansancio, el temblor en los músculos... todo eso se deshizo como cenizas bajo el peso abrumador del deseo. Él estaba de pie, imponente, con esa mirada fija, fría, que no pedía permiso. No lo necesitaba. Su verga ardía en mi boca y yo me aferraba a ella como si fuera la única cuerda que me mantenía atada al mundo.
La lamía, la besaba, la tragaba, hundiéndome una y otra vez, perdiendo el ritmo por las arcadas que brotaban, por la saliva que goteaba sin control desde mis labios abiertos, por el fuego que se acumulaba en mi vientre.
Mis dedos se empapaban en mi humedad, se perdían en mi interior como si pudiera arrancarme desde adentro la ansiedad, la culpa, la soledad. Me tocaba como una adicta, como una puta perdida que ya no sabe si se masturba para buscar placer o para calmar la locura. Me follaba la boca y me follaba a mí misma. Dos ritmos desbocados, salvajes, cruzándose como olas en mitad de una tormenta.
Lo sentí tensarse. Un músculo en su abdomen se contrajo, su respiración se volvió más pesada, más corta. Me escuchaba gemir con la boca llena, sin pudor, con los ojos vidriosos, con la cara roja, húmeda, destruida. Y entonces lo hizo.
Su mano se cerró con brutalidad en mi cabello. Un tirón seco, dominante. Me dejó sin margen. Empujó con fuerza, con rabia, con algo más oscuro que deseo. Su verga entró hasta el fondo. Golpeó mi garganta. Y no se detuvo.
El oxígeno desapareció.
Los latidos en mi cabeza se mezclaban con el ardor en mi coño, con el dolor delicioso en la mandíbula, con la tensión absoluta de saber que ya no tenía elección. Me usaba. Como un objeto. Como una puta obediente. Y yo gemía. Ahogada. Desesperada. Follada.
Su cuerpo tembló.
Lo sentí explotar contra mi lengua, la piel estremecida, la verga palpitante llenando mi boca con esa descarga caliente, espesa, salada, que bajaba por mi garganta sin permiso. Tosí. Me abracé a ese momento como si fuera lo único que me quedaba. Y fue entonces cuando mi cuerpo también se rindió.
Mi espalda se arqueó, mis caderas se sacudieron con espasmos incontrolables, los dedos enterrados en mi interior atraparon ese orgasmo violento que me estalló entre las piernas como un trueno. Cerré las piernas sobre mi mano, mojada, sucia, y gemí contra su verga aún dentro de mi boca. Un grito mudo. Absoluto. Mi cuerpo se contrajo como si se rompiera. El placer no fue dulce. Fue bestial.
Me corrí.
Larga. Lenta. Devastada.
Y me quedé ahí.
De rodillas. El rostro manchado, la saliva y el semen mezclándose en mi barbilla, el pecho subiendo y bajando como si hubiese escapado de la muerte. Mis dedos aún dentro, mi coño latiendo, tembloroso, satisfecho. Lo miré. No dijo nada.
No lo necesitaba.
Yo ya lo había entendido todo.
Me había convertido en lo que él deseaba. Y en lo que yo, en el fondo, siempre supe que era. Una perra obediente. Su perra.
Tardé un tiempo en moverme.
No sé cuánto exactamente. Solo recuerdo el sonido de su voz susurrando “buena chica”, el de la puerta cerrándose tras él, el eco de sus pasos alejándose por el pasillo. Y el silencio que quedó después. Un silencio espeso, húmedo, que se pegaba a la piel como el sudor frío de mi espalda.
Me limpié como pude, sin dignidad, sin apuro. Mis piernas temblaban. La ropa interior seguía ausente. Volví a colocarme la blusa, la falda... sin pensar. No me miré al espejo. No quería hacerlo.
Caminé de regreso como si flotara. Me crucé con gente, escuché voces, pero no entendí nada. No supe si me miraban, si sospechaban, si notaban lo que llevaba escrito en la piel. Lo que yo sentía que gritaba en cada paso.
Al llegar al salón, mis cosas seguían ahí. El aula estaba vacía. Recuperé mi bolso, tomé el celular y salí.
El pasillo me pareció más largo de lo habitual. Cada paso resonaba como si caminara sobre el hueco de lo que había sido. Mis piernas aún temblaban. Mi cuerpo ardía, como una fiebre muda, una ansiedad que ya no dolía. Solo exigía más.
Esa noche, al llegar a casa, no encendí la luz. Me dejé caer sobre la cama con la ropa aún puesta. El cuerpo me ardía, me dolía. Pero no era dolor.
Era algo más.
Algo que no sabía cómo nombrar.
Cerré los ojos y vi su rostro. Vi su sonrisa tranquila. Vi sus dedos enredándose en mi cabello. Sentí su aliento otra vez en mi oído, su orden susurrada como una marca sobre la piel.
Y entonces lo supe.
Esto no había terminado.
Esto… apenas comenzaba.
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Segunda parte, espero les guste. Agradezco comentarios y críticas. Saludos.
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