Matteo: La madura pelirroja que me hizo arder (2)
Sabe que ha pasado demasiado tiempo, pero la espera ha valido la pena. Cuando ella cruza la puerta, el juego comienza bajo la mesa y termina donde el deseo lo lleva: sin límites, sin prisa y con una intensidad que lo deja sin aliento.
Habían pasado demasiadas semanas desde aquella tarde inolvidable en el Halston. Desde entonces, ningún mensaje. Ninguna señal. Nada.
No soy capaz de recordar las veces que me había masturbado rememorando en mi mente aquel increíble polvazo.
Desde luego las cuarentonas eran lo mío. Que fogosidad, que saber hacer, que empeño.
Hasta hoy.
Madrid me recibió con lluvia. ¿Tienes plan esta noche?
E.
Le respondí sin pensarlo. Le pregunté dónde estaba, y me dijo que me reservaba la sorpresa. A las nueve en punto, estaba en la puerta del restaurante “Aarde”, frente a la Puerta de Alcalá. Un lugar elegante, tenue, con ese aire de jungla lujosa y mesas suficientemente apartadas como para pecar en voz baja.
Ella llegó con retraso, como una reina sin prisa. Vestido negro, ajustado. Una abertura lateral que mostraba la línea de su muslo con cada paso. El cabello suelto, con ondas suaves. Zapatos de tacón dorado. Y esa mirada que ya no necesitaba explicación. Sabía que estaba preciosa. Y lo usaba.
—¡Wow! Estás guapísima —dije al levantarme nervioso. Ella aceptó el piropo como quien recoge un premio que merecía.
Durante la cena hablamos mucho y nos miramos más. Eyleen saboreaba el vino blanco con los ojos clavados en mí. Su pie, sin avisar, empezó a acariciarme la pierna por debajo de la mesa. Yo estaba sentado recto, intentando mantener la compostura, pero ese roce lento, juguetón, me hizo empalmarme sin remedio.
—No deberías jugar así aquí —le susurré.
—Parece que ella cree que sí. Dijo mientras su dedo gordo se frotaba contra mi glande por encima del pantalón.
— Harás que moje el pantalón. - respondí con más ánimo de sigue que de para. - Entonces, dame tus braguitas. Ahora!
Ella sonrió sin despegar los labios. Se inclinó hacia mí con lentitud. Mirada juguetona.
—No puedo dártelas, Matteo.
—¿Por qué no?. - Yo también quiero jugar.
—Porque NO llevo.
El camarero apareció justo en ese momento para retirar los platos. Yo ya no podía mirar a nadie más que a ella. Estaba empapado por dentro. No de sudor, de deseo.
Pedimos la cuenta. Ni postre, ni café. Eyleen se levantó antes que yo, con la seguridad de saber que me tenía por completo.
Subimos en silencio en el ascensor del Halston. Mis nudillos rozaron su espalda baja. Ella no se movió. Pero sabía que estaba mojada. Podía olerla. Podía sentir su energía sexual, brutal, intacta.
Me abrió la puerta de la suite. Esta vez era una habitación distinta. Con un jacuzzi encendido en el centro. Espuma, luces tenues, aroma a madera y champán. Todo estaba preparado.
—¿Esperabas a alguien más? —pregunté.
—Solo a ti —dijo, desabrochando el vestido. Lo dejó caer al suelo. Estaba completamente desnuda. El vello pelirrojo brillaba con las gotas del vapor. Salió a la terraza. Se metió al agua sin esperarme, dejando que sus pechos pequeños flotaran apenas sobre la superficie.
Me desnudé despacio. No me dijo nada, pero sus ojos se clavaban en mi cuerpo como si fueran manos. Cuando entré en el agua, se acercó sin tocarme. Le eché cava por los hombros. Lo dejó resbalar por sus clavículas, por sus pechos. Se rió cuando las burbujas le cosquillearon el vientre.
—Bébeme —susurró.
Llevé la boca a su cuello. Lamí el cava, el sudor, la piel caliente de esa mujer que me volvía loco. Deslicé la lengua por entre sus pechos, su esternón, su ombligo. Se giró. Me ofreció el culo. Lo lamí con devoción. Con hambre.
—¡Diosss! Qué lengua tienes, Matteo.
La saqué del agua y la senté sobre el borde del jacuzzi. Sus piernas abiertas, mojadas, su coño brillante y enrojecido. Me arrodillé en el agua y la devoré. Lengua profunda, lenta, exploradora. Ella se retorcía. Me empapaba la cara. Gritaba sin miedo.
La masturbé mientras la lamía, con dos dedos firmes y el pulgar en su clítoris. Frotando. Zigzagueando. Sabía muy bien hacer esto. Lo sabía yo y lo sabía ella.
Se corrió en mi boca mientras sus pies golpeaban las baldosas con fuerza. Adoraba el sabor de esta mujer.
—Ahora tú. Súbete —me ordenó.
Me senté en el borde. Ella cogió la botella de cava, la inclinó sobre mi polla dura y la dejó chorrear. Estaba helado. Me estremecí. Ella lamió cada gota, desde la base hasta el glande. Me la tragó entera, gimiendo. Me agarraba de las nalgas mientras se la metía en la garganta. Algo que me excita de sobre manera. Me tenía al límite.
—Para, para —le dije jadeando—. Quiero follarte.
La giré. Le abrí el culo con ambas manos. Escupí justo en el centro, antes de volver a paladear de abajo a arriba y de arriba a abajo. Ella se deshacía y entonces la penetré desde atrás, de pie, contra la cerámica caliente del borde del jacuzzi. Se arqueó, se empinó, me recibió con todo su cuerpo. Sonaba húmeda, sucia, preciosa.
La cogí de la cintura con la mano izquierda. Con la derecha cogí su cuello. Con firmeza, sin apretar pero dejándole muy claro que ahora mandaba yo y le di sin pausa. Empujes largos, profundos, rítmicos. Mi polla resbalaba en su coño empapado. Ella gemía, jadeaba, se agarraba como podía. Le tiré del pelo hacia atrás mientras la embestía como si fuera mía desde siempre.
Es difícil de explicar como te sientes en un momento así. Cuando semejante mujerona está en tus manos, y además está gozando de estarlo. Mi ritmo era salvaje. Sus gemidos sollozos.
Se vino otra vez. Se corrió apretándome con su coño, sacudiéndose. Estaba fuera de mí. Yo seguí.
La tumbé boca arriba sobre el suelo de madera, con una toalla enrollada bajo su cabeza. Me puse encima. Le abrí las piernas hasta casi desgarrarla y me la clavé de golpe. Ella gritó mi nombre. Le metí los dedos en la boca mientras la follaba con fuerza. Podías ver sus ojos voltear a blanco. En algunos segundos su respiración se paraba, ni metía ni soltaba aire hasta que volvió a correrse. Me miraba dócil, satisfecha. Rendida. Yo ya no aguantaba.
Le avisé.
—Dentro, Matteo. Hoy dentro por favor.
Y me corrí. Como un animal. Empapándola por dentro, sintiendo cómo temblaba, cómo me apretaba con todo su ser. Me desplomé sobre su pecho.
Cuatro sacudidas eléctricas dentro de ella. Mi polla no bajaba. Parecía estar pidiendo más.
Ella me abrazó. No dijo nada.
La besé. Me besó. Y ocurrió…
Puse mi mano izquierda sujetando su cabeza. La derecha bajando por su mentón hasta volver q coger firme su cuello.
Me miró a los ojos como sorprendida. Convencida que aquello ya había acabado. Bombé de nuevo dentro de ella.
Mi polla se movía con máxima comodidad. Todo mi semen lubricaba a Eyleen de una manera diferente. La estaba follando de nuevo todavía preñada de mí.
Su expresión cambió, lo estaba disfrutando. Yo mas. Podía oler mi semen saliendo de Eyleen en cada embestida. Podía sentirme en mi mano el pulso de mi amante.
Era realmente excitante. Eyleen solo respiraba. Solo gemía. Viva. Caliente. Hecha mujer.
Apreté. Di todo lo que quedaba de mi. Follaba todo lo rápido que mi cuerpo me dejaba. Sacándola casi por completo y volviéndosela a dejar ir. Sonaba fuerte. Sonaba húmedo.
Lo sentí de nuevo. Su coño se adaptaba para recibirme. No la saqué más. La clavé hondo. Quería que me tuviera en las entrañas.
La besé con pasión. Con calor. Con amor. Esta mujer me hacía perder el sentido…
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