Desgarrada por el deseo de tres hombres
Zarina no fue a buscar placer, sino abyección. Con los ojos vendados y la mente nublada por el miedo y el deseo, se entrega a tres hombres que no ven en ella a una mujer, sino a una presa. La línea entre el dolor y el éxtasis se desvanece cuando la pantalla de la televisión revela su desnudez a todo el edificio.
Un escalofrío bajó por mi espalda desnuda y solo mi oscura necesidad de sexo y humillación me sostuvieron de pie frente a tres hombres en los sillones que como negros cuervos acechan la carne que se comerán, sola delante de ellos en medio de la sala de un antiguo departamento vecino al Museo de Bellas Artes. Un departamento de muros fríos y gruesos, y muros de concreto y enfierrado que encerraban hasta el mas agudo grito.
Se muy bien cuan afrodisiacos que son la imaginación y el poder, quizás por eso me mordí el labio inferior y en un susurro rogué que me vendaran la vista a sabiendas de como bajaba escalón tras escalón a mi infierno personal. Uno se puso de pie, cogió una corbata y desde atrás rodeó con ella mi cabeza cegándome “no sé cómo vas a llegar a chupármelo sin ver nada, pero si lo quieres así…” me dijo al oído, e intuí su sonrisa y sentí sus manos calientes subir suaves desde mi cintura hacia mis pechos y me entregué cual presa fresca y apetecible.
“Comenzamos?” les preguntó luego en voz alta…
Me llamo Zarina, soy delgada, bonita y cumplí los cincuenta, mas mi vida sexual comenzó hace no mucho porque durante mi casamiento fue solo frustración, una frustración que compensaba acariciándome sola bajo la ducha o en el gimnasio dos veces a la semana, mientras mi marido la pasaba con sus modelos de 18 años de su agencia de eventos. Hasta que finalmente me abandonó.
Y ahora seré de ellos, Por eso cuando el hombre detrás mío no termina de decir “comenzamos” siento su mano dejar mi cintura y subir hasta mi cuello, engrillármelo firme y duro y alzarme mientras su otra mano baja violenta perdiéndose en mi entrepierna. Como gallina desplumada colgando en un mercado cuelga mis 57 kilos por el cuello y el frío de mi espalda se expande como una oscura niebla envolviéndome y la sorpresa y el miedo me ahoga. De pie, delante de él, mi cabeza no llega a su cuello y no soy mas que un animalillo cogido dispuesto al sacrificio. Alzada me exhibía con su dura correa raspándome la piel de mi cintura y bato mis pies en el aire aterrada hasta que finalmente mis tacos altos encuentran el suelo y puedo respirar.
Soy la hembra de ellos. Hace mas de un año ya. No digo mujer porque las cosas que me han hecho son mas propias de una jauría de animales. Primero fue mi amante, porque ya separada me convertí en la amante de un hombre casado que me compartió con estos tres, sus amigos. Luego él, mi pareja, se fue al extranjero y quedé sola y no sé qué impulso, qué trauma o frustración me llevó a responder a ellos -sus amigos- con un “Vamos, pónganme a prueba” como contaba en el relato anterior: “Pónganme a Prueba”.
Esta es la segunda vez que me entrego sola a los tres. Antes siempre estaba mi pareja que imponía ciertos cuidados, ciertos límites. Viajé desde mi trabajo, es decir vestida de ejecutiva de banco al aeropuerto, al taxi, al departamento, al inmenso baño del dormitorio de baldosas oscuras, y luego a la inmensa sala fría como morgue que a media luz hacia difusa sus paredes. Sala en la que me encontraba ahora con ellos, de chaquetas mineras, manos gruesas a las que les hacen minicure, dientes blanquísimos, de 80 y 90 kilos bien distribuidos. pero por ello menos mañosos ni secuaces que boleteros del tren de Araujo.
“La ejecutiva de cuentas”, exclaman volviéndose hacia mi poniéndose de pie cuando entro a la sala. “Adelante acá hay saldos, preciosura” dice uno de ellos y se ríen. O bien, “no tengas miedo, no dejamos vale en caja”, y muchas otras tonteras que suenan simpáticas y rompen la formalidad.
En el baño me había cambiado de ropa, me puse un vestido de gaza blanco abotonado adelante, con tirantes en los hombros y bastante escotado que me cae muy bien (y acusa a mi trasero parado y pequeño), y combina con unos tacos altos altos dorados con brillos. Peiné mi peluca en cola de caballo: me hace ver algo ingenua y sexi y luce mi cara de muñeca.
Me envuelven en frases dulces como un carrusel: qué bonita estoy, mi cuello largo y mis ojos pequeños y vivos, mi escote, lo bien que me queda mi peluca, sirven whisky en las rocas y piden un delibery. Sola entre los tres me siento en un momento realmente bien. Dejo el vaso en el bar y luego, en medio de la conversación, de pie cerca del balcón por el que entra aire fresco, una mano sobre mi hombro, al rato un abrazo de otro, unos dedos recorriendo lento mis labios diciendo lo hermosos que son, una mano en mi cintura que baja hasta mi trasero sin disimulo, y entre el precio del oro que baja como el oro de mi gargantilla en medio de mis pechos, bajan unos dedos que me abren el botón del escote del vestido de gaza, luego el otro botón, luego el otro mientras siento una mano recorrer llana mis nalgas, a mi lado luego otra que baja por mi pierna.
Uno de ellos enciende el televisor y nos golpea un silencio compartido de sorpresa y miedo cuando aparecemos en la pantalla. Después las risas, las bromas. A ninguno se le ocurriría grabar allí. Y seguimos conversando, unos dedos me separan el escote y asoma un seno y debo buscar mi vaso para ocultar mi consternación.
- “Y mi vaso?... Mi trago?... Me lo requisaron?. Cómo a empleada de la mina?” digo graciosa cubriendo mi pecho coqueta con un movimiento de hombros.
“Yo lo tengo” respondió uno de ellos mostrándomelo. Luego me rodeó con su brazo la cintura tomó un trago y junto nuestros labios y de su boca lo pasó a la mia. Nunca me habían hecho aquello y mi cara debió delatar mi sorpresa porque me miró sonriente. Bajó su dedo por mi pecho y abrió el último botón de la pechera del vestido. Bebió otro trago y volvió a traspasármelo. Reconozco lo agradable que era, no puedo negarlo y puse mi mano y mi frente en su pecho aceptándolo con una risa. Tras unos instantes sacó un hielo de su vaso, lo deslizó por mis labios. Luego en medio de un silencio lo bajó por mi mandíbula, por mi cuello hasta mi pecho y luego lo deslizó hasta la parte baja de mi seno, la mirada de ellos seguía el hielo que rodeó mi pezón sin tocarlo.
Tomó otro trago que volvió a depositar en mi boca.
- “Guauuuuuuu… mi aguatero” exclamé después de un suspiro recobrando aire con mis ojos mas abiertos de lo normal.
El mas alto de ellos a mi lado me abrazó por la cintura y tímida pasé también mi brazo por detrás de él abrazándole de lado: resultaba pequeña y delgada junto a él aun cuando con mis tacos llego a 1,64. Y bueno sí: soy delgada, muy acinturada y de espalda angosta que no me dejó competir en boxing. Frente a mi, a nosotros, mi “aguatero” acercó delicado a mi boca el vaso helado haciéndome sentir su frescura en mis labios, con él rozó mi mejilla, lo subió a mi frente haciendo que le siguiera con mis ojos cerrados, que levantase mi cuello buscándolo, los labios entre-juntos, ansiosa, mientras la mano que me abrazaba la cintura bajaba a coger fuerte mis nalgas y luego perderse en mi entrepiernas. Uno de ellos, el moreno de ojos verdes, miraba traicionero como es desde la ventana del balcón sin disimular el bulto en su pantalón.
Era mucho rato en medio de los tres hombres manoseándome, palabreándome, avivándome: “estaba lista” como dicen, excitadísima quiero decir y él, ellos, lo sabían. Es ahora cuando me pondrían a prueba. Para eso había venido nuevamente.
Quitó el vaso de mi cara terminando el juego y diciéndole al que me abrazaba: “Se nos está calentando mucho la ejecutiva, está coloradita” y luego ordenándome a mi “A ver boquita de chupona, contrólate, saca dos hielos y enfríate ese pecho. Arriba de los pezones que es muy pronto para que te fundas”. Lenta y obediente abrí mis ojos, le deparé una sonrisa complaciente, retiré mi mano de la cintura del que abrazaba a mi lado e introduje tres dedos con los que saqué hielos de su vaso luego con mi otra mano hice lo mismo y con ellos primero recorrí mi pecho y luego los apreté contra el corazón de mis senos. A los segundos alfileres atravesaban mis pezones mientras el agua lenta se escapaba de entre mis dedos hasta los codos y de allí al suelo, cada segundo era un minuto, cada minuto horas que me incrustaban lentas y ardientes miles de agujas. Cerré mis ojos y apreté los hielos aun mas fuerte contra la piel oscura del centro de mis pechos mordiendo mis labios, me hacía daño pero así lo querían y en consecuencia así lo quería yo también. Incluso hasta el momento en que se me quiebra la cintura doblándome hacia adelante y los ojos se me humedecen al sentir quemárseme los pezones cuando la mano generosa de él retiro las mias y me alcanzó el vaso para dejar los hielos. Como premio me volvió a pasar el cristal del vaso por la frente. Semi-agachada con el cuerpo hacia adelante acezaba, las sienes me latían y mis pezones no sentían las caricias de mis manos, mi mirada ahora era de ruego, y de entrega total.
El moreno de ojos verdes, -yo le digo el Dos porque fue el que segundo me cogió de ellos-, que miraba desde la ventana después de unos minutos irrumpió entre nosotros, “así que querías que te pusiera a prueba, sabes…,” y me levantó la cara con sus dedos haciendo que le mirara hacia arriba: “Voy a comenzar hoy por ponerte a prueba flaquita, a ver si cumples.”. El que estaba a mi lado que es el Cuatro -ya se entiende porqué- abandonó mi espalda y el otro, el Tres, se alejó a dejar el vaso con ahora con solo agua y se sentó en un taburete.
Estábamos de pie entre la sala y el bar, tras los sillones, y tenía una caja que abrió delante mio mientras yo cerraba mi vestido mojado en su pechera con ambas manos. Era el mas bajo de ellos pero alto para mi, traicionero y cruel, le gusta impresionar y asustarme y sabe que lo logra, lo que por supuesto disfruta. Su esposa es alta y dominante y creo que conmigo descarga todas sus frustraciones. No pude evitar bajar la mirada a lo que había sacado “curiosa, ratita curiosa, ¿sabes que la curiosidad mató al ratón?. Mira, ahora te voy a probar por atrás por tu culito, así que toma, vas a ir a ponerte este” me dice mostrándome un plugg anal transparente que desliza por mis mejillas, sobre mis ojos, por mi cuello y finalmente lo pasea por mis labios delante de todos. Y me ordena al oído “chupa, chúpalo todo, como tu sabes”.
Está solo frente a mi y obediente cual autómata paso la lengua por su punta, lo lamo con ímpetu, incluso le miro y agacho mi frente sobre él pero no puedo evitar lo que temía eran sus intenciones: que me meta el plugg frío y duro dentro de la boca, y me haga cerrarla dejando fuera solo su base “¡¡así, bieeennnn!!!, pero por tu culito… putita, por tu culito” dice riéndose y roja, desarmada e impotente, me toma de ambas manos que lleva a mis hombros y me da vuelta para que los otros dos que se apoyan en el bar me vean con el plugg asomando entre mis labios cual si fuera mi ano. Todo lo hermosa que me arreglase, el esfuerzo por ser bonita, femenina, sexi, ese sentirme tan bien de hace instantes caía tan cerca de la bajeza a que me conducía. Y me recordaba lo que cumplía yo allí, sometimiento. Es mi karma ser sometida, y es la frialdad, lo íntima y profunda de esa crueldad a la que ellos saben llevarme la que me encamina y trastorna, me anula, y me deja definitivamente entregada a él, a ellos y a mi placer sexual mas profundo, vibrante y conmovedor.
Con mis ojos nublados, llorosos después de unos instantes lo expulso de mi boca sin por ello disminuir mi vergüenza ni mi degradación. “Vas rápido…” alcanzo a decir en medio de un suspiro y siento en la mano lo helado, grande y liviano que es. Siento su humedad y me doy cuenta que estoy excitada. Muy excitada, el manoseo, mi vestido abierto, el hielo, todos los agarrones y manoseos a que me han dejado expuesta, las frases de doble sentido y ahora este plugg en mi boca delante de todos ellos.
Esbozo una mueca que no es sonrisa y sin decir palabra lenta salgo hacia el baño del dormitorio, cierro la puerta, subo mi vestido, me siento en la taza del bidét y me deshago en el basurero de mi toallita higiénica ya empapada. Me lavo con mucha agua tibia, le pongo crema al plugg y me relajo y lento y girando me lo voy introduciendo. Ante el fracaso suspiro. Lo intento nuevamente sin suerte. Sé que debo relajarme, no es primera ni segunda vez, pero son bastantes meses y he perdido la costumbre me digo. Lo baño en mas crema y empujo fuerte y así me atraviesa con mas incomodidad que dolor. Me enderezo. Aliso mi vestido, me miro al espejo. Siento como si me hubieran introducido un gancho por el ano y me colgaran de él. Respiro profundo y camino hacia la puerta y me devuelvo. Me miró al espejo y repaso el maquillaje de mis ojos, aun me siento abierta. Suspiro. Camino hacia la puerta y la abro. Por el pasillo siento que el plugg cual pez en la pecera se desplaza dentro mio. Cuando llego a la sala me detengo ante la mesa de centro, ellos están en los sillones, pierna arriba, los tres.
La pieza esta iluminada y hace algo de calor. El Cuatro se pone de pie, se acerca a mi y me suelta los tirantes del vestido dejándome descubierta de la cintura arriba, me pellizca un pezón y vuelve a su lugar.
Esa lentitud, ese someterme a la espera, esa prolongación es un tormento y apretujo sobando mis manos, muerdo mis labios o tiritan ansiosos mis pies. Venía por sexo y ellos también, ¡¡por que no comenzar ya!! Habían estado en la mina 15 días sin mujer alguna, ¿por qué no me tomaban en un sillón?, ¿por qué no me llevaban a la cama y ya?... o por último me doblasen boca abajo en el borde de esa mesa, todo es mejor que esta espera, que este trajín era insufrible. Un tormento. Me remordía entera cuando alguien accionó el control de la TV que se encendió y me ví expuesta en medio de la pantalla. Un escalofrío bajó por mi espalda desnuda. Quedé turbada, aturdida,
Mi primera reacción de cubrirme los pechos hizo que el vestido terminase de caer y temí que mi tanga estuviese mojada más allá de mi entrepierna, más allá de lo que pudiera ocultar. Tiritaba al tiempo que trataba de ocultar esa mezcla de vergüenza, excitación, miedo y desamparo que me perturba porque me encamina a un doloroso daño como a un profundo éxtasis. Con un hilo de voz pregunté: “me vendarían, por favor?”
Sin responder uno de ellos sacó una corbata de alguna parte, me cubrió la vista y me murmuró algo que no entendí. Sí sentí su calor en mi espalda, sus manos rodear mis caderas, subirlas como una caricia hacia mis pechos y agarrarlos como un águila agarra a su presa, como necesitaba que me agarraran al tiempo que decía “Comenzamos?”
Mis emociones, mis nervios, mi cabeza, mi ahogo y mareo pedían desbordarse de mi cuerpo que ya era de ellos. Exhibida así, desnuda delante de los hombres. Podía imaginarme en la pantalla como desde detrás mío me manoseaba, me violentaba girando mi plugg, metía sus dedos desde atrás en mi sexo tibio. Y mi mente me castigaba, me reprimía ante la vergüenza de ello. Me pensaba anulada, tensa. El pudor, la decencia que me acompañase toda mi vida se agitaba dentro mío como un caldo que hierve por horas a todo fuego borboteando. El placer anidado en mi estómago, punzante en mis pezones, palpitante en mis sienes salpicaban y de momentos superaba mi recato como levantando la tapa de esa marmita. Para controlar este desbordarme, este perderme en el deseo pensaba en mi madre sola en su casa, en mi ex marido, en la comida del perro, en la clave de la caja fuerte pero los brazos del hombre detrás mío son mas duros, el calor que exhala su cuerpo, sus manos rudas me subyugan, las miradas de los otros, y yo misma, yo misma me imaginaba en esa pantalla provocativa, sudando, perdida en ese cuerpo que como manto de serpientes me cubría desde atrás y era imposible resistir mas. Cada poro mío destilaba sexo que corría junto al sudor por mi piel y me empapaba el interior de mis piernas.
Así, y con las mismas ansias de quien respira después del ahogo, con ese ímpetu, desenfrenada y libidinosa total aspiré más allá del horizonte todo ese aire vicioso del deseo, me deje impregnar de esa bajeza y me di vuelta enfrentándolo y abriéndole mis rodillas para que meta su mano en mi sexo, lamiendo sus brazos, rasguñándole mis pezones, la boca mostrándosela abierta para él. Era finalmente el animal que ellos querían, que les divertía, que buscaban, que disfrutaban desde sus sillones con sus vergas tiesas listas para descargarlas sobre mi, dentro mio.
Me dejarán quebrada al amanecer, obscena cual basura cubierta por la alfombra, o desmembrada sobre una cama, pero a mediodía del sábado cuando ya sola en el departamento me visto para regresar a mi ciudad, me siento como un gallinazo que a los primeros rayos de sol encuentra su aire y vuela, pleno y libre, siento profundamente el placer de elevarme después de haber sido humillada mas alla de mi imaginación, sometida a la abyección mas baja imaginable. El domingo me redime en la casa de mi madre donde me siento ya mujer normal, donde termino de dejar atrás el dolor del placer, la sumisión a ese poder de ellos sobre mi sexo y recobro la sensación de libertad y fuerza que me llena, ahora el domingo siento que soy como una gaviota que encuentra la brisa marina y asciende sin esfuerzo al cielo.
Pero ahora entre ellos y expuesta en esa pantalla, sentía, veía mi cuerpo como greda húmeda que sus manos moldeaban a su placer, y me dejaba ir en ellas amoldándome, húmeda, penetrándome, profundas o estirándome a sus necesidades. Resuelta cual ninfomaníaca saliendo de un convento me refregué en su pantalón, con las manos atrás de él, semi agachada, le agarraba sus glúteos y los apretaba contra mí, maldiciendo a Jorge Luis que me había dejado sola en manos de estas bestias y que ahora me dejaba tragar por este infierno de jalea caliente sudorosa ahogada de deseo.
Sí, perdida bajo el poder sus manos, de sus miradas de cuervos, sumida bajo ese dominio absoluto que despertaban en mí, me di vuelta para quedar ahora frente a ellos, y sabiéndome en esa pantalla que revelaba cada rincón mío, que exponía cada intimidad de mi sexo, lenta froté mis nalgas a su entrepiernas, sin acallar ningún quejido de placer restregué mi espalda con su pecho, moví las caderas y arrastré mis glúteos sobre su miembro duro como palo. La corbata aun cumplía su función y me evitaba ver en la pantalla mi rostro pintarrajeado, mis narices dilatas y rojas, jadeando con mi boca abierta, sudando delante de ellos.
Eran mis demonios liberados, desquiciados en esa pieza, tomándome desnuda, alzándome mas allá de donde existe aire y arrastrándome al mas profundo subsuelo. Me imaginaba en esa pantalla sostenida desde atrás por él, me imaginaba cuando con ambas manos me bajé la tanga, me la quité y di vuelta nuevamente cayendo de rodillas con mi cara delante de su pantalón que se levantaba como carpa ocultando su verga. Refregué mi frente, mi cara sobre ese cúmulo cubierto de la tela tibia y suave, sentí en mi nariz, delante de mi boca, allí adentro, su guaripola, su bastón, y rogaba por ser ya, sí, ser su bastonera con la que desfilaría en esa pantalla.
Arrodillada, anhelante y sudorosa me detuve. Desde el suelo alcé la vista hacia él allá arriba, grande, inmóvil y sonriente, poderoso y rogué, porque ese fue un ruego: “déjame sacártela, por favor, déjame sacártela” imploraba, “un ratito, estoy que no aguanto mas, te lo suplico… mira” y le ofrecí mi tanga mojada con ambas manos.
Sentí como lento se desabotonaba, abría su cierre y bajaba su pantalón delante de mi cara y como se dio vuelta ofreciéndome su trasero desnudo que acaricié con ambas manos y ávida busqué su ano rosado entre los glúteos duros aun, y desbocada, como perra hambrienta, hundí mi boca allí en su comisura caliente, entre sus nalgas, y disfruté un halo de sudor junto a un intenso sabor ácido dulzón en mi boca y comencé a pasar mi lengua mil veces hacia arriba y luego a introducirle la punta de ella. Me esforzaba, claro que me esforzaba en ello al tiempo que imaginé que me debían de ver también en esa pantalla. Imaginé como me vería allí. Me imaginé en lo que me estaba convirtiendo e introduje aun mas mi lengua hasta donde era imposible le hubieran llegado. Hacia bailar la punta de ella hurgando en esa caverna dulzona y agria que intuía era también mi salvoconducto a mi placer, a mi éxtasis. Mis brazos ataron sus caderas, su culo se tragó mi cara mientras con mi mano derecha busqué su verga hinchadísima acariciándosela como un anillo en todo su largo muy muy suavemente mientras con la otra acogía y sobaba suave sus pesadas bolas.
Mis rodillas se hundían en la alfombra y los otros dos pasaban de escucharme gemir, de disfrutarme de cuerpo entero arrodillada en el suelo, a ver en la pantalla de la TV que habían enfocado a la altura de mi cara y sus caderas cada detalle de mi lengua entrándole en ano o el brillo del plugg incrustado en mi trasero parado y blanco que parecía escapárseme y que luego me volvía a tragar completamente.
- “Te voy a dar tu premio, ya que pusiste tanto empeño” le escuché decirme y me separé de él sin soltarle su pollón palpitante. Me arranqué la corbata que me segaba. El rímel se me había corrido y me manchaba un pómulo, la traspiración me brillaba en las mejillas y en el cuello, y tenía las pupilas dilatadas y las aletillas de mi nariz rojas. Mi boca abierta y la lengua que se me escaba. Era mas que una mujer, mas que la ejecutiva que había llegado, era un animalillo tirado en el suelo, sudada, delirante, ebria de sexo. Tenía su verga en mi mano agarrada de su base cuando él se la tomó y apuntó a mi cara y yo la solté deslizando mi mano hasta su estómago presintiendo el final.
Alcancé a cerrar mis ojos antes de sentir su espeso y caliente semen golpearme la cara. Alcé mi boca abierta y esperé que me terminara de bañar de semen. El olor denso y dulzón de la lechada en mi nariz, sobre mis labios, deslizándose por mis mejillas era lo máximo que podía soportar, y como fósforo que se enciende me arrastré arrodillada hasta su gruesa pierna mas cercana, me abracé a ella con mi cara a la altura de su rodilla con todas mis fuerzas y cuando sentí su zapato apuntar a mi sexo, cuando le sentí su duro cuero presionar mis labios y arrastrarse sobre ellos, sobajearlos y me sentí desnuda, tirada en el suelo bañada en semen masturbada por un zapato, mi estómago convulsionó y un calambre se extendió por cada nervio mío, y como hilo de agua sobre el carbón después de chirriar, me deshice en un éxtasis como mi cuerpo ya no recordaba.
Volví mil años después, regresé en suspiros recuperando cada corriente eléctrica que me encendía. El me había apartado con el pie y estaba tirado en el sillón y yo me enderezaba con ambos brazos apoyados en el suelo. Me saqué la corbata del cuello y me vi en la pantalla y era como sino me sucediera a mi. No, no, esa no podía ser yo.
La sorpresa me golpeó primero, luego la vergüenza y hoy lo escribo, lo cuento en la esperanza que confesando, exponiendo mi placer de hembra sumisa, en algo pueda redimirme. Fue una revelación ese momento miserable y abyecto cuando me quité la corbata que me segaba. Mi destino es el ser esa mujer tirada en el suelo, sometida, que su karma es abrirse, gemir, rogar por una ensartada por donde sea, implorar la atravesaran, la abrieran. Y que quedaba ahora, arrodillada, desmoronándose sobre el suelo mojado de alcohol, babas, líquidos de su vagina, sudor, semen y lágrimas
Pero también sé que el domingo seré nuevamente esa gaviota que la briza eleva al cielo despejado.
Entonces, con mis manos tiritando aun, me arrastré lenta en cuatro pies sobre la alfombra hasta alcanzar el borde del sillón en que estaba el próximo de ellos a la espera que bajara su pantalón.
Continúa…
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