Matteo: La playa escondida
La playa está vacía, pero sus ojos no. Ella se desnuda frente a él, desafiante, mientras su pareja observa desde la distancia. ¿Es una invitación o una trampa? Matteo decide cruzar la línea.
Matteo dejó la mochila sobre la arena y se desnudó sin apuro. La cala estaba casi vacía, protegida por las rocas y la vegetación, con el mar extendiéndose manso al fondo. El sol a esa hora pegaba fuerte, pero él lo agradecía. Le gustaba sentirlo sobre la piel, recorrer con calor cada músculo, cada sombra.
Se sentó sobre la toalla y sacó el bote de crema solar. Se aplicó primero en los hombros, en los brazos, en el pecho que aún guardaba la tensión del gimnasio. Luego bajó al abdomen, a los muslos. Tomó más cantidad y la llevó a su sexo. Se untó el pene con movimientos lentos, cuidadosos, como quien se masajea para relajar una tensión íntima. Lo alargó suavemente entre los dedos, notando el inicio de una respuesta involuntaria. Cerró los ojos. No tenía prisa.
Se tumbó boca arriba y con las manos en la nuca, con el miembro aún húmedo y pesado, descansando contra un muslo. Pensó en llamadas pendientes, en una inversión que no terminaba de cerrarse, en el café que había olvidado tomar. Nada urgente. Pasaron unos minutos y decidió cambiar de posición.
Al darse la vuelta y colocarse boca abajo, la vio. Caminaba descalza entre las piedras. Piel tostada, melena castaña recogida en un moño suelto, cuerpo delgado pero firme, y eso que habría superado los 40. Llevaba un pareo transparente y unas gafas enormes que no ocultaban su elegancia ajena, extranjera. Se detuvo a unos metros. Lo miró sin prisa. Matteo apenas giró la cabeza, disimulando tras sus gafas oscuras.
Ella se desnudó allí mismo. Se quitó el pareo, luego el bikini. Primero la parte superior, dejando ver unos pechos pequeños, redondos, con pezones oscuros y firmes. Después, bajó la braguita con un solo movimiento de caderas. No tenía vello. Su vulva, limpia y brillante, quedó expuesta al sol sin pudor.
Ella se tumbó a solo unos metros. Y su sexo, quedó en primer plano. Labios menores ligeramente separados, húmedos por el sudor. Matteo la contemplaba sin mover la cabeza. Desde sus gafas oscuras, estudiaba cada cruce de piernas, cada ligera apertura.
Era excitante ver cómo sus labios se movían cada vez que ella hacían algún movimiento. Era imposible apartar la mirada de ese coño. Si solo hubiera visto un primer plano hubiera dicho que pertenecía a una veinteañera. Era pequeño, como de muñeca. Y ese brillo que le daba la transpiración le estaba volviendo loco.
Ella sabía. Jugaba con las piernas, las abría un poco más de la cuenta, se masajeaba el bajo vientre, se untaba con aceite justo por encima del pubis y dejaba que los dedos resbalaran cerca, peligrosamente cerca. En un momento, uno de sus dedos bajó más. No fue explícito, pero sí suficiente. Matteo notó que su pene empezaba a endurecerse contra la toalla.
Se giró muy despacio hacia ella, apoyado sobre los codos, y abrió las piernas. Dejó que su rabo, ahora casi completamente erecto, quedara expuesto. No buscaba disimulo. Era una respuesta. Una invitación muda.
Ella lo miró directamente. Estaban excitados, estaban jugando a mostrase al otro. Su coño estaba cubierto por aceite bronceador y caliente. Su polla había empezado a soltar un poco de precum que Matteo decidió restregar por todo su glande.
Y entonces apareció él. Un hombre bajó por el sendero, con paso seguro. Más mayor, más ancho, moreno, con gafas y una sonrisa confiada. Ella se incorporó, lo saludó desde la distancia con un gesto casual. Él dejó una mochila, la besó en la mejilla y se desnudó antes de tumbarse. Parecía su marido.
Matteo sintió el instinto de cubrirse. Lo hizo, en parte, cruzando una pierna y girando el cuerpo. El morbo se rompía. O eso creyó. Pero ella no dejaba de mirarlo.
Habló algo con el hombre, palabras sueltas, en francés. Luego se puso de pie, recogió su bikini y se lo puso despacio. Matteo la observaba de reojo: los pezones aún duros bajo la tela fina, el pareo atado con descuido. Ella se metió en la maleza con una botella de agua en la mano. Ni una mirada. Pero todo en ella era una orden muda.
Él no se vistió. Esperó unos segundos, luego se incorporó y caminó despacio hacia las dunas, con el sexo todavía semierecto, la piel ardiente por el sol y la tensión. Avanzó entre los cañizos, el crujir seco bajo las chanclas.
Y entonces la vio. Ella estaba allí, apoyada contra una arbol, el pareo a los pies, el bikini ya fuera. Matteo no dijo nada. Se acercó. Ella extendió la mano, la apoyó en su abdomen, bajó hasta su sexo y lo rodeó con los dedos.
Su pene se endureció por completo al instante. Ella sonrió.
Ella bajó despacio acariciando el pecho velludo de Matteo. Parecía excitarle el tacto de su mano contra el pelo fuerte de su cuerpo. No se lo pensó dos veces, abrió la boca y se comió toda la cabeza. La saboreó, la lamió de arriba a abajo, clavando su lengua bien en el centro.
Matteo estaba abrumado, esa mujer era una experta. Aparto su mano de la polla, y empezó a engullirla centímetro a centímetro hasta conseguir enterrar su nariz en el poblado pubis de Matteo. No era la primera vez que le hacían una garganta profunda, pero si la primera vez que lo hacían con esa facilidad. Matteo sabía que no era superdotado, pero si tenía un tamaño considerable que soli costarles a las mujeres.
Ella seguía a lo suyo. Volvía a enterrar la nariz en el vello y se sacaba la polla casi al completo de la boca para volver a enterrarla hasta el fondo. Matteo estaba alucinando con la mamada. Solo disfrutaba del sonido de la saliva chocando con su amigdalas. Podría haber estado en esa posición horas si hiciera falta, pero tras unos minutos de persistente garganta profunda. Matteo sintió como la cuarentona había dejado de agarrase a sus glúteos para buscar su ojete con un dedo.
Se sintió incómodo, algo violento. Era muy excitante cuando pasaba la yema del dedo por la entrada, pero ahora había intención. Parecía que ese dedo quería avanzar. Era complicado pensar cuando estás recibiendo una felación digna de concurso, así que se relajo y se dejó ir.
El dedo de la francesa se abrió paso a través de su esfínter. No dolió, no fue costoso, quizás por el aceite bronceador o la crema solar. Pero unos segundos después, ella apretó y consiguió colar su dedo casi al completo dentro de Matteo.
No sabemos que botón apretó, pero un escalofrío recorrió la polla y los huevos de Matteo. Una pequeña descarga. Otra vez apretó ella, otra descarga eléctrica para el.
El primer chorro salió despedido hacia la maleza a más de un metro de distancia. El segundo fue directamente a la garganta de la francesa, que rápidamente volvió a darle cabida a esa polla en su boca. Y así ocurrió con todos los demás. No fueron menos de cuatro.
Matt todavía estaba volviendo al planeta tierra, cuando ella discretamente empezó a ponerse el bikini de nuevo, y con el pareo en la mano salió de la vegetación. El aún sin creerse lo que acababa de pasar sacudía su polla hacia el suelo para eliminar cualquier rastro de semen antes de volver a su toalla.
Su polla estaba volviendo a su estado de reposo. Se atusó dos veces el pelo y levantó la mirada. No podía ser. Él estaba allí de pie tras unos arbustos. El supuesto marido estaba a solo unos metros.
De pie, desnudó, su polla aún goteaba semen. Se podía ver perfectamente un hilo de leche peleando por alcanzar el suelo. ¿Se había masturbado con la escena? ¿El también había follado con alguien allí mientras la francesa le hacía la mamada de su vida?. Era incómodo ver a ese hombre grande, con la polla goteando, cuando acabas de preñarle la garganta a su mujer. Así que creyó que era mejor irse.
Salió de la maleza y fue directo a su toalla. La francesa había vuelto a su puesto y tomaba el sol como si nada hubiera ocurrido. Matteo se vistió ráp
idamente y se fue. Deslechado, excitado e incómodo.
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