Xtories

Por los viejos tiempos

Hace más de veinte años, Lourdes fue la chica que todos querían y ninguno se atrevía a tocar. Hoy, al cruzarse en la calle, la tensión no ha hecho más que fermentar. Cuando deciden cerrar la noche en su apartamento, el pasado y el presente chocan con una intensidad que ninguno de los dos esperaba.

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A veces la vida nos sorprende y nos avergüenza de algunas situaciones vividas antaño, sobre todo de cuando eras joven y adolescente. Es lo que me ocurrió cuando después de más de veinte años me encontré casualmente en la calle con Lourdes, una antigua compañera del instituto. Por aquella época ambos teníamos quince o dieciséis años.

Todos estábamos descubriendo el sexo y aquel o aquella que se mostraba estrecho sufría las bromas y acoso verbal del resto de los compañeros, tanto chicas como chicos, lo que en más de una ocasión llevó a alguno a realizar cosas de las que no estaba convencido, pero por miedo al rechazo o las criticas de compañeros, se prestaban a ello.

Por entonces, no sé de quien partió la idea y eran otros tiempos, se estableció la costumbre de que las chicas se metieran en los servicios masculinos y les hicieran felaciones a los chicos. No a uno concreto con el que tuviera algún vínculo o atracción especial, lo hacían hasta con dos o tres a la vez y eso sumaba puntos en la estimación masculina hacia la chica. Eso era lo que les importaba a ellas, significarse delante de sus compañeros.

Obviamente, hoy día, afortunadamente, sería impensable que eso ocurriera dentro de un centro docente por varias razones: legal, moral, rechazo por la parte femenina y el respeto del hombre hacia la mujer, aunque este último desgraciadamente no siempre esté presente.

Por aquellos tiempos Lourdes era una de las que mayor prestigio tenía en el instituto. La falta de atractivo físico, tan importante a esas edades, hacía que buscara desesperadamente cualquier cosa que la hiciera distinta de las demás y nos fijáramos en ella. Era de las pocas que se tragaba el semen cuando hacia una mamada y era capaz de chupársela a cuatro o cinco compañeros de una vez entre clase y clase. Eso la hizo ser famosa como gran mamadora, pero transparente en cualquier otro sentido. A ver quien era el que se atrevía a salir con ella, aunque no le faltarían posibles pretendientes si no fuera por su fama. ¿Alguien se imagina que un compañero te diga que le prestes a tu chica del momento para que se la chupe un rato? Complicado.

Le pregunté que había sido de su vida desde que nos desperdigamos todos al salir del instituto y acceder a la universidad en nuestro caso. Se había licenciado hacia años en periodismo y viajaba bastante por trabajo, todo lo que se podía permitir por sus dos hijos adolescentes consecuencia de un matrimonio que duro cinco años.

Como ambos teníamos tiempo decidimos tomarnos una cerveza en una tarraza de Juan Bravo y provechar el buen tiempo de la primavera. Una cerveza nos llevó a otra y así nos dieron las diez de la noche. La verdad es que nos encontrábamos a gusto charlando y avisó a sus hijos de que fueran cenando sin esperarla, porque posiblemente tardaría más de lo previsto.

Fue ella quien sacó el tema de las mamadas en el instituto y lo mal que lo pasó en aquella época, buscando como fuera hacerse notar entre las compañeras y como le hubiera gastado salir con algún compañero, porque cuando eso ocurría la chica solo practicaba con su chico y los compañeros lo respetaban. Algo que los dos años de instituto estuvo vedado para ella porque, aunque lo hubiera conseguido, los compañeros se habrían echado encima hasta conseguir que cortase, porque sacaba de la circulación a la que mejor lo hacía y con cualquiera.

Por mi parte era la primera vez que me lo planteaba de esa manera y eso que fueron muchísimas mamadas las que ella me hizo. Comentamos que éramos adolescentes con las hormonas alteradas deseando descubrir el mundo. A ella no le disgustaba chupar pollas, lo que le jodía era chupársela a cualquiera que se lo pidiese o hacerlo delante de los que esperaban su turno y tener que tragarse el semen porque era lo que les molaba a los chicos y se esperaba de ella.

Una vez superado el plazo de liberarse la conciencia contándome que ella no era realmente así y que no lo disfrutaba, al menos no siempre, porque lo hacía como parte de un complejo, pasamos a charlar de nuestras vidas actuales. Pedimos algo de picar para cenar y nos dieron más de las doce de la noche con más cervezas en el cuerpo de las aconsejables.

Decidimos dar por cerrada la agradable velada y nos emplazamos para vernos el sábado siguiente en el mismo sitio para tomar el aperitivo. Al despedirnos me dio un abrazo excesivo y al separarse me dio un pico en los labios, diciendo que no era lo mismo que en la polla, pero todo se andaría si nos poníamos de acuerdo.

Con esa perspectiva llegué al bar al sábado siguiente. Preventivamente había comprado cervezas y varias cosas de picar por si se terciaba subir a casa, ya que vivo en la manzana de enfrente de donde se encuentra el bar. Importante, había recogido la casa y la cocina.

Lo que no había ocurrido la vez anterior me sorprendió cuando le vi llegar. Estaba sexy a rabiar, con el pelo suelto y un vestido blanco muy corto abotonado por delante y ajustado al talle por un cinturón rojo a juego con los zapatos de tacón y el carmín de los labios. Me levanté de la mesa para recibirla y al abrazarnos deslicé más de lo normal la mano por su cintura hacia abajo y le sobé técnicamente el culo, a lo que respondió con una sonrisa al separarnos.

Que había química entre nosotros era una realidad y que antes o después íbamos a acabar follando también. Así que nos dejamos de prolegómenos y decimos acabarnos la cerveza y marcharnos a mi casa a hacer lo que ambos estábamos deseando. Al salir del bar me cogió por la cintura y acabó con la mano metida en el bolsillo trasero del vaquero palpándome el culo.

Al entrar en el ascensor se desabrochó el botón de abajo del vestido buscando espacio para pegar el pubis a mi pierna al tiempo que me abrazaba y se cimbreaba restregándose contra mí, para acabar presionándome del culo contra su cuerpo. Aquello iba más allá de mis previsiones. Esperaba conseguir seducirla y me encontré con que era ella la que quería casi violarme.

Al entrar en casa se me colgó del cuello y empezó a morrearme, lo que agradecí sinceramente porque me lo estaba dando todo sin yo hacer nada. La suavidad y delicadeza con que me pasaba la lengua por la boca buscando la mía, sin prisas, sabiendo lo que vendría después y con la experiencia de qué si exprimes todo al principo, tan solo será un polvo rápido más. Y no era eso lo que buscaba.

Una vez separamos las bocas me miró con ojos vidriosos, mostrando la lujuria que evidenciaban, me dijo que necesitaba ir al baño. En ese momento me entró la duda de si era si sería por necesidades fisiológicas o para asearse. Decidí aventurarme y la propuse darnos una ducha juntos. Me miró sonriendo, me cogió la mano y me preguntó dónde estaba el servicio.

- Quieres desnudarme o prefieres que lo haga yo – me preguntó desabrochándose un botón del vestido.

- No pienso perderme el placer de ir descubriendo tu cuerpo con mis propias manos - contesté al tiempo que la beséba y empecé a desabrocharle los botones, pero desde arriba hacia abajo.

Al llegar a la altura de la cintura descubrí sus pechos. La ausencia de sujetador me hizo ver que tenía los pechos más grandes de lo que me había imaginado, porque los sujetadores siempre engañan en el tamaño y los efectos de la gravedad. Tenía unos pechos preciosos y en su sitio. Me agaché lo suficiente para pasar la lengua por sus pezones y reaccionaron al instante poniéndose duros. Me sujetó la cabeza para que no dejara de lamerlos y me la presionó dándome a entender que quería algo más que simples lametones. Rodeé el pezón con los labios presionándolos y pasando la lengua por la punta con más energía, al tiempo que acababa de desabrochar los botones del vestido.

Cuál fué mi sorpresa al pasarle las manos por el cuerpo y descubrir que no llevaba bragas al llegar a la altura del culo. Deslicé una mano hacia el pubis y al acariciarlo me llevé una nueva sorpresa. El vello brillaba por su ausencia y tenía la piel de los labios increíblemente suaves. No pude resistir la tentación de separarme lo suficiente para mirar hacia abajo y admirar el suave pubis.

Se sacó el vestido y me dijo que era su turno. Empezó desabrochándome la camisa y me mordió suavemente los pezones, haciendo que se me erizara el vello y me creciera el miembro un poco más. Sin dejar de morderme me desabrochó el cinturón y me bajo la cremallera del pantalón para meter la mano dentro del calzoncillo y palparme sopesando aquello de lo que pensaba disfrutar. Entre los dos acabamos de bajarme el calzón. Me cogió el miembro y tirando de él nos metimos en la ducha.

Cogí la esponja de baño y puse gel. La mojé todo el cuerpo y cerré el grifo del agua para enjabonarla. Empecé por las axilas y enseguida pasé a los pechos entreteniéndome bastante más en esa parte de su anatomía. Seguí por la espalda y me detuve de nuevo en el culo. Al pasarle la esponja entre las nalgas, levantó un poco una pierna para facilitarme el acceso y me esmeré en lavar tan preciado lugar. Inmediatamente pensé en como disfrutaría más tarde de él.

Le llegó el turno al pubis. Aquí si que me esmeré a conciencia. Pensaba en comérmelo cuanto antes y lo quería bien limpio. El frote empezó a tener sus efectos y me agarró la polla deslizando la mano hacia abajo y luego hacia arriba, repitiendo la operación lentamente varias veces. Abrí el grifo de la ducha y retiré toda la espuma de su cuerpo.

Era su turno. Me cogió la esponja, la aclaró y puso una buena cantidad de gel. Empezó por la espalda y desde atrás me la pasó por el pecho. Fue bajando hasta llegar entre las piernas y empezó a pasar la esponja por los huevos, donde se entretuvo bastante más de lo necesario para dejarlos relucientes. Cuando pasó al glande de lo primero que se ocupó fue del capullo. Deslizó la piel hacia abajo y me lo lavó a conciencia, bastante más de lo que le dedico al tronco.

- Quiero hacerte recordar los tiempos cuando estudiábamos en el instituto – me dijo descendiendo hasta el miembro y metiéndoselo en la boca.

- Si me la chupas ahora no creo que tarde mucho en correrme – advertí.

- Quiero que te corras para que luego me puedas follar durante un buen rato y tenemos mucha tarde por delante.

Abrí el grifo del agua de la parte superior de la ducha y dejé que el agua callera sobre nosotros mientras me la chupaba. Efectivamente no tarde mucho en correrme y me succionó hasta sacarme la última gota de semen y tragarlo.

La incorporé de las axilas hasta que estuvo de pie. Le dije que se apoyara en la pared porque la iba a aupar hasta pasarle las piernas por encima de mis hombros. Una vez nos acomodamos con su pubis pegado a mi cara y ella agarrada a la barra de la ducha, empecé a comerla sin dejar un solo rincón sin las caricias de mi lengua. Aguantó más que yo, pero no demasiado y eso contando con que se corrió dos veces. Nada más tener el primer orgasmo me pidió por favor que siguiera y así lo hice, hasta que repitió.

Nos secamos uno al otro sin dejar de aprovechar para toquetearnos todo el cuerpo. Nos fuimos al salón y saqué unas cervezas de la nevera con algo para picar. Nos sentamos en el sofá y dos cervezas después y una charla intranscendente, propuse preparar algo de comer antes de ponernos a follar.

Me fui a la cocina y empecé a preparar un sándwich vegetal. Al poco apareció por detrás de mí y me acarició el pecho pinzándome suavemente los pezones, al tiempo que pegaba su cuerpo a mi espalda. Me rodeó colocándose frente a mí y me cogió el pene. Me lo apretó un poco y empezó a pasarse la punta de arriba abajo por su sexo, consiguiendo empalmarme.

- Tócame los pechos y presióname los pezones – dijo.

Atendí su petición y de inmediato se le pusieron duros y los pezones de punta. Jugué con ellos como si estuviera buscando una emisora en el dial de radio antigua, girándolos hacia derecha e izquierda cada vez con más presión.

Ya jadeaba cuando alejó la mano buscando el bote de mahonesa. Vertió un poco en un plato y se untó dos dedos. Me sorprendió cuando en vez de llevárselos a la boca se los llevó a la espalda para untársela. Se giró poniendo las manos sobre la encimera de la cocina.

- Espárcela por el centro del culo y mete lo que puedas con el dedo. Quiero actúe de lubricante para que me la puedas meter por detrás.

Sin abrir la boca me puse a untar la entrada trasera de su anatomía y le metí un dedo en culo. En ese momento me vino a la memoria la escena de Marlos Brando en la película”El último tango en Paris”. Esperé a que se acostumbrara a la intromisión y añadí otro dedo para abrirle un poco más el ojete. En cuanto noté que le entraban sin dificultad y no se quejaba, puse la punta de mi pene justo sobre el orificio destinado a ser penetrado. No me costó prácticamente nada introducir el capullo y a partir de ahí se la fui metiendo poco a poco a base de entrar y salir. Cuando conseguí enterrarla entera dentro de ella, me dijo que la follara sin piedad, que me dejara de delicadezas y me comportara como un animal.

Me aferré desde atrás a sus pechos estrujándolos y se llevó una mano en el sexo para masturbarse, mientras con la otra se aferraba a la encimera. Alterné las envestidas rápidas con otras más calmadas para descansar y evitar correrme demasiado pronto, aunque la comida de polla que me había Lourdes en la ducha me garantizaba aguantar un buen rato.

Un rato después me dijo que la destrozara el ojete porque estaba a punto de correrse. Empezó a presionarme el miembro con los esfínteres para conseguir sentirme todo lo posible dentro y se corrió. Seguí bombeándola en busca de mi propio orgasmo y me corrí en sus entrañas. Al sentir el semen entrando en su cuerpo, me dijo que no se la sacara y que siguiera follándola porque necesitaba correrse otra vez.

Yo notaba como la polla cada vez se me ablandaba más y me entraron unas ganas tremendas de orinar. Le dije que no iba a poder aguantar mucho sin ir a mear y su respuesta fue que lo hiciera dentro de ella. Me quedé tan sorprendido que dejé de prestar atención a contenerme y di rienda suelta a mis necesidades, deslizándose por nuestras piernas lo que rebosaba. En cuanto sintió los chorros en su interior, está vez mucho más abundantes, se tensó y entre suspiros volvió acorrerse para inmediatamente después orinarse encima.

Cuando por fin se la saqué del culo y nos relajamos, se giró, me besó metiendo la lengua dentro de mi boca y a continuación empezamos a reírnos. Estábamos descalzos sobre el suelo de la cocina y podíamos chapotear sobre nuestros orines.

- Ha sido increíble – me dijo mientras yo cogía el cubo y la fregona para recoger el desaguisado del suelo. Quería que me dieras por el culo como calentamiento para que después me la metieras por delante, pero era tan grande el placer que me estaba dando que he sido incapaz de contenerme. Es la primera vez que un hombre se mea dentro de mi culo y no va a ser la última – dijo entre risas.

Nos duchamos otra vez y acabamos de preparar algo de comer con unas cervezas y pusimos la televisión mientras las degustábamos. No fuimos conscientes del sopor que nos estaba entrando y sin proponérnoslo nos quedamos dormidos en el sofá del salón. Ya eran más de las siete de la tarde cuando me desperté.

Dormía con el pelo revuelto cayéndola por la cara y desnuda, estaba preciosa. Decidí despertarla con caricias y empecé a pasarle el dorso de la mano por los pechos y bajé por el estómago hacia el ombligo, para volver a subir a los pechos. En una de esas y sin abrir los ojos, me cogió la mano y la llevó al sexo para acariciarse entre las piernas.

Se metió un dedo mío y otro suyo en la vagina y empezamos una pelea por ver quien era capaz de meterlo más dentro. El resultado fue que se sentó a horcajadas encima de mi y se penetró con mi polla que ya daba muestras de estar dispuesta de nuevo. Con los pechos a la altura de la cara, apresé un pezón con la boca y empecé a morderlo suavemente para acabar estirando de él con los dientes.

Yo estaba a punto de eyacular y se lo dije. Ella se incorporó sacándose el miembro y me dijo que quería que lo hiciera en su boca. Se colocó con las piernas levantadas sobre el respaldo del sofá y la cabeza colgando por fuera del asiento. Yo me puse delante de ella y se metió la polla en la boca, tirando de mi culo para medir la profundidad de la penetración. Era increíble la cantidad de miembro que era capaz de tragarse, haciéndolo deslizar más allá de la glotis.

Para compensar lo que me estaba haciendo, puse la mano en su pubis y empecé a masturbarla sin ninguna delicadeza. Me separó un poco para poder tomar aire y volvió a comérsela como si no hubiera un mañana al tiempo que se corría. Me dejé llevar a me corrí en su boca, pero no por eso se la sacó.

Permanecí dentro de ella un buen rato hasta que se la sacó, momento que aproveché para inclinarme hacia delante y ponerla la boca en el pubis. Chupé los labios vaginales, la penetré con la lengua, se la pasé por el ojo negro y cuando empezó a agitarse, me ocupé directamente del clítoris entre lengüetazos y pequeños mordisquitos, lo que hizo que tuviera un intenso orgasmo.

Eran las nueve de la noche cuando me dijo que tenía que ir a casa. Nos despedimos en la puerta de casa con un largo beso mientras nos acariciábamos lentamente los sexos uno al otro por encima de ropa.