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La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 22)

Ella sabía que lo había visto. Y en lugar de huir, decidió que la próxima vez no se cubriría. ¿Estás seguro de que quieres saber qué pasó esa noche?

Tanatos124.8K vistas9.6· 10 votos

CAPÍTULO 22

Domingo, 8 de agosto.

11:28 de la mañana.

Por las mañanas todo tenía menos gravedad. Todo era más fútil. Más liviano. El sol, el calor, las risas en la piscina; incluso David golpeando aquel pequeño aparato azul estropeado, no como último recurso, sino como primero, desprendía una ligereza etérea.

Sabía que Albert había presenciado lo que había presenciado, pero no la absoluta certeza de que lo hubiera hecho dos días consecutivos; así que tenía aquella tentación de confirmarlo con David, si bien sabía que en aquel contexto no cantaría. Ya tendríamos tiempo en nuestras respectivas sillas.

Aquella mañana de domingo, mientras mi cuñado se afanaba en arreglar aquel viejo cacharro, yo cruzaba miradas cómplices con una Ana que se había agenciado una hamaca y que hablaba con Belén. No veía yo en aquella charla la distancia que mi cuñada me había anunciado dos días atrás. Además, el hecho de que Albert y Lucía no estuvieran presentes, ayudaba también a la distensión.

Y la vespertina levedad dio paso, unas horas más tarde, a una barbacoa casi improvisada en el jardín, pero que acabó mejor gestionada que otras muchas programadas. El sol coronaba el evento con dureza y castigo, cayendo en vertical sobre nuestras cabezas, sobre nuestros bañadores, sobre el vestido veraniego de Belén y sobre los shorts y la camiseta de Ana. Pero no solo éramos allí cuatro, sino que un amigo de David, una amiga de Belén, amigos de Lucía, la propia Lucía y Albert también estaban allí; si bien había una cierta separación física, marcada por las diferentes generaciones, formándose dos grupos.

Por el hecho de estar Albert allí las miradas entre mi mujer y yo aumentaron en frecuencia y connivencia. Incluso aunque alguien nos estuviera hablando, guardábamos espacio y tiempo para recordar nuestra travesura con nuestra conexión visual. Y yo, tras mirarla, no me podía creer lo sucedido, y aún menos que aquel chico hubiera presenciado, quizás, o seguramente, dos noches consecutivas, lo que todo parecía indicar que había presenciado.

David y Belén parecían disimular que hubiera pasado nada pecaminoso aquella semana con aquel chico. Como así pretendíamos Ana y yo. Y sobre Albert no había ninguna señal. Su única rareza consistía en que se le veía ligeramente apartado del grupo de amigos y amigas de Lucía. Por momentos se alejaba un poco y trasteaba en su teléfono móvil.

Y todos hacíamos como si nada, y parecía que no iba a pasar nada. Que el domingo transcurriría con normalidad. Pero no fue así.

Una vez ya habíamos terminado todos de comer y la cerveza estaba teniendo más éxito que el postre, pude observar cómo Belén se había acercado a Albert, y hablaba con él, bastante cerca, los dos de pie, en el jardín. Y no había nada extraño, pero sí lo había. Y Ana sentía lo mismo que yo. Y es que la vi, mirándoles, observándoles con infructífero disimulo. No perdía detalle de aquella conversación extrañamente íntima entre tanta muchedumbre.

Me acerqué a mi mujer. Me puse a su lado. Di un trago a mi cerveza. Y esperé a que ella dijera algo. Pero no decía nada. Y ambos mirábamos aquel hablarse cerca, aquel vestido suelto y amarillo de Belén, aquel bañador y el torso expuesto y pulido Albert. Ambos bebiendo y hablando, desprendiendo seriedad en su tono.

—Que… buen rollo, ¿no? —terminé por susurrar.

Y ella no dijo nada. Se cruzaba de brazos y agitaba su vaso de plástico, que también contenía cerveza. No les quitaba los ojos de encima.

Y quise provocar. Preguntarle qué pensaba. Preguntarle qué creía que podría significar aquella complicidad, cuando fui abordado, y secuestrado, por mi cuñado, que me llevó a sus dominios, a unos dos o tres metros, y allí me hizo interactuar con su amigo, no porque quisiera unir lazos, sino porque necesitaba más audiencia.

Apartado de mi mujer fui víctima de un David que nos enseñaba en su teléfono móvil fotos de un coche que le traerían al día siguiente. Yo me conocía ya la historia, pero su amigo hacía preguntas sobre el vehículo de manera exageradamente implicada.

—Y es cabrio, ¿no? —terminé diciendo yo, medio riéndome por dentro, pues David no dejaba de repetir aquella palabra.

—Sí, sí. Es cabrio —se enorgullecía David.

—¿Pero es de segunda mano? —preguntó después su amigo, y yo me adelantaba a mi cuñado, repitiendo otra de sus frases favoritas:

—Seminuevo. Ni veinte mil kilómetros tiene.

—Eso es —decía mi cuñado, pletórico.

Y él seguía enseñando fotos. Hasta que dijo:

—¿Vienes mañana conmigo a por el? Necesito a alguien que me lleve y Belén es una toca huevos. ¿Estarás? ¿O está Ana?

—No, no… Ana se va esta noche. Trabaja mañana —respondí, sin darme cuenta de que, sin yo quererlo, prácticamente me estaba ofreciendo a llevarle.

Y me dejé mecer por David, por su coche, por el polígono donde habría que ir a buscarlo, y por sus historias. Hasta que recordé que algo mucho más importante gravitaba en torno a aquel jardín. Así es que me volteé, y busqué a Ana, y no la encontré, y busqué a Belén, y no la encontré, y busqué a Albert, y pude comprobar que él ahora, con quién hablaba, apartados, era con mi mujer. Y ella le escuchaba y le respondía: descalza, en shorts, y sin camiseta; con la parte de arriba de un bikini negro. Y mi corazón se aceleró. Y yo no entendía nada.

Los observé desde mi posición, con el sonido, o ruido, de mi cuñado de fondo. Y miraba hacia aquella conversación, menos fluida que la anterior; más forzada que la de Belén con él. Y mi mujer se recolocaba el pelo, frente a él; y yo sabía que aquel bikini negro, similar al rojo, era agresivo en la piscina, pero casi prohibitivo en el jardín, y desde luego no del todo apto para reuniones familiares. Y cada vez entendía menos.

Me llegué a preguntar si tantearía qué habría visto él la noche anterior. Pero me parecía una locura. Por qué forzar aquello cuando nosotros podríamos jugar el papel de inocentes o al menos semi inocentes de lo sucedido. Al fin y al cabo, él era el que se había colado en un dormitorio ajeno. Y fue Lucía quién finalmente puso fin a mi tensión, yendo al encuentro con su hermana y con su novio. Haciendo que todo cambiase.

Volví entonces a mi cuñado, a su coche y a su amigo, pero en seguida me vi con la necesidad de abandonar aquella solana, y me fui hacia la casa, con la intención de servirme un café con tranquilidad, y quién sabe si ordenar mis ideas y de intentar comprender a mi mujer.

Terminé en el sofá del salón, yo solo, degustando un café cargado, que no solo sabía a café sino a verano. Escuchaba las voces de fondo, que provenían de la piscina. No quise ni encender el televisor. Y quise no pensar en nada, pero había demasiado en qué pensar. Y apenas iniciaba mi repaso de lo que estaba viviendo, cuando Ana entró, con sus shorts y ahora sí con su camiseta puesta, y se sentó a mi lado, como si tal cosa.

—¿Y tú aquí solo?

Yo la miré entonces, con extrañeza.

—¿Qué? —se molestó.

—Hombre…

—Hombre, qué —dijo, girándose hacia mí.

—Hombre… que si se puede saber qué haces.

—Qué hago de qué —se revolvía.

—Pues… Nada… No sé. ¿Ir a hablar con el chico?

—Qué pasa. ¿No puedo hablar con él?

Yo la miré de nuevo, como dándole a entender que aquello requería una explicación.

—Creo que es mejor disimular. Está claro —dijo, llena de razón.

—En fin…

—¿En fin qué? ¿Se puede saber qué te pasa?

—Shhh —le susurré, preocupado porque alguien pudiera escucharnos.

—Shh. Qué —protestó.

—A ver, Ana. Ves que habla con Belén y al minuto allá vas tú… además sin camiset…

—Bueno, esto es increíble —se rebeló, poniéndose en pie.

—Increíble de qué Ana. Es que ya voy a pensar mal.

—Mal de qué. Mira, paso. Me voy a duchar y me voy a casa. Que quiero ir con calma.

—¿Te vas a ir ahora? —pregunté, mirando el reloj—. ¿Qué pintas en casa a las… siete de la tarde?

—Pues estar tranquila un rato. Que estoy todos los días de aquí para allá —dijo seria y comenzó a caminar hacia las escaleras.

Yo la dejé ir. Sentía que me había saltado de tema en tema porque no tenía defensa alguna. Su teoría del disimulo era directamente absurda. Y pensé que si quería tirar aquella tarde de domingo sola en casa era su problema.

Seguí con mi café, de nuevo no quería pensar, pero quería pensar. La actitud de mi mujer solo me ofrecía dos caminos. Así que, unos minutos más tarde, me puse en pie y me dispuse a ir hacia nuestro dormitorio.

Abrí la puerta y escuché sonidos que provenían del cuarto de baño. Observé la habitación y vi su maleta a medio hacer. Me acerqué a la ventana, me asomé, y vi a todos allí, en el jardín y en la piscina, y de nuevo aquellos dos grupos divididos en franjas de edad.

Y vi que Lucía se besaba con Albert. En un beso normal, cariñoso, de pareja de postadolescentes. Y se me hizo raro, cuando no debía parecérmelo. Y el chico, ofreciendo siempre aquel torso impecable, junto con su media melena rubia, y con sus ojos azules, me hacía recordar que parecía constituir un Ganímedes tentador, tan tentador que me fui de inmediato hacia el cuarto de baño.

Una vez allí escuché el agua de la ducha caer con decisión. La mampara me ofrecía los contornos de Ana; una silueta carnal y potente, a pesar de la opacidad del cristal.

—Qué te pasa —dijo ella, sabedora de mi presencia, y solapando su voz con el sonido del agua.

—Pues… te lo voy a decir claramente —dije, al otro lado de aquel cristal.

—Dímelo claramente, venga —apostilló, cerrando el grifo.

—Pues creo que o te gusta el crío o tu rivalidad con Belén ya se está pasando de delirante…

—¿Ya está? —preguntó.

—Sí.

—Vale. Muy bien —pronunció y se volvió a escuchar el sonido del agua caer.

—Joder, Ana.

—Qué —dijo, cerrando de nuevo el grifo.

—¿No me vas a responder?

—¿A esa chorrada? ¿Quieres que te responda a esa chorrada?

—Sí.

—Pues yo a chorradas no respondo.

—Vale. Bien —dije y volví a escuchar el sonido de la ducha.

Me fui de aquel aseo, y después de aquel dormitorio. Odiaba cuando Ana se ponía en aquel plan. Ella era la que estaba teniendo actitudes sospechosas, o cuanto menos extrañas. No yo.

Me fui al jardín. Estuve con Belén y con su amiga. Con David y con su amigo. Al principio me costó, pero finalmente conseguí olvidarme de mi mujer y de su absurda e infantil conducta.

Y por orgullo no fui a su encuentro. Esperé a que viniera ella a despedirse, si es que su espantada precipitada no era en sí un farol.

Y pasó el tiempo. Y veía cómo los chicos jugaban en la piscina y cómo David encadenaba una cerveza con otra. Y finalmente fui a la casa, subí las escaleras, llegué al dormitorio y vi que allí no había ni Ana, ni maleta.

Cogí entonces mi teléfono móvil. Tampoco había allí noticias de ella. Me sentí mal, el berrinche era absurdo. No había siquiera sustancia para que perdiésemos los dos una tarde de verano como aquella.

Así es que le escribí:

—¿Te has ido? ¿Estás bien?

Y me castigó sin respuesta. Durante horas. No fue hasta que estuvo en nuestra casa, pasada media tarde, cuando recibí en mi teléfono:

—Sí, estoy bien. Tranquilita en casa.

Y yo dudé. Quería templar, pero también quería saber. Así es que primero le dije que maldecía que hubiéramos perdido aquella tarde. Pero después no pude evitar escribirle:

—¿Se puede saber qué te pasa? Dime la verdad.

—¿Quieres que te lo diga?

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Joder, sí.

Y entonces vi que escribía, que escribía y que borraba. Y yo me desesperaba. Y mi mente daba vueltas, intentando adivinar qué podría pasar tan inexplicable.

Hasta que, finalmente, leí:

—Me pasa que fue súper morboso lo de anoche. Y que me siento mal precisamente por eso. ¿Contento?

Me quedé un instante mirando aquella pantalla. Releí su mensaje hasta tres veces.

—No tienes porqué sentirte mal —respondí.

Ella no respondía. Yo no sabía cómo abordar el tema.

Hasta que finalmente fue ella quien escribió:

—Igual el martes a media tarde me puedo escapar, y pasar la noche ahí.

—¿Estás segura, Ana? —le pregunté, sabedor de a qué se refería.

—Sí —respondió.

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