Ivanna obsesionada con un alumno
Sus tacones resonaban en el pasillo, pero su mente solo repetía el nombre de un alumno. Él la miraba como si ya la hubiera devorado, y ella, cansada de su vida gris, decidió no apartar la vista.
Ivanna caminaba con paso firme por el pasillo de la Facultad de Humanidades. El eco de sus tacones resonaba en los muros blancos, acompañando la monotonía de sus días. Profesora de Literatura Moderna, casada desde hacía cinco años con un abogado de mirada fría, su vida transcurría en un compás de deberes, sonrisas forzadas y noches solitarias.
Afuera, el otoño se aferraba a los árboles con sus últimas hojas, y adentro, ella se aferraba a sus rutinas con igual desesperación.
Acomodó sus carpetas bajo el brazo y abrió la puerta del aula 304.
—Buenos días —saludó con su voz clara, acostumbrada a imponer respeto.
El murmullo de los estudiantes se apagó lentamente. Miradas dispersas, rostros dormidos… excepto uno.
Él estaba en la penúltima fila, recostado en su silla, la mirada fija en ella como si fuera un libro abierto que quisiera devorar. Alto, de cabello oscuro y revuelto, y una sonrisa apenas insinuada en los labios. No la típica sonrisa estúpida de un universitario distraído, sino una sonrisa cargada de algo más: curiosidad, desafío, hambre.
Ivanna sintió un leve temblor en el estómago. No. No era posible. Sacudió el pensamiento de su cabeza y empezó la clase.
—Hoy hablaremos de la transgresión en la literatura —anunció, escribiendo en el pizarrón con una caligrafía precisa.
Mientras hablaba, recorrió el aula con la mirada, pero sus ojos volvían, inevitablemente, a él.
Roberto Salinas.
El nombre estaba en su lista. Un alumno más, un número más... se suponía.
Pero Roberto no tomaba apuntes. No fingía siquiera. Simplemente la miraba, apoyando un brazo en el respaldo de la silla, como si no hubiera nadie más en el mundo.
Cada palabra que ella decía parecía tener un eco distinto en él.
Ivanna se esforzó por mantener la compostura, pero en algún rincón oscuro de su mente, una voz susurraba: "Hace tanto que no te miran así."
La clase avanzó entre citas a Bataille, a Sade, a autores que hablaban de cuerpos, de prohibiciones, de deseo disfrazado de intelecto. Cada frase parecía más pesada en sus labios. Cada ejemplo, más cargado de dobles sentidos.
¿Era ella? ¿Era él?
Cuando finalmente dio por terminada la sesión, los alumnos empezaron a recoger sus cosas. Algunos se acercaron para preguntar sobre trabajos. Roberto no.
Se quedó en su asiento, esperándola, observándola con la paciencia de un depredador que conoce el momento justo para moverse.
Ivanna ordenaba sus papeles cuando sintió su sombra a su lado.
—Profesora... —dijo él, su voz baja, casi un ronroneo.
Ella levantó la vista, obligándose a mantener el tono neutral.
—¿Sí?
Roberto sonrió de lado, ese gesto insolente que parecía una caricia apenas contenida.
—La clase de hoy fue… fascinante.
No era lo que dijo, sino cómo lo dijo. Esa palabra, "fascinante", se deslizó entre ellos como un roce invisible.
Ivanna notó la cercanía, el leve aroma a café y colonia barata que lo envolvía. Demasiado cerca. Demasiado peligroso.
Se aclaró la garganta, buscando una respuesta académica, distante.
—Gracias. Espero verte participar más.
Roberto inclinó la cabeza en un gesto cortés, pero sus ojos decían otra cosa. Algo que ella no quería —no debía— interpretar.
—Lo haré —prometió, y sin más, se dio la vuelta y salió, sus pasos resonando en el pasillo.
Ivanna permaneció allí, de pie, aferrando sus carpetas como si fueran un salvavidas.
La puerta oscilaba aún, cerrándose lentamente. Y ella sabía, en lo más profundo de su ser, que algo había cambiado.
Que algo había empezado.
Algo que no debía.
Algo que no podría detener.
La semana siguiente, Ivanna intentó convencerse de que había imaginado todo. Que Roberto no era más que un alumno particularmente atento. Que su mirada no tenía segundas intenciones. Que su piel no había ardido bajo ese simple "fascinante" susurrado junto al oído.
Pero mentirse a sí misma era más difícil que enfrentar la clase llena de jóvenes distraídos.
Cuando entró al aula 304, Roberto ya estaba allí, esperándola.
No en la penúltima fila esta vez. Sino en la tercera.
Más cerca. Demasiado cerca.
Ivanna cruzó la sala sin mirarlo, sintiendo su presencia como una mano invisible recorriéndole la espalda. Dejó sus papeles en el escritorio, respiró hondo, y se giró para comenzar.
—Hoy analizaremos las metáforas del deseo en "Lolita" de Nabokov —anunció.
Un murmullo de interés recorrió el aula.
Roberto sonrió abiertamente, cruzando los brazos sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia adelante, como si ella fuera a revelarle un secreto solo para él.
Ivanna tragó saliva y empezó a hablar, aferrándose a su voz como única defensa.
Pero conforme avanzaban las lecturas, no pudo evitar notarlo.
Cada vez que mencionaba el "prohibido", Roberto arqueaba una ceja. Cada vez que hablaba de "anhelo", él jugueteaba con su bolígrafo entre los dedos, girándolo distraídamente, como un símbolo casual de algo mucho menos inocente.
Cuando ella citó:
"Él la deseaba con una intensidad que rozaba lo indecente",
Roberto dejó caer el bolígrafo. No por accidente. Y cuando se agachó para recogerlo, sus ojos se encontraron por un segundo —uno apenas— con los de ella, a la altura de sus rodillas cruzadas bajo la falda.
Fue un parpadeo. Un roce de electricidad que la dejó sin aliento.
Ivanna se obligó a seguir hablando, a no mostrar la sacudida interna que la estremecía.
Después de la clase, mientras los estudiantes recogían sus cosas, Roberto se demoró.
Fingía revisar unos papeles, pero sus ojos estaban puestos en ella.
Ivanna organizaba su material cuando sintió su presencia de nuevo, esa cercanía no autorizada que la volvía consciente de cada centímetro de su cuerpo.
—Profesora —murmuró, la voz más baja que la vez anterior —. ¿Cree que el deseo siempre lleva a la destrucción?
Ella lo miró. De cerca, los ojos de Roberto eran de un color castaño oscuro, casi negro, y en ellos había una chispa que mezclaba curiosidad genuina y provocación.
Ivanna inspiró hondo.
—A veces —respondió, midiendo cada palabra —. Pero a veces… también puede ser liberación.
La frase quedó flotando entre ellos, densa como un perfume.
Por un instante, no hubo universidad, ni reglas, ni códigos éticos. Solo dos almas atrapadas en un campo de fuerza invisible.
Roberto sonrió, esa sonrisa lenta, peligrosa.
—Me gustaría explorarlo más —dijo —. El tema.
Ivanna sostuvo su mirada un segundo más del necesario.
Y luego, rompiendo el hechizo, recogió sus carpetas.
—Será en la próxima clase, Salinas.
El apellido fue un muro levantado a último momento. Pero Roberto no pareció perturbado. Recogió sus cosas y salió con paso tranquilo, dejando tras de sí un rastro de peligro tibio.
Ivanna apoyó las manos sobre el escritorio, cerrando los ojos.
¿Qué estaba haciendo? ¿En qué estaba pensando?
Aferrándose a su anillo de bodas, se obligó a recordar. Su marido. Su vida correcta. Sus elecciones adultas.
Pero esa noche, mientras cenaban en silencio, mientras las palabras de su esposo rebotaban en su mente sin encontrar eco, Ivanna volvió a pensar en otra cosa.
En unos ojos oscuros. En un bolígrafo cayendo. En un susurro que decía: "Me gustaría explorarlo más".
Y en la parte más oculta de su alma, ya sabía que había cruzado una frontera invisible. Una que no tendría regreso.
Los días siguientes fueron un baile silencioso, una danza de provocaciones disimuladas bajo la máscara de la rutina académica.
Ivanna llegaba temprano, organizaba sus papeles con el mismo gesto meticuloso de siempre. Pero sentía su mirada antes de verlo. Sentía cómo cada palabra que salía de su boca era absorbida con una intensidad que no podía —no quería— ignorar.
Roberto había perfeccionado el arte de la insinuación.
A veces dejaba caer algo cerca de ella —una hoja, un cuaderno— obligándola a acercarse. Otras veces preguntaba sobre temas que no tenían que ver con la materia, solo para verla debatirse entre la autoridad y el deseo.
—Profesora, ¿cree usted que el arte debe ser siempre contenido? ¿O es más hermoso cuando se desborda?
La pregunta era inocente en apariencia. Pero su tono, su sonrisa ladeada, el roce de sus dedos sobre el pupitre mientras hablaba... no lo eran.
Ivanna respondía con profesionalismo. Por fuera.
Por dentro, se sentía como una cuerda tensada hasta el límite, cada fibra de su cuerpo deseando ceder.
Una tarde, al final de la clase, mientras recogía sus libros, Roberto se acercó más que nunca.
—Se le cayó esto —dijo, extendiéndole una hoja.
Ivanna la tomó, sus dedos rozando los suyos apenas. Un roce de electricidad. Un instante ínfimo... que la dejó temblando.
Cuando levantó la vista, Roberto no había retrocedido. Estaba demasiado cerca. Podía oler su colonia, sentir el calor de su cuerpo.
—¿Está bien, profesora? —preguntó, su voz impregnada de algo que bordeaba la insolencia.
Ivanna se obligó a apartarse, a recordar quién era, qué era. A recordar a su marido, su anillo, sus responsabilidades.
Pero la distancia física no borraba la brecha emocional que ya había sido cruzada.
Roberto la miró marcharse esa tarde, y ella supo que él lo entendía. Sabía que la estaba desarmando. Pieza por pieza.
Y lo peor de todo era que ella lo estaba permitiendo.
Esa noche, en la casa silenciosa, Ivanna miró a su marido mientras él veía las noticias.
Él no la miraba. No la tocaba. No le preguntaba nada.
La distancia entre ellos era una catedral vacía.
Ivanna dejó la copa de vino a medio terminar y subió las escaleras sola. Se encerró en el baño, encendió la ducha y dejó que el agua caliente borrara la culpa, el anhelo, la confusión.
Se miró al espejo.
¿Quién era esa mujer?
¿La profesora impecable? ¿La esposa fiel? ¿O la mujer que temblaba al recordar la mirada de un alumno?
Esa noche, soñó con Roberto. No un sueño inocente, no un simple abrazo. Lo soñó tomándola en la oficina, sus manos en su cintura, su boca reclamando la suya, su cuerpo invadiendo el suyo hasta arrancarle la razón.
Despertó jadeando, con la ropa interior húmeda, su nombre susurrándose en su mente como una plegaria prohibida.
No volvió a dormir.
La clase del jueves fue un campo de batalla.
Ivanna llegó con el corazón blindado, decidida a marcar distancia.
Pero Roberto había cruzado su propio Rubicón.
Ese día, cuando ella se agachó para recoger un libro caído, sintió su mirada desnudándola.
Cuando pasó cerca de su pupitre, él dejó que sus dedos rozaran el borde de su falda. Un gesto mínimo, indetectable para los demás. Un incendio para ella.
Al final de la clase, Roberto se acercó a su escritorio.
Dejó una hoja sobre sus papeles, como si fuera un trabajo más.
Ivanna la recogió después de que todos se hubieron ido.
No era un ensayo. Era un poema.
"A veces, el conocimiento más profundo no está en los libros, sino en la piel que late bajo el deseo prohibido."
No había firma.
No era necesario.
Ivanna arrugó la hoja con manos temblorosas y la metió en su bolso.
Su corazón latía desbocado, su respiración era irregular.
¿Hasta cuándo podría resistir?
Viernes. Final de jornada. El edificio universitario estaba casi vacío.
Ivanna se quedó más tarde, revisando exámenes en su oficina.
La puerta se abrió sin llamar.
Roberto entró, cerrándola tras de sí con un clic que sonó como una sentencia.
Ivanna se incorporó en su silla, alarmada.
—Salinas, no puedes estar aquí. Es fuera de horario.
Roberto no respondió. Cruzó la habitación en tres pasos largos y se detuvo frente a su escritorio.
—No vine a discutir literatura —dijo, su voz baja, vibrante.
Ivanna se levantó, retrocediendo un paso, sus papeles cayendo al suelo.
Roberto la siguió, acorralándola contra la estantería.
—Esto es una locura —susurró ella, pero su voz carecía de convicción.
Roberto levantó una mano y acarició su mejilla, un roce leve, casi reverente.
—No —dijo él —. Esto es inevitable.
Ivanna cerró los ojos.
Sabía que debía detenerlo.
Sabía que debía detenerse ella misma.
Pero cuando sintió sus labios sobre los suyos, firmes, urgentes, devastadores, toda resistencia se disolvió como sal en el agua.
El beso fue brutal, un estallido contenido demasiado tiempo.
Roberto la tomó de la cintura, atrayéndola contra su cuerpo, su erección dura presionando contra ella a través de la ropa.
Ivanna gimió, un sonido bajo, entregado, y enredó sus dedos en su cabello, tirando de él para profundizar el beso.
Roberto deslizó una mano bajo su blusa, acariciando la piel caliente de su espalda.
Ivanna tembló bajo su toque, sus piernas débiles, su cuerpo traicionándola con su necesidad desesperada.
No pensaron en las consecuencias. No pensaron en las reglas.
Sólo en el roce de piel contra piel, en el placer acumulado demasiado tiempo.
Roberto desabrochó su pantalón con movimientos torpes de urgencia. Ivanna, jadeando, liberó su propia blusa de los botones, dejando sus pechos al descubierto.
Él bajó la cabeza y los atrapó en su boca, lamiendo, succionando, mordisqueando hasta arrancarle gemidos.
La subió a la estantería, sus piernas abiertas para él, su cuerpo pidiendo más.
Sin quitarse toda la ropa, Roberto bajó su ropa interior y se deslizó dentro de ella en un solo movimiento profundo, brutal.
Ivanna soltó un grito ahogado, aferrándose a sus hombros, su cuerpo recibiéndolo con avidez.
Roberto empezó a moverse, lento al principio, disfrutando cada embestida, cada gemido que arrancaba de ella.
Pero pronto la necesidad ganó.
La tomó con fuerza, sus caderas chocando contra las suyas, su lengua reclamando su boca, su mano apretando su cintura con una posesión desesperada.
Ivanna se perdió en él, en el calor, en el sudor, en el roce húmedo de sus cuerpos.
Se corrió primero, su cuerpo sacudido por espasmos de placer, sus gemidos ahogados contra su pecho.
Roberto la siguió, hundiéndose más profundo, gimiendo su nombre mientras se derramaba dentro de ella.
Por un momento, sólo hubo respiraciones entrecortadas, cuerpos entrelazados, corazones desbocados.
Entonces, el mundo volvió.
El silencio se hizo insoportable.
Ivanna bajó la mirada, las lágrimas ardiendo en sus ojos.
Roberto acarició su mejilla con ternura.
—No me arrepiento —murmuró.
Ivanna cerró los ojos, dejando que una lágrima resbalara por su mejilla.
—Yo tampoco —susurró.
Y supo, en lo más profundo de su ser, que ese era sólo el principio.
El lunes siguiente, Ivanna entró al aula como una sombra de sí misma.
Sus pasos eran más cautelosos, su mirada evitaba, por primera vez, buscarlo.
Pero Roberto estaba allí. Siempre estaba allí.
Tercera fila. Sonrisa ladeada. Ojos oscuros fijos en ella como un ancla.
Ivanna sintió cómo el rubor le subía a las mejillas. Cada palabra que pronunciaba resonaba con un eco nuevo: el recuerdo de su cuerpo moviéndose contra el suyo, de su aliento en su cuello, de su nombre gemido en el momento de quebrarse.
Cada mirada que intercambiaban era un recordatorio de lo prohibido, de lo irreversible.
Terminó la clase en piloto automático. Los alumnos se dispersaron. Pero Roberto se acercó.
—Profesora —dijo en voz baja —. ¿Puedo hablar con usted?
Ivanna dudó.
Cada fibra de su ser gritaba que debía rechazarlo. Cada fibra de su cuerpo lo deseaba.
Asintió.
Se encontraron en la biblioteca, en una sección vacía, entre estanterías polvorientas.
Roberto no habló. La acorraló contra las baldas, su cuerpo cubriendo el de ella como una manta.
Ivanna jadeó cuando sintió su dureza contra su vientre.
—No podemos —susurró, pero sus manos ya se enredaban en su camisa, tirando de él hacia sí.
—No quiero esperar —gruñó Roberto.
La besó como si quisiera devorarla.
Sus manos encontraron la abertura de su falda, la deslizaron hacia arriba, hasta sentir la humedad ya presente en su ropa interior.
Ivanna tembló.
En medio del silencio de la biblioteca, entre los libros olvidados, Roberto la acarició, frotando su clítoris con movimientos circulares, arrancándole gemidos que ella apenas lograba ahogar mordiendo su hombro.
La deslizó contra la estantería, bajando su ropa interior con una sola mano.
Liberó su erección con movimientos rápidos, casi furiosos.
La levantó apenas y, sin ceremonias, se hundió en ella de un solo golpe.
Ivanna ahogó un grito contra su pecho.
El placer fue inmediato, brutal, imposible de controlar.
Roberto empezó a moverse, empujándola contra los libros, el roce de sus cuerpos una sinfonía prohibida.
Ella lo envolvió con sus piernas, lo apretó más cerca, deseando fundirse con él.
Cada embestida era una confesión muda. Cada gemido, una traición a todo lo que ella había sido.
Cuando llegaron juntos, lo hicieron en silencio, sus cuerpos sacudidos por oleadas de placer que los dejaron sin aire.
Se quedaron abrazados unos segundos más, temblando.
Ivanna supo que estaban condenados. Pero también supo que jamás se había sentido tan viva.
La doble vida empezó.
Clases de día. Caricias robadas de noche.
Encuentros fugaces en la universidad, en el estacionamiento, en un motel barato donde las sábanas olían a otros pecados.
Cada encuentro era más salvaje, más desesperado, como si el tiempo fuera a agotarse de un momento a otro.
Ivanna vivía con el miedo latiendo bajo la piel.
¿Su marido sospechaba? ¿Los colegas? ¿Los alumnos?
Pero cuando Roberto la tocaba, cuando la miraba como si fuera la única mujer en el mundo, todo eso se desvanecía.
Había dejado de ser profesora. Había dejado de ser esposa.
Era solo Ivanna.
Una mujer que ardía.
Una mujer que había elegido el fuego antes que la jaula.
La noche que su marido la confrontó fue inevitable.
No fueron pruebas concretas. Fue la distancia, el silencio, las ausencias inexplicables.
Ivanna lo miró a los ojos y no dijo nada.
No negó. No confesó.
Simplemente supo que el matrimonio estaba muerto mucho antes de Roberto.
Esa noche, hizo sus maletas.
No lloró. No suplicó.
Dejó atrás los años de indiferencia, las noches frías, las palabras vacías.
Y cuando cerró la puerta de su antigua casa, respiró por primera vez.
Roberto la esperaba en su auto, en la esquina, como siempre.
Cuando Ivanna entró, él no preguntó.
La besó.
Con ternura esta vez.
Sin urgencia, sin miedo.
Como si la vida entera hubiera estado esperándolos para ese momento.
—¿Estás segura? —preguntó él, rozando su mejilla.
Ivanna asintió.
—Lo único de lo que estoy segura es de ti.
Esa noche, en la habitación de un pequeño hotel alejado del centro, se amaron como nunca.
No con la desesperación de lo prohibido. Sino con la dulzura feroz de quienes han elegido amarse a pesar de todo.
Roberto la desnudó lentamente, saboreando cada centímetro de su piel. Ivanna se entregó, abriéndose para él, recibiéndolo como a su nueva vida.
Hicieron el amor largo, profundo, brutal y dulce. Lloraron, rieron, gemieron juntos, sus cuerpos encontrándose y reencontrándose como si fueran piezas de un mismo rompecabezas.
Y cuando Ivanna se quedó dormida en su pecho, con el amanecer pintando de naranja las cortinas, supo que, al fin, había encontrado su hogar.
No en una casa. No en un anillo.
En un hombre. En una mirada. En un amor nacido del pecado, pero florecido en la libertad.
SORPRESA
La noche empezó como tantas otras.
Ivanna llegó al pequeño loft que Roberto había conseguido lejos de la ciudad, una guarida secreta donde sus cuerpos se conocían sin pudor. Llevaba una falda corta, medias negras, y esa camisa blanca que a Roberto le enloquecía desabotonar con desesperación.
Cuando abrió la puerta, no lo encontró solo.
Un segundo hombre, alto, de cabello revuelto y sonrisa afilada, la esperaba en el sillón. La miró de arriba abajo como si ya la hubiera probado con los ojos.
Ivanna se detuvo, desconcertada.
—¿Qué es esto? —preguntó, una mezcla de temor y excitación vibrando en su voz.
Roberto se acercó por detrás y deslizó sus manos por sus caderas.
—Un regalo —susurró contra su oído —. Confía en mí.
Ivanna cerró los ojos.
La lógica le decía que se marchara. El deseo, que se quedara.
Eligió el deseo.
Roberto la giró hacia él y la besó, profundo, mientras el otro hombre se acercaba. Sintió cuatro manos sobre su cuerpo: desabrochando su blusa, levantando su falda, arrancándole las medias con una brutalidad deliciosa.
En cuestión de minutos, Ivanna estaba desnuda, expuesta, jadeando.
La acostaron sobre el sillón, sus piernas abiertas, su piel erizada.
Roberto empezó a besarle los pechos, lamiendo, mordiendo suavemente, mientras su amigo acariciaba el interior de sus muslos, acercándose peligrosamente a su centro ya húmedo.
Ivanna gemía, perdida en un mar de sensaciones. El placer se multiplicaba, duplicado por manos distintas, por bocas distintas.
Cuando uno de ellos la penetró con sus dedos, mientras el otro le lamía los pezones, Ivanna arqueó la espalda, dejando escapar un grito ronco.
La hicieron rogar. La llevaron al borde varias veces, retirándose justo cuando estaba a punto de caer.
Ivanna no sabía quién la tocaba, quién la besaba. Solo sabía que quería más. Que necesitaba más.
Finalmente, Roberto se colocó entre sus piernas.
Sin palabras, sin advertencias, se hundió en ella con una embestida brutal.
Ivanna gritó, un gemido de alivio y desesperación.
El otro hombre tomó su boca, la besó mientras Roberto la poseía con fuerza.
Los movimientos eran salvajes, incontrolables. El cuerpo de Ivanna se sacudía entre ellos, un juguete de placer, una diosa profanada y adorada al mismo tiempo.
Cuando sintió que su orgasmo se acercaba, Roberto aceleró, embistiéndola con una furia que la hizo estallar.
Gritó, se quebró, lloró de placer.
Y mientras temblaba, aún empalada en su dureza, sintió cómo el otro hombre se corría en su vientre, marcándola como parte del ritual obsceno.
Roberto se derramó dentro de ella segundos después, gruñendo su nombre.
Quedaron jadeando, abrazados, mientras la noche los envolvía.
Cuando Ivanna recuperó el aliento, Roberto la tomó de la mano y la condujo hasta un rincón de la sala.
Allí, ocultas en las estanterías, en las esquinas, pequeñas luces rojas parpadeaban.
Cámaras.
Ivanna abrió los ojos, horrorizada.
—¿Grabaste todo? —susurró, su voz quebrada.
Roberto sonrió, esa sonrisa oscura que tanto la excitaba.
—Todo.
Ivanna se apartó, temblando entre la humillación y el placer.
—¿Por qué?
Roberto se acercó, acariciándole la mejilla con falsa ternura.
—Porque quiero que tu querido esposo vea quién eres realmente.
Sacó su teléfono, buscó el video, y con unos pocos toques, lo envió.
Ivanna sintió cómo la adrenalina la recorría como un latigazo.
Cuando la confirmación de "mensaje enviado" apareció en la pantalla, Roberto rompió en una carcajada grave, oscura.
Ivanna lo miró... y sonrió también.
Una sonrisa rota, salvaje, liberada.
Se abrazaron, riéndose como dos pecadores sin redención, mientras el teléfono de Ivanna vibraba, anunciando un mensaje de su esposo.
No lo abrieron.
No hacía falta.
La venganza ya estaba consumada.
La obscenidad ya era irreversible.
Y ellos... ellos ya eran libres.
CONTINUARÁ
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