Xtories

Romina . 5

El concierto es solo la excusa; la verdadera música se escucha en los susurros prohibidos entre la multitud. Mario sabe que ella está sola y hambrienta, y esta noche no piensa dejarla irse a casa sin dejar una marca indeleble.

Peter locke3.6K vistas8.7· 6 votos

Era una tarde soleada del sábado y el aire estaba lleno de risas y energía. Me acomodé en una silla en el jardín, disfrutando del cálido sol en mi piel mientras observaba a mi cuñado Pedro y a Susana jugando fútbol. Pedro, con su camiseta ajustada y su cabello despeinado, se movía con torpeza, mostrando sus escasas habilidades con el balón. Susana, por otro lado, corría con entusiasmo, riendo cada vez que lograba driblar a su tío. No pude evitar percatarme de que existía complicidad entre ellos. Era evidente que se estaban divirtiendo, y la forma en que se desafiaban mutuamente solo hacía que la atmósfera fuera algo incomoda.

Pedro hacía malabares con el balón, y Susana, con una mirada decidida, se preparaba para intentar quitárselo. Cuando lo lograba, ambos estallaban en risas, y yo sentía una oleada de envidia al verlos disfrutar de ese momento juntos. La energía de Pedro iluminaba la tarde. Mientras Susana se mofaba de sus habilidades con el balón. -"Ay, tío, - exclamaba mi hija - ¡qué partidazo te has marcado! ¡Digno de la final del Mundial… de veteranos con muletas!"

El interpelado Pedro resopló. -Muy graciosa. Estaba dando lo mejor de mí."

- sí…- replicó la voz, - lo mejor de ti parecía un espantapájaros intentando atrapar una paloma. Esa carrera que hiciste por la banda… ¡parecías una gallina clueca persiguiendo un gusano!"

- ¡Oye! Estaba intentando desmarcarme."

- ¿Desmarcarte de la pelota? Porque creo que corría más rápido que tú.

- ¡Fue el terreno! Estaba irregular."

-Claro, claro… y la pelota tenía imán para tus pies izquierdos, ¿verdad? ¡Cada vez que la tocabas salía disparada en dirección contraria al arco!"

-Bueno, al menos lo intenté. Ustedes los jóvenes son muy exigentes."

- ¡Intentarlo es bueno, tío! Pero tus intentos parecen sacados de un sketch de comedia. ¿Viste cuando intentaste hacer un cabezazo y la pelota te pegó en la nuca? ¡Casi haces un nuevo peinado!"

Pedro sonrió con resignación. -Ya, ya… me has pillado. No soy CR7.

"¡CR7 es un atleta! Tú parecías más bien un… un… ¡un pingüino torpe en una pista de hielo!"

- ¡Qué exagerada eres! Pero bueno, al menos lo intento."

Ambos rieron mientras se alejaban juntos. Finalmente, Susana se abalanzó sobre Pedro forcejeando para ver quien se hacía con el balón. Me sentí algo incomoda al ser testigo de lo mucho que mi cuñado; un cincuentón soltero con encanto y Susana se la pasaban juntos y la forma en que abrasaban. En ese instante, supe que tenía que darle una advertencia a Pedro de que mi hija era una adolescente y podía confundirse. Cuando recibí un mensaje de texto.

Mario: ¡Hola, Romina! Me gustaría invitarte esta noche a un concierto de música alternativa.

sentada en el jardín, mirando el reloj y preguntándome cuándo volverá Roberto a casa. Ya que siempre está haciendo guardias en el hospital. Entiendo que su labor es importante y que se necesita de personas como él, pero a veces desearía que pudiera estar aquí, compartiendo momentos simples conmigo. Me pregunto si alguna vez encontrará un equilibrio entre su vocación y nuestras vidas como pareja. Así que de forma mezquina le respondí a Mario.

Yo. Me encantaría ir contigo.

Mario: voy a comprar las entradas lo antes posible y te paso buscando en la noche. Te prometo que pasaremos un rato genial.

*

Sentado en mi coche, la vi acercarse, y no pude evitar que mi mirada se detuviera en ella. Romina llevaba una blusa blanca de prominente escote que acentuaba su figura de manera escandalosa y unos ajustados jeans que le respondí hacia resaltar su potente trasero. Mientras se acercaba a mi vehículo, noté cómo el aumento de su confianza se reflejaba en sus sensuales pasos. Con una sonrisa en el rostro, le abrí la puerta subiéndose al asiento del pasajero. La forma tan relajada en que se acomodó hizo que mi entrepierna reaccionara por reflejo.- ¡si eres todo un caballero Mario! - dijo, dándome un fuerte beso en el cachete.

Mientras conducía La miraba de reojo, tratando de concentrarme en la carretera, pero era difícil no distraerme con su presencia. La blusa dejaba entrever como se marcaban unos grandes pezones que delataban la falta de sujetador que me resultaba embriagante. al hablar, me di cuenta de que su personalidad era tan vibrante como su apariencia. Al conducir por la carretera La conversación fluía con naturalidad, y cada risa compartida hacía que el momento se sintiera aún más especial. En ese instante, supe que no solo era su voluptuosa figura lo que me atraía, sino también la conexión que estábamos creando.

Al llegar a la sala de conciertos El ambiente era vibrante. Las luces tenues del recinto se mezclaban con el murmullo emocionado de la multitud. Romina y yo avanzábamos entre la marea de personas, ansiosos por el inicio del concierto.

Habíamos llegado temprano para encontrar un buen lugar. Queriendo estar lo más cerca posible del escenario, sentir la energía de la música en vivo.

Finalmente, las luces se apagaron y el escenario se iluminó con un haz de colores. El público estalló en aplausos y gritos de emoción. La música sonaba, inundando el recinto con sus ritmos y melodías. el cruce de miradas se volvía más incomodas como cómplices. La música nos unía, haciéndonos vibrar al mismo compás. Romina canto a todo pulmón las canciones que conocía, bailo y salto al ritmo de la música. en los momentos más íntimos, cuando la banda interpretaba baladas, La música creaba una atmósfera mágica, La sala de conciertos, abarrotada al límite, se encuentra en plena efervescencia. Entre las luces tenues y los murmullos emocionados de la multitud, intentamos mantenernos cerca en medio del caos. Romina, distraída por la magia del momento, sitio un empujón repentino. Juntando peligrosamente su cuerpo con el mío.

Por un instante, la expresión de confusión cruza su rostro, pero reaccione rápidamente, extendiendo mi mano firme para estabilizarla. En ese gesto sencillo, la cercanía entre nosotros se reafirma, incluso mientras el bullicio a nuestro alrededor parece desbordar la capacidad del espacio.

La música siguió fluyendo, y aunque el empujón podría haber sido molesto, fue la mejor excusa para que la madurita se acercase más a mí. Acaricia mi brazo como un recordatorio de que, a pesar de la multitud, estábamos viviendo esta experiencia juntos. Activando mi instinto de sobreprotector colocándome detrás de ella. La aglomeración entre la multitud llevo a que nuestros cuerpos se frotaran en un vaivén pausado, rodeándola con cada movimiento. La presión de mis manos sobre su cuerpo se intensificó, y al sentir el contacto de mi mano con su piel, se arqueó, siguiendo el ritmo que le imponía, con su cuerpo en sintonía con el mío.

Al parecer Romina disfrutaba del contacto, ansiosa y vibrante. Cada centímetro de distancia entre nosotros fue desapareciendo mientras me atrevía aún más, Romina con sus ojos mirando firmemente al escenario, por instinto y haciéndose la desentendida, empujo su culo contra mi pelvis, el deseo se volvía tan tangible como el espacio entre nuestros cuerpos.

Nuestro juego subió de intensidad, envolviéndonos en la atmósfera clandestina de aquella sala de conciertos, que parecía resonar con un eco de susurros y secretos prohibidos. deslice una mano por el contorno de su espalda, firme y decidido, trazando un recorrido lento que acentuaba cada curva de su figura. El tacto de la yema de mis dedos, seguros y precisos, la hizo estremecer; sentí su respiración acelerarse, su pecho subir y bajar en un ritmo que solo aumentaba mi deseo de controlarla por completo.

su respiración era profunda, haciendo que sus costillas se expandieran ligeramente bajo la piel, mientras el resto de su cuerpo permanecía inmóvil, expectante y en perfecta sintonía con mis manos que recorrían cada línea de su figura con precisión y propósito pose una mano sobre su cadera y con la otra en su cintura, haciéndola estremecer.

Lejos de rechazarme, Romina tomo mi mano guiándola hasta posarla sobre su pecho, invitándome a seguir explorándola. sus tetas se mantenían firmes bajo la tela ajustada de la blusa. Aprete uno de sus senos con delicadeza, llenando mi mano con la plenitud de su forma, el calor de su piel traspasando el tejido y despertando en él una satisfacción cruda e instintiva.

Cada presión de mis dedos era decidida, adueñándome de cada centímetro de ella, sentir la suavidad y la resistencia de su cuerpo bajo mi control absoluto. La gordibuena en respuesta, exhaló un suspiro entrecortado, dejando que con la fuerza de mis brazos la invadiera y la sometiera. Atrapada entre la multitud que seguían viendo el escenario, mientras mi cuerpo reaccionaba con un abultamiento en mi entrepierna. Romina al sentir que la parte más primitiva de mi se acoplaba con sus nalgas, se arqueó ligeramente hacia mí, el deseo que ambos compartíamos esa penumbra prohibida.

Mis movimientos se volvían más atrevidos, hundiendo los dedos con decisión en la suavidad de su pecho, apretándolo sin la menor consideración. A medida que mis manos se movían con más decisión y segado por el morbo, Deslice la tela de su blusa a un lado, abriendo su escote, dejando expuesta una pesada teta que sostenía con la palma de mi mano sin que su propietaria pusiera alguna objeción.

Rodeados de la multitud y a oscuras, Disimuladamente deje que mis dedos se deslizaran lentamente, palpando ese esférico trozo de carne, un contacto que parecía multiplicarse en cada milímetro. Su teta se sentía suave y a la vez irme. La respuesta de su cuerpo, la súbita tensión bajo el toque provocó en mí una satisfacción de dominio, poseyendo algo que solo ella podía otorgarme. Era una rendición sutil y silenciosa en medio de bullicio. La adrenalina de dejar ese pecho al descubierto en medio de cientos de espectadores era excitante.

Con malicia, atrape su pezón, apretándolo con mis dedos sin gentileza, queriendo imponer mi dominio. Romina contuvo el aliento mordiéndose los labios, sorprendida por la firmeza y el toque decidido que le aplicaba, un gesto que combinaba el placer y un dolor tan intenso que la hacía temblar.

Con cada presión, el ardor en su piel se intensificaba, llenando el momento de una intensidad que parecía implacable. La respiración de la madurita se volvió más pesada, sintiendo cómo el aire fresco de la sala acariciaba su piel descubierta.

El instinto de poseerla me dominaba ahora por completo. como si ella fuera un territorio por explorar y reclamar a cada instante.

Al verla vulnerable y entregada sentí un impulso posesivo y primitivo. En ese momento, me di cuenta de que no solo deseaba su cuerpo; quería que ella me suplicara que la dominara.

Impulsado por ese sentimiento y mis dedos como pinzas, aprete el pezón mayor intensidad hasta hacerle daño. su dolor se sintió como un corrientazo.

El contraste una mezcla de ardor en su piel y el placer que surgía de cada pellizco la envolvía en un estado de entrega completa, una vulnerabilidad que la hacía temblar y, al mismo tiempo, la hacía desear más.

Sin poder contenerse, la boca de Romina la traicionó, y de sus labios escapó un suave quejido, - ahh - una mezcla de dolor y placer que resonó en la sala. una súplica inesperada, un ruego apenas audible que pedía. -Mario, te lo pido… sácame de aquí antes que me arrepienta.

*

Intente arreglar mi ropa apresuradamente, temblando mientras luchaba por meter mi hinchada y enrojecida teta dentro de la blusa. El rubor en mi rostro no solo reflejaba el deseo inacabado, sino también la vergüenza y la confusión que se enredaban en mi mente. “¿Qué estoy haciendo?”, pensé ajustándome la blusa. Y, sin embargo, cuando mis ojos se cruzaron con los de Mario, la duda se desvaneció, y una chispa de ese deseo reprimido volvió a encenderse en mi interior.

Tomada por el brazo salimos de la sala de conciertos a toda prisa. - vamos al coche- sugirió Mario.

- está muy lejos. - le dije con desespero- vamos a cualquier sitio, pero ya!.

Mario miro el entorno y justo en la parte trasera de la sala de conciertos estaba la zona de carga y descarga de los camiones de iluminación y sonido. Una hilera de tres vehículos de carga formaba dos estrechos corredores con muy poca iluminación, que daba efímera privacidad

El pasillo formado entre los dos camiones era estrecho y reducido, encerrándonos en una atmósfera sofocante y hedor a orine, que no hacía más que intensificar la fiebre que me consumía.

la excitación a lo prohibido hacía que mi pecho subiera y bajaba con respiración entrecortada, Lo correcto era marcharnos del oscuro aparcadero y olvidar lo sucedido en el auditorio. Pero mi cuerpo me traicionaba, y mi piel erizada clamaba por alivio. la humedad entre mis muslos era prueba suficiente de que ya no tenía escapatoria.

El silencio que sigue es denso, cargado de sospechas y tensión. Mario no quita los ojos de mí, y yo hago lo posible por sostener su mirada sin pestañear.

De repente, apoya su mano sobre mi cadera. El contacto es firme, pero no brusco, y la calidez de su piel atraviesa la tela de mis jeans. Me quedo paralizada, mi respiración atrapada en mi pecho mientras intento descifrar sus intenciones. Su mirada no cambia, no hay ni rastro de broma o provocación en su gesto.

No sé qué decir. El aire parece haberse vuelto más espeso, y siento que estoy caminando sobre una cuerda floja.

Su mirada, intensa y oscura, se clava en mí como si quisiera descifrar cada rincón de mi mente.

Mis músculos se tensan al instante. Lo miró fijamente, tratando de encontrar en su expresión algún rastro de culpa o remordimiento, pero no hay nada. Sólo esa serenidad que parece inquebrantable.

Su osadía es predecible, pero aun así causa efecto en mí. Mi cuerpo se calienta al instante, un impulso que odio no poder controlar. Intento mantener mi compostura, pero no logro hacerlo. Me odio por ser tan débil. Me odio por no saber poner los límites. Y me odio por desear en el fondo que rompa esos límites.

Su mano bajó lentamente, deslizándose por la pretina de mis jeans desabrochándolos, colándose hasta hacer contacto con mi piel desnuda, siguiendo el contorno de mi muslo.

Mario sonríe, una curva apenas perceptible en sus labios que refleja su confianza. se inclina un poco hacia mí, acercándose tanto que su aliento roza mi mejilla susurrándome —. Romina… ¿te piensas resistir?

Mi piel se eriza al escuchar mi nombre, Mi respiración se entrecorta. La presión de su palma contra mi piel desnuda es suave pero decidida, un roce que me provoca un placer inconfesable. Mi primer impulso es apartarlo, pero no lo hago. Mi cuerpo se niega a obedecerme.

—Yo… —empiezo, intentando mantener el control de la situación, pero su mano sigue ascendiendo, sus dedos rozando la piel sensible de mi muslo. Sus caricias son lentas, casi hipnóticas, y siento cómo mis piernas, por instinto, se relajan ligeramente para darle más acceso. -Tengo esposo —confieso al fin, mi voz temblando al tener un breve ataque de moralidad. La ironía de decirlo mientras él me toca era cantiflerica.

Mario no detiene sus movimientos, y ahora su mano está tan cerca de mi tanga que apenas puedo pensar con claridad. La sensación es tan placentera que ya no quiero que pare. Estoy perdida.

—¿Esposo? —pregunta, arqueando una ceja, pero no parece sorprendido. Su voz sigue siendo tranquila, casi inquisitiva.

—Sí, Mario. —Trago saliva, intentando mantener mi dignidad.

hago una pausa, sintiendo cómo sus dedos rozan el borde de mi ropa interior— ¿y lo que pasó en el auditorio… fue un error?

su mano continúa su avance, sus dedos acariciando mis muslos, trazando círculos lentos que hacen que mi piel se erice. El calor que siento entre mis piernas es insoportable, un fuego que él alimenta con cada movimiento.

——¿quieres que pare? —pregunta finalmente, su voz apenas un susurro.

Respiro entrecortadamente, intentando recobrar el raciocinio.

Su sonrisa se ensancha ligeramente, como si eso no le preocupara en absoluto. Sus dedos se detienen justo en el límite de mi tanga, rozando la tela con un toque que me hace cerrar los ojos por un instante. El placer que me invade es tan intenso que me siento al borde del abismo.

—si no hay respuesta, significa que no tenemos nada de qué preocuparnos, ¿no? —dice, su tono despreocupado mientras su mano sigue jugando con la frontera de mi autocontrol.

Intento contestar, pero las palabras no salen. Mi cuerpo responde a sus caricias de una manera que me excita. mi mente grita que debo detenerlo. Pero mi cuerpo, me ignora. Finalmente, con un movimiento pausado pero firme, Mario levantó una mano y me rozó la mejilla con los dedos, dejando que se prolongara lo justo para sentir el calor que irradiaba de su piel. como en un acto reflejo, cierro los ojos y suspiro, un gesto casi imperceptible, pero que dejaba entrever algo más profundo: una rendición silenciosa, un deseo contenido de entregarme a su control.

Sintiendo esa sumisión implícita, bajó la mano lentamente, recorriendo el contorno de mi rostro hasta llegar al cuello, donde sus dedos descansaron un segundo más, ejerciendo una leve presión, apenas un toque que transmitía su voluntad sobre mí. me estremezco bajo su contacto, y aunque no abrí los ojos, mis labios entreabiertos y mi postura decían todo; estaba esperando que él tomara la iniciativa, que avanzara. Aquel instante de tensión le bastó para confirmar que en ese juego sutil de dominio, yo había decidido ceder.

El beso llegó de forma ineludible, un movimiento preciso y firme que Mario inició sin vacilación, marcando cada paso de ese encuentro con una autoridad casi instintiva. me tomó con una mano en la base de su nuca, sosteniéndola con una intensidad medida, controlando la cercanía y el ritmo con la misma precisión que siempre había aplicado en cada aspecto de su vida. En cambio, yo me rendi completamente a ese beso, dejándome guiar, sin resistir, como si toda mi vida hubiese estado esperando la llegada de alguien que supiera manejar esos deseos con tal dominio.

Tomó mi rostro entre las manos y, sin apartar la mirada me besó de nuevo, esta vez con una profundidad que exigía una entrega absoluta. nuestras lenguas se encontraron en una batalla lenta y voraz, rozándose, enredándose y deslizándose una sobre la otra en un juego que él guiaba con precisión implacable. su lengua explorando sin prisa, pero sin concesiones, dominando cada rincón de mi boca, como si cada centímetro de mi le perteneciera.

rendida, me dejo llevar en ese vaivén apasionado, siguiendo el ritmo que él imponía, mi lengua cediendo a la presión de la suya, permitiendo que él marcara el pulso de cada gesto. Cada vez que él profundizaba el beso, yo respondía con una mezcla de urgencia y vulnerabilidad, enredándose más en él, dejándome conquistar en ese juego que se volvía cada vez más intenso y sin escapatoria. La conexión entre nuestras bocas, húmeda y ardiente, nos envolvía en una sensación de posesión mutua, mientras el beso se transformaba en un acto de entrega total y de deseo desbordado.

A pocos metros El concierto concluye y el silencio cae sobre nosotros, denso, pesado, como si incluso las paredes estuvieran conteniendo la respiración. La única cosa que rompe ese silencio es mi propia respiración, que se vuelve más errática con cada roce de su mano. Mario no dice nada, pero su mirada no se aparta de la mía, oscura e intensa, como si estuviera estudiando cada reacción de mi cuerpo que lo gira colocándose detrás de mí.

Con sus cálidas y seguras manos, me baja el jean y las bragas hasta las rodillas y me sube la blusa hasta el cuello dejando mis tetas al aire. Un instante después siento su dedo hundiéndose en mi sexo. Y la otra apretándome un seno. con movimientos lentos y decididos, una ola de calor sube desde mi vientre hasta mis mejillas. Mi cuerpo reacciona antes de que pueda detenerlo, empujando mi culo contra su entrepierna, sin querer evitarlo.

Mis labios se separan mientras él me penetra con los dedos, pero ningún sonido sale al principio. un suspiro entrecortado escapa de mi boca. -Hmm- Mi mano se posa instintivamente sobre la suya, como si quisiera detenerlo, pero en lugar de apartarlo, la dejo descansar sobre la suya, enredando mis dedos con los suyos, como si intentara sostenerme en medio de ese vértigo.

Los dedos de Mario, iniciaron una exploración profunda y deliberada en mi húmeda vulva, moviéndose con la misma precisión y control que él imponía en cada chapoteo. Se desplazaban en un vaivén continuo, sin prisa, pero con exactitud, como si cada movimiento estuviera calculado para llevarla al límite de sus sentidos.

Poco a poco, sus dedos comenzaron a buscar a ciegas ese botón oculto, el punto exacto que desataría una explosión de placer en mí, que apenas podía contener los gemidos que escapaban de mis labios. Con una seguridad implacable, aumentó la presión y la intensidad, moviéndose en el compás exacto que sabía me llevaría a ese abismo de sensaciones que solo él podía provocar.

Mis piernas tiemblan, incapaces de mantenerse firmes. Cierro los ojos por un instante, intentando recuperar el control, pero cada movimiento de sus dedos me hace hundirme más en esa espiral de placer.

su nombre escapa de mis labios., —Mario, te lo pido… no más- suplico con falsedad.

ignora mis ruegos, pero su mano sigue dictando el ritmo, aumentando gradualmente la intensidad. Mi respiración se vuelve más rápida, entrecortada, y siento cómo todo mi cuerpo se tensa, como una cuerda a punto de romperse. Mis manos se aferran a las paredes de los dos camiones, como Sansón se aferró a las columnas que sostenían el templo de los filisteos. buscando un ancla mientras mi mente se sumerge en el caos.

Mordí mis labios hasta casi hacerme daño, mientras sus dedos se hundían en mi mojada concha. Cierro los ojos con fuerza, conteniendo el gemido cuando con las yemas de los dedos rozó mi hinchado clítoris.

El eco de pasos y murmullos me hizo contener la respiración. Voces nuevas, risas de jóvenes que caminaban por el estacionamiento. quede inmóvil, con mi pecho agitado, y la mano de Mario detenida justo sobre mi concha.

Si nos descubren…- El pensamiento me hizo temblar. Pero en vez de pedir que parara, la excitación se multiplicó.

Mario Deslizó los dedos nuevamente, con movimientos más profundos, más descarados. mi cuerpo entero se tensó con el peligro, con la perversión de que me follasen con unos dedos a escasos metros de desconocidos que no tenían idea de lo que ocurría detrás de los camiones.

El placer se acumuló en mi interior, una bola candente de fuego a punto de explotar.

me mordí la lengua, conteniendo un gemido. mi espalda se arqueó contra el pecho de mi captor, la mano de Mario fue a mi boca, cubriendo mis propios jadeos mientras que con su otra mano aumentaba el ritmo, cada roce más insistente, cada caricia más descarada.

mi cuerpo comenzó a sacudirse con espasmos incontrolables, las piernas temblorosas, la rodilla golpeando levemente la pared del camión.

—¿Oíste eso? —susurró una mujer al otro lado del vehículo de carga. – hay gente cogiendo del otro lado.

El miedo, el peligro, la posibilidad de ser descubierta me empujaron al borde. Y entonces, con un último roce, con un último espasmo de vergüenza y éxtasis mezclados, me derrumbe.

El orgasmo llega como el choque de dos trenes, envolviendo cada célula de mi cuerpo, y un gemido ahogado escapa de mi garganta. La tensión se libera en un estallido de calor y electricidad que me deja temblando, vulnerable, completamente expuesta

La corrida me atravesó como un golpe eléctrico, los dedos Mario se hundieron con la última sacudida, con su otra mano presionando mi boca con fuerza para ahogar cualquier sonido delator.

El placer me dejó en un abismo caliente, temblorosa, con mi aliento irregular y el corazón retumbando contra las costillas.

Mario retiro su mano de mi entrepierna con la misma calma con la que la había deslizado antes, mientras permanezco inmóvil, intentando recuperar el control de mi cuerpo respiro profundamente mientras el silencio regresa, envolviéndonos una vez más.

con esa seguridad que siempre parece envolverlo. Lleva Sus dedos a los labios, succionando mis flujos con lujuria. Sus ojos no se apartan de mí mientras los lame lentamente, como si quisiera prolongar el momento, marcarlo en mi memoria. El gesto es descarado, deliberado, y hace que un escalofrío recorra mi espalda y mis piernas tiemblan ligeramente.

Pero entonces, su expresión apenas cambio, y una sonrisa ladeada aparece en sus labios, susurrándome al oído -Romina… nunca había estado con una madurita y menos tan viciosa como tú. - cerré los ojos, sintiendo el sudor resbalar por mi cuello, sintiendo la humedad pegada a mis muslos, sintiendo el peso de lo que acababa de decir. - ¿lo disfrutaste?

en el fondo de mi mente, más allá de la culpa, más allá de la confusión, una verdad oscura y sucia se aferraba a mi piel como un tatuaje imborrable. -si!...mucho – confese, y lo peor de todo… es que quería más…

continuara.