MRcDL 005: Mi esposa follada frente a mil ojos🍑👀
Diego le dijo que si era suya, era un objeto. Y aquí estoy, en la primera fila, viendo cómo mi propia esposa es usada por otro hombre frente a todos. No es una actuación. Es lo que ella pidió.
| Mini Relatos casi Diarios, Liberados | 005 | Mi esposa, follada delante de mil ojos (1)
Aquí tenéis un corte del primer relato de una serie, para animaros a descubrirme un poco más en Patreon, donde podréis encontrarlo completo junto a otros textos exclusivos y en primicia;)
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Llego y me siento en la primera fila. La butaca es vieja y cruje bajo mi peso.
El aire está cargado y caliente, con ese olor de madera y tela antigua, mezclado como con un imperceptible remanente humano de otras funciones; un aroma espeso que siempre me resulta agradable.
Trago saliva y mi garganta se aprieta. Me he sentado cuatro butacas a la derecha de Diego Urzáiz, el director. Es el último día que ensayan, aunque no hacen un ensayo general al uso, sino un fin de semana de preparación.
Sé lo que voy a ver, y siento una punzada dura en el estómago. Sé que es real. Lo vi en los mensajes. Diego la llamó “puta obediente” y Carlota, mi esposa, respondió con corazones y emojis de diablo. Cada emoji es un latigazo.
En el escenario hay un futón negro, en el centro, que apenas se distingue del suelo negro. A la izquierda, en cuarenta y cinco grados, un sillón marrón oscuro, cuyas formarse recortan levemente contra la tela negra del fondo.
A la derecha, también en ángulo, un potro sexual. Pero no de tipo sofá, no. Más parecido a un banco de press, con apoyos para brazos y piernas más bajos que la superficie central en la que se pone el torso, y un añadido para colocar una cabeza con un agujero como el de las camillas de masaje, para hacer la cara de mi esposa más fácil de follar violentamente.
Sé que no es una actuación para ella, aunque lo disimule. Es actriz, pero no va a actuar. No sabe que yo lo sé, o quizás no está segura.
— Me encanta cuando me dominas así — decía Carlota en uno de los mensajes.
— Eso está bien. — respondió Diego de inmediato en otro mensaje — Pero si sólo lo hago yo es un juego para niñatas. Si eres mía, eres un objeto. Puedo hacer que te use cualquiera. Empezando por Javi en escena, y siguiendo por quien se me canten los cojones.
Ella reaccionó con emoticonos de salpicaduras. Los repitió, durante varios mensajes. Unas horas más tarde, de madrugada, habían más mensajes de ella, con más salpicaduras. Y más, unas horas después, hasta que volvía a aparecer Diego en un mensaje mañanero, diciendo “no se te ocurra llegar tarde, puta de mierda, o le doy el papel a la primera golfa que me encuentre”.
Y aquí estoy, esperando verlo.
Sobre el escenario, bajo luces suaves y anaranjadas, está mi mujer. Desnuda. Su piel reluce ligeramente por la temperatura del lugar, o por su nerviosismo, un brillo dorado que recorre su cuerpo. Parece una estatua, pálida bajo los focos, con las curvas exageradas por una luz cenital fuerte. Sus pechos llenos subiendo con cada respiración agitada y las sombras marcan su cintura estrecha, pronunciando aún más las anchas caderas.
Me saluda desde el escenario con la mano, una sonrisa breve. Pretende resultar cómplice.
El corazón me palpita con fuerza y siento el sudor en mi costado, pero respondo con una sonrisa.
Hay unas pocas personas más en la sala. Un par de familiares de actores y, supongo, amigos. Quizá alguno que ha traído Diego para que vea la mercancía que se follará más adelante. Sentados atrás, charlando bajito.
Dos técnicos que ajustan una estructura al fondo. Un actor secundario apoyado en una pared lateral, mirando a mi mujer.
Aparece una chica con un pinganillo en la oreja, con un un vestido en la mano, para Carlota, y deja caer unas sandalias a sus pies. Mi esposa hace el vestido una tira con las manos y se lo pone por la cabeza, dejándolo caer hasta que lo sostienen los tirantes y sobre todo la presión sobre sus dos enormes tetas. El vestido es mínimo, de tela finísima. Casi del color de su carne, blanca. La falda llega levemente por debajo de su coño. Se pone las sandalias.
Diego, sentado en primera fila, a cuatro butacas a mi izquierda. Lleva una camisa oscura remangada hasta los codos, exhibiendo los brazos fuertes y tensos. La espalda, ancha. Bajito. Unos sesenta años.
Está ligeramente inclinado hacia adelante. Sus ojos recorren lentamente el cuerpo de mi mujer.
“Si eres mía, eres un objeto”.
Ella lo mira estática, seria, con las manos a ambos lados de su culo. Sin dejar de observarla, él levanta la mano, exigiendo silencio con autoridad. Su gesto es seco. Los murmullos detrás se apagan instantáneamente.
Siento que el silencio me retumba en las orejas.
Dos telones diagonales salen del costado y, con un susurro sedoso, tapan el sillón y el potro, y en el centro queda Carlota.
Voy a ver cómo mi amigo Javier, un gran actor, se folla a mi mujer salvajemente, en el escenario, representando lo que comienza siendo una violación y acaba en varios polvos salvajes.
Un rato después, ella intenta liberarse, pero no puede. Sus piernas buscan apoyo a los lados, abriéndose con esa excusa para que el público vea mejor su coño. Forcejea más contra el brazo de Javier, pero no puede siquiera moverle. Los impulsos se estrellan contra él, plantado en el suelo como un árbol, y sólo consiguen hacer botar más sus tetas, con un tirante cayendo por su brazo y ese pezón ya escapando de la tela.
Nos queda mucho por ver.
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