Xtories

El alfil infiel

La casa estaba llena de risas, pero bajo la mesa, las miradas ardían con secretos que nadie se atrevía a nombrar. Entre el vino y el terciopelo, dos cuerpos se fundieron en la penumbra, sin saber que una sombra los observaba con la frialdad de quien ya ha ganado la partida.

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Era una de tantas reuniones. De esas que ya no necesitaban excusas, porque los años habían vuelto la costumbre un ritual. Podía ser un cumpleaños, un aniversario o el simple deseo de compartir una copa tras largas semanas de rutina. Lo importante era que estaban juntos. Como siempre.

El salón estaba bañado en luces tenues, un refugio cálido de madera oscura, terciopelo y cristales relucientes. La casa tenía historia en sus muros: cenas, risas, confesiones tras demasiados tragos. Era un segundo hogar para todos.

Eran cuatro.

Sofía era el tipo de mujer que siempre parecía saber algo que los demás ignoraban. Su piel dorada tenía el brillo de quien ha sabido cuidarse, de quien entiende el poder del detalle: el perfume exacto, el vestido ajustado en los puntos precisos, el movimiento estudiado de una mano que juega con la copa de vino. Su cabello, en ondas suaves, caía sobre los hombros con un descuido calculado. El escote de su vestido negro era elegante, pero dejaba entrever la curva firme de sus pechos. Cruzaba las piernas con lentitud, consciente de cómo la tela se deslizaba sobre sus muslos.

A su lado, Julián, su esposo. Alto, con el porte de quien siempre ha sabido que es atractivo. La barba bien cuidada, las facciones cinceladas con rudeza masculina, los ojos verdes que parecían retar y seducir a la vez. Sus hombros anchos y su pecho firme se insinuaban bajo la camisa blanca ligeramente arremangada. Siempre impecable, siempre con una copa en la mano y una historia en los labios, el centro natural de cualquier reunión.

Frente a ellos, la otra pareja.

Camila, la rubia de piernas interminables y caderas rotundas, con una sonrisa de labios carnosos que parecía un desafío constante. Su vestido rojo, más atrevido de lo que la ocasión demandaba, delineaba sus pechos altos y turgentes, el escote insinuante sin llegar a ser vulgar. Movía las manos con una soltura casi infantil, pero sus ojos brillaban con la malicia de quien sabe que todos la están mirando.

A su lado, Andrés, su esposo. Ojos oscuros, profundos, con una intensidad que contrastaba con su actitud reservada. Tenía el atractivo de la seriedad, del misterio. Alto, de cuerpo atlético, con hombros amplios y manos firmes, de esas que parecían hechas para tomar el control sin esfuerzo. Vestía con sobriedad, pero todo en él hablaba de una masculinidad contenida, como un animal al acecho.

Los cuatro, perfectos en su papel.

Demasiado perfectos.

El vino fluía con facilidad. Las risas también. Se hablaba de todo y de nada: anécdotas repetidas que aún arrancaban carcajadas, recuerdos de viajes, promesas de futuros encuentros.

Pero había algo en el aire.

Un roce casual bajo la mesa. Una mirada sostenida un segundo más de lo necesario.

Uno de ellos notó que su propia piel ardía, que el sonido de la conversación se volvía un murmullo lejano.

Otro sintió que el aire se volvía espeso, que el deseo dormido bajo la piel despertaba con el perfume equivocado.

Pero nada pasó.

En algún momento, la primera pieza se movió.

—Voy por otro trago —dijo alguien, levantándose de la mesa.

Los otros siguieron conversando, sin notar que, minutos después, otra persona también se ponía de pie.

—Voy al baño.

La casa tenía demasiadas habitaciones. Demasiados rincones oscuros.

Dos sombras se deslizaron lejos del bullicio, moviéndose como ladrones dentro de su propio mundo.

Las paredes contenían la respiración entrecortada, el jadeo reprimido que temblaba en la penumbra.

Una espalda chocó contra la madera con un golpe sordo, no lo suficientemente fuerte para hacer ruido, pero sí para encender el instinto. Como un rey atrapado en la esquina del tablero, sin escapatoria, sin más opción que sucumbir al jaque mate que ya era inevitable.

—No podemos… —susurró uno de ellos, con los labios a centímetros de la piel equivocada.

Pero la piel equivocada ardía, vibraba, se estremecía con una respuesta que desmentía cualquier protesta.

—Lo sé.

Mentira.

Las manos no retrocedieron. Al contrario, exploraron con urgencia, con la certeza de que este momento no volvería a repetirse, y precisamente por eso debía devorarse sin contemplaciones.

El roce de la tela deslizándose, desnudando secretos bajo la tenue luz. Un muslo expuesto, una palma grande reclamando su derecho a sostenerlo, a levantarlo, a presionar hasta que el otro cuerpo entendiera el mensaje sin necesidad de palabras.

Los labios se encontraron en un choque desesperado, húmedos, hambrientos, atrapando el aire en medio del beso. Se mordieron con el ansia de quienes han esperado demasiado, con la furia de quienes saben que están jugando la partida equivocada, pero se niegan a soltar la pieza.

El alfil avanza en diagonal. La reina se mueve con libertad. Pero el placer no tiene reglas.

Una boca descendió, dejando un rastro de fuego en la piel. Una lengua serpenteó, atrapó, succionó hasta arrancar un gemido sofocado contra una palma que cubría la boca traicionera.

—Silencio —murmuró una voz. Orden. Suplica.

Las caderas respondieron en cambio, rodando contra el cuerpo opuesto, buscando la fricción que rompiera cualquier resistencia. Unas manos grandes se cerraron sobre unas nalgas firmes, apretaron con la brutalidad de quien ya no puede fingir que esto es solo un error pasajero.

Pezones endurecidos, tensos contra la lengua que los atrapaba.

Dedos que se abrieron paso entre piernas temblorosas, deslizándose con la facilidad de quien ya no encuentra barreras, solo humedad y entrega.

Las bocas se buscaron otra vez, mordiendo jadeos, tragando el placer en un beso que solo aumentaba la tensión.

Un golpe de cadera, una embestida ahogada.

Un gemido sofocado en la curvatura del cuello.

La partida estaba en su clímax, y nadie podía detenerla.

Pero alguien la observaba.

El observador permanecía inmóvil, oculto entre la penumbra, convertido en una extensión de las sombras que lo envolvían. No intervino. No hizo ruido. No dejó ver su presencia. Simplemente miraba, atento a cada jadeo contenido, a cada roce desesperado, a la forma en que los cuerpos se fundían en una batalla feroz y hambrienta.

No había dolor en sus ojos, si es que era uno de los traicionados. Su respiración seguía acompasada, sin rastros de la furia o la devastación que cabría esperar en alguien que acababa de presenciar el derrumbe de su mundo. No hubo un puño crispado, ni una súplica silenciosa de que aquello se detuviera.

Tampoco había sorpresa, si es que era un tercero al margen. Sus pupilas no se dilataron en incredulidad, ni su cuerpo mostró ese ligero temblor de quien acaba de tropezar con un secreto inmanejable. No parecía escandalizado, ni siquiera perturbado.

Lo que brillaba en su mirada era algo más profundo. Más peligroso.

Cálculo.

Un frío análisis que diseccionaba la escena, que comprendía con una lucidez aterradora las implicaciones de lo que se desarrollaba frente a él. No se trataba solo de una infidelidad, de un instante de piel traicionera y besos urgentes. Era una debilidad expuesta, una pieza mal ubicada en el tablero, un movimiento en falso que abría la puerta a un jaque mate inesperado.

Los cuerpos continuaban su danza ciega, inconscientes de la sombra que los acechaba. Unas uñas se clavaron en una espalda, dejando marcas que mañana serían explicadas como rasguños casuales. Una boca se hundió en el hueco de un cuello, atrapando un gemido antes de que escapara, pero fue entonces cuando algo cayó al suelo con un clic metálico.

Un collar.

No cualquier collar: una cadena fina de platino, con un dije diminuto en forma de alfil de ajedrez. El mismo diseño que el observador había visto brillar, horas antes, alrededor del cuello de uno de los presentes en la mesa. Pero ¿de quién? ¿De la mujer de labios carnosos que reía con demasiada facilidad? ¿O del hombre de manos firmes que jugueteaba con su copa como si ya estuviera aburrido de su propio matrimonio?

La escena se congeló por un segundo. La mano que exploraba entre piernas temblorosas se detuvo. Los amantes se miraron, y en sus pupilas dilatadas brilló el mismo pánico: ese objeto los delataba. Era un trofeo íntimo, un regalo que nunca debió ser llevado allí.

Con un movimiento rápido, una de las manos lo recogió y lo cerró con fuerza, como si pudiera hacerlo desaparecer. Pero el observador ya lo había visto todo. El dije no era solo un adorno; era una promesa, un símbolo de juegos pasados que ahora adquirían un significado peligroso. ¿Cuántas veces se habrían encontrado así, usando el ajedrez como excusa para algo más oscuro?

El observador contuvo la respiración. Aquello no era solo una infidelidad: era otro ritual.

Un gemido se ahogó contra un cuello, ahogándose en la piel como un secreto mal enterrado. Las manos se aferraron con más fuerza, como si el placer pudiera borrar la culpa, aunque fuera solo por un instante. Las bocas se encontraron en un beso desesperado, un último intento por saborear lo que ya no tendría vuelta atrás.

Pero el tiempo, implacable, siguió avanzando.

Un reloj en la pared marcó la hora con un tic-tac discreto. En el pasillo, una risa lejana los devolvió a la realidad. Separarse fue como despertar de un sueño febril: dedos que se deslizaron con reluctancia, miradas que evitaron encontrarse, ropas ajustadas con prisas silenciosas. El aire aún olía a deseo, pero ya no les pertenecía.

Cuando regresaron a la sala, el mundo seguía igual. Las copas seguían llenas, las sonrisas en su lugar, las anécdotas fluyendo como si nada hubiera ocurrido.

—Entonces, ¿cuál es el plan ahora? —preguntó Julián, los nudillos pálidos alrededor de su vaso.

Su voz sonaba casual, pero había algo en ella, una tensión apenas perceptible, como el eco de un gemido ahogado entre las sombras.

Solo una charla entre amigos de toda la vida.

—Aguantar el temporal —respondió Andrés, encogiéndose de hombros con su risa despreocupada—. La rentabilidad está en números rojos, pero es cuestión de tiempo.

—¿Y si el tiempo se acaba antes? —Camila ladeó la cabeza, con la misma expresión de siempre: como si supiera algo que los demás ignoraban.

—No lo hará —intervino Sofía, tomando un sorbo de su vino—. No con el respaldo que tenemos.

Un silencio.

Pequeño. Insignificante.

Pero lo suficientemente largo como para que el peso de las palabras flotara en el aire antes de disiparse.

—¿La clínica sigue en problemas? —preguntó Julián, con la mirada fija en su copa.

—Es un mal momento —dijo Camila.

—Nada que no se pueda manejar —añadió Andrés con su sonrisa confiada.

El tono era ligero. Cordial. Pero cada palabra cargaba una nota de hipocresía. Un matiz que ninguno de los cuatro quería señalar.

No era solo la clínica la que atravesaba un mal momento.

Eran ellos.

Y ninguno lo admitiría.

Camila fue la primera en levantarse, su movimiento lento, deliberado, como una gata que se estira tras un largo descanso. Cada gesto suyo parecía coreografiado, cada músculo que se tensaba y se relajaba bajo la tela ajustada de su vestido. El rojo del tejido brillaba tenuemente bajo la luz cálida, abrazando su cuerpo con una sensualidad casi palpable. El ajuste del vestido revelaba más de lo que deseaba mostrar: cada curva, cada contorno, como si la tela misma estuviera esculpiendo su figura. Sus pechos se alzaban bajo el vestido, firmes, desafiando la tela con un leve movimiento mientras sus hombros se deslizaban hacia atrás con la gracia de un felino.

El vestido se ceñía a su cintura, delineando el vaivén hipnótico de sus caderas, mientras sus muslos, firmes y torneados, se asomaban por debajo de la tela, cada paso creando un sutil juego de sombras y luces que resaltaba su figura. El roce del tejido rojo sobre su piel parecía un susurro, un recordatorio de lo que solo unos pocos privilegiados podrían tocar.

—Nos retiramos, queridos —dijo, su voz suave, pero la sonrisa que dibujó no llegaba a sus ojos, y la ligera frialdad en su tono no pasó desapercibida para ninguno de los presentes—. Mañana en el gimnasio, ¿no? Necesito que me enseñes ese nuevo... estiramiento.

Sofía río, pero sus dedos se tensaron brevemente alrededor de la copa, como si estuviera apretando algo invisible, como si las palabras de Camila le rozaran una herida que solo ella conocía.

Julián se levantó con la misma elegancia que siempre lo caracterizaba, acompañando a Andrés hasta la puerta. Le dio una palmada en el hombro, con una camaradería que no era natural, un gesto vacío que intentaba ser cálido, pero que estaba teñido de algo más sombrío, más forzado.

—Pasaré por la clínica esta semana. Nada serio, solo unas consultas —dijo, demasiado casual, mientras ajustaba el reloj de pulsera, ese que Andrés conocía demasiado bien.

La puerta se cerró con suavidad. Los dos hombres quedaron en la entrada, con la misma sonrisa en los labios, pero con una distancia invisible entre ellos que nadie nombró, pero todos sentían.

El auto de Andrés se deslizó por las calles vacías, silencioso, como un susurro malintencionado que se alejaba de las luces tenues de la ciudad. Camila se hundió en el asiento, un suspiro exagerado escapando de sus labios, como si todo lo que acababa de ocurrir fuera demasiado para ella.

—Dios, qué noche más agotadora —dijo, sin mirarlo, pero sus palabras flotaron en el aire, cargadas de un doble sentido que Andrés no pudo ignorar.

No respondió. Sus manos apretaban el volante, los nudillos palidecían mientras sus pensamientos se mezclaban con la velocidad, la noche, y todo lo que había quedado atrás.

—Julián está más insoportable que nunca —continuó Camila, deslizándose hacia él con un gesto fluido, casi tan natural como si hablara de cualquier otro tema trivial. Su dedo recorrió su muslo, trazando un camino invisible, una provocación disfrazada de casualidad—. Y Sofía... esa mujer cree que todos ignoramos lo que realmente sucede —dijo, su risa baja, carnal, rasgando el aire entre ellos.

Andrés mantuvo la mirada fija en la carretera, su expresión impasible, como si el comentario de Camila fuera solo una distracción más en la noche. Giró ligeramente la cabeza, sin perder el enfoque, y soltó con un tono indiferente, casi despectivo:

— ¿De verdad te importa lo que hagan los demás? —su voz baja, cargada de una despreocupación fingida, como si las intrigas de esa noche fueran solo otro ruido en el fondo—. Si yo fuera tú, no me preocuparía tanto por ellos.

El auto aceleró bruscamente, como si respondiera a sus instintos.

Camila no pidió. Tomó. Con un movimiento fluido de depredadora que olfatea su presa, desabrochó el cinturón de seguridad de Andrés, el tintineo metálico del mecanismo ahogándose en el rugido del motor. Sus uñas —largas, pintadas de un rojo que parecía sangrar en la penumbra— arañaron la costura del pantalón mientras se deslizaba entre los asientos como una sombra ávida.

—Conduce más rápido —susurró contra el bulto que palpitaba bajo la tela, su aliento caliente filtrándose a través del tejido—. A menos que quieras que te detengan... con mi boca así de ocupada.

Andrés apretó el volante hasta que el cuero crujió. El auto osciló peligrosamente al tomar una curva, pero Camila no se inmutó. Al contrario, hundió las mejillas con voracidad, moldeando la forma del pene con los labios mientras una mano se perdía bajo su propio vestido. El gemido que escapó de su garganta vibró contra el cuerpo de Andrés, y el velocímetro trepó otros veinte kilómetros por hora.

—¿Te gusta jugar con fuego, mi amor? —murmuró ella, deslizando la cremallera del pantalón con los dientes. La punta de la lengua dibujó un círculo húmedo sobre la piel que asomaba—. Porque yo... —un mordisco suave, justo donde la tensión se hacía insoportable— lo adoro.

El auto zigzagueó entre dos camiones. Un claxon lejano sonó como un reproche, pero Camila ya había engullido la mitad de la verga de Andrés, ahogando sus maldiciones con cada embestida de garganta. Sus rizos rubios saltaban al ritmo de los baches del camino, y cuando alzó la mirada —ojos vidriosos, rímel corrido—, fue solo para asegurarse de que él la veía: la gota de saliva que le colgaba del mentón, el modo en que sus dedos se retorcían en su propio pelo obligándola a bajar más.

—No... no pares —jadeó Andrés, aunque las luces de tráfico se multiplicaban en su visión. El pie en el acelerador temblaba, pero el peligro solo parecía excitar más a Camila, que respondió con un gemido gutural y una presión de muelas calculada para arrancarle el alma.

Cuando por fin el semáforo en rojo los obligó a detenerse, ella se incorporó con lentitud deliberada, limpiándose los labios con el dorso de la mano.

—Qué pena —dijo, fingiendo un puchero infantil mientras el motor roncaba en punto muerto—. Llegamos demasiado pronto.

El semáforo cambió a verde, pero Andrés tardó tres segundos en reaccionar. Tres segundos en los que Camila siguió sonriendo con ese brillo de triunfo en los ojos, mientras limpiaba el rojo de sus labios con un dedo lento. Fuera, la lluvia comenzaba a manchar los cristales, difuminando las luces de la ciudad como acuarelas borrosas.

En algún lugar entre esas luces, en una habitación sin rostro, un teléfono se iluminó.

Un alfil negro flotando en la pantalla.

Ningún nombre. Ningún número. Solo el emoji, frío y perfecto, como un movimiento de ajedrez ejecutado en la oscuridad.

Los dedos que sostenían el dispositivo no temblaron. No hubo un suspiro, ni una maldición, ni siquiera un parpadeo de sorpresa. Solo el reflejo del emoji en unos ojos imposibles de identificar, antes de que la pantalla se apagara de nuevo.

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Queridos lectores,

Estoy encantada de compartir con ustedes el prólogo de una nueva historia. En principio, la he planeado como una serie de 5 capítulos, aunque podría terminar en 4 o 6. Ya estoy trabajando en el desarrollo del capítulo 1.

Espero sinceramente que disfruten esta historia llena de misterios, traición, lealtad... y algo más que descubrirán entre líneas. Quizás este prólogo resulte breve, pero mi intención era sembrar los misterios y presentar a los personajes.

Me encantaría leer sus comentarios y no olviden seguirme en mis redes para estar al tanto de las actualizaciones.

Mi página de Instagram. —Voluptas

Finalizado el 30 de marzo de 2025.