Xtories

Mi esposa y su amor de casi veinte centímetros

Alfonso sabe que Cristina lo desea, pero no sabe cuánto. Al invitar a su mejor amigo a casa, la línea entre amistad y lujuria se borra, y Cristina florece bajo el peso de dos hombres que han esperado demasiado tiempo.

AlbertoXL17K vistas8.9· 13 votos

Este relato es la conclusión de “Mi esposa hace un gran descubrimiento”.

_____________________

— ¿Qué cómo terminó todo? Pues muy bien, o eso creo…

A mi regreso de Atlanta me cité con Alberto para contarle lo sucedido, desde el principio: del descubrimiento del cuarto secreto en la cabaña y la máquina de follar, a la fascinación de Cris con el consolador negro y la mención que hizo sobre él cuando se hallaba al borde del orgasmo.

Mi amigo confirmó lo que yo ya suponía, que a pesar de la vieja amistad y complicidad que les unía, nunca se había acostado con mi esposa. Alberto siempre la había tenido por una chica ingenua, tímida y frágil, por lo que nunca quiso aprovecharse de ella para luego abandonarla, si bien había percibido en más de una ocasión cierto interés en la voz y las miradas de Cris desde mucho antes de que ella y yo comenzáramos a salir.

Si he de ser honesto, sentí un gran alivio al escuchar la declaración de mi amigo. Alberto apreciaba demasiado a Cris como para jugarse su amistad y cariño por un polvo. Además, insistió en que me respetaba, que le caía bien, y que él nunca se entrometería en nuestro matrimonio.

A continuación, quise saber si le había sido infiel a Michelle alguna vez, pero entonces el rehusó hablar del tema. No obstante, el simple hecho de que no lo negase, me hizo sospechar que tenía ciertos trapos sucios que no le apetecía airear. Fuera como fuera, su negativa a sincerarse creó cierta tensión que se vio materializada en un incómodo silencio.

— Verás, Alberto… —empecé— No sé cómo decir esto sin que me malinterpretes. El caso es que Cris ya tiene una edad. Ya no es aquella empollona que siempre sacaba buenas notas y se ponía colorada si tenía que hablar en voz alta.

A fin de dar un sutil rodeo antes de ir al grano, le comenté que mi esposa no asimilaba ni aceptaba el final de su carrera como deportista, que a pesar de haber dejado atrás la juventud y haber superado la edad habitual para dar el paso a la LPGA internacional, Cris continuaba negándose a aceptar que sus mejores años ya había quedado atrás junto a los campeonatos perdidos; que a pesar de sus facultades, Cristina no asumía que no había podido pasar de ser una eterna aspirante al pódium nacional.

— Hay dos cosas que me gustaría pedirte, Alberto. La primera es que la convenzas de que ha llegado el momento de dejar el golf. Bueno, me refiero a competir, no a que deje de jugar; yo no quiero que deje de jugar por las tardes o los fines de semana, pero tiene que retomar de una vez su trabajo en la escuela, volver a dar clases e ir pensando en tener hijos, ¿no crees?

“¡Ya no es ninguna cría!” —sentencié tratando de justificar mi postura— “¡Los años van pasando y el arroz…!”. Era evidente. Era el momento de formar una familia.

Tras unos segundos de silencio y un buen trago de cerveza, Alberto se comprometió a sacarle el tema a mi mujer la próxima vez que quedásemos a cenar o lo que fuera.

— Precisamente, Alberto —le interrumpí— Ese es el segundo favor que me gustaría pedirte.

— ¿Qué quedemos?

— No, hombre… —y recurrí a la única fórmula medianamente aceptable que se me había ocurrido para decir lo que tenía en mente— Me gustaría que este domingo por la tarde te pasaras por aquí en vez de ir al fútbol. Tú solo, sin Michelle, para que hagamos un trío.

Alberto se echó a reír porque la propuesta era francamente insólita, pero el darse cuenta de que lo había dicho en serio, mi amigo y vecino fue dejando gradualmente de sonreír.

— ¿Estás seguro, Alfon? —preguntó sin creerse todavía que hablara en serio— No creo que sea buena idea… ¿Lo has hablado con ella?

— No, quiero que sea una sorpresa. Cris ni siquiera sabe lo de la cámara, y ten cuidado de que no se te vaya a escapar. Tampoco lo de que sabes que fantasea contigo, ni nada de lo que te acabo de contar.

Aquellos tres días pasaron en un suspiro. Estaba muy nervioso y aunque Cristina era demasiado perspicaz como para no notarlo, conseguí convencerla de que se debía a que estaba planificando las vacaciones, reservando trenes, hoteles, sopesando diferentes excursiones… Pero la verdad era que Alberto me había asegurado que meditaría sobre lo de hacer un trío y desde el jueves no había tenido noticias suyas.

Entretanto, Cris seguía levantándose temprano para ir a entrenar, obviando el parón en el circuito nacional de forma que los golfistas de la selección acudieran a Europa para disputar la Copa de Naciones a la que ella nunca había sido convocada.

¡¡¡DING!!! ¡¡¡DONG!!!

— ¡Ey, Alberto! ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo! —exclamó Cris al encontrárselo en la puerta.

— Tirando, como siempre… ¿Alfonso no te ha avisado de que vendría? —improvisó el mulato, al ignorar si ella estaba al tanto de mi proposición.

— No, no me ha dicho nada —replicó Cristina, encogiéndose de hombros— ¡Pero pasa, pasa, no te quedes ahí! Estamos tomando café, ¿te apetece?

— En realidad preferiría algo más fuerte.

— ¿Más fuerte? —repitió Cris, creyendo no haber oído bien— Sí, claro. ¿Qué tal un whisky?

Al cabo, Cris aparecía en el salón con la botella de Tamnavulin Sherry Cask de las ocasiones especiales en una bandeja, junto a tres vasos con hielo. No me pasó desapercibido como se reclinó mi esposa a la hora de servir a nuestro amigo que, obviamente no pudo evitar echar una ojeada al generoso escote de Cris.

— ¡Y cómo no ha venido Michelle! —inquirió, reprendiéndole por el descaro con que le había mirado las tetas.

Me resultó curioso que mi esposa mencionara a Michelle. Al fin y al cabo, ésta era la legítima del hombre a quien deseaba en secreto, aquel cuyo recuerdo evocaba al gozar con su nuevo consolador.

— Ha ido a ver a su madre —aclaró Alberto— Va todos los domingos por la tarde, cuando yo voy al fútbol —añadió con una sonrisa perspicaz y astuta.

Aquella velada insinuación sobre algo que su esposa no tenía por qué saber, sumada a la ardiente mirada nuestro amigo y a las lascivas connotaciones que llevaba aparejada, consiguieron que Cristina sufriera un repentino sofoco. Fue francamente divertido ver como mi hierática esposa se ponía colorada como una fresa ante la tácita proposición de su amigo y vecino, como si aquel la estuviera invitando a hacer algo prohibido. Sin embargo…

— Pero tu marido me invitó a tomar café y pasarlo bien con vosotros.

Cris se volvió a mirarme de forma inquisitiva. No entendía nada. Sus ojazos azules brillaban más abiertos y atónitos que nunca, exigiendo una aclaración que ni siquiera se atrevía a verbalizar.

— Sí, le pedí a Alberto que viniera a hablar de tu vuelta a la escuela.

Mi esposa se ofuscó al oírme mencionar aquello que tanto la agobiaba. Era demasiada información de una sola vez, se la veía incómoda, abrumada por los acontecimientos, estresada. No sabía qué hacer con las manos, se atusó un mechón del pelo, se arregló la falda del vestido, se ahuecó y abanicó el escote, y comenzó a mirarnos a uno y otro sin saber que decir.

Por suerte para ella, Alberto era un experto en situaciones delicadas y en mujeres a punto de sufrir un ataque de nervios, o al menos esa fue la impresión que dio cuando le vi cambiar de sitio y venir a sentarse a su lado con gesto afable. No pronunció palabra alguna, sino que se inclinó y la besó delicadamente en el cuello, en la parte superior del pecho, en la barbilla…

Repentinamente, Cristina se veía asaltada en mi presencia, su propio esposo que lejos de escandalizarse y poner el grito en el cielo, le introdujo una mano entre los muslos. Se hallaba en clara desventaja, nosotros éramos dos y ella una, pero tan madura y resuelta que no tardó ni dos segundos en reaccionar.

Tras besar fogosa y apasionadamente al que había sido su amor platónico toda la vida, y recibir toda suerte de chupetones y caricias, Cristina floreció ante nosotros como una bonita flor de hermosos e inflamados pétalos, preparada, madura, dispuesta a ser polinizada, desplegada de par en par a los zánganos que habían acordado compartirla para interés y disfrute general, pero sobre todo suyo.

Mi sibilina esposa soltó cinturones, bajó cremalleras y deslizó sigilosa y simultáneamente las manos en dos pantalones, apoderándose en el acto de sendas impecables erecciones dispuestas para ella. Un minuto más tarde, el primer orgasmo la sorprendía allí mismo, meneando al unísono dos enormes pollas mientras su propio marido la masturbaba de forma magistral, introduciéndole un par de dedos al tiempo que le frotaba el clítoris y Alberto le devoraba las tetas, más bonitas y firmes que las de su mujer.

Cuando volvió a ser persona, Cris se topó con aquello que había soñado en innumerables mañanas, tardes y noches de soledad; algo que incluso había imaginado dentro de ella cuando su esposo le hacía el amor. No obstante, el pollón de su amor platónico era aún más imponente de lo que había fantaseado, y no por su envergadura ni por aquella desconcertante verticalidad, sino simplemente por estar ahí, delante de ella, esperando a que se decidiese.

Le tenía ganas, así que lo agarró y engulló no más, en un acto reflejo, con tal ansia que el pasmo de Alberto fue total.

“¡Joder, Cris!”, rezongó nuestro vecino con perplejidad, impresionado, atónito frente al afán caníbal con que Cristina le comía la polla, incapaz de creer lo que contemplaban sus ojos. Sin embargo, a pesar de lo que él pudiera pensar, aquello no era en absoluto habitual. Ni la desesperación de mi esposa, ni su violento cabeceo, ni la sinfonía de sorbos y sollozos ni, por supuesto, la lujuria con que le miraba al recorrer con la lengua el tronco de su erección.

Pensé poner fin a la locura de mi mujer, y lo habría hecho de no ser porque Alberto se me adelantó. Le rogó un momento de respiro, que hiciese una pausa; dijo que le estaba dejando impresionado, superado, al límite; y poniéndosela durísima. Con todo, a mi mujer no se le ocurrió otra cosa que ponerse a chuparle los huevos; metiéndoselos alternativamente es la boca; jugando como una cerda y sonriendo al dejarlos escapar.

No, no la interrumpí. La vi disfrutar, divertirse con algo que había deseado toda la vida. La muy loca mamó a su hombre ideal con tal fervor que cuando éste le advirtió que de no parar le haría eyacular, Cris le aferró la verga con ambas manos y succionó con auténtico frenesí; entusiasmada con el gusto a líquido preseminal que se extendió por su boca; emocionada de estar a punto de hacer eyacular a su amor secreto, esa espinita que llevaba clavada desde hacía décadas.

Del otro extremo, mi esposa seguía gozando con entusiasmo del quehacer de mis dedos, enfundados en ella, limando sus orificios hasta la obtención del clímax; una súbita descarga de placer que la hizo toser al sorprenderla ingiriendo el elixir de su adorado amigo.

Poco después mi esposa tomaba un sorbo de whisky para mitigar el regusto a semen. A su vez, Alberto se postró tras ella y se dispuso a lamer entre sus muslos, se dispuso con presteza a darle placer. Quise entonces mostrarle que, a pesar de las apariencias, su reservada y seria vecina gozaba siendo penetrada por cualquier lado.

El ingenuo se asombró al oírla gemir con mi dedo metido profundamente en el ano. Seguidamente, Alberto decidió follarla al compás, pero Cristina no aguantó tanto hombre y volvió a estremecerse de pies a cabeza a los pocos segundos; lo que me permitió sentir los espasmos de su esfínter en mi dedo y hizo eyacular en su boca bruscamente, cerrando así el ciclo del deseo.

Después de que nos dejase secos, la follamos por turnos. Nos relevamos y compitimos para ver cuál de nosotros conseguía hacerla alcanzar el clímax más rápido. En consecuencia, Cris no descansaba. Lo mismo era sodomizada cruelmente contra la pared, que yacía abierta de piernas, que se raspaba rodillas y codos en tanto Alberto y yo hacíamos cola para montarla.

Dejamos lo mejor para el final. Yo me recosté en el sofá y Alberto ayudó a Cris a sentarse a horcajadas sobre mí. El fuego del deseo había consumido toda su energía. Estaba exhausta, a punto de desfallecer, tan aturdida que a penas reaccionó cuando la ensarté en mi miembro.

No obstante, mi mujer se despabiló en cuanto se percató de que Alberto pugnaba para entrar por atrás, decidido a abrirse paso. Lo vi todo en primera fila, desde el susto inicial de Cristina al posterior resoplido al mostrarse dispuesta a intentarlo. La vi cerrar los ojos para concentrarse; resuelta a relajarse lo que hiciera falta.

Pero llegaron las dificultades, los rezongos y las dudas. “¡Despacio! ¡Más despacio!”, sollozó. Luego se intercalaron unos segundos de expectación que terminaron con otro resoplido, que yo interpreté como que ya le tenía dentro. Pero no, cuando de verdad se la clavó a Cristina se le escapó un chillido breve y agudo.

Trató de escapar instintivamente, pero su amigo la retuvo con delicadeza; calmándola, felicitándola, instándola a quedarse quieta y esperar unos segundos… Solo que luego él comenzó a avanzar, a penetrar en ella, comenzando a follarla con toda la paciencia y delicadeza del mundo.

Aunque siguiera dentro de Cris, me convertí en voyeur por un rato; conmocionado por la desolación que mostraba el rostro de mi esposa; la fatalidad de su boca entreabierta, muda, sollozante en tanto era implacablemente sodomizada.

¡Ogh! ¡Ogh! ¡Ogh…!

— ¿Estás bien? —se interesó el mulato al oírla sollozar.

— Sí… Bien… —respondió, no demasiado convencida, en serios apuros. Y siguió con la misma cantinela— ¡Ogh! ¡Ogh! ¡Ogh! —jadeando al compás del galán que siempre la había encandilado.

— ¿Es esto lo que querías? —preguntó después su amigo, moviéndose cadenciosamente a su espalda. Despacio. Constante. Firme…

Para mi sorpresa vi a Cris sonreír, intentando no perder la concentración y mantener el esfínter completamente relajado, gozando ya de forma clara y evidente.

— No exactamente… —bromeó mi esposa.

— ¿Quieres que pare?

— ¡No! —sollozó llevando una mano al culo de Alberto para retenerlo— ¡Sigue! ¡Sigue!

Su amado amigo obedeció la orden que Cris le había dado, haciéndola alucinar con cada fluido y pringoso vaivén entre sus nalgas.

— ¡¡¡AUCH!!! —protestó mi esposa al recibir un empellón algo más contundente que le hundió los veinte centímetros.

— ¡Perdón! ¡Perdón! —se disculpó éste de inmediato— Quiero hacerte el amor, pero me cuesta contenerme.

Al oír la cariñosa disculpa del mulato, Cristina se volvió a besarle apasionadamente. Estaba enfervorecida, exaltada; sentía que los empujones de Alberto la acercaban más y más al éxtasis. Entonces él se le pegó a la espalda, agarrado con una mano a su cadera y con la otra a uno de sus pechos, embistiéndola de verdad.

— ¡Voy a correrme, Cris! ¡Voy a correrme!

Y todo explotó. La descomunal potencia de su amigo hizo que mi esposa gritase como una loca, y estremecerse, y estrujar el pollón de Alberto mientras descargaba, abrasando en lo más profundo de su ser. Sus gritos delirantes llenaron nuestro salón y de su entrepierna salieron despedidos unos chorros de dudoso origen.

Ni que decir tiene que yo me había unido a la celebración de su amistad y cariño, eyaculando todo lo que tenía. Curiosamente, Cristina no se conformó con un solo orgasmo, sino que continuó follándonos salvajemente para encadenar una serie de violentas sacudidas de placer, lujuria y deseo.

Al otro lado del infinito, Cris yacía aún sobre mi pecho, abrazada a mí después de haber desfallecido. Alberto se había marchado discretamente, sin despedirse de la avergonzada mujer que ahora ocultaba la cara entre las manos.

“Cuéntame como va”, me había pedido antes de irse, consciente y compungido por el mal trago que le había hecho pasar a mi esposa, una mujer especial a la que apreciaba mucho más de lo que podía admitir.

Fui a enjuagarme la boca para evitar la carraspera al día siguiente. Le había comido el coño a Cristina y sabía por experiencia que su flora vaginal era muy agresiva. Sin embargo, al regresar al salón Cris había desaparecido. En seguida escuché el sonido de la ducha; de modo que aproveché para fregar el suelo y pasar unas toallitas higiénicas al sofá.

Mientras limpiaba las pruebas y el rastro de nuestro vicio, me sentí cómplice de Alberto. Solo entonces, cuando ya era demasiado tarde, me pregunté si el drástico cambio de Cristina había sido responsabilidad mía.

Mes y medio antes no habría podido imaginar a mi esposa arrodillada frente a dos hombres, chupándoles alternativamente la polla; no hubiera creído que se dejaría sodomizar; y tampoco habría dejado que Alberto le pusiese la mano encima. Pero en realidad, el culpable de que Cristina se hubiese desquiciado no había sido yo, sino aquel enorme y devastador consolador de goma.

Mi esposa bajó a cenar fresca y radiante como una rosa. Disimulaba, claro. A duras penas contenía la sonrisa, pero estaba ruborizada y en sus cándidos ojos azules destellaba la alegría.

— Alberto me ha preguntado qué tal estás.

— Dile que… —Cris dudó— Dile que escocida. Pero feliz, muy feliz.

_________________________

"Gracias por leer mis relatos. Sus valoraciones y comentarios me animan a seguir escribiendo."

Referencias:

— Fairway Fantasies, de HungTalesFL, en Lushstories.

— Inspirado en Serenity Cox, actriz amateur de Pornhub Community.

— Mi hijastra me pidió que le quitara la virginidad anal y no pude decirle que no, con Aliska Dark y Leo Casanova, en xvideos.