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El Regreso de un Amor Olvidado - Parte 14

La reconciliación parecía un milagro, pero al cerrar la puerta, la sombra de su pasado se apoderó de él. Lo que comenzó como un intento de sanar la confianza terminó en una demostración de poder brutal, donde el amor se transformó en sumisión forzada y el placer en una máscara para la crueldad.

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PARTE 14

El regreso a casa fue un viaje silencioso, un viaje a través de un paisaje emocional tan desolador como el que acabábamos de dejar atrás. Emma y yo, sentados uno al lado del otro, parecíamos dos islas a la deriva, separadas por un océano de dudas y confusiones. La atmósfera en el auto era densa, pesada, como si el aire estuviera impregnado de una tristeza invisible. A pesar del momento de intimidad que habíamos compartido, la sombra de la desconfianza se cernía sobre nosotros, como un ave rapaz que acecha a su presa.

La mirada de Emma, usualmente llena de luz y calidez, se había apagado, como una estrella que se consume en la inmensidad del cosmos. Sus ojos, antes tan expresivos, ahora parecían dos pozos profundos donde se ahogaban las emociones. Su rostro, enmarcado por el cabello castaño que el viento revolvía con crueldad, reflejaba una profunda tristeza, como si el peso del mundo se hubiera posado sobre sus hombros.

Al llegar a su casa, el momento de la despedida se convirtió en una tortura. Emma, con una necesidad palpable de aferrarse a algo, a alguien, se inclinó hacia mí buscando un beso intenso, un beso que expresara todo lo que las palabras no podían. Pero yo, aún con el corazón dividido entre el amor y la desconfianza, me aparté en el último instante. Un gesto involuntario, un reflejo de la confusión que reinaba en mi interior.

La decepción en el rostro de Emma fue como un puñal que se clavaba en mi alma. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y sus labios temblaron con una mezcla de tristeza y frustración.

—Gracias por todo —murmuró, con la voz cargada de emoción, una voz que parecía provenir de las profundidades de un abismo—. Ha sido un día… intenso.

—Sí —respondí, con la voz ronca, incapaz de articular una frase coherente, atrapado en la telaraña de mis propias contradicciones.

Las palabras sonaban huecas, vacías de significado, como un eco que se pierde en la inmensidad del espacio. Emma asintió, con un gesto que reflejaba la resignación de un condenado, y se alejó con paso lento, como si cada paso le costara un esfuerzo sobrehumano. La observé alejarse, con una mezcla de amor y confusión en el corazón, como un marinero que ve cómo su barco se hunde lentamente en el mar. ¿Podría superar este obstáculo? ¿Podría volver a confiar en ella plenamente, como un niño que confía en su madre? ¿Podría perdonarme a mí mismo por haberla rechazado en un momento tan vulnerable?

Llegué a mi casa exhausto, con el cuerpo dolorido y la mente hecha un torbellino de pensamientos contradictorios. Me sentía como un soldado que regresa de la batalla, herido y desorientado, sin saber si ha ganado o perdido la guerra. Me tendí en la cama, deseando que el sueño me llevara lejos de la realidad, que me concediera un respiro de mis tormentos, como un oasis en medio del desierto.

Y el sueño llegó, pero no trajo consigo el descanso que anhelaba. Me encontré en un lugar oscuro e indefinido, un laberinto sin salida donde reinaba el silencio y la incertidumbre. La única luz provenía de una figura que se movía en la distancia, como una luciérnaga en la noche.

Al acercarme, reconocí a Dante, mi perro, mi fiel compañero que había muerto hacía años, dejando un vacío en mi alma que nadie había podido llenar. Su pelaje brillaba con una intensidad sobrenatural, como si estuviera hecho de estrellas, y sus ojos, normalmente llenos de alegría y travesura, ahora reflejaban una profunda tristeza, como si cargara con el peso del mundo sobre sus hombros. Dante corría de un lado a otro, inquieto, como un alma en pena que no encuentra su lugar en el más allá. Me acerqué a él, y me di cuenta de que su correa roja, la que siempre llevaba en el cuello como un símbolo de nuestra unión, no estaba. Dante parecía desesperado, como si hubiera perdido una parte de sí mismo, y yo, en el sueño, comprendía que trataba de decirme algo, de advertirme sobre un peligro inminente, como un profeta que anuncia una catástrofe.

Desperté sobresaltado, con el corazón latiendo con fuerza, como un tambor que anuncia la llegada de la tormenta. La imagen de Dante, con su mirada triste y su correa perdida, se grabó en mi mente como un tatuaje imborrable. Era de día, y los rayos del sol se filtraban por la ventana, como dedos dorados que acariciaban mi rostro. Me levanté de la cama, con la sensación de que el sueño era una premonición, un mensaje que debía descifrar, como un jeroglífico que esconde un secreto milenario.

Preparé el desayuno con la mente ausente, como un autómata que sigue una rutina preestablecida. Los movimientos mecánicos de mis manos contrastaban con el torbellino de pensamientos que me asaltaban. Pensaba en Dante, en su correa roja, en el significado oculto de su mensaje. ¿Qué trataba de decirme? ¿Qué peligro acechaba en mi vida, tal vez como una serpiente escondida entre la hierba? ¿Tendría algo que ver con Emma, con su extraña reacción?

La culpa por haberla rechazado en la despedida se sumaba a la confusión y la incertidumbre. ¿La habría herido con mi gesto? ¿Habría empeorado las cosas entre nosotros?

Necesitaba aclarar mis ideas, encontrar un espacio de tranquilidad donde pudiera reflexionar sobre lo sucedido. Decidí salir a caminar, a respirar aire fresco, a dejar que el ritmo de mis pasos me ayudara a ordenar mis pensamientos.

Mientras caminaba por las calles, observando el ir y venir de la gente, me di cuenta de que la ciudad era como un organismo vivo, un conjunto de individuos que se movían en direcciones opuestas, cada uno con sus propias historias, sus propios dramas, sus propias alegrías. Y en medio de esa multitud, yo me sentía solo, como un náufrago en una isla desierta.

Recordé las palabras de Emma, su confesión de amor, sus celos. ¿Era posible que la hubiera juzgado mal? ¿Era justo condenarla por un momento de debilidad, por una emoción que todos hemos sentido alguna vez?

La duda, como una serpiente venenosa, se enroscaba en mi mente, envenenando mis pensamientos. Necesitaba hablar con Emma, aclarar las cosas, pedirle perdón por mi comportamiento.

Regresé a casa con la misma confusión con la que había salido. Me senté en el sofá, con la mirada perdida en el vacío, sin saber qué hacer. Entonces, recordé el sueño con Dante, y la imagen de su correa roja volvió a mi mente. Me levanté de un salto y me dirigí al cuarto donde guardaba las cosas de Dante. Allí estaba la correa, colgada en la pared, como un recordatorio de un amor incondicional, de una lealtad que trascendía la muerte.

La tomé en mis manos, y la acaricié con suavidad, sintiendo la textura del cuero bajo mis dedos. Y en ese momento, comprendí el mensaje de Dante. No se trataba de un peligro externo, de una amenaza que acechaba en la oscuridad. El peligro estaba dentro de mí, en mi propia desconfianza, en mi incapacidad de perdonar. Dante me estaba diciendo que debía confiar en Emma, que debía darle una segunda oportunidad, que debía dejar que el amor guiara mis pasos.

Con la correa de Dante en la mano, como un amuleto que me protegía del miedo y la duda, tomé el teléfono y marqué el número de Emma.

—¿Emma?

—Hola —respondió su voz era suave como una caricia, pero con un dejo de tristeza que no pude ignorar—. ¿Cómo estás?

—Bien —mentí, intentando sonar despreocupado—. ¿Y tú?

—Un poco cansada —confesó—. El día de ayer fue… agotador.

—Sí, para mí también —admití—. Pero al menos hicimos algo bueno por esas personas.

—Eso espero —dijo Emma, con un suspiro—. Oye, me preguntaba si… ¿te gustaría que nos viéramos esta tarde?

—Claro —respondí sin dudarlo, sintiendo una punzada de alegría en el pecho—. ¿Dónde te parece?

—Podríamos… —Emma dudó por un instante—. ¿Podríamos vernos en tu casa?

Su propuesta me sorprendió. Era la primera vez que Emma sugería venir a mi casa. ¿Qué significaba eso? ¿Era una señal de que quería dar un paso más en nuestra relación, o simplemente buscaba un espacio más íntimo para hablar?

—Me parece bien —respondí, intentando controlar el nerviosismo que se apoderaba de mí—. ¿A qué hora te viene bien?

—A eso de las cinco —propuso Emma—. Así tenemos tiempo de hablar tranquilamente.

—Perfecto —dije—. Te espero entonces.

—Gracias —respondió Emma, con un tono de voz más alegre—. Nos vemos luego.

Colgué el teléfono con una sonrisa en los labios, sintiendo que la esperanza volvía a florecer en mi corazón. La perspectiva de volver a ver a Emma, de aclarar las cosas y retomar el camino juntos, me llenaba de energía y a mi mente confundida le venía bien. Pero al mismo tiempo, la incertidumbre me carcomía. ¿Qué pasaría esta tarde? ¿Podríamos superar el obstáculo que se había interpuesto entre nosotros? ¿Podríamos reconstruir la confianza que se había resquebrajado?

La llamada a Emma fue como un bálsamo para mi alma, una luz de esperanza en medio de la tormenta. Recordé como su voz, al otro lado de la línea, sonaba como siempre suave y cálida, como una caricia que acariciaba mis oídos. Acordamos vernos esa misma tarde en mi casa, un espacio que para mí era más íntimo y personal que el café de siempre. La idea de tenerla allí, en mi territorio, me llenaba de una mezcla de emoción y sosiego.

Recordé que debía terminar de limpiar el sótano, esa tarea pendiente que se había convertido en una metáfora de mi propia vida, llena de rincones oscuros y recuerdos olvidados.

Bajé las escaleras con renovado vigor, decidido a enfrentarme a los fantasmas del pasado. El sótano, un espacio húmedo y polvoriento, parecía guardar los secretos de mi infancia, como un cofre del tesoro olvidado en el tiempo. Cada objeto que desenterraba de entre las telarañas y el polvo me transportaba a un momento diferente de mi vida, a una época de juegos y risas, de inocencia y despreocupación.

Encontré viejos juguetes, libros infantiles con las páginas amarillentas, fotos descoloridas de familiares que ya no estaban. Cada objeto era un fragmento de mi historia, una pieza del rompecabezas que formaba mi identidad. Y mientras los observaba, me preguntaba quién era yo realmente, qué había sido de aquel niño que soñaba con aventuras y que creía en la bondad del mundo.

De pronto, mi mirada se posó en un viejo baúl de madera, cubierto de polvo y telarañas. Un candado oxidado impedía abrirlo, guardando celosamente su contenido. La curiosidad me invadió, como una llama que se aviva con el viento. ¿Qué secretos se ocultaban en su interior? ¿Qué tesoros del pasado guardaba bajo llave?

Busqué la llave por todas partes, revolviendo cajas y cajones, pero no encontré nada. La impaciencia crecía en mi interior, como una marea que amenaza con desbordarse. Decidido a desvelar el misterio, tomé la sierra eléctrica y, con una mezcla de ansiedad y adrenalina, comencé a cortar el candado.

La frustración se enroscaba en mi garganta como una víbora constrictora, ahogando mis palabras y crispando mis nervios. La sierra eléctrica, a pesar de mis denodados esfuerzos, no conseguía penetrar la coraza de óxido que protegía el viejo candado del baúl. Chispas volaban por los aires, como luciérnagas rebeldes en la penumbra del sótano, mientras el motor zumbaba con un rugido impotente, como una bestia salvaje atrapada en una jaula. El metal del candado, corroído por el tiempo y la humedad, resistía con la tozudez de un anciano aferrado a sus recuerdos.

—Necesito algo más potente —pensé en voz alta.

En ese instante tenía la determinación de un guerrero que se prepara para la batalla. La curiosidad, como un fuego inextinguible, ardía en mi interior, alimentando mi deseo de desvelar los misterios que se ocultaban tras el cerrojo.

Sin dudarlo, abandoné el sótano, ese reino de sombras y polvo donde el tiempo parecía haberse detenido, y me dirigí a un centro comercial cercano, un oasis de modernidad y consumo en medio del caos urbano. Recorrí las tiendas de ferretería con la meticulosidad de un detective que busca pistas, comparando modelos, analizando características, sopesando las ventajas y desventajas de cada herramienta. Finalmente, encontré la sierra eléctrica perfecta: un modelo de última generación, con un motor que rugía como un león y una hoja de corte de diamante capaz de atravesar el acero más resistente. El precio era exorbitante, una pequeña fortuna que podría haber destinado a otras cosas, pero la sed de conocimiento, el anhelo de descubrir los secretos del pasado, eran más fuertes que cualquier consideración material.

Con la nueva adquisición en mi poder, regresé a casa con la impaciencia de un niño que espera la llegada de la Navidad. Pero en el camino, el estómago comenzó a protestar con un rugido sordo. El tiempo y la emoción habían pasado factura, y la necesidad de alimentarme se impuso con la fuerza de un imperativo biológico. Decidí hacer una parada en un restaurante cercano, un lugar modesto y sin pretensiones, donde esperaba encontrar un poco de paz y alimento.

Al entrar, una figura familiar me detuvo en seco, como un rayo que cae del cielo. Era la chica de ojos verdes, la que había conocido el día anterior en el descampado, la que me había conmovido con su historia de pobreza y desesperación. Ahora, vestida con un delantal que parecía tragar su figura menuda y una sonrisa forzada que no lograba ocultar la tristeza de su mirada, trabajaba como mesera en aquel lugar. Un sentimiento de compasión me invadió, como una ola que arrastra consigo todos mis prejuicios. La vi allí, sirviendo a gente que probablemente la despreciaba, obligada a soportar humillaciones para poder llevar un mendrugo de pan a su casa, y me pregunté cómo era posible tanta injusticia en el mundo.

En ese momento, una señora de unos cincuenta años, con aspecto de matrona romana, comenzó a recriminar a la chica por la tardanza de su pedido. Sus palabras, afiladas como cuchillos, cargadas de desprecio y arrogancia, resonaban en el silencio del restaurante, profanando la atmósfera de tranquilidad que yo buscaba.

—¡Eres una inútil! —gritaba la señora, con el rostro congestionado por la ira, como si la chica le hubiera robado el tesoro más preciado—. Llevo media hora esperando mi comida, y tú, en vez de atenderme, seguro que estabas coqueteando con el cocinero.

La chica, con la mirada baja y las mejillas encendidas como brasas, intentaba disculparse, balbuceando palabras incoherentes que se perdían en el torbellino de insultos de la señora. Indignado por la injusticia de la escena, por la humillación que estaba sufriendo esa joven que ya había soportado demasiadas desgracias en su vida, no pude quedarme de brazos cruzados. Me acerqué a la mesa, con la misma determinación con la que me había enfrentado al candado del baúl, y, con voz firme, me dirigí a la señora.

—¡Ya basta! —dije, sintiendo cómo la sangre me hervía de indignación, como si un volcán entrara en erupción en mi interior—. No tiene derecho a tratarla así. Está usted siendo muy grosera.

La señora, sorprendida por mi intervención, me miró con desprecio, como si yo fuera un insecto insignificante que se atrevía a desafiar su autoridad.

—Y usted, ¿quién es? —preguntó con altanería, con la voz impregnada de veneno—. ¿Acaso la conoce?

—No la conozco —respondí, mirándola a los ojos sin temor—, pero eso no le da derecho a humillarla. Todos merecemos respeto, sin importar nuestro trabajo o nuestra posición social. Es usted una mujer cruel y despiadada.

La señora, roja de ira, con los ojos encendidos como dos carbones ardientes, masculló algunas palabras ininteligibles, como una bruja que lanza un maleficio, y se retiró del restaurante, dejando tras de sí un silencio sepulcral. La chica, con los ojos llenos de lágrimas que amenazaban con desbordarse, me miró con gratitud, con una expresión que hablaba de un alma herida que encontraba un poco de consuelo en medio de la tormenta.

—Gracias —susurró, con la voz entrecortada por la emoción, como una melodía que se rompe en mil pedazos—. No tenía por qué defenderme.

—No podía quedarme callado —dije, sintiendo que mi corazón se ablandaba ante su vulnerabilidad—. Nadie merece ser tratado así. Y menos tú, que ya has sufrido demasiado.

La chica asintió, y una lágrima, como una perla que se desprende de un collar, rodó por su mejilla. Tomó mi pedido con manos temblorosas, y mientras esperaba la comida, reflexioné sobre la escena que acababa de presenciar. ¿Por qué algunas personas se sentían con el derecho de humillar a otras, de pisotear su dignidad como si fueran seres inferiores? ¿Acaso no se daban cuenta de que todos somos seres humanos, con los mismos derechos y la misma necesidad de amor y respeto?

La comida llegó, y la chica me atendió con una sonrisa sincera, una sonrisa que iluminó su rostro como un rayo de sol en medio de la oscuridad. Al pagar, le dejé una generosa propina, un pequeño gesto que esperaba que le ayudara a sobrellevar sus dificultades.

—Gracias —repitió la chica, con los ojos llenos de gratitud, como dos estrellas que brillan en la noche—. De verdad, muchas gracias.

Salí del restaurante con el corazón lleno de emociones contradictorias. Por un lado, me sentía satisfecho por haber defendido a la chica, por haberle dado un poco de consuelo en medio de su difícil situación. Por otro lado, me sentía indignado por la injusticia del mundo, por la desigualdad que separaba a las personas, por la falta de empatía que reinaba en la sociedad.

Con la sierra eléctrica en una mano y la imagen de la chica de ojos verdes en la mente, regresé a casa, decidido a terminar la tarea que había empezado. El baúl me esperaba, con sus secretos y misterios, como una puerta que se abre a un pasado desconocido. Y yo, armado con la herramienta adecuada y la convicción de que todos merecemos una segunda oportunidad, estaba listo para enfrentarme a lo que encontrara en su interior.

El candado, finalmente vencido, cedió con un crujido metálico que resonó en el silencio del sótano como un grito de libertad. La tapa del baúl, liberada de su prisión, se abrió lentamente, revelando un tesoro oculto, un cofre de recuerdos que esperaban ser desenterrados. Mis manos, temblorosas por la emoción y la impaciencia, se acercaron al borde del baúl, listas para sumergirse en las profundidades del pasado.

Pero el destino, caprichoso como siempre, tenía otros planes. El tiempo, que se había detenido en aquel sótano mientras luchaba contra el candado, volvió a correr con la velocidad de un río desbocado. Las horas se esfumaron como el humo, y la llegada de Emma, como un rayo de luz que penetra en la oscuridad, me sacó de mi trance. El timbre de la casa resonó en el silencio, anunciando la llegada de la mujer que amaba desde la niñez, la mujer que me había hecho cuestionar últimamente si sería la indicada para acompañarme el resto de la vida.

Con el corazón dividido entre la curiosidad y la ansiedad, me quedé observando el baúl abierto, intrigado por su contenido, por los secretos que guardaba, por las historias que aún estaban por ser contadas. Pero el deber me llamaba, y no podía hacer esperar a Emma.

Subí las escaleras con la ropa sucia y el pelo revuelto, con la imagen del baúl grabada en mi mente. Al abrir la puerta, me encontré con Emma, radiante como siempre, con su sonrisa cálida y sus ojos llenos de luz. Su mirada se posó en mi atuendo desaliñado, y una expresión de sorpresa cruzó su rostro.

—Perdona el desorden —dije, con una sonrisa nerviosa—. Estaba limpiando el sótano y… bueno, ya ves.

Emma soltó una carcajada, un sonido melodioso que llenó el espacio de alegría.

—No te preocupes —dijo, con su habitual dulzura—. Entiendo.

—Necesito darme una ducha —dije, sintiendo la necesidad de limpiarme el polvo y el sudor, pero también de ordenar mis ideas, de prepararme para el encuentro con Emma.

Emma asintió con una sonrisa comprensiva, y se sentó en el sofá, esperando pacientemente mi regreso. Mientras me duchaba, el agua caliente caía sobre mi cuerpo como una cascada purificadora, lavando las impurezas y la tensión acumulada. Pensé en el baúl, en sus misterios, en las historias que guardaba. Pensé en Emma, en su amor, en sus dudas, en la noche de pasión que habíamos compartido. Y pensé en el juicio que nos esperaba al día siguiente, en la incertidumbre del futuro, en el peso de las decisiones que debía tomar.

Al salir de la ducha, envuelto en una toalla y con el pelo aún húmedo, noté un silencio inusual en la casa.

—¿Emma? —llamé, con la voz un poco temblorosa. No hubo respuesta.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿Dónde estaba? La busqué por la sala, por la cocina, por el comedor, pero no la encontré. Finalmente, al pasar por el pasillo que conducía a las habitaciones, vi la puerta de la habitación de mis padres entreabierta. Me acerqué con cautela, y al asomarme, vi a Emma salir de la habitación, con el rostro un poco pálido y la mirada perdida.

—Emma, ¿qué haces aquí? —pregunté, con una mezcla de sorpresa y preocupación.

Emma se sobresaltó al verme, y sus mejillas se sonrojaron.

—Oh, lo siento —dijo, con la voz un poco temblorosa—. Me he confundido de habitación. Pensé que era el baño.

—No te preocupes —dije, intentando tranquilizarla, aunque en mi interior una punzada de inquietud me carcomía—. El baño está al final del pasillo.

Emma asintió, y se dirigió al baño con paso apresurado. Me quedé observándola, con la mente llena de preguntas. ¿Por qué había entrado en la habitación de mis padres? ¿Qué buscaba allí? ¿Habría visto algo que no debía ver?

La duda, como una semilla venenosa, se plantó en mi mente, amenazando con envenenar la confianza que tanto me había costado recuperar.

Había traído su vino favorito, un tinto con cuerpo y aroma a frutos rojos, el que solíamos compartir en ocasiones especiales.

—Pensé que nos vendría bien —dijo, con una sonrisa pícara.

—Tienes razón —respondí, sintiendo que la tensión se disipaba—. Gracias.

Nos sentamos en el sofá, y mientras saboreábamos el vino, comenzamos a hablar del juicio, de las estrategias, de los posibles escenarios. Emma, como siempre, me apoyó con sus palabras y sus consejos, recordándome la importancia de mantener la calma y la confianza en mí mismo.

Pero a medida que avanzaba el tiempo, y el vino hacía su efecto, la conversación se fue tornando más íntima, más personal. Emma se acercó a mí, con sus ojos brillando con una luz especial, y sus labios rozaron los míos con una suavidad que me hizo estremecer. El deseo, que había estado latente durante todo el día, se despertó con fuerza, como un volcán que entra en erupción. Me olvidé del suceso del cuarto de mis padres y empezamos a besarnos con pasión.

—¿Te gustaría tocar? —susurró, dejando entrever sus senos solo protegidos por su escote.

Acepté sin dudar, y mientras liberaba su busto, mi mente recordaba la suavidad de sus pechos y la imagen de su leche fluyendo.

—¿Recuerdas el sabor? —preguntó mientras se sentaba en el sofá, cruzando sus largas piernas—. A mi hijo le encanta.

Asentí, sintiendo cómo mi miembro se erguía ante su presencia. Agarré sus dos copas y empecé a chupar sus pezones, sabía a vino y frutas. Pero en ese momento, un pensamiento que pasó por mi mente rompió el encuentro íntimo.

—Me gusta cómo te pones —dijo Emma, levantándose por un momento a la vez que acariciaba mi pene—. Haces que moje mis bragas.

La observé mientras liberaba mi verga y empezaba a acariciarme. Mi corazón latía con fuerza, esta vez quería que sea diferente y bajé mi mano hacia sus bragas. Y entonces, la vi. Emma, sentada en el sofá, con su vestido levantado, ofreciéndome sus pechos. La visión me dejó sin aliento.

Acerqué mi mano en silencio, más adentro, sin querer interrumpir ese momento sagrado. Había humedad en la zona, y yo mamaba con deleite sus tetas. Ella me miraba con amor infinito. Su rostro irradiaba una belleza indescriptible, y su pecho, ahora expuesto, me parecieron unos bocaditos irresistibles.

—Joder… —susurró Emma, cuando toqué su clítoris.

Luego abrió la boca, sintiendo cómo mis dedos penetraban su cavidad vaginal.

—Ven, acércate —la invité, extendiendo su mano a que siguiera masturbándome.

Me acerqué con cautela, como si estuviera a punto de descubrir un tesoro escondido. Me arrodillé a su lado, y tomé su mano, guiándola hacia mi capullo, que empezaba a botar líquido preseminal.

—Tócame —susurré—. Siente la dureza.

Sus dedos rozaron la piel de mi verga, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Pronto empezó con movimientos más rápidos, y el calor me envolvió.

—Imagina que eres mi esposo —susurró—. Que estamos felizmente casados, disfrutando de mi cuerpo, mis tetas, mi vagina, yo sería tuya.

Sus palabras me excitaron aún más. Sentí cómo mi miembro se endurecía con mayor fuerza, deseando penetrarla a toda costa.

—¿Quieres tomarme? —preguntó, leyendo mis pensamientos.

Asentí, sin poder hablar. Quería saborear su sexo, sentir el calor de su vagina.

Emma se inclinó hacia atrás, ofreciéndome la vista de sus bragas. Lo estiró con delicadeza, dejándome ver su interior, sus labios parecían tener vida, la zona estaba completamente depilada, y me preguntaba si su sabor era dulce y salado.

—Seré tuya, mi amor —susurró ella—. Pero primero tenemos que casarnos

Mi mente era un torbellino, la pasión y la lujuria parecían embaucarme. Cerré los ojos, pero a mi mente se me vino los recuerdos de mi lengua cuando masajeaba su pezón mientras mi boca se llenaba de su leche materna.

Emma deslizó su mano por mi cabello, guiándome con ternura. Sus caricias me incitaban a continuar hacia abajo, a explorar cada rincón de su sexo.

—Es increíble —murmuré cuando sentí el calor proveniente de su vagina.

Ella sonrió, complacida.

—Y esto es solo el comienzo.

Cuando quiso que le haga sexo oral, Emma empujó mi cabeza con cariño y lo puso en su orificio. Levanté la vista, sus ojos brillaban con una intensidad curiosa.

—Ahora quiero que me hagas feliz —dijo, empujando con su mano, guiando mi rostro a su sexo.

Lamí un poco, sintiendo cómo la corriente me recorría el cuerpo. El lugar se había convertido en un santuario de seducción, solo faltaban velas aromáticas y sábanas de seda.

Y entonces ocurrió algo que ella no había previsto, me levanté haciendo caso omiso a sus indicaciones.

Emma se sorprendió por mi actuar, sus pechos se movían suavemente con su respiración. Deslizó sus manos hacía mí, creyendo que había entendido mal. Pero la aparté de forma brusca.

—Quiero que me la chupes —profesé con una voz autoritaria, mirándola a los ojos.

Me incliné para guiar mi pene a su rostro, ella seguía inerte, con la boca abierta de la impresión.

—No tan rápido —logró decir—. Primero, quiero que me calientes allá abajo.

Me molestó la forma en que lo dijo. Miré sus pechos, eran perfectos, coronados por pezones rosados y erectos. Alargué la mano, y los apreté con fuerza.

—Ten cuidado —su voz sonó lastimero.

A continuación, lamí y besé sus pechos, disfrutando de su textura suave. Mis manos exploraban su cuerpo, acariciando sus curvas. Emma seguía sorprendida, mientras trataba de apartarme, alentándome a no continuar.

—Espera, mi amor —susurró—. Así no siento placer.

Chupé sus pezones con fervor, sintiendo cómo se endurecían en mi boca. Emma arqueó la espalda, tratando de liberarse.

—Así, no —gemía—. Estas siendo brusco.

Mi deseo crecía a cada momento, pero Emma me detuvo antes de que pudiera bajar mis manos más allá de su cintura.

—No todavía —dijo alzando la voz, y esta vez apretando mi muñeca—. ¿Te pasa algo?

No le respondí, concentrando mi atención en sus pechos. Los masajeaba y lamía, sintiendo cómo mi excitación aumentaba. Emma se retorcía tratando de liberarse, sus gemidos de queja y fastidio empezaron a llenar la habitación.

—Espera, no… —gimió con una mezcla de duda—. Me encanta cómo lo haces, pero tienes que calmarte…

No la escuché, mi boca bajó por su vientre, dejando un rastro de besos. Me detuve en el borde de su ropa interior, saboreando su sabor.

—Por favor —susurró Emma, suplicante—. Me duelen los brazos, suéltame.

Me aparté, disfrutando de su suplica. Había huellas dejadas por mi brusquedad, que contrastaban con el tono de su piel

—¿Quieres más? —pregunté, sabiendo la respuesta.

Movió la cabeza de un lado a otro, negando mi pregunta.

No me importó, bajé su ropa interior lentamente, revelando su sexo húmedo y palpitante. La besé allí, saboreando su esencia.

—Ah, sí —gimió, arqueando su cuerpo.

Seguramente pensaba que había cambiado de idea, pero solo buscaba que se relaje para arremeter de nuevo. Me paré de nuevo y con un rápido movimiento presioné mi pene contra su vagina.

— ¡No, no! —gritó, perdiendo el control.

Había pavor en su rostro. La cogí de la mueca e hice que se arrodillase.

—¡Suéltame! —anunció, mientras apretaba su cabello con fuerza.

Aumenté la intensidad, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba. Emma gritó de dolor. Observé como su rostro radiante había cambiado de color,

—Te soltaré, pero quiero que me la chupes —dije, con voz autoritaria.

Ella movió la cabeza asintiendo. Sonreí, complacido.

—Y esto es solo el comienzo, mi amor —le susurré al oído, recordándole lo que ella había comentado hacía un momento.

Emma se incorporó, sus rodillas tocaban la alfombra y parecía que sus piernas temblaban como los rayos de luz al contacto de un vidrio polarizado

—Ahora, mi amor —expresé, dirigiendo mi pene a su rostro—. Es mi turno de complacerte.

Sus manos tocaron mis piernas con nerviosismo. Mi miembro, palpitaba con deseo.

—Solo por hoy perdonaré tus acciones —susurró, mientras me dirigí la vista con un gesto de rebeldía.

Me estremecí por un momento con su mirada, pero el deseo de sentir su boca me ganó.

Emma arrodillada ante mí. Lamió la punta de mi pene, haciendo que mi cuerpo se tensara.

—Mmm, delicioso —murmuró, tomando más en su boca.

Chupaba con habilidad, combinando movimientos lentos y rápidos. Su lengua jugaba con la cabeza de mi pene, mientras sus manos masajeaban mis testículos.

—¡Oh, sí! —grité, perdiendo el control.

Emma me miró con una sonrisa traviesa, disfrutando de mi reacción. Aumentó la intensidad, tomando todo mi miembro en su boca.

—¡Eres una zorra! —exclamé, sintiendo cómo el placer me consumía.

Ella continuó, saboreándome con deleite. Su boca subía y bajaba, creando un ritmo perfecto. Mis manos se hundieron en su cabello, guiándola en mi placer.

—¡No pares! —dije, sintiendo la inminencia de mi orgasmo.

Pero fue ahí cuando una furia llenó mi cuerpo. Emma me miró a los ojos, y notó como introducía con fuerza mi pene hasta que logré llegar a su paladar. Parecía asfixiarla, me miró con suplica. No hice caso y aumenté la velocidad, sabiendo que estaba a punto de explotar.

—¡Ahí viene! —grité, sintiendo cómo mi cuerpo se tensaba.

Emma me tocaba los glúteos, sus ojos lagrimeaban de forma constante, y yo sonreía con una sonrisa de satisfacción mientras mi semen llenaba su boca. Tragó, aguantando mi esencia.

Me derrumbé en el sofá, exhausto y satisfecho. Emma se tumbó en el suelo, y empezó a toser tratando de respirar.

—Esto es solo el comienzo de nuestra aventura —susurré irónicamente—. Hay mucho más placer por descubrir.

Me quedé en silencio, saboreando el momento. Sabía que esta aventura con Emma sería un punto de inflexión en nuestra relación. Si quería a alguien caballeroso y grácil, ese no era yo.

A mi mente llegó el baúl abierto, seguía intrigado por su contenido, por los secretos que guardaba, por las historias que aún estaban por ser contadas. Aunque en el fondo de mi corazón sabía que no me iba a gustar lo que iba a encontrar.

Continuará...

🙏 Quiero hacer un agradecimiento especial a Alvarez y Gerardo, quienes forman parte del nivel Princeps. Su apoyo incondicional significa muchísimo para mí, y me motiva a seguir adelante con este proyecto. ¡Gracias por ser parte de esta comunidad y por su confianza! 🙌

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