Xtories

Masaje y algo más

La confianza de tres años se rompe en un solo toque. Cuando la terapeuta desabrocha su bata y susurra que es su forma de agradecer, el límite profesional se desvanece. Esta vez, no hay salida: el secreto quedará entre tú, ella y su marido.

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Desde hacía más de tres años, cada semana, acudía religiosamente a mi cita con Clara. Su salón de masajes era un refugio donde podía desconectar del estrés del trabajo y las preocupaciones diarias. Me acostumbré a su toque firme y profesional, a la música suave de fondo, al aroma de aceites esenciales que impregnaba la sala. Con el tiempo, fuimos construyendo una relación de confianza, aunque siempre dentro de los límites de la profesionalidad. O al menos, eso creía yo, la mecánica siempre era la misma, me desnudaba dejándome los calzoncillos, me tendía en la camilla y Clara ponía una toalla justo encima de la parte que tapaban los calzoncillos, nunca entendí el motivo, supongo para que el cliente se sintiera más cómodo.

A los seis meses de recibir sus masajes, me llevé una sorpresa inesperada. Durante una conversación trivial, mencionó su esposo, enseguida caí en la cuenta de que hablaba de mi antiguo compañero de colegio Pablo con quien había compartido más de una travesura en la adolescencia. Pablo, al enterarse de nuestra coincidencia, quiso conocerme, y así, sin planearlo demasiado, empezamos a salir los tres. Comidas, cervezas después del trabajo, charlas interminables sobre los viejos tiempos… Pronto, Clara y Pablo se convirtieron en parte de mi círculo más cercano.

El tiempo pasó, y nuestra amistad se fortaleció. Un par de años después, Clara se vio envuelta en un problema legal complicado. Sin dudarlo puse mis contactos a trabajar y logré solucionar el asunto sin que ella tuviera que preocuparse más. Se mostró increíblemente agradecida, pero no le di mayor importancia. Para mí, ayudarla era lo mínimo que podía hacer por alguien que, de algún modo, se había vuelto esencial en mi vida.

Fue entonces cuando llegó mi aniversario. No esperaba ningún gesto especial por parte de ella, pero en lso minutos finales de la sesión de ese día noté algo distinto en su actitud. Su voz, normalmente profesional, sonaba más suave, más íntima. Sus manos, que antes se habían mantenido dentro de lo permitido, comenzaron a explorar de manera más atrevida, abrí los ojos y vi que su bata, normalmente abrochada hasta el cuello para poder inclinarse sin mostrar nada de su intimidad, tenía dos botones desabrochados y mostraba un sujerente escote. Deslicé una mirada hacia ella, pero ella sonrió con una mezcla de picardía y decisión.

—Es mi manera de agradecerte —susurró, disfruta de lo que va a venir.

Sus movimientos se tornaron más sugerentes, más lentos, cada caricia despertando un deseo latente que nunca había querido reconocer. Decidí no cuestionar aquello y dejarme llevar por la sensación, por la calidez de sus manos, por el ritmo pausado y envolvente con el que me hacía olvidar todo lo que no fuera ella en ese momento. Hasta que, con una dulzura inesperada, su masaje se convirtió en algo más, sus manos suabes se deslizaban peligrosamente hasta rozar los calzoncillos, subían por los muslos rozando la tela de la única prenda que me cubría, evidentemente la erección era indisimulable.

Sus dedos descendieron con una delicadeza exquisita, explorando con lentitud bajo la goma de los calzoncillos, aumentando la tensión con cada roce. mi respiración se volvió más audible, y el ambiente en la sala se cargó de electricidad. Podía sentir el roce de sus dedos en el inicio de mi polla, sus manos deslizándose con un dominio absoluto de cada punto sensible de miembro erecto.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando apartó los dedos para sacar la toalla y bajarme los calzoncillos, le miré a los ojos, me sonrió en el mismo momento que me agarró la polla, me dejó sin aliento. Su mano cálida me envolvía, y sus manos no se detenían. Lentamente, sin prisas, Clara me llevava al límite del placer, su toque deslizándose entre el profesionalismo y la seducción, cada movimiento un nuevo estímulo que me sumía más en ese momento prohibido.

Cuando al masaje de sus manos se unieron los labios supe que había cruzado el umbral, se convirtió en una entrega absoluta, todo pensamiento racional desapareció. No quedaba espacio para la culpa ni para las dudas, solo para el placer intenso que me recorría en olas incontenibles. Me abandoné por completo a su toque, al calor de su cuerpo tan cerca del mío, a los susurros que escapaban de mis labios mientras nos fundíamos en aquel instante clandestino.

Sentí mi cuerpo estremecerse bajo sus labios y manos expertas, perdiéndome en el placer que, hasta ese día, jamás imaginé que podría experimentar con ella. Y cuando llegó el final, cuando mi cuerpo se rindió por completo a su toque, solo pude cerrar los ojos y ahogar un suspiro en el silencio de la habitación, ella recibió imparable en su garganta los chorros que salían de mi polla, sus labios la envolvían mientras me convulsionaba en un placer extremo.

Cuando finalmente abrí los ojos, Clara me observaba con una sonrisa serena. Se inclinó y, con la voz apenas un susurro, dijo:

—Feliz aniversario, Juan, pero eso ha de quedar entre tú y yo.

Pero no se acabó aquí, cuando me disponía a vestirme me dijo

—No, espera… ahora yo también necesito esto.

Sus palabras fueron un relámpago que encendió aún más la atmósfera. la observé. Sus mejillas estaban encendidas, su piel irradiaba calor y deseo. No había duda en su expresión, solo una necesidad urgente que yo no estaba dispuesto a ignorar.

Tomé su mano y la atraje hacia mí, recorriendo con mis dedos la curva de su cintura, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba a cada caricia. Mi boca encontró su cuello, depositando besos lentos y ardientes que la hicieron suspirar contra mi oído, desabroché la bata, se cayó al suelo, Clara quedó cubierta solo con un conjunto de braguitas y sujetador. Sus dedos se aferraron a mi nuca mientras mis manos descendían con una intención clara, explorando con un toque paciente y experto.

Cada gemido que escapaba de sus labios alimentaba mi deseo de llevarla más allá, de darle lo mismo que ella me había regalado minutos antes. Mis labios continuaron descendiendo, saqué el sujetador descubriendo cada rincón de sus pechos con devoción, mientras sus caderas se estremecían en respuesta a mis atenciones, las braguitas fueron la siguiente prenda que hice caer quedando toda su desnudez ante mí..

El ambiente estaba impregnado de deseo, de una tensión que nos envolvía sin escapatoria. La hice tender sobre la camilla donde ella me había llenado de placer, Cada caricia, cada beso, cada susurro cargado de placer nos arrastraba más hondo en aquel abismo de sensaciones prohibidas, mis labios se acercaron a su parte más íntima, parte en que solo debía tener acceso su marido pero que me ofrecía con dese, Clara se abandonó completamente a mí, guiándome con movimientos desesperados, mi lengua encontró el botón que tanto le hacía gozar, mis manos recorrían su cuerpo, pechos, pezones, hasta que finalmente, su cuerpo se arqueó en un temblor intenso y contenido, su respiración entrecortada por suspiros entremezclados con gemidos.

Cuando al fin cesaron y aparté la boca de su coño me dijo con cara de deseo.

--Clávame a polla

No me lo pensé, mi polla estaba dura otra vez, la apunté a su gruta, el primer embate fue lento, profundo. Sentí cómo su coño se ajustaba alrededor del polla, su boca entreabierta en un gemido que intentó ahogar. Me moví dentro de ella con precisión, midiendo cada movimiento, se incorporó disfrutando la forma en que se aferraba, la manera en que su cuerpo reaccionaba a cada embestida. Me fascinaba saber exactamente cómo hacerla temblar.

Su cuello estaba cálido bajo mis manos, su respiración caliente contra mi oído. Aceleré el ritmo, sintiendo cómo la tensión en su cuerpo crecía, cómo sus uñas se clavaban en mi espalda, cómo su piel ardía contra la mía. Cada movimiento la llevaba más alto, cada empuje la empujaba más cerca del borde, y yo lo sabía. Quería verla rendirse por completo, sentirla deshacerse en placer bajo mí.

Y entonces, ocurrió. Su espalda se arqueó, su cuerpo se tensó y un grito ahogado escapó de sus labios mientras su placer la atravesaba en ondas implacables. La sentí estremecerse, su interior temblando alrededor de mí, su cuerpo encendiéndome aún más. Sujeté su cintura con firmeza, manteniéndola en ese punto exacto donde todo se rompía y se reconstruía en un solo instante de éxtasis absoluto y me liberé llenando de leche su interior.

Su respiración era errática cuando sus temblores comenzaron a apaciguarse, su piel aún resplandeciente de deseo. La observé, deleitándome en su expresión satisfecha, en la forma en que me miraba, todavía atrapada en la resaca de su placer.

Sabía que, en cuanto saliera de esa habitación, su vida volvería a la normal

El silencio que siguió estuvo cargado de significados. Nuestras miradas se encontraron, y sin necesidad de palabras, supimos que ese momento quedaría grabado en nosotros para siempre. Se apoyó sobre mi pecho, aún con su cuerpo estremecido, y dejó escapar una risa suave y satisfecha.

—Ahora… feliz aniversario, Juan, y ya sabes, ni una palabra de esto a mi marido.