Minerva es...el erotismo tabú puesto al desnudo 10
Nicolau no debía estar allí, pero la voz de Minerva lo delató. Desde la oscuridad del baño, escuchó cómo ella se entregaba a un desconocido con una pasión que le erizó la piel y le partió el corazón. Ahora, bajo la luz de la luna, deberá decidir si guardar silencio o confesar que la ha estado mirando, y que ya no puede vivir sin ella.
Nicolau reconoció su inconfundible voz grave y susurrada, aunque un poco diluida por el alcohol, dentro de una las cabinas de los lavabos de hombres.
—Puff, cómo la mueves de bien, puto cabrón —fue lo que la escucho decir.
Nicolau entró sigilosamente a la cabina contigua. Los paneles que separaban los retretes de Baila Pibón no llegaban hasta el suelo, por lo que Nicolau pudo ver en las baldosas, húmedas por los charcos de orina, el reflejo de la sombra difuminada de Minerva siendo zarandeada rítmicamente por la sombra del chico musculoso. Nicolau sintió cómo su pene se le fue enderezando.
—Venga, mueve ese puto culo, cómo lo movías perreando.
—¿Te gusta así? Dime.
—Sí, como una perra en calor.
—Entonces dame más fuerte. ¡Me gusta fuerte!
Nicolau escuchaba el ¡paf!, ¡paf!, ¡paf!, ¡paf!
—Eso es, cabrón—¡mhj!, ¡mhj!, ¡mhj!, ¡mhj!
—¡Te gusta el sexo duro!, ¿he, zorra?
—¡Me encanta! Es lo que más me gusta. Que me partan el coño a pollazos.
El hombre empezó a rematarla con fuerza, como si no le importara que los escucharan.
— ¡Ouch!, ¡ouch! Eso es, sigue así. No te cortes.
Los gemidos de Minerva, casi dolorosos, el choque rabioso de sus carnes y la tenue música de fondo de la planta de arriba fueron la melodía que Nicolau escuchó durante algunos minutos; melodía que hizo de la dureza de su pene una piedra. Quería ver más. Se arrodilló sobre las baldosas húmedas y puso la cabeza cerca del suelo. Bajo el panel, pudo ver las pantorrillas del chico, con los pantalones por los tobillos, balanceándose detrás de las pantorrillas de Minerva. Ella intentaba no caer de sus stilettos de charol negro; pero el tacón aguja le dificultaba mantener el equilibrio, por lo que terminó subiendo una rodilla sobre la tapa del retrete y unos segundos más tarde tuvo que subir la otra.
—Eso es; en perrito te la entierro mejor —dijo el chico musculoso.
—¡Ouch!, siiií, hazlo así; qué rico se siente, ¡dame!, ¡dame más!
Nicolau sacó el pene de sus pantalones y empezó a masturbarse con la misma cadencia con que escuchaba chocar las carnes de Minerva y su amante, imaginando que era él quien la penetraba. ¡Paf!, ¡paf!, ¡paf!, ¡paf!
—Eso, es, déjame bien abierta, cabrón, más, más, más, no pares…
Al poco tiempo, Nicolau eyaculó copiosamente sobre el suelo. Luego, salió sigilosamente de la cabina. Entonces, vio, con la oreja pegada a la puerta de la cabina de los amantes, a un chico masturbándose. Se asustó al ver a Nicolau, se guardó el pene apresuradamente y se escabulló escaleras arriba. Nicolau también se marchó, pero a paso resignado, hacia el bullicio de la discoteca y se unió a su peña de amigos nuevamente.
Mientras esperaba el regreso de Minerva, un desasosiego le robaba latidos a su corazón y le pareció que el suelo bajo sus pies se reblandecía. Se tuvo que recostar a una columna.
A los pocos minutos, Minerva regresó también al grupo. Irradiaba alegría, como si la vida le hubiera acabado de sonreír. Se puso a dar saltitos alegremente, al ritmo de la música techno. Del chico musculoso ya no había rastro alguno, como si nunca hubiera existido.
Pronto Minerva pareció intuir que a Nicolau le sucedía algo.
—¿Nico, te pasa algo?
—No me pasa nada —Le contestó con rostro inexpresivo.
—Tú no eres así.
—Solo estoy agotado —le dijo, vaciando en su boca el último trago de su copa y descargándola en una repisa. —Me marcho a casa.
—Pues me voy contigo.
—No es necesario —Minerva no le contestó, sino que lo tomó de la mano, y haciendo un ademán con la otra, se despidió de sus amigos.
Mientras salían de la discoteca, Nicolau cayó en cuenta que llevaban sus dedos entrelazados. Minerva nunca le había cogido la mano de esa manera.
—Los taxis están allí —señaló él.
—Vamos caminando —dijo ella.
Al pasar por los jardines de un parque, Minerva propuso sentarse en uno de los bancos. No había nubes, y un gajo de la luna resplandecía, imponiéndose sobre las débiles luces del parque. Estaban mirando las estrellas cuando pasó entre ellas un delgado y largo rastro de luz a toda velocidad.
—¡Una estrella fugaz! —exclamó Minerva con una gran sonrisa. —¡Pide un deseo!
—Ya lo pedí. —Pidió que el tiempo volviera atrás treinta minutos para evitar que ella bailara con el chico musculoso.
—Dímelo.
—No te lo diré.
—¿Te digo el mío?
—Vale.
—Deseo que me digas lo que te sucede.
Se le cumplió, puestas tras un suspiro, Nicolau le contó que la escucho follando en el lavabo de hombres.
Minerva tiró su torso un poco hacia atrás y miró a Nicolau con acidez.
—¿Me estabas espiando, Nico? A ver si va a ser verdad que eres un voyeur, como dijeron esos chicos del bosque.
—¡No te espiaba! Bajé por casualidad a mear y… reconocí tu voz.
—¿Entonces, eras tú quien se masturbaba en el lavabo de al lado?
—¿Yo? ¡Por… por supuesto que no! —dijo rascándose la nuca—. ¿Y cómo sabes que alguien se masturbaba al lado?
—En el suelo vi el reflejo de una sombra meneándose la polla.
—¿Y no te importó?
—¿Por qué me habría de importar? —dijo ella encogiéndose de hombros—. ¿Me importó cuando me espiaste en el bosque? —Nicolau cayó—. De cualquier manera. ¿Qué tiene que ver esto con que estés enojado conmigo?
—Porque… ¡me molestó, Minerva! ¡No quiero que vuelvas a hacer eso!
Minerva elevó el arco de sus cejas.
—Nosotros no somos pareja, Nico; Así que ¿no entiendo por qué el reclamo?
—¡Porque no es bueno para ti que tengas sexo con desconocidos! ¡Seguro que no sabes ni el nombre de ese chico!
—¡Ja! Estoy flipando. ¿Esos son tus motivos para este show? ¿Controlar como tengo que comportarme...? ¡Pesaba que eras diferente a otros hombres! —dijo con una lágrima en su voz—. Tenías razón. No hacía falta que saliéramos juntos de la discoteca. Me marcho por mi lado.
Minerva se había alejado un par de pasos y Nicolau se puso de pie y le dijo:
—¡Espera, Minerva! —le dijo, creyendo que si se marchaba sería el fin de todo.
Ella se volvió hacia Nicolau.
—¡Que, Nicolau...! ¡¿Qué quieres de mí?! ¡Dímelo!
—¡No quiero que te marches!
Mirando al suelo, Minerva negó con la cabeza durante unos segundos. Luego alzó su mirada.
—¡Dame una verdadera razón!, Nico. Una sola, para no hacer lo que me pides.
Nicolau Exhalo.
—Porque…, ¡porque me estoy volviendo loco! Minerva. No te saco de mi cabeza. Pienso en ti de día y de noche, como si te hubieras adueñado de mí. —Durante esos largos segundos, Minerva lo miraba hipnotizada, como si se hubiera quedado ingrávida en el tiempo, casi sin respirar; como si esas palabras fueran suficientes para mantenerla viva—. Esa es la verdadera razón. Me he enamorado perdidamente de ti.
Nicolau recortó el metro que los separaba y puso sus labios de crema sobre los labios de fresa de ella… y se dieron un largo beso que decía muchas cosas.
6.
LA VIRGINIDAD DE MINERVA.
Minerva Magnusson:
Hacía varios meses que Minerva Magnusson y Nicolau Prats se habían hecho novios, y ella cada día estaba más enamorada de su alma. Él le hablaba de manera que las palabras parecían acariciarle el rostro; y estaba atento a ella, como un jardinero a su jardín en primavera. Esa manera atenta y cuidadosa de tratarla era un abrazo a su corazón.
Además, el chico generaba en ella cierto misterio desde una tarde que fue a visitarle de sorpresa. Cuando estaba a una calle de su piso, vio a tres coches negros, tipo sedan, con los cristales muy tintados, y que le parecieron de alta gama, dispuestos en fila india en la calle bajo su piso. Nicolau, de pie en la calle, con el torso inclinado sobre la ventanilla del copiloto del coche del centro, hablaba con alguien en su interior. Lo hacía de manera tensa, como si estuvieran discutiendo. Minerva espero agazapada tras un coche. Un par de minutos después, los tres coches se marcharon y Nicolau subió a su piso. Cuando Minerva le pidió una explicación, el insistió que simplemente le estaba dando indicaciones a unas personas a las que el GPS los había llevado por la ruta equivocada. Sin embargo, Minerva no le creyó. La intriga que le generaba esa incertidumbre, la hacía sentirse más atraída hacia él.
Sin embargo, no todo en la vida era perfecto, pues en lo sexual, Nicolau era inexperto. Y aunque Minerva hubiera preferido que tuviera un pene más grande, pues se prestan a más variedad en las posiciones sexuales, el problema principal era su eyaculación precoz; condición que en ocasiones provocaba que Minerva se durmiera mordiéndose las ganas de gozar. Ella era empática con lo que le sucedía, y entre los dos intentaban que cada vez que tenían intimidad, el durara más tiempo, sin mucho resultado. Lo que si aprendieron fue a jugar. Nicolau conoció pronto el truquillo para sacarle intensos orgasmos con el sexo oral y con los dedos. También jugaban con algunos artilugios que compraron, como un par de dildos y un Satisfyer. Tras algún par de orgasmos de Minerva, Nicolau se subía y tenía sus cinco minutos de gloria.
Intrigada por el asunto de la eyaculación precoz, un día, tumbados uno al lado del otro en la cama de la austera habitación de Nicolau, Minerva le preguntó sobre su pasado sexual, empezando por cómo perdió la virginidad. Le contó escuetamente que ocurrió a los dieciocho años, en un breve noviazgo que tuvo, ambos vírgenes; que fue una situación torpe y vergonzosa que duró unos pocos minutos, pues la sangre derramada asustó a ambos. Luego, le devolvió la pregunta.
—¡Puff!, Nico. ¿Qué Cómo pero mi virginidad...? —dijo ella rascándose la nuca—. No se si estes preparado para escuchar esa historia.
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